Pablo Picasso, “Guernica”. Óleo sobre tela, 1937

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La pintura ícono del arte del siglo XX, pintada por el artista plástico más importante de este mismo siglo. Difícil reto, ya que es una obra demasiado famosa como para no hacer un extenso panegírico de ella. El Guernica fue pintado por Picasso para ser expuesto en el pabellón de la República Española durante la exposición universal de París de 1937, mientras España se desangraba en una horrenda guerra civil. En este mismo pabellón, obra del arquitecto José Luis Sert, se expusieron otras notables obras de arte como el “Payés” de Miró, La “Monserrat” de Julio González, o la fuente de Mercurio de Calder, pero fue este gran cuadro el que inmediatamente captó la atención y la curiosidad del público.

La guerra civil española supuso una especie de antesala de la segunda guerra mundial, el dantesco conflicto que se inició a poco de finalizada. El enfrentamiento no sólo se materializó por medio de las armas, sino también y sobre todo por medio de las ideologías. Del lado de la institucionalidad estaban las fuerzas políticas del liberalismo del centro y la izquierda democrática, con el anarquismo y el comunismo rondando periféricamente y del otro las fuerzas conservadoras, eclesiásticas y monárquicas, con el fascismo como poder incipiente que empezaba a ser popular entre estos mismos sectores. Por lo mismo, se convirtió en un conflicto preñado de pasiones políticas, en el cual se llegó a un punto de polarización que nunca se había visto antes. Como ocurre en estos casos, esta polarización se convierte en un campo fértil para que el extremismo político, generalmente simplista y bien organizado, se convierta en la guía y bandera que imponga sus criterios y acciones.  Fue de esa forma que el partido comunista (manejado a distancia por Stalin) se hizo poco a poco con el control del ejército y los suministros en el bando republicano y el falangismo fascista y anticomunista, hábilmente manipulado por el general Franco, tomara las riendas en el bando de los alzados. La internacionalización del conflicto tomó entonces caracteres dramáticos, con llamamientos a la lucha en eventos, convenciones y toda clase de mítines a lo largo y ancho de Europa.  Al iniciarse la guerra los países democráticos como Francia, Inglaterra y los Estados Unidos habían declarado su neutralidad y, por lo menos a nivel de sus gobiernos, no pretendían intervenir en esta lucha. En cambio los alzados contaban con la colaboración directa de la Italia fascista y la Alemania nazi. Es en medio de esta situación saturada de reclamos y respuestas que se inaugura la exposición y en ella se muestra el Guernica.   

Picasso, que no había manifestado nunca interés por la política, no se había mostrado especialmente afecto a la república, hasta que fue nombrado director del Museo del Prado en 1936, cargo que aceptó con beneplácito pero que nunca llegó a ejercer.  Ante la solicitud de las autoridades de presentar una obra suya en el pabellón, no dudó en aceptar esta oportunidad de solidarizarse con la causa republicana. El pabellón sería entonces una vitrina en la que se ensalzase políticamente el alma del pueblo español y su lucha para preservar los valores republicanos en contra del totalitarismo. Se consideró esencial llamar la atención del mundo sobre esta catástrofe que dividió el suelo español, y esta exposición era un medio ideal para tal propósito.

Picasso eligió como tema el bombardeo de la ciudad de Guernica, realizado por la aviación alemana el día XX de 1937 con el beneplácito de las fuerzas fascistas españolas. Las primeras ciudades bombardeadas desde el aire, con su séquito de horror y muerte, fueron las ciudades españolas durante la guerra civil.  Hitler envió a España a la Legión Cóndor, un cuerpo aéreo que estaba constituido por los mejores pilotos y personal de mantenimiento y dotado de los aviones más avanzados, con la finalidad de probar sus capacidades ante el conflicto europeo que se estaba preparando. Así que este cuerpo aéreo llegó expresamente a probar sus armas y a foguearse en suelo español para lo que habrían de hacer poco después en Varsovia, Lieja, Londres y otras ciudades. Guernica, ciudad muy antigua y venerada por el pueblo vasco como símbolo de su identidad fue totalmente arrasada por las bombas explosivas e incendiarias de la aviación alemana; las víctimas civiles fueron contadas por cientos y la noticia se extendió por toda Europa como un rayo. Sin embargo, aunque el cuadro alude a este bombardeo, Picasso prefirió representar el horror del mismo por medios antes simbólicos que históricos, cuyo proceso se puede verificar observando la gran cantidad de bocetos previos que realizó. Para la realización del cuadro, que haría las veces de mural y que sería de grandes dimensiones (3,50 por 7,80 metros) Picasso alquiló un estudio de grandes dimensiones en París y su ejecución duró alrededor de dos meses, entre abril y junio de 1937. El proceso fue registrado minuciosamente por la fotógrafa Dora Maar, quien por ese entonces era amante de Picasso, y en las fotografías que tomó del mismo podemos ver la evolución de la composición y sus cambios, hasta que Picasso consideró que estaba finalizado y listo para su exhibición.

Picasso hizo de este cuadro un manifiesto en contra de los horrores de la guerra civil, en el cual están representados diversos personajes y elementos arquetípicos del carácter universal: el toro y el caballo heridos inconscientes del drama, la mujer que grita y llora con desesperación por el hijo muerto en sus brazos, la mujer que está clamando al cielo y está cayendo entre las llamas, un guerrero muerto cuyo cadáver está desmembrado, una de cuyas manos todavía aprieta una espada rota y una flor, una mujer que se arrodilla y mira hacia el caballo herido con angustia, otra mujer que sostiene un quinqué que ilumina parcialmente la espantosa escena, una paloma solitaria y un misterioso ojo con pupila en forma de bombilla que observa la totalidad del horrendo desenlace; al fondo todo es oscuridad y destrucción. La composición está articulada en torno al triángulo central dominante, con el agregado de una línea vertical que divide la totalidad en dos escenas de forma casi cuadrada. El cuadro es prácticamente monocromo, los tonos son oscuros y  apagados: blancos, grises y negros que lo dotan de un cariz lúgubre y dramático. Cualquier descripción se queda corta, hay demasiado dolor, es demasiado explícito y sin embargo predomina una extraña belleza que surge de la destrucción. Lo que quizás hubiese sido sólo un panfleto en otras manos, en las de Picasso se convirtió en un canto de éxtasis apocalíptico.  

Sólo una energía vital, creadora como la de Picasso era capaz de representar a la otra energía que rige al mundo: la de la muerte y la destrucción. A través del Guernica se trasciende de lo meramente anecdótico a lo fundamentalmente vivencial, a la muerte como fin funesto y al mismo tiempo como principio regenerador. Eclosión del drama que va más allá de la mera extinción para convertirse en principio de una idea y su declaración. Eros y Tánatos en el círculo de los ciclos permanentes que asombran a aquellos que están dispuestos a entrever aquello que hay más allá de la parcialidad de la frágil existencia, aquellos que son capaces de creer en un génesis que surge del caos y que a través del dolor trascienden la miseria. Aquellos que se sobreponen al vacío del absurdo para llenarlo de contenido. Lo visto que manifiesta lo que no se ve sino con los ojos del alma. La denuncia como reclamo de un propósito primordial: el de la inmortalidad, porque cada uno de los personajes de esta obra se han convertido en un ser carente de tiempo que a fuerza de terror ha trascendido la muerte, la desintegración. Ese es, tal vez, el más grande legado de esta obra maestra y de su genial creador.

Julián González


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