O Aleijadinho, “El profeta Ezequiel”. Esteatita, 1800.

Julián González Gómez

Aleijadinho Ezequiel  esteatitaO Aleijadinho fue un artista poco conocido fuera del ámbito brasileño hasta mucho después de su fallecimiento. En realidad fue ignorado por las grandes publicaciones de arte, al igual que muchos escultores e imagineros coloniales. Su nombre era Antônio Francisco Lisboa y era hijo de un arquitecto portugués y una esclava de raza africana llamada Isabel. Nació el 9 de agosto de 1730 en Vila Roca (Ouro Preto) y su formación artística estuvo en un principio dirigida por su padre, quien lo reconoció como su vástago, que era algo fuera de lo común en esa época.

De niño asistió a la escuela de los frailes de su localidad, donde se educó en las primeras letras y los números y en donde aprendió talla en madera y carpintería. Más adelante con su padre, Antônio Francisco aprendió los principios fundamentales de la arquitectura y la talla de la piedra. Con una sólida formación y un talento innegable, fue contratado en 1766 por la Orden Tercera de San Francisco para realizar el proyecto de la iglesia de San Francisco en Villa Rica, que es una de las joyas del barroco de Minas Gerais.

Tras la muerte de su padre, ocurrida en 1767, el joven arquitecto y escultor afrontó la construcción de la iglesia de San Juan de El Rey, obra que le produjo gran fama en la región, por lo cual empezó a recibir gran cantidad de encargos. Fue por entonces cuando decidió dedicarse exclusivamente a la escultura, dejando aparte su trabajo como arquitecto. Montó un importante taller en el que empezó a trabajar con varios ayudantes, e incluso compró varios esclavos para su servicio, señal inequívoca de que gozaba de gran prosperidad.

En esa época se convirtió en el escultor más importante de Minas Gerais y produjo gran cantidad de tallas de madera de una calidad que nunca se había visto hasta entonces. Sin embargo, el todavía joven Antônio Francisco empezó a llevar una vida bastante disoluta, en la cual dilapidó gran parte de sus bienes. Por ese entonces también nació su único hijo, que tuvo en una relación extramatrimonial. Se dice que por el año de 1777 empezó a ser aquejado por la enfermedad que lo atormentaría por el resto de su vida. No se sabe si contrajo lepra o sífilis, pero lo cierto es que sus miembros empezaron a atrofiarse y pronto ya no pudo caminar, dependiendo de sus esclavos para que lo trasladasen en sus espaldas en los trayectos locales. Algún tiempo después se le empezaron a deformar primero los pies y luego las manos, por lo cual ya no podía emplear los instrumentos que necesitaba para esculpir. Según la leyenda, padecía tan grandes dolores que se cortó algunos dedos de las manos y sus ayudantes tenían que atarle los cinceles y los martillos a los muñones para que pudiera seguir realizando su trabajo. Fue por ese entonces que la gente de la localidad lo empezó a llamar O Aleijadinho, que significa “el lisiadito”. La leyenda también cuenta que por su deformidad se recluyó en su casa y no permitía que la gente lo viera y, si le era necesario salir por algún motivo se cubría con una gran capa negra que ocultaba su cuerpo y su rostro.

Con todo, seguía siendo el artista más solicitado y su fama, junto a su leyenda, se difundió por todo Brasil. En 1796, O Aleijadinho fue contratado para el encargo que se considera su obra maestra: el camino de acceso y la escalinata del santuario del Bom Jesus de Matozinhos, en Congonhas do Campo. Se trata de un conjunto escultórico compuesto por las figuras de los doce Profetas, tallados en esteatita blanda (llamada en Brasil “piedra jabón”), y seis escenas de la Pasión de Cristo, realizadas entre 1800 y 1805 en madera policromada, que flanquean el acceso al Morro do Maranhâo.

Más adelante realizó diversos encargos, entre los que se cuentan el altar mayor de la Capilla de la Orden Tercera de Sarabá y diversas tallas para la iglesia de Vila Rica, trabajo por el cual no pudo cobrar, ya que fue estafado por un antiguo discípulo suyo. Deforme e incapaz de valerse por sí mismo, fue recogido por su nuera, quien lo tuvo a su cuidado hasta su muerte en 1814, dos años después de quedarse casi ciego.

La obra de O Aleijadinho ha sido caracterizada por los historiadores del arte como perteneciente al barroco, e incluso al rococó, lo cual, al menos en lo que se refiere a la cronología, es correcto. El barroco llegó a América con bastante retraso respecto a su auge en Europa y hacia fines del siglo XVIII era el estilo dominante, especialmente en Brasil, donde el sinuoso barroco portugués encontró una interpretación bastante peculiar. Minas Gerais era por ese entonces una región de mucha riqueza debido al auge de la minería aurífera y sus iglesias y palacios, por ejemplo en Ouro Preto, son de una magnificencia sin par. O Aleijadinho realizó la gama de sus expresivas esculturas en este ambiente de riqueza y abundancia, previo a los conflictos que poco tiempo después empezó a sufrir Brasil, ya entrado el siglo XIX.

O Aleijadinho ha sido considerado por algunos estudiosos como el máximo escultor barroco de la América colonial. Sus tallas en madera y esteatita son de una gran expresividad y patetismo, quizás como reflejo de sus propias dolencias. Los cuerpos están enflaquecidos y dejan ver los rastros de los tendones y huesos, pero están llenos de gran vigor; sus rostros están muchas veces contorsionados y tanto las manos como los pies son de gran tamaño y desproporción.

Esta escultura, que representa al profeta Ezequiel, es una de las doce esculturas que O Aleijadinho realizó para el santuario del Bom Jesus de Matozinhos. Ezequiel porta su libro de revelaciones en forma de pergamino, que sostiene con la mano izquierda. Por la postura, es evidente que está anunciando la destrucción de Jerusalén y además condena las prácticas idólatras de los judíos durante su cautiverio en Babilonia. El gesto es de gran fuerza y expresividad, aunque sus proporciones no son las de un héroe o gigante, en la más pura tradición del arte europeo. Este Ezequiel es un hombre como cualquier otro, sólo que ha sido bendecido por la palabra de Yahvé, lo cual lo hace más grande, ya que no está revestido de pose ni amaneramiento. O Aleijadinho nos brinda una visión más personal y tal vez hasta íntima de este profeta, que conduce nuestros pasos como un guía al avanzar en el sendero que lleva hasta el santuario, que representa la salvación y es el destino de aquellos que siguen su senda hasta el final.


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