Sobre lo que nosotros llamamos “Arte” y “Artista” (III)

Por: Julián González Gómez

El período Neolítico

Mujer sentada de Catal Hüyük, 6,000 a.C.

Imaginemos por un momento un entorno de colinas ondulantes y extensas praderas, salpicadas por aquí y allá de pequeños grupos de árboles. El clima es seco y caluroso, aunque por las noches la temperatura desciende a muy pocos grados por encima del punto de congelación y durante el invierno nieva ocasionalmente. Este lugar está ubicado en lo que, muchos siglos después, se conocería como Anatolia y actualmente es parte del territorio de una nación llamada Turquía. En este entorno se encuentra una aldea, bastante pequeña en su extensión, compuesta de grupos de viviendas construidas de adobe y madera, unas junto a otras en un abigarrado conjunto en el cual apenas hay unas pocas calles muy estrechas. Las viviendas se pueden comunicar entre sí simplemente caminando sobre sus terrazas, que son planas, ya que las lluvias son escasas y no se necesitan tejados con inclinación para desfogar las aguas. En este lugar habitan unas trescientas personas y ha crecido mucho en los últimos tiempos, ya que no ha habido conflictos ni invasiones por parte de los nómadas que provienen del Este y el Norte, quienes hace años asolaban la región, matando a los aldeanos y robando sus alimentos y enseres. Por si acaso, alrededor de la aldea se construyó una empalizada para protegerla y sus habitantes se procuraron una dote de armamento defensivo: lanzas, azagayas y escudos, que no dudarán emplear en caso de una amenaza. Un pequeño río cercano provee de la vital agua que necesitan para su consumo.

En las zonas que están a las afueras de la aldea hay algunos campos de cultivo, no muy extensos, donde se cosechan cereales como el trigo y la cebada, así como guisantes, garbanzos, lentejas y lino. En los pequeños bosques cercanos se recogen almendras y manzanas y se cazan algunos animales como el jabalí, el ciervo y algunas aves. Desde hace ya muchas generaciones se domesticaron las ovejas y las cabras, sus posesiones más valiosas, que proveen de su leche y su lana para alimento y vestido. Su economía depende de los recursos que logran explotar para auto abastecerse. Ocasionalmente comercian con los nómadas no beligerantes, procurándose de insumos que no hay en su región: piedras diversas (obsidiana, pedernal, ópalos, turquesas), ciertos tipos de cerámica especial, pieles de animales y objetos que consideran suntuarios, como plumas de aves de colores.

La vida de los habitantes de esta aldea es dura, la muerte les espera al promediar los 30 años por diversas enfermedades, partos y conflictos. Entierran a sus muertos en el suelo de sus casas. Su vida está regulada por las estaciones y por los ritos dedicados a diversos dioses caprichosos que, si se muestran favorables, los bendicen con paz y buenas cosechas, pero si están descontentos les hacen la vida imposible. Por ello hay que procurar sus favores por medio de sacrificios y ceremonias en las que se invoca su misericordia. No hay templos, ni una casta sacerdotal, los ritos se celebran en el interior de las viviendas, donde siempre hay un altar, y son dirigidos por el miembro más anciano de la familia, quien transmite sus conocimientos a los más jóvenes para que las ceremonias perduren en la memoria y en el culto. Dentro de los dioses, la más importante es la diosa de la fertilidad, de cuyos designios depende el éxito de las cosechas y por consiguiente el bienestar y prosperidad de la comunidad. A ella se dirigen las ceremonias más importantes, que siempre son en la primavera, y para las cuales se reúnen todos los clanes en una explanada, donde se enciende un fuego ritual, se depositan ofrendas y se realizan cantos y danzas en su honor. En este lugar se arreglaron piedras en forma circular y luego se erigieron algunas estelas conmemorativas con relieves que representan las fuerzas naturales y los dioses asociados a ellas, pero todos en menor jerarquía que la diosa de la fertilidad, a quien se le adjudicó un carácter femenino, por ser la hembra la que gesta la vida, que nace de su interior.

En el sector central de esta aldea vive un personaje especial, cuya casa no muestra signos de su jerarquía dentro de la comunidad, ni es más grande que las otras casas, ni está montada sobre un túmulo. Aquí vive el personaje que los demás reconocen como gobernante o jefe, quien dispone de los atributos que le permiten tomar las decisiones que afectan a todos los miembros de las familias y clanes, pero siempre lo hace de acuerdo al consenso de los demás jefes y ancianos, por lo que no dispone de entera libertad para disponer de lo que quiera. La sociedad que administra es igualitaria, no hay distinciones especiales para nadie, no hay castas, ni dominación de un sexo sobre el otro. La propiedad es comunal y abarca no sólo la infraestructura de la aldea, los campos de cultivo y los almacenes de granos, sino también los elementos propios de los ritos religiosos, las armas y los animales. Lo único que se puede considerar como privado es la ropa y los enseres necesarios para la vida diaria. El trabajo se ha especializado y hay personas que se dedican a diversos oficios por medio de los cuales se surten las necesidades de la población: artesanos de la piedra, la cerámica y la elaboración de objetos suntuarios. Dentro de estos últimos hay un individuo que se dedica a elaborar las estatuillas de piedra que se utilizan para los ritos de la diosa de la fertilidad. Aprendió el oficio de su padre y éste del suyo y así desde numerosas generaciones anteriores. Las técnicas provienen de los ancestros, pero no se sabe desde cuándo, ya que su memoria sólo abarca unas cuantas generaciones y no existen los registros escritos. Todas las costumbres y técnicas se transmiten de forma oral, al igual que las historias sagradas y la manera de realizar las ceremonias.

Este individuo maneja de forma experta diversos utensilios que le sirven para realizar su trabajo y también conoce en profundidad las cualidades de los materiales que emplea. Su conocimiento abarca no sólo aquellos aspectos que atañen a su oficio, sino también las normas sociales y religiosas, las costumbres y las jerarquías. Pero también aprendió que para hacer mejor su trabajo necesitaba convertirse en un experto observador y un profundo analista. Aprendió que las imágenes que sus ojos observaban en el entorno, en las personas, sus atributos y sus expresiones podían ser plasmadas en los objetos que elaboraba para hacerlos más “vívidos”, más “naturales”. Esto les otorgaba un valor agregado, el cual iba más allá de su mera utilización como ofrendas en los ritos; ante todo eran una representación de los dioses y por ello se veneraban, no por sus cualidades técnicas y expresivas. En su mente y en la de cualquier miembro de su sociedad no existía el concepto de “Arte”, él nunca pensaba que estaba realizando algo que perteneciera a esta categoría y tan sólo pretendía realizar un trabajo que satisficiera los requerimientos que le habían sido encargados. A través de la práctica y el aprendizaje fue mejorando algunos elementos en sus estatuillas, en relación con los que habían hecho antes su padre y su abuelo. Quizás sin saberlo conscientemente se estaba expresando de una forma única e innovadora, y también estaba estableciendo nuevos parámetros en su quehacer, que luego transmitiría a sus hijos y éstos a los suyos. Tras varias generaciones estos nuevos parámetros quedarían establecidos como una costumbre, un modo de hacer las cosas. También vendrían nuevos aportes e incluso nuevos motivos y, junto a los devenires históricos, se seguiría evolucionando o, por lo contrario, retrocediendo hasta desaparecer por completo este tipo de expresión, de manifestación cultural.

Muchos siglos, muchos milenios después, algunas de las estatuillas que realizó este artesano serían descubiertas por los arqueólogos en el emplazamiento de la antigua aldea, al que se le llamó Catal Hüyük y serían reconocidas por los historiadores y expertos como “obras de arte”. Datándolas en unos 6,000 años a.C. se considerarían como piezas de un alto valor artístico y cultural y serían posteriormente catalogadas, estudiadas y finalmente expuestas en un museo para su apreciación y estima por parte del público y la crítica. ¿Por qué se les consideró a estos objetos como “Arte”, si su propósito era sólo el de servir como ofrendas? Algunos dirían que por su calidad estética, o por su excelente elaboración, o por su expresividad, etc. Si partimos de la premisa, tan cara para los artistas contemporáneos, de que “Arte” es cualquier cosa que el artista declara como tal, podríamos afirmar rotundamente que estas estatuillas no lo son. Por otra parte, dejando de lado su valor como vestigios culturales, se podría decir que poseen características especiales que las hacen únicas y esto también incide en su alto valor, de acuerdo a las consideraciones culturales de hoy. Pero, si no se puede en la actualidad establecer un valor absoluto o una definición total sobre lo que se considera como “Arte”: ¿bajo qué premisas objetivas se puede establecer que un objeto, cualquiera que éste sea y de cualquier época merece tal consideración? Es una pregunta que trataremos de contestar en los siguientes artículos.      


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