Hugo van der Goes, Adoración de los pastores. Óleo sobre tabla, 1478

Julián González Gómez

 

van_der_goesEn estas fechas en que se conmemora el nacimiento del Salvador, presentamos esta obra de Hugo van der Goes, uno de los mejores exponentes de la pintura flamenca del siglo XV, junto a Jan van Eyck o Roger van der Weiden. La Adoración de los Pastores es la sección central de un tríptico pintado por el artista entre 1479 y 1478 a petición de Tomasso Portinari, representante de los Médici en la ciudad de Brujas.

Una vez terminado fue llevado a Florencia, ya que fue encargado para la iglesia del hospital de Santa Maria Nuova. Expuesto al público causó sensación, especialmente entre los artistas, a quienes sorprendió el realismo de la composición y la acertada combinación de tonos pardos y azules en una atmósfera sombría, más apegada a las latitudes del norte que a la soleada Toscana. Desde Leonardo da Vinci, pasando por Filippino Lippi, hasta el propio Boticelli, el estudio de esta obra y su técnica dejaron profundas huellas en su trabajo. La influencia de este tríptico fue tal que el propio Ghirlandaio copió los pastores para un cuadro propio. Asombrados por la pintura al óleo, técnica que fue inventada en Flandes, la cual permitía obtener las más sutiles transparencias y pureza cromática, los artistas del renacimiento se enfrascaron por conseguir estos efectos que los pintores flamencos ya dominaban hacía mucho tiempo y lo lograron efectivamente después de mucho esfuerzo ¡y de exigir la importación de las pinturas al óleo desde Flandes! Así quedó desplazada a segundo término la pintura de caballete realizada al temple, patrimonio del primer renacimiento en Florencia, que era más opaca y de posibilidades expresivas más limitadas que la pintura al óleo.

Hugo van der Goes es uno de esos artistas que la historia ha descrito como “atormentados”, en base a su padecimiento mental, ya que sufría lo que en términos modernos se conoce como “bipolaridad”, que lo afectaba en tal grado que llegaba a perder el juicio. Hombre piadoso, ingresó como hermano lego al monasterio conocido como Rodeklooster (el Claustro Rojo), en las cercanías de Bruselas,  pensando que la vida pacífica entre los muros del recinto amortiguaría el sufrimiento que padecía. Se sabe muy poco de su vida; su nacimiento tuvo lugar en Gante, ciudad comercial y de amplia trayectoria artística, donde seguramente inició su formación como pintor, integrándose en el gremio de San Lucas, del que llegó a ser decano, señal de que era un artista de gran reputación en su ciudad. A pesar de ser famoso y de gozar de un patrimonio abundante, llevaba una vida más bien austera. Sus continuas crisis depresivas hacían infeliz su existencia, ya que cuando entraba en esos estados le era imposible trabajar. No se sabe si se casó, o si tuvo descendencia, ya que no consta en los archivos de la ciudad, así que su vida debe haber sido solitaria y tortuosa y parte de esas características se muestran en su trabajo.

Como ya habíamos dicho, ingresó al monasterio en busca de paz y alivio, esto fue en 1478, es decir, al poco de terminar el Tríptico Portinari. Sin embargo, sus crisis mentales prosiguieron con la misma intensidad, lo que hizo que intentara suicidarse en 1480 sin éxito. Murió en el monasterio dos años más tarde, a los 42 años, dejando escasas pinturas y, salvo el Tríptico, ninguna estaba autografiada.  Esto ha hecho muy difícil su investigación y en muchos casos, los expertos han debatido sobre su autoría en ciertas obras que se le atribuyen.

Esta Adoración de los Pastores es su obra más célebre y una de las cumbres del arte flamenco del siglo XV. Representa el episodio bíblico de la adoración del salvador por parte de los pastores de Belén, ante el aviso de su nacimiento. La figura central es la Virgen, representada por una joven flamenca rubia, ataviada con un vestido azul profundo, con sus manos juntándose en gesto de adoración al ver a su recién nacido, que está representado a tamaño natural respecto a la madre. Este pequeño está simplemente tendido en el suelo, tal y como si acabara de nacer y de su frágil cuerpo brotan rayos luminosos que apenas aclaran el contorno. La iconografía de la época obligaba a representar al Salvador en esta postura y abandono, a diferencia de la representación en brazos de su madre, propia de la presentación ante los Reyes Magos. Este ser aparentemente tan frágil y separado físicamente de su madre está rodeado por una cohorte de ángeles que lo adoran y protegen, la mayoría postrados de rodillas y varios más que flotan en el aire. Otro ángel que está flotando en el extremo superior derecho va anunciando a las gentes la buena nueva. A la izquierda se ve a San José en la misma actitud, pero está de pie.

Los pastores ocupan todo el cuarto superior derecho de la pintura. Tres de ellos han llegado a postrarse para adorar al niño y en sus rostros se pueden ver sus respectivas características psicológicas: el que está más bajo es un anciano todo bondad y gratitud, señal de ser un hombre de fe que junta sus manos para agradecer el advenimiento del Mesías; a su derecha un hombre joven denota incredulidad en su expresión y tal vez cierta hipocresía, como si hubiese acudido más por curiosidad que por fe; detrás de ellos un tercer pastor está pasando por un momento de supremo frenesí, con su boca entreabierta y sus ojos abriéndose en una mueca de arrebato que hace que su mano derecha se apriete con fuerza en el instrumento de labranza, mientras que su izquierda sostiene un sombrero que ha llevado al corazón. Más atrás otros pastores y campesinos están llegando presurosos ante el anuncio del ángel, mientras que dos jóvenes mujeres parecen ajenas a la historia, mientras caminan delante de una población.

Todos estos personajes revelan las distintas reacciones de los seres humanos ante el acontecimiento celestial y es precisamente en su representación en donde van der Goes pudo saltarse las fórmulas iconográficas preestablecidas para dar rienda suelta a su creatividad, no exenta de moralismo. En efecto, el agudo contraste entre la gravedad y el hieratismo de las figuras sacras y la emocionalidad de los personajes humanos nos presenta las contradicciones entre los dos mundos que eran evidentes en la época y el contexto en el que se creó esta obra. Jesús recién nacido está en el centro de ambos, todavía sin plena consciencia de su papel fundamental como eje alrededor del cual giran los cielos y la tierra, el universo en su totalidad. Su nacimiento viene a ser entonces el acontecimiento más importante de las historias de los cielos y la tierra, de acuerdo a las enseñanzas de San Agustín, a las cuales debe haber sido muy afecto van der Goes.  


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