El silencio del mar – de Vercors

VercorsEl silencio del mar de Vercors (1902-1991) fue el primer libro publicado en la clandestinidad, con una tirada de 350 ejemplares, editada por Éditions de Minuit, sede central de la Resistencia creada por él y Pierre de Lescure en 1941.  Jean Vercors, cuyo verdadero nombre era Jean Bruller, lanzó esta semilla de la discordia jugándose la vida.  Evidentemente, podría pensarse que, en la actualidad, El silencio del mar tiene un valor más histórico y sentimental que literario: nada más lejos de la realidad.

El argumento es muy simple: en 1940, un oficial alemán se aloja en la casa de un habitante de un pueblo de la zona ocupada; cada noche, habla en francés con sus anfitriones, pero estos no le contestan. Con su silencio, los ocupados, un anciano y su nieta, manifiestan su resistencia hacia el okupa —un poco como Gandhi con el invasor británico—.  El escritor Yves Beigbeder  dijo algo muy acertado con relación a esta obra: «Se trataba de hacer, si no una literatura de combate —eso llegaría un poco más tarde—, por lo menos una literatura de afirmación de la dignidad.» El mutismo de aquellos franceses simboliza perfectamente aquel terrible periodo de soledad, aquel ejército de las sombras, los santos y señas, los débiles que no podían decir «no» porque para eso había que emigrar a Inglaterra o jugarse la vida, pero que murmuraron no, que mascullaron no, que vivieron en el no.  Lentamente, el oficial alemán, Werner von Ebrennac, va respetando a aquellos mudos, casi termina por admirarles y, al final, el viejo y su nieta también, de algún modo, lo admiran a él.  Aunque comprometida, no estamos ante una novela maniquea: el único momento del libro en el que la chica habla es para decirle «adiós» al alemán cuando este se marcha.

La fuerza de El silencio del mar radica también en la sobriedad de su estilo:

“El silencio se prolongaba. Era cada vez más espeso, como la niebla de la mañana.  Espeso e inmóvil.  La inmovilidad de mi nieta, también la mía, sin duda, sobrecargaban aquel silencio, lo convertían en plomo.  El propio oficial, desorientado, permanecía inmóvil hasta que, finalmente, vi nacer una sonrisa en sus labios.”

Es una novela muy corta, casi una nouvelle, que produce escalofríos, de mucho peso, que  provoca en el lector un nudo en el estómago y le hace experimentar físicamente lo que debió ser el ambiente deletéreo y asfixiante de la ocupación alemana.

 

Ligia Pérez de Pineda


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