La Broma (1967) – Milán Kundera


La Broma
es la primera novela del escritor checo. En la época en que se publica, en 1967, durante el régimen de Novotny, la censura en la entonces Checoslovaquia se había relajado un poco. Pero, quizá porque las bromas breves son las mejores, un año después, cuando es traducida en Francia, los tanques rusos entran en Praga y La Broma es prohibida en su país de origen. De la noche ala mañana, la novela pasa a ser, en el mundo entero, un libro de combate, un panfleto político, algo que solo es en parte.

Hay que releer La Broma en nuestros días para darse cuenta de que contiene el germen de toda la obra de Kundera: ese virtuoso arte de mezclar la novela, la ficción y las ideas, la profundidad y la frivolidad. Kundera hace política con sus historias subidas de tono. Es cierto, el contexto ha envejecido, el telón de acero ha caído y, actualmente, la atmósfera de sospecha permanente de los países comunistas constituye la principal broma del libro. Cuesta creer que Ludvik, el protagonista de la novela, pueda ser condenado a seis años de trabajos forzados en una mina a causa de una simple postal en cuyo dorso escribió: “El optimismo es el opio del pueblo, el espíritu sano hiede a idiotez.” Cuesta creer que las palabras “intelectual” o “individualista” pudieran ser consideradas insultos en aquellos países, y el adulterio, un crimen contra el Partido.

En el fondo, Kundera es un Kafka a su pesar; cuenta las mismas historias absurdas y crueles que su ilustre compatriota, con la diferencia que las suyas han ocurrido realmente. La Broma cuenta la victoria del amor y del humor sobre el aburrimiento y la seriedad. En aquella época, en los países del Este, bromear estaba prohibido. Desde entonces, la situación se ha invertido a nivel planetario: el humor es obligatorio; el mundo no es más que una Broma permanente. El libro de Kundera sigue de actualidad, ya que la vida se ha convertido en una vasta fiesta sin moral ni perdón…

 Fragmento:

Niños, vosotros sois el futuro, dijo y yo sé ahora que aquello tenía un sentido distinto de lo que pudiera parecer a primera vista. Los niños no son el futuro porque algún día vayan a ser mayores, sino porque la humanidad se va a aproximar cada vez más al niño, porque la infancia es la imagen del futuro. Niños, no miréis nunca hacía atrás, decía y quería decir que no debemos permitir nunca que el futuro se hunda bajo el peso de la memoria. Tampoco los niños tienen pasado y ese es el secreto de la encantadora inocencia de su sonrisa.
(…)
A pesar de mi escepticismo me ha quedado algo de superstición. Por ejemplo esta extraña convicción de que todas las historias que en la vida ocurren tienen además un sentido, significan algo. Que la vida, con su propia historia dice algo sobre sí misma, que nos devela gradualmente alguno de sus secretos, que está ante nosotros como un acertijo que es necesario resolver. Que las historias que en nuestra vida vivimos son la mitología de esa vida, y que en esa mitología está la clave de la verdad y del secreto. ¿Que es una ficción? Es posible, es incluso probable, pero no soy capaz de librarme de esta necesidad de descifrar permanentemente mi propia vida.


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