Lucian Freud, Autorretrato (reflexión) 1993-94

Lucian Freud, ReflectionFreud tenía alrededor de 72 o 73 años cuando terminó este autorretrato. Fallecido en el año 2011, era considerado el mejor pintor inglés de su época. Su obra, de un realismo crudo, sin concesiones, sin disfraces ni autocomplacencias, no dejó de causar polémicas. Algún que otro conservador se escandalizó al ver sus pinturas, sobre todo el retrato que le hizo a la reina Isabel II, el cual la muestra tal cual es, sin ocultar ni una sola arruga e imperfección de su rostro de anciana altiva. En ciertos círculos consideraron a su arte como obsceno y hasta pornográfico, ya que retrataba a sus modelos en posturas digamos, “heterodoxas”, enseñando los genitales y las nalgas sin pudor alguno. Los cuerpos que retrataba no eran hermosos, eran los cuerpos de la gente común; los cuerpos que la mayoría no se atreven a ver en los espejos; los cuerpos que muestran sus venas, sus várices, estrías, celulitis y todos los demás horrores prohibidos en las salas de estética, los gimnasios y las fotografías de publicidad, donde abundan los narcisistas.

Consecuente con su arte, se retrató inmisericordemente como el anciano cansado y de cuerpo macilento que tenía a esa edad. Cada imperfección, cada marca del tiempo y de la vida están ahí… pero también está presente cada rasgo bello, de una belleza que no se complace a fuerza de ocultar, de esconder lo que se es, de no enseñar. En definitiva es una declaración de absoluta honestidad consigo mismo y con el que contempla el cuadro.

Está de pie en medio de un pequeño cuarto donde hay una cama, lo que sugiere intimidad y privacidad desveladas, pero no violadas; la espátula y la paleta revelan que era un pintor, nada más (¿valdría la pena revelar algo más que aquello que definió su vida?). Tiene unos zapatos gastados y sin cordones, lo cual sugiere que está en su casa y utiliza esos zapatos frecuentemente. Los zapatos hacen las veces de un pedestal inverso, sobre el cual se asienta su cuerpo sin elevarlo, antes bien lo baja a la altura de cualquier observador. Parece como si entráramos a su cuarto, justo en el momento en el que se acaba de levantar de la cama. Es un anti-héroe, o más bien un anti-quiero-parecer-un-héroe, porque los verdaderos héroes no se disfrazan, no se ocultan detrás de máscaras y cuerpos perfectos; son siempre personas comunes, con sus riquezas y sus miserias.

Por todo eso, considero a Freud uno de los más grandes artistas de nuestra época, no sólo por su técnica impecable, por su buen oficio, sino sobre todo, por su absoluta honestidad que nos revela con crudeza sí, pero también con grandeza, la auténtica esencia del ser humano.  

 

Julián González


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