Salvador Dalí, El gran masturbador. Óleo sobre tela, 1929

Dalí, El gran masturbador, 1929No es el cuadro más conocido de este famoso pintor, tampoco es tan espectacular como muchos otros que realizó para mantenerse en la cúspide del estrellato artístico durante tantos años. Sin embargo, este cuadro es, a mi juicio, el más representativo de su mejor época, cuando era un auténtico surrealista plagado de obsesiones y monstruos contra los que peleaba en una intensa lucha, de la que se declaró posteriormente perdedor. Dalí se construyó su propia aura de artista cuasi esquizofrénico, excéntrico en todo caso, que le puso en contra de mucha gente y a la vez le ganó admiradores a raudales. Él era esa faceta del arte que la gente quiere ver: una plástica figurativa fácilmente identificable, una fantasía torturada, una auto-referencialidad a prueba de circunspecciones y todo ello confinado en una personalidad que admitía sin el menor recato que era un genio, con todo y bigotes puntiagudos.

Salvador Dalí se unió al grupo surrealista que orbitaba en torno al sumo sacerdote de este movimiento, André Breton, que controlaba con mano de hierro a sus catecúmenos y discípulos, sin permitir la más mínima disidencia. Los surrealistas formaron a pesar de todo una alegre asociación entre artistas, poetas y escritores a la que se unieron antiguos miembros de Dadá como Max Ernst, André Masson y Man Ray y jóvenes artistas emergentes, entre los cuales se encontraban entre otros Joan Miró, Roberto Matta, Wilfredo Lam, Ives Tanguy, René Magritte y el propio Dalí. Hicieron sus correrías más importantes en el París de los años 20 y 30 para luego desperdigarse ante la amenaza de la segunda guerra mundial; el movimiento entonces perdió cohesión y sus miembros siguieron trabajando por su cuenta.  

Dalí era poseedor de una técnica admirable, adquirida en los estudios que realizó en la Academia de San Fernando de Madrid, de la cual fue expulsado en 1926 antes de su graduación al afirmar que no había en ella un profesor que fuese capaz de examinarlo. Admirador de los maestros del renacimiento y barroco, su técnica se asemeja a la de ellos, en especial a Velázquez, que era para él una figura de veneración. En los años en que estudió en San Fernando, se hospedó en la Residencia de Estudiantes de Madrid, en donde hizo amistad con otros residentes como Luis Buñuel y el poeta Federico García Lorca, con quien sostuvo un apasionado romance que nunca llegó a consumarse, según indicó años más tarde. Ya desde esos tiempos era conocido por sus excentricidades y también hay que decirlo, por su maestría en la pintura, que casi nadie logró igualar en su tiempo. Posteriormente se trasladó a París con Buñuel y ambos entraron en la órbita de Breton y los surrealistas. En 1929 realizó con Buñuel la película “Un perro andaluz” en la cual se muestran muchas escenas del imaginario surrealista y ya aparecen las obsesiones de Dalí que nunca lo dejarían. En esa época se integró plenamente en el movimiento surrealista, en el cual se potenciaba el mundo onírico y el psicoanálisis, aderezado por el nihilismo y la provocación heredados de Dadá. De esta época son sus mejores cuadros surrealistas, entre los que destaca La persistencia de la Memoria. La influencia de su pintura en las obras de otros artistas del grupo es innegable, no sólo en lo que se refiere a la plástica y motivos, sino además porque creó un método que llamó “paranoico-crítico” para producir arte, por medio del cual se accedía al subconsciente y se liberaban las imágenes y energías que luego se representaban en las obras.  Por esa época también conoció a la que sería su esposa y musa, la célebre Gala, que era once años mayor que él y quien estaba por entonces casada con el poeta surrealista  Paul Éluard. A partir de su unión con Gala, Dalí se fue independizando cada vez más del grupo surrealista para montar sus propios espectáculos provocadores entre los que destaca el dibujo que presentó en París de un Sagrado Corazón en el que aparece la frase: “En ocasiones, escupo en el retrato de mi madre para entretenerme”, o la afrenta que hizo a su padre, entregándole un preservativo usado que contenía su propio esperma y diciéndole al mismo tiempo: “Toma. ¡Ya no te debo nada!”.

A partir de 1933 empezó a tener diferencias con algunos integrantes del grupo de los surrealistas, del que fue finalmente expulsado a finales de 1934. A partir de ese momento y siempre en compañía de Gala, inicia sus andanzas fuera de Francia, especialmente en Estados Unidos, donde gozaba de gran renombre. Fue entonces cuando Breton le puso el apodo con el que lo conocerían los surrealistas desde ese momento: “Avida Dollars”, que utiliza las mismas letras de su nombre. La fulgurante carrera de Dalí como artista y hombre-espectáculo continuó durante el resto de su vida, a pesar de que su actitud megalómana molestaba a muchos de sus admiradores, ya que su pintura tenía una calidad innegable. Murió en 1989 a los 84 años, en su casa de Portlligat sin abandonar jamás sus excentricidades y sus provocaciones.

El gran masturbador expresa admirablemente las mejores cualidades y los peores monstruos de este artista. La figura central y más grande de la composición representa una mineral cabeza de perfil volteada a la tierra, de donde proviene el ser humano, como un regreso a lo más básico de su esencia. Alrededor se acumulan figuras simbólicas propias del imaginario del artista como la langosta, las hormigas que representan la muerte, un anzuelo, que representa las ligaduras emocionales, una mujer que surge de la figura mayor y tiene su boca cerca de los genitales de un torso con calzoncillos ajustados, un lirio y fuera de la figura principal la figura de un hombre solitario y al centro una pareja que se abraza, en la cual la mujer se está metamorfoseando en roca. Todo ello en un paisaje vacío y desolado, con un cielo azul e infinito. Todo está colocado de acuerdo a una asociación libre y caótica, producto del automatismo psíquico que era empleado por los surrealistas. Gracias a ello, podemos establecer libremente distintas relaciones, de las cuales el título de la obra nos da sólo una de tantas que hay contenidas en esta pintura. El morbo es explotado con cierta contención, como si a los monstruos lascivos no se les permitiese expresarse con toda su carga procaz y en esto Dalí se muestra todavía timorato en este cuadro. La sugerencia es entonces sólo incompleta y no alcanza a ser más que un tímido vislumbre de la auténtica perversidad con la que Dalí placenteramente se dedicaba a autoflagelarse. Pero es un excelente ejemplo del arte surrealista, en su corriente más onírica, un buen principio para profundizar en los abismos en los cuales se sumergieron estos individuos, perseguidos por sus propias creaciones fantásticas y desdichadas.        


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