Oswaldo Guayasamín, Cabeza de Napalm. Óleo sobre tela, 1976

Guayasamin Cabeza de Napalm, 1976Los rostros y las manos que pintaba Guayasamín son inolvidables, una vez que se ha visto cualquiera de ellos, a muchos se nos graba en la mente y en el corazón de por vida. Son los rostros y las manos de nuestra gente, nuestros indios que rabian o suplican; son aquellos a quienes preferimos no ver porque nos confrontan con nuestra propia conciencia. Pero ahí están, demasiado expresivos, quizás algunas veces teatrales en exceso. Cada línea está torcida y discontinua, semejante al desdibujo de una existencia marcada por las desgracias. Cada superficie está manchada y sucia, tal como percibe la vida alguien a quien se le ha arrancado la esperanza. Tanto dolor se aproxima a la locura, a la enajenación completa que termina por desarticularnos.

Oswaldo Guayasamín nació en Quito en 1919, hijo de un indígena de la etnia Kichwa, cuya ocupación era la de carpintero y de una madre mestiza. De origen sumamente humilde, pertenecía a ese estrato social urbano de  Latinoamérica caracterizado por la extrema pobreza y la lucha diaria que se debe llevar a cabo para poder comer y en última instancia, para sobrevivir. Mostró muy pronto un especial talento para el dibujo e ingresó en su adolescencia en la Academia de bellas Artes de Quito. Tras varios años de estudio y diversos trabajos, en 1941 obtiene el diploma de pintor y escultor, también llevó a cabo estudios de arquitectura en la Universidad Nacional, pero no continuó con esta actividad.

Su primera exposición individual la realizó en 1942 en una galería de Quito. Ante su estilo despreocupado por la corrección académica y muy afín al expresionismo, sus pinturas provocan un escándalo. Sin embargo, Nelson Rockefeller, que por esos días visita la capital ecuatoriana y tiene la oportunidad de contemplar esta exhibición, queda impresionado por el talento de este joven y compra varios cuadros. Rockefeller será uno de los principales mecenas de Guayasamín en el futuro. Invita al artista a visitar Estados Unidos, país en el que residió durante seis meses entre 1942 y 1943, donde vende más obras. Con el dinero ganado en estas ventas, decidió viajar  a México para conocer las obras de los muralistas y José Clemente Orozco lo contrata como asistente.

La estancia en México le permitió establecer relaciones con diversos artistas y literatos latinoamericanos. Movido por su incipiente nexo con la izquierda, viajó por diversos países de América Latina, como Brasil,  Perú, Chile, Uruguay y Argentina. En todos ellos encontró su espíritu inquieto e inconforme el tema que lo acompañará por el resto de su vida y obra: la sociedad indígena oprimida.

Asumiendo un compromiso político, desecha la abstracción entonces en boga para concentrarse en la descripción de la temática social por medio del arte figurativo. Su mensaje se transforma en manifiesto que pretende llamar la atención sobre las enormes desigualdades que se encuentran en este continente dividido. A diferencia de los muralistas mexicanos, cuyas obras ensalzan la revolución como una liberación de las cadenas que atan a los pobres, Guayasamín no plantea un cambio a través de la lucha, más bien pretende mostrarnos el infinito dolor y desesperanza de aquellos que no pueden hacer otra cosa más que sufrir. A pesar de su filiación marxista, su condición de proletario y los retratos de afán heroico que pintó de personajes como el Che Guevara o Fidel Castro entre otros, la violencia está contenida, no ha explotado todavía. Se le ha acusado de pintar a sus personajes con excesiva aparatosidad y efectismo, lo cual es evidente; pero de acuerdo a su temperamento de denuncia es lo más adecuado. En el fondo, Guayasamín debió reconocer su barroquismo como término de expresión, heredero de esa tradición que primero fue europea y después se convirtió en mestiza a lo largo de nuestra América. Seguramente por esa razón nunca apeló al mundo mágico y fantástico de las culturas ancestrales y nativas que caracterizan mucho del arte latinoamericano del siglo XX.

Con el tiempo, sus obras se volvieron más sintéticas y recurrió sobre todo a los rostros y las manos como medios de revelación plástica. A lo largo de su trayectoria desarrolló tres períodos que han recibido los nombres de “Huacayñan” (El camino del llanto), la “Edad de la Ira” y finalmente “La Edad de la Ternura”. En estos tres estadios explora todos aquellos aspectos que lo preocuparon durante toda su carrera. Así, llanto, ira y ternura son las manifestaciones vivenciales y contradictorias de la condición del indio americano.

Gracias a su inmenso talento y a un oficio llevado a cabo con maestría, Guayasamín recibió toda clase de reconocimientos a lo largo de su vida. En 1978 fue investido como miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, de España, y un año después, miembro de honor de la Academia de Artes de Italia. El esfuerzo de su trabajo culminó con su último proyecto: “La Capilla del Hombre” que, a través de la Fundación que presidía, pretendía establecer un centro cultural latinoamericano en Quito; una especie de lugar de peregrinación al cual acudir para venerar la figura del indio de nuestro continente. Guayasamín murió en 1999 en Baltimore, Estados Unidos, acuciado por el cáncer.  

La obra que aquí se presenta pertenece a la serie de “La Edad de la Ira” y fue pintada en 1976, época de guerras y revoluciones en varios países de la región. Es un cuadro casi monocromo, representa el rostro horrorizado de un personaje con los ojos en blanco y la mitad de la cara roja, mientras está siendo quemado por el napalm, esa infame substancia volátil y pegajosa que se adhiere a cualquier cosa y que desata un incendio devastador hasta que todo queda convertido en cenizas. En mi opinión, este personaje no está representado mientras se quema, sino que está contemplando con infinito espanto el incendio provocado por la bomba de napalm, quizás a su aldea, o a su familia, o quizás también a su raza. Su mano trata de ocultar el rostro desencajado, pero no puede impedir que la acción continúe y se desarrolle hasta sus últimas funestas consecuencias. La identificación con este personaje se verifica a través de la contemplación del horror que todo lo envuelve, pero claro está, nadie es capaz de entender esto a profundidad si no lo ha vivido. En cambio, Guayasamín nos presenta su visión de lo no-vivido y de lo que tampoco quisiéramos vivir y que por lo mismo tampoco queremos ver. Pero está ahí, concreto, patente, acusador, diciéndonos lo que somos capaces de hacer y también lo que somos capaces de vivir en un mundo donde no hay espacio para la redención. 

Julián González Gómez


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