Maurits Cornelis Escher, “Sube y baja”. Litografía, 1960

Julián González Gómez

Escher es un artista inclasificable dentro del mundo de las artes visuales. Nunca se unió a ninguna vanguardia o tendencia de las que por su tiempo estaban en boga, tampoco se afilió a ningún movimiento estético o conceptual. Toda su obra sigue una evolución que es única y propia, sin compromisos con ninguna tendencia. Aunque en sus inicios fue pintor y sobre todo dibujante, ha pasado a la historia como grabador, destacándose en los campos de la xilografía y la litografía. Su temática es variopinta, pero en toda ella se nota una especial afición a incentivar en el espectador los juegos visuales y matemáticos. No hay en su arte principios simbólicos sino totalmente concretos y eligió la figuración como medio de expresión. No le interesaba el drama humano sino su ubicación dentro de juegos mentales, a veces de una gran complejidad.

A Escher le gustaba engañarnos con trucos visuales de diversos tipos en los cuales todo parece común hasta cierto punto de vista, pero con la observación de las escenas se nos abre un mundo de paradojas que pocos artistas han podido expresar con la misma fuerza que él. Sus juegos visuales desafían la lógica y la percepción y además muchas de sus ilustraciones no carecen de cierto humor de tintes intelectuales. Por ello es que se convirtió en un artista muy popular en los medios del diseño y las artes visuales paralelas a las tendencias vanguardistas durante varias décadas, especialmente desde los años 60 del siglo pasado.

Esta litografía, llamada Sube y baja representa una escena que, al observarla por primera vez y de una manera superficial, nos parece una representación común y corriente de un grupo de personajes que están subiendo por una escalera que aparentemente no tiene principio ni final. Los personajes están vestidos a la manera medieval y la arquitectura donde se desenvuelve la escena es también del mismo tipo; como si fuera la cúspide de una casa ubicada en cualquier ciudad del medioevo. Pero una mirada más profunda nos hace caer en la cuenta de que la doble fila de caminantes sigue trayectos que, aunque parecen los mismos en sentidos opuestos unos están subiendo la escalera y los otros, la están bajando. Pero la escalera no tiene principio ni fin porque su dirección es la misma y no importa el sentido en el que se la recorra, el trayecto es el mismo. Para lograr este efecto Escher recurrió a un truco de la perspectiva en el cual une los distintos puntos de la escalera en un todo continuo, algo que es imposible en el mundo real. Por eso los recorridos son al mismo tiempo de subida y de bajada. Lo esencial es entonces esta escalera, quedando todo lo demás solo como meros elementos de una escenografía. En todo caso estos elementos revisten características de escenarios que nos remiten a épocas pasadas en las cuales las disciplinas como la alquimia y la astrología jugaban un papel esencial dentro de las manifestaciones de las sociedades.

Escher no se burla de nosotros, al contrario, con sus trucos visuales pretende hacernos ver un mundo que está más allá de las apariencias y nos invita a sumergirnos en terrenos oníricos en los cuales la exploración de las percepciones se vuelve un juego y un deleite. Algunos han querido ver en sus obras ciertos resabios del surrealismo, pero esto no tiene ningún sentido, pues lo onírico en Escher no se traduce en la representación subjetiva de un mundo ante todo irracional, sino que sus imágenes se vuelven concretas y perceptibles para poder ser juzgadas con la razón ante todo.

Maurits Cornelis Escher nació en Leeuwarden, Países Bajos, en 1898. Desde niño destacó como gran dibujante y esto hizo que se inclinara por las artes visuales, a pesar de que su padre lo obligó a inscribirse en una escuela de arquitectura. Abandonó esos estudios y se inscribió en una escuela de artes gráficas bajo la dirección del gran grabador Samuel Jessurun de Mesquita con el cual aprendió y dominó extraordinariamente las técnicas del grabado. A partir de 1922 realizó varios viajes al sur de Italia, tierra a la que llegó a amar, también estuvo en España, en especial en Granada donde se dedicó a copiar los intrincados diseños que decoran la Alhambra. En 1941 regresa a su país y se establece en la ciudad de Baarn donde pasa la Segunda Guerra Mundial, empezando a trabajar las primeras series de grabados que después le darían fama. Llevando una vida modesta, no fue sino hasta en 1951 que empezó a vender con profusión sus grabados. Trabajando en los Países Bajos, su obra fue cada vez más conocida llegando a convertirse en obra de culto para gran cantidad de coleccionistas. Llegó a incursionar en la escultura y en la elaboración de murales obteniendo buenos resultados en estas disciplinas. Al final de su vida, destruyó muchas de sus placas para que no se siguieran reproduciendo sus obras, que cada vez alcanzaban precios más altos. Murió en Hilversum, Países Bajos en 1972.


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