Mark Rothko, Centro blanco. Óleo sobre tela, 1950

Julián González Gómez

Rothko, Centro_Blanco 1950Nunca es fácil comentar la obra de aquellos artistas cuya profundidad y alcances van mucho más allá de lo evidente, de lo que parece tangible o, si se quiere, de lo meramente palpable. Y no es que Rothko fuera un artista truculento que pretendiera disfrazar bajo una apariencia el contenido esencial de su pintura; al contrario, pocas veces encontramos en el arte moderno tanta claridad conceptual, tanta limpieza y sencillez que pareciera que sin habérnoslo propuesto, hemos podido comprender algo de su arte aún antes de ser conscientes de ello. ¡Claro, un simplista diría que ahí no hay más que áreas pintadas de color, sin más! Pero no es así y se equivocan aquellos que pretenden juzgar el arte moderno bajo premisas ya superadas hace bastante tiempo.

Rothko no era tampoco lo que algunos más aseverarían: un “minimalista”. Seguramente ninguna clasificación cabría para encasillar su trabajo, era una Rara Avis en el mundo del arte de la posguerra. Por cierto, las clasificaciones solo son útiles si por medio de ellas podemos establecer nexos y aspectos más o menos comunes dentro de un conglomerado, pero nada más. Las clasificaciones siempre son excluyentes en el mundo del arte y en ese sentido, Rothko sería algo así como el único de su especie. Los historiadores lo han asimilado al expresionismo abstracto de la llamada Escuela de Nueva York, solo porque su temporalidad coincidía con la de artistas como Pollock, Kline o de Kooning. Pero esta clasificación es más arbitraria que real; a decir verdad, el expresionismo abstracto, en cuanto a escuela o vanguardia nunca existió, fue una invención de críticos como Clement Greenberg, que pretendió englobar a la fuerza a un grupo de individualidades acérrimas que se resistían a ser consideradas como rebaño. Rothko probablemente fuera uno de los más enconados enemigos de que su arte se encasillara en cualquier escuela o tendencia. No pintaba para hacer reclamos, o para quedar bien con nadie, o tan siquiera para hacerse un sitio en la sociedad. Su arte era, parafraseando a Ortega y Gasset,  una expresión propia y única de él, de su individualidad y de su circunstancia. Nadie más podría pintar como él lo hacía y él no podía pintar como nadie más. Su mundo, es decir su circunstancia, era totalmente subjetivo, como lo es el de cualquiera, y se expresó a sí mismo con toda la claridad y nitidez con que era capaz de hacerlo. Quien contempla una de sus obras, está contemplando una parte esencial de un ser humano único e irrepetible y a lo sumo, podemos compartir algo que es común entre él y nosotros, pero nada más. ¿Podemos realmente “entender” a un ser humano sin reducirlo a conceptos y clasificaciones?

Rothko trabajaba mediante el espacio, en su forma más pura, sin ambigüedades. El espacio expresado a través de las dos dimensiones que nos permite el medio de una pintura. No existen ilusiones de profundidad, de tridimensionalidad en estos campos de color, no hay perspectiva, no hay un adelante y un atrás, no hay una luz que nos fije la pauta de volumen y forma; tan solo hay límites, y estos son siempre borrosos y poco acentuados. La esencialidad de esos espacios se reduce a su simple presencia en una imagen y a su restricción, de acuerdo a los bordes del formato. El espacio aquí es expresado como signo, como una abstracción de algo que ya de por sí es abstracto y sin embargo, el esencialismo de estas representaciones tiene más de poético que lo que tiene una infinidad de imágenes de la naturaleza que podríamos ver en mucho de la historia del arte. Rothko logró algo que es muy difícil para cualquier artista: sugerir al mismo tiempo que declarar. Y su declaración no podría ser más sencilla.

Marcus Rothkowitz nació en Letonia en 1903, en el seno de una familia judía que emigró a Estados unidos cuando era aún un niño. Tras ganar una beca para estudiar en la prestigiosa universidad de Yale, se inscribió en diversas materias como física y economía, pero tras varios años decidió abandonar la universidad.  En 1923 se trasladó a Nueva York, en donde tuvo sus primeros contactos con el arte y decidió estudiar en el New School of Design, donde tomó clases con varios artistas notables, entre ellos Archile Gorky y luego en el Arts Students League, donde trabajó con Max Weber. Por esta época, Rothko empezó a visualizar el arte como una herramienta de expresión emocional y religiosa, lo cual marcará su trayectoria en el futuro. En 1928 tuvo su primera exposición colectiva, en la que presentó obras de marcado carácter expresionista y tuvo buena acogida por parte de los críticos. También empezó a dar lecciones de pintura y escultura en la Center Academy de Brooklyn, escuela en la cual trabajó hasta 1952. Tras varias exposiciones exitosas en los años 30 del siglo pasado, Rothko se decantó cada vez más por el surrealismo y la experimentación de la pintura al aire libre, junto al grupo que seguía al pintor Milton Avery, quien inculcó en Rothko el gusto por las vastas extensiones de color.

En la década de 1940, en plena guerra y tras diversas lecturas de Nietzsche, Rothko empezó a trabajar en grandes rectángulos de color con los que pretendía expresar la idea de lo absoluto y lo homogéneo. Abandonó definitivamente la figuración y se concentró en estas obras de gran formato, que realizaba a base de combinaciones cromáticas diversas, a veces con colores derivados y otras veces con colores puros, entre los que siempre destacaba el rojo. Rechazó enérgicamente la clasificación de artista abstracto, la cual consideraba alienante, e insistió en que sus modelos conceptuales estaban más cerca de los arquetipos de Jung y el arte griego presocrático. Tras escribir diversos ensayos que lo convirtieron en teórico del arte, Rothko infirió el vacío espiritual que acompaña al hombre moderno e hizo la exaltación del arte como energía liberadora del inconsciente, lugar al que no podía acceder la mera razón intelectual. Así, su pintura se convirtió en una expresión de su propia búsqueda del absoluto en territorios desconocidos, siempre tratando de representar realidades ajenas a la interpretación consciente del mundo. De esta forma, el arte venía a ser un vehículo de liberación alternativo al símbolo y el mito, en los cuales se potencian los aspectos más fundamentales de la psique humana. Con todo, su arte nunca fue del gusto de las mayorías y sólo era bien recibido por los intelectuales, que descubrieron en los campos de colores toda una gama de acentos espirituales que eran capaces de sugerir. A pesar de ello, Rothko nunca se manifestó conforme con su arte y su experimentación lo llevó a trabajar con las propiedades subjetivas de los colores, sugiriendo nuevas gamas que empezaron a expresar sus propios estados de ánimo.

El personaje no puede ser ajeno a su circunstancia y en ese sentido, Rothko padecía la afección que hoy se llama “bipolaridad”, la cual lo sumía muchas veces en intensos estados depresivos que se hicieron cada vez más frecuentes. La gama de sus colores se hizo cada vez más sombría y ya en la década de los años 1960 sus obras denotan claramente que la depresión lo estaba venciendo, a pesar de haberse sometido a diversas terapias y fármacos. Un mal día de 1970 dio fin a su vida y se especula que lo hizo desesperado ante una fuerte depresión. 

Esta obra fue pintada en 1950, en la etapa más fecunda de su producción y cuando trabajó con los colores más vivos. Valga como homenaje a uno de los artistas con más alcances que surgieron en el cambiante siglo XX, siglo de luces y sombras, dentro de las cuales Mark Rothko navegó siempre a la vanguardia.


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