Dime con quién andas y te diré que escribes. La amistad de Gómez Carrillo y Rubén Darío.

Rodrigo Fernández Ordóñez

 

Al doctor Carlos Alberto Cazali Ávila, quien siempre tuvo un momento libre para contarme sus historias y a quien se le extraña tanto.

  

Y yo ausente, estoy aquí solo,

Y apenas miro mi jardín.

Rubén Darío.

 

 

Nicaragua, tierra de lagos y poetas, el país más bello de América Central después de Guatemala (como ven, soy nacionalista irredento), tiene motivos para presumir en el mundo de la literatura. Sus montañas verde esmeralda han visto nacer a poetas de la talla de Rubén Darío, Ernesto Cardenal y Pablo Antonio Cuadra o PAC. Allí nació también el gran novelador de la gesta dariana, Sergio Ramírez, escritor genial.

De esta hermosa y sufrida tierra salía un día de finales de abril de 1883 quien luego sería orgullo de las letras americanas y fundador de su propio movimiento literario, Félix Rubén García Sarmiento. Rubén Darío para los amigos. Primero viajó a Chile, tierra de otros brillantes hacedores de versos como Gabriela Mistral y el universal Neruda. Se va gracias a al consejo del General Juan Cañas, diplomático salvadoreño, quien durante una estancia en su país le dijo: “Es el país a donde debes ir (…) Vete a nado, aunque te ahogues en el camino.”[1] Parte del puerto de Corinto el 5 de junio de 1886, llegando luego de varias escalas a Valparaíso, un 24 de junio de 1886[2]. Se establece primero en Santiago[3], y luego en dicho puerto, en donde incluso llegó a trabajar en las Aduanas de la localidad combinando con tareas periodísticas. No le habrá ido mal en esos lares al nicaragüense puesto que en Santiago publica su famosa obra Azul, en 1888 y desde esos años pertenece a la redacción del prestigioso diario argentino La Nación.[4]

Aburrido en Chile según su propia confesión decide ir a países más cálidos, y resulta en Guatemala, un día de julio de 1890. Había estado en El Salvador[5], bajo la protección del presidente General Francisco Menéndez, allí, con tan sólo veintidós años fue director del diario La Unión. Allí también contrajo y sobrevivió a la terrorífica viruela, convaleciendo en la población de Santa Tecla[6]. En el vecino país centroamericano Darío se enamora de Rafaela Contreras, y el 22 de junio de 1890 contrae matrimonio civil, coincidiendo tan importante acontecimiento con un golpe de estado que derroca a su protector.[7] Como ve, la vida también puede ser irónica. Así que al día siguiente de su casamiento, y con una inmejorable excusa tuvo que poner pies en polvorosa. Se establece en Guatemala, en la capital de este hospitalario país, que para esa época habrá sido poco más que una aldea, convence al gobierno de Manuel Lisandro Barillas de la conveniencia de publicar un periódico oficial, por intermedio de su amigo el poeta cubano José Joaquín Palma, casualmente, el autor de nuestro himno nacional. Al periódico se le llamó El Correo de la tarde, y su primer número salió el 8 de diciembre de 1890[8]. En ese periódico participaría el entonces joven, inquieto e inteligente Enrique Gómez Carrillo.

¿Y cómo se conocieron estos dos grandes de la literatura hispanoamericana? Le cedo la palabra a Darío:

 

“…Dirigía yo, allá por el año de 1890, en Guatemala, un diario: El Correo de la Tarde. Un día se presentó con unos trabajos un joven, muy joven, de un moreno dorado, de copiosos cabellos y ojos de soñador, y que manejaba ya cierta sonrisa caprichosa, con cuyas consecuencias habría de cargar yo mismo pasando el tiempo. Intimamos…”[9]

 

Gómez Carrillo, en la lejanía de sus memorias escritas en Europa, rememora los inicios de la amistad en forma más distante:

 

“Como mi tío y yo éramos entonces los chicos más traviesos de la literatura, ambos fuimos elegidos. Y con nosotros, y con unos cuantos reporters callejeros, y con tres o cuatro editorialistas serios, formóse la redacción de aquel periódico que ya tenía casa, subvenciones, suscriptores y hasta enemigos, pero que todavía carecía de nombre…”[10]

 

      Nótese cómo la propia memoria va matizando los recuerdos de las cosas pasadas. Para Darío, quien llega a pedir trabajo es Gómez Carrillo, mientras que para el segundo, quien lo busca es Darío. Por verdad histórica y por evidencia, tomando en cuenta que Rubén Darío era mayor, y ya había iniciado su camino de poeta maduro gracias a la publicación de Azul, (aunque su primer tiraje fue mínimo: veintiún ejemplares), nos inclinamos a creer en su versión. Gómez Carrillo aunque un ávido lector, era un muchachito de diecisiete años que apenas había empezado a publicar en El Imparcial algunas columnas, por lo que es más probable que éste buscara un padrino literario, y lo encontrara en el recién llegado.

Años después, en su Historia de un Sobretodo, Darío rememoraría los eventos con otro humor:

 

“El muchacho se llamaba Enrique Gómez Carrillo y tenía costumbre de llegar a mi hotel a alborotarme la bilis con sus juicios atrevidos y romos y sus risitas molestas. Pero yo le quería, y comprendía bien que en él había tela para un buen escritor. Un día llegó y me dijo: ‘-Me voy para París’, -Me alegro. Usted hará más que las recuas de estúpidos que suelen enviar nuestros gobiernos.’ Prosiguió el charloteo. Cuando nos despedimos, Enrique iba ya pavoneándose con el ulster [el sobretodo] de la calle del Cabo.”

 

Otra muestra de los matices de la memoria es el siguiente pasaje que nos cuenta Carrillo en el primer tomo de sus memorias, a propósito de la búsqueda de nombre para el periódico recién fundado:

 

“…¿Qué les parece a ustedes El Correo de la Tarde?

-Como corto y como original…- murmuré

José echóse a reír. El otro compañero calló. Y Rubén, acostumbrado a creer que todo lo que él imaginaba era perfecto, tomó nuestras ironías por marcas de aprobación y decretó que ya no había necesidad de buscar más, que El Correo de la Tarde resultaba inmejorable…”[11]

 

¿No ven ustedes un gesto de hastío en la frase “…acostumbrado a creer que todo lo que él imaginaba era perfecto…”?, es como si al escribir esto nuestro admirado cronista tuviera una mueca de sorna en el rostro y los ojos viendo al cielo. Pequeños ajustes de cuentas, como cuando Darío, por su parte apunta en su texto ya citado: “Era, pues quizás, el camino de Madrid el que hubiese tomado, sin mi dichosa intervención…”[12] Como es una competencia de egos titánicos, el medio mudo de Gómez Carrillo no sabía qué hacer y fue la mano prodigiosa de Darío la que, en un gesto divino, como si de la propia Atenea se tratara, la que le señaló su destino: París.

Por eso, líneas debajo Carrillo se desahoga con una parrafada ingrata:

 

“…Los que no han conocido al pobre gran poeta sino más tarde, ya envenenado por el alcohol y la vanidad, no pueden imaginarse lo que aquel hombre era en el año 1890. Ligero vivo, curioso, enamorado de la vida, lejos de encerrarse en torres de marfil, acercábase al pueblo para ver palpitar sus pasiones…”[13]

 

¡Pero miren quien habla! ¡si parece un autorretrato! ¡si el insufrible es Carrillo, no digo que Darío sea una mansa paloma, pero el vanidoso e hinchado por el alcohol es Carrillo! Para cuando éste paisano se sienta a escribir sus memorias, el pobre poeta llevaba muerto ya un buen par de años, y ni así, a la distancia del tiempo y del espacio, ni el frío de la muerte deja de arrullar rencores. Caro se lo hará pagar doña Aurora, aprovechando la ausencia que deja la muerte, para vengarse de quien ya no puede regresar los insultos…

Pero lejos de rencores y petulancias, al momento de conocerse, ambos genios al parecer hacen migas. Se llevan bien, colaboran, discuten de literatura y periodismo. Un buen día, según cuenta don Enrique, el ministro de Relaciones Exteriores, le consigue una cita con el presidente de la república, General Manuel Lisandro Barillas, para que lo conozca y lo entreviste. Gómez Carrillo, muerto de miedo según su propia confesión, acude a la residencia presidencial y habla con el general por espacio de una hora y media. La entrevista se publica en El Correo de la Tarde un sábado. La cosa resulta bien, y de la entrevista sale nuestro escritor con un nombramiento para irse a estudiar al extranjero.

 

“Veinte minutos más tarde, el ministro de Instrucción Pública, llamado con urgencia, había redactado un acuerdo concediéndome una mensualidad de 750 francos ‘para permitirme ampliar y perfeccionar’ mis estudios en Madrid…”[14]

 

Siempre venenoso, nuestro cronista reconstruye sus recuerdos de la mejor manera para salir siempre en caballo blanco:

 

“Mi señor director, en uno de esos raptos de generosidad que, por desgracia, no se traducen siempre en hechos, me habló de París con entusiasmo y me prometió que al día siguiente el administrador de El correo me pagaría los 300 duros que se me debían.”[15]

 

La verdad nos obliga a hacer un alto en este momento, porque debemos aclarar que encima de venenoso y chismoso, Carrillo es malagradecido, porque quien le consiguió la entrevista con el presidente no fue el entonces Canciller, sino el propio Rubén Darío, de acuerdo a los biógrafos del guatemalteco Edelberto Torres y Alfonso Enrique Barrientos. Además, confirmando la versión de Darío, Gómez Carrillo, desobedeciendo las órdenes presidenciales se va a París, y no Madrid, para iniciar su nueva vida intelectual, o sea que además Carrillo era voluntarioso. Carrillo parte a Europa en enero de 1891 en un buque que arriba a Le Havre al mes siguiente y aunque regresará eventualmente, nunca volverá a vivir en estas tierras, e incluso, no regresará a Guatemala sino hasta varios años después.

De su partida a Madrid, nos ofrece un detalle interesante don Agustín Gómez Carrillo, su padre, que comenta:

 

“No es exacto que se haya marchado de Guatemala con una peseta en el bolsillo en 1890; llevó sobrado para el viaje y el nombramiento de agregado a la Legación en Guatemala en España, con ciento veinticinco pesos oro mensuales… pero cuando Enrique se acalora le pasa lo que a todos nos pasa en esos momentos; es decir, que exagera las cosas y se olvida de la realidad…”

 

Aunque a decir verdad estas palabras hay que tomárselas con reserva, pues las pone en boca del honorable don Agustín la vieja intrigosa de Aurora Cáceres. Siempre se detecta un cierto desdén, un gesto de rencor contenido en todo lo que la señora escribe por sí misma y escribe en nombre de otros.

Bueno, pero como es común en estos países del trópico, y las órdenes presidenciales eran irse a Madrid y no a París, la mano del general Barillas anula la beca asignada al escritor guatemalteco el 26 de junio de 1891. El lenguaje burocrático, que disfraza la mano del autócrata es más que evidente: “Con el objeto de hacer las economías indispensables en la Administración Pública, el General Presidente, ACUERDA: que desde esta fecha cesen los efectos del Acuerdo Gubernativo fecha 23 de diciembre del año pasado en que se da encargo a don Enrique Gómez Carrillo, para que haga publicaciones en los periódicos de Madrid. Comuníquese.”[16]

¡Comuníquese! ¡Qué fácil y rápido se dice! Y el otro ya establecido en Europa a miles de kilómetros de la provinciana Guatemala. ¿Por qué no hace sus cuentas el gobierno antes de mandar a alguien a joderse al extranjero? Carrillo entretanto mal vive en Madrid y luego regresa a París en donde se establecerá definitivamente.

Entretanto, Darío se casa por la Iglesia con Rafaela Contreras Cañas, quien llega a Guatemala del vecino El Salvador, sumido en problemas políticos a raíz del golpe de Estado que ha derrocado a Meléndez, ejecutado por su hombre de confianza, Carlos Ezeta. Se casan en la capilla de El Sagrario de la Catedral, y la fiesta se celebra en Escuintla.[17]

Terminado el período presidencial de Barillas, se cierra El Correo de la Tarde, por lo que Darío, con su esposa, abandona Guatemala para irse a Costa Rica. En su autobiografía comenta: “No puedo rememorar por cuál motivo dejó de publicarse mi diario, y tuve que partir a establecerme en Costa Rica” Pues habrá sido porque se bebió la plata, o porque a Lisandro Barillas se le antojaba andar torciéndole los planes a sus amigos, ya vimos cómo le metió zancadilla a Enrique. Pero en Costa Rica tampoco era cosa de ponerse a soplar y hacer botellas, porque al poco tiempo ya anda rondando por Guatemala otra vez. Dice Darío: “Después del nacimiento de mi hijo, la vida se me hizo bastante difícil en Costa Rica y partí solo, de retorno a Guatemala, para ver si encontraba allí manera de arreglarme una situación.” Don Rubén habrá dejado un buen sabor de boca a los chapines porque al conocerse de su retorno se publicaron gacetillas de bienvenida en los periódicos locales. Una de ellas, citada por Engelbrecht, en su lastimosamente breve artículo se leía: “Rubén Darío. Según leemos en la lista de pasajeros ha desembarcado hoy en el puerto de San José aquel amigo nuestro. Celebramos su regreso a Guatemala, y le deseamos, grata permanencia entre nosotros.” Esta segunda estancia es corta, porque a los meses recibe su nombramiento para integrar una comisión para representar a Nicaragua en las celebraciones del cuarto centenario del descubrimiento de América en Madrid. “No había tiempo de nada; era preciso partir inmediatamente. Así que escribí a mi mujer y me embarqué”, apunta Darío en sus memorias. Comenta Sainz de Medrano[18] que este viaje, iniciado en julio de 1892 lo lleva en primera escala a Panamá, “que le suscita una emotiva crónica sobre la tragedia de la abandonada empresa canalera de Lesseps”. Al respecto escribirá Darío, citado por Sainz de Medrano: “Me ha tocado visitar, en compañía de ingenieros desolados ante el espectáculo ciertamente conmovedor, aquel cementerio de construcciones, aquel osario de máquinas…”. El barco amarra luego en La Habana, en donde se le recibe con atenciones propias de su misión diplomática.

Pasados los actos conmemorativos a la llegada de Colón a América, Darío fracasa en su intención de lograr algún nombramiento definitivo por parte del gobierno nicaragüense y debe regresar, desembarcando en La Habana nuevamente el 5 de diciembre de 1892. El buque en que viaja toca luego las costas colombianas, en Cartagena, en donde la suerte parece empezar a sonreírle al vate. Allí se reúne con el ex presidente colombiano Rafael Núñez, quien logra conseguirle el Consulado de Colombia en Buenos Aires, nombramiento que debe esperar en León, Nicaragua, y que llegará al fin de pasados dos meses[19]. De León pasa a Managua, en donde trata de cobrar los sueldos atrasados que le adeuda el siempre incumplido gobierno nicaragüense. Sin éxito inicia entonces el viaje para la capital argentina, tomando un nada práctico desvío a París, en la que sería su primera estadía en la capital francesa. “París era para mí como un paraíso en donde se respirase la esencia de la felicidad sobre la tierra. Era la Ciudad del Arte, de la Belleza y de la Gloria y; sobre todo, era la capital del Amor…” esta frase, que bien puede ser el manifiesto del modernismo, lo deja escrito el poeta en su autobiografía y encierra toda la magia que inspiraba para los americanos la sola mención de la ciudad.

Mientras tanto, la vida en París de Gómez Carrillo, dará un vuelco completo. La capital francesa era para la fecha de su llegada, febrero de 1891, la capital del mundo moderno. Germán Arciniegas en La vida fabulosa de Gómez Carrillo, citado por Barrientos comenta:

 

“Sumergido en la vida bohemia de París, Gómez Carrillo con Darío, con Vargas Vila, con Blanco Fombona, con el cubano Augusto Armas, formó una tertulia a donde fueron llegando argentinos, colombianos, peruanos, uruguayos (…) todos los de nuestra América modernista y fantástica-, que acabaron por hacerse sentir desde la llanura universitaria del Barrio Latino, hasta el cerro peligroso de Montmartre…”[20]

 

En ese París moderno, encontrará Darío a su joven discípulo ya totalmente integrado durante su viaje a la capital francesa en 1893 en la cual Gómez Carrillo, para ese entonces ya un gran conocer de la vida parisiense, le serviría de guía.[21] Ese año, el guatemalteco ha ingresado como empleado de la casa editorial Garnier, para la elaboración del Diccionario enciclopédico de la lengua castellana, publicado por dicha casa en 1895. De esa época data un recuerdo feliz que nuestro cronista evocará en su nostálgica Sensaciones de París y de Madrid:

 

“…De allí salimos juntos Jean Moréas, Rubén Darío y yo para ir a pasar tres días en las tabernas de los mercados, comiendo almendras frescas, bebiendo vinos añejos y diciendo versos…”.[22]

 

Darío, por su parte, rememora:

 

“Apenas hablaba una que otra palabra de francés. Fui a buscar a Enrique Gómez Carrillo, que trabajaba entonces empleado en la casa del librero Garnier. Carrillo, muy contento con mi llegada, apenas pudo acompañarme; por sus ocupaciones; pero me presentó a un español que tenía el tipo de un gallardo mozo, al mismo tiempo que muy marcada semejanza de rostro con Alfonso Daudet. Llevaba en París la vida del país de Bohemia, y tenía por querida a una verdadera marquesa de España (…) Como yo, usaba y abusaba de los alcoholes; y fue mi iniciador en las correrías nocturnas del Barrio Latino…”[23]

 

El amigo español es el ahora desconocido Alejandro Sawa, quien escribiera una novela publicada póstumamente, Iluminaciones en la sombra, prologada por el propio Darío, a petición de la viuda del autor y cuyas sentidas palabras hemos apuntado en alguna parte antes de estos escritos. Darío comenta líneas después: “Algunas veces me acompañaba también Carrillo, y con uno y otro conocí a poetas y escritores de París, a quienes había amado desde lejos…”[24] Se refiere, como no, a dos poetas famosos: el griego Jean Moreas y al francés Paul Verlaine, con quienes eventualmente irá a compartir de alcoholes y versos gracias a la providencial mano de Gómez Carrillo con uno y gracias a la intervención de Sawa con el otro. Relata Darío:

 

“Cierta noche, en el café D’Harcourt, encontramos al Fauno [Verlaine], rodeado de equívocos acólitos (…) Nos acercamos con Sawa, me presentó: ‘Poeta americano, admirador, etc…’ Yo murmuré en mal francés toda la devoción que me fue posible, concluí con la palabra gloria… Quién sabe qué habría pasado esta tarde el desventurado maestro; el caso es que, volviéndose a mí, y sin cesar de golpear la mesa, me dijo en voz baja y pectoral: ‘¡La gloire!… ¡La gloire!… ¡M… M… encoré…!’ Creí prudente retirarme….”[25] 

 

Cómo se nota en este breve fragmento que Darío no era de esos que van acumulando rencores. Otro hubiera sido, digamos Carrillo, y todavía estuviera escupiendo maldiciones e insultos a tan digno maestro por esa mala pasada. Pero Darío, tímido y de naturaleza conciliadora, no era de andarse desquitando con los muertos a la hora de ponerse a escribir memorias. Cosa curiosa: en toda su autobiografía apenas asoman palabras de reprobación en contra de unos pocos sujetos y bien justificados, como cuando se desquita con el desgraciado de Crisanto Medina[26], pero por lo demás siempre encuentra virtudes que encomiar en la persona a la que se refiere. Tan diferente a Gómez Carrillo en este sentido… Aunque al parecer el odio era mutuo, pues nos informa Vargas Vila: “…[el] Señor Medina, que sentía por Darío un odio ciego, irracional, uno de esos odios que radican en lo más obscuro de la humana bestialidad.”[27]

En cuanto al griego, nos cuenta el poeta:

 

“Con quien tuve más intimidad fue con Jean Moreas. A éste me lo presentó Carrillo, en una noche barriolatinesca. Ya he contado en otra ocasión nuestras largas conversaciones ante animadores bebedizos. Nuestras idas por la madrugada a los grandes mercados, a comer almendras verdes, o bien salchichas en los figones cercanos, donde se surten obreros y trabajadores de les Halles. Todo ello regado con vinos como el petit vin bleu y otros mostos populares. Moreas regresaba a su casa, situada por Montrouge, en tranvía, cuando ya el sol comenzaba a alumbrar las agitaciones de París despierto. Nuestras entrevistas se repetían casi todas las noches…”[28]

 

De esos despreocupados días nos cuenta:

 

“Comía yo generalmente en café Larue, situado enfrente de la Magdalena. Allí me inicié en aventuras de alta y fácil galantería. Ello no tiene importancia; mas he de recordar a quien me diese la primera ilusión de costos amor parisién. Y vaya una grata memoria a la gallarda Marión Delorme (…) Era la cortesana de los más bellos hombros. Hoy vive en el campo y da de comer a sus finas aves de corral…”[29]

 

Luego del largo interregno, debidamente regado de alcohol y desvelos con Carrillo y Jean Moréas, desembocará por fin en la ciudad porteña del vapor Diolibah el 13 de agosto de 1893, ciudad en la que habrá de permanecer hasta finales de 1898, años que serán según su propia confesión, los más hermosos y prósperos de su vida.[30] Era además un trabajo de sueño, uno de esos que quisiera yo para irme a vivir a la capital argentina: “Mi puesto no me dio ningún trabajo, pues no había nada que hacer (…) dado que no había casi colombianos en Buenos Aires y no existían transacciones ni cambios comerciales entre Colombia y la República Argentina…”[31] El cambio de ciudad no implica un cambio de vida para nuestro atormentado poeta. Una vez establecido en Buenos Aires, “comencé a hacer vida nocturna, en cafés y cervecerías. Se comprende que la sobriedad no era nuestra principal virtud”, como decía mi abuelita: Gallina a la que le gusta el huevo, aunque le quemen el pico…

Resume el buen Darío: “Pasaba pues, mi vida bonaerense escribiendo artículos para La Nación, y versos que fueron más tarde mis Prosas Profanas; y buscando, por la noche, el peligroso encanto de los paraísos artificiales…”[32] y más adelante, disculpe usted que le de la lata con esto, pero es que me parece fascinante, imagínese usted, ¡el día a día del mismísimo Rubén Darío, a cien años distancia, gracias a su propia pluma!, pluma que nos narra ahora: “…por las fondas y comedores italianos de La Boca, en donde saboreábamos pescados fritos, y pastas al jugo, regados con tintos chiantis y obscuros barolos…”[33], ¡el paraíso pues!

Sin embargo, como esto es de andarse con atención, dentro de su despreocupado relato encontramos la primera referencia a su neurastenia, de la que hablaremos más adelante, por ser otra enfermedad constante en la vida de nuestros admirados intelectuales. Comenta Darío a propósito de unos días descanso pasados en la Pampa argentina: “…allí anduve a caballo varios días, desde los amaneceres hasta los atardeceres; allí adquirí fuerzas y renové mi sangre, y fortifiqué mis nervios…”[34], allí reconstruyó su armonía mental este poeta que entre su vagabundeo no descansa sus noches. Si no está escribiendo para los periódicos argentinos que le piden contribuciones, anda en Ateneos con José Ingenieros y otros intelectuales, o si no anda en cervecerías o fondas del puerto atiborrándose de vinos y de paso se gana unos centavitos extras como secretario del Director General de Correos y Telégrafos, doctor Carlos Carlés. ¡Cómo no se va a enfermar Rubén Darío!

Gómez Carrillo, por su parte, no obstante el vértigo y la excitación de vivir en la por entonces, capital cultural más vibrante del mundo, siempre veleidoso empieza a aburrirse. Se queja con su amigo Darío en una carta fechada en 1894, cuando éste estaba ya radicado en Buenos Aires:

 

“Al fin he conseguido fastidiarme de mi vida en París. La pobreza y la bohemia son muy bonitas cuando han pasado, pero mientras se está en ellas es horrible (…) En fin, estoy furioso. Lo único que me divierte es el ron y la lectura. Y eso puedo tenerlo del mismo modo en Honduras, sin trabajar seis horas diarias. Por este correo escribo a Gutiérrez Nájera, y a otros amigos, que me han prometido corresponsalías, diciéndoles que si no pueden conseguirme algo serio dentro de dos meses ya no se molesten. A usted no le digo nada. Sé que usted me quiere y que si no ha hecho nada aún algo en este sentido es porque no le ha sido posible.”[35]

 

De pronto, el tono cambia, se les nota más distantes, como veremos adelante. ¿Pero qué habrá pasado con los antes grandes amigos? ¿los cómplices literarios? ¿Esos que aplanan las calles desiertas de la madrugada parisina buscando un lugar en donde tomarse un ajenjo o un vaso de vino? Barrientos parece darnos la respuesta cuando comenta:

 

“No eran distintos de carácter, eran más que eso: eran opuestos. El poeta, ensimismado; el cronista, extrovertido. El poeta, humilde; el cronista, arrogante. Rubén, deseando siempre apartarse, aislarse, como que su alma era para el silencio y la soledad. Enrique al centro del festín llamando la atención de todos, queriendo aparecer el primero. Rubén poseía la hondura, la seguridad, la solidez del genio (…) Gómez Carrillo, en cambio, era ligero, ágil, volátil…”[36]

 

No podían ser más distintos entonces. Y esta diferencia de caracteres, en personas con tanto ego, con tanta ambición y deseo de reconocimiento puede resultar un mezcla explosiva, como al parecer sucedió entre estas dos mentes geniales. Edelberto Torres complementa la opinión de Barrientos:

 

“La amistad de Rubén Darío con Gómez Carrillo tiene raíces más profundas y motivos muy particulares para ser la más firme, constante y confiada, porque él descubrió al cronista en su dorada adolescencia en Guatemala y le puso la rosa de los vientos en la dirección de País. Son los únicos compatriotas en la cofradía literaria hispanoamericana de la capital francesa…”[37]

 

Sin embargo, en los primeros años, el tono es amistoso. Prueba de ello es una carta, que cita Barrientos en su biografía de Carrillo, en la que podemos sentir un tono amistoso, anhelante. En la carta fechada en 1896 dice: “Mi querido Rubén: ¡Al fin me ha escrito usted! Mil gracias por su carta, tan deseada, tan pedida, tan esperada. Mil gracias por lo bueno que es usted siempre al hablarme de mí mismo…” 

En otra carta de ese 1896, citada líneas arriba, le dice a su amigo, entre quejas de su precaria situación económica: “A usted no le digo nada. Sé que usted me quiere y que si no ha hecho algo en ese sentido es porque no le ha sido posible (…) Le mando las pruebas de Los poetas jóvenes de Francia que es el capítulo más largo. Van para que usted las corrija.” Como bien señala Barrientos, el tono en esta carta aún suena el agradecimiento a su maestro, además que al mandarle las pruebas para corrección, Carrillo está reconociendo la superioridad literaria de Darío.

Juan Manuel González Martel, un experto en Gómez Carrillo, apunta que en 1897, el escritor guatemalteco publica en la archifamosa revista modernista venezolana El Cojo ilustrado una crónica titulada La vida Parisina, dedicada a Rubén Darío. Sin embargo, y pese a la dedicatoria, apunta González Martel: “Con respecto al nicaragüense había empezado a adoptar una actitud defensiva y en ocasiones, agresiva, con malévolos comentarios que, más tarde, calificará de ‘bromas infantiles de antaño’”[38]

Al parecer, de pronto, sin más registro que lo explique y sin razón de peso aparente, estalla la pelea, porque las cartas adoptan otro tono. Barrientos, citando la obra de Alberto Ghiraldo, El archivo de Rubén Darío, transcribe otra carta de la que nosotros extraemos apenas unas líneas: “…Dice usted que el amigo ha sido usted y no yo. No lo he notado; pero ya usted sabe que le respeto bastante para no contradecirle. Además, esa es una cuestión personal; yo me siento su amigo; permítame por lo menos eso (…) No quiero firmar ‘su afectísimo’, como lo hace usted, sino su amigo malgré tous…” Las recriminaciones van creciendo, y las cartas de 1898 continúan con yo te digo, tú me dices, que se antojan interminables. Sin embargo, y esto me parece digno de resaltarse, es un comentario que a propósito de la colección de cartas, hace Barrientos: “Hubo entre ambos amistad literaria y ésta estaba sujeta a los embates de la propia literatura”[39], y es que tanto encono, tanta crítica, no puede explicarse sin las pasiones que levantan los fanatismos, siendo el fanatismo literario el que alimentaba el fuego que los enemistaba.

De acuerdo a Ghiraldo, siempre existió una relación tirante entre los dos genios, sobre todo porque Carrillo:

 

“…admira a Rubén, pero le discute, le ataca literaria y aún personalmente, hasta en libros que acaba de publicar; le dardea a las veces sin piedad, le zahiere, trata –inútilmente claro está- de rebajarle; le intriga siempre y, de cuando en cuando, después de colmarle de elogios, lo derriba de su pedestal.”[40]

 

Pero en algún momento de 1898 los ánimos parecen haberse calmado o retrocedido a un estado más apacible. En cualquier caso, en Sensaciones de París y Madrid, encontramos en una entrada un remanso de paz: “…MARTES. Rubén Darío me envía sus últimos libros. Gracias Poeta. Los que le creían a usted perezoso, mi querido Rubén, deben de estar desconcertados.”[41] En esa crónica, que es una crítica a sus libros Prosas Profanas y Los raros, califica generosamente a su amigo de aristocrático, de genial. Apunta: “…Su intelecto es un cinematógrafo que refleja incesantemente las mil frases de la sensibilidad, de la sabiduría y del pensamiento universales…” y líneas adelante, se suelta una parrafada que roza la devoción: “Si yo fuese capaz de dar consejos, le hablaría de otro modo: ‘Rubén, le diría mi querido Rubén: no cambie usted; siga siendo el mismo; continúe por la misma ruta que es, sin duda, la que ha de llevarle a usted a Damasco (…) No cambie usted, Rubén…” Y por fortuna no cambia Rubén Darío su forma de ser, porque si no, hubiera despachado a Gómez Carrillo desde el primer desaire o crítica mordaz, que el guatemalteco ejercía como deporte en contra de amigos y enemigos. Al final, quien preservó la amistad pese a todos los pasionales vaivenes fue Darío, quien en palabras de otro intrigante y viperino escritor modernista, Vargas Vila, era “…el primero entre los grandes (…) primero entre los buenos.”

El 3 de diciembre de 1898 se embarca rumbo a España, con el objeto de informar al lector argentino de La Nación, el estado en que ha quedado el país europeo luego de la guerra contra Estados Unidos. De sus despachos surgirá luego un volumen titulado España Contemporánea. Llega a Barcelona en enero de 1899, y permanecerá en el viejo continente hasta octubre de 1914, visitando América en cuatro ocasiones más. Durante su permanencia en la capital española recobrará contacto con el alcohólico de Alejandro Sawa y los hermanos Machado, a quienes la guerra civil de treinta años después habría de dividir tan profundamente. En 1900 volvemos a tener noticias de Rubén Darío paseando por las calles de París, a propósito Darío comenta: “…Como somos fáciles para el viaje y podemos viajar, París recibe nuestras frecuentes visitas y nos quita el dinero encantadoramente…”[42]. En esa ocasión, ha sido enviado como corresponsal del diario argentino La Nación, para cubrir la Feria Mundial con sede en la capital francesa. De sus crónicas Moody entresaca este interesante fragmento: “Visto el magnífico espectáculo como lo vería un águila, es decir, desde las alturas de la Torre Eiffel, aparece la ciudad fabulosa de manera que cuesta convencerse de que no se asiste a la realización de un ensueño. La mirada se fatiga; pero aún más el espíritu ante la perspectiva abrumadora, monumental…”[43]

Ese año de 1900, en París también lo ubica el venenoso colombiano Vargas Vila quien a pesar de sus inicios despiadados en contra de Darío, ya se ha hecho su amigo y escribe, cosa rara en él, sólo elogios para su colega nicaragüense. En su magnifico y sentimental libro, Rubén Darío, cuenta:

 

“Era en 1900 (…) el Poeta vivía, en la rue du Faubourg Montmartre, en el mismo apartamento con Gómez-Carrillo, a quien yo coníca ya, por habérmelo presentado Miguel Eduardo Pardo, en 1894, en el Quartier Latin…”[44]

 

De esa residencia en la “Ciudad Luz” nos cuenta el propio Darío en sus memorias: “En París me esperaba Gómez Carrillo y me fui a vivir con él, el número 29 de la calle Faubourg, Montmartre (…) y esa misma noche estaba en Montmartre, en una boite llamada ‘Cyrano’, con joviales colegas y trasnochadores estetas, danzarinas, o simples peripatéticas…”[45] Durante esta estancia en la loca París, coincidirá con otro gran poeta de quien se hará muy amigo: el mexicano Amado Nervo, quien por su parte actúa como corresponsal de El Imparcial.[46] Cedo la voz a Darío:

 

“Poco después, Carrillo tuvo que dejar su casa, y yo me quedé con ella; y como Carrillo me llevó a mí, yo me llevé al poeta mexicano Amado Nervo (…) A Nervo y a mí nos pasaron cosas inauditas, sobre todo cuando llegó a hacernos compañía un pintor de excepción, famoso por sus excentricidades y por su desorbitado talento: he señalado al belga Henri de Grunx…”[47]

 

De esa época cuenta también la siguiente anécdota, importante por la talla del literato a quien recuerda:

 

“Había un bar en los grandes boulevares que se llamaba ‘Calisaya’. Carrillo y su amigo Ernesto Lejeunesse, me presentaron allí a un caballero un tanto robusto, afeitado, con algo de abacial, muy fino de trato y que hablaba el francés con marcado acento de ultramancha. Era el gran poeta desgraciado Oscar Wilde…”[48]

 

Y si nos queremos sumergir en el día a día de nuestro admirado poeta, y saber, por ejemplo, que desayunó un lejano día de 1900, tomamos un fragmento de sus recuerdos de viaje a Italia. Cuenta de una mañana en el Trastévere: “Allí, en una rústica trattoria, en donde sonreían rosadas tiberinas, nos dieron un desayuno ideal y primitivo; pollos fritos en clásico aceite, queso de égloga, higos y uvas que cantara Virgilio, vinos de oda horaciana. Y las aguas del río, y la viña frondosa que nos servía de techo, vieron naturales y consecuentes locuras…”[49], verdadero desayuno de campeones, pollo frito y vino…

De esa misma estadía en la capital francesa tenemos gracias a Vargas Vila una anécdota (fechada en 1902) que me parece idónea para entender esa relación tan extraña de amistad que sostuvieron Gómez Carrillo y Darío, que pendulaba entre el amor y el odio, sobre todo por parte de nuestro cronista:

 

“…no sé por qué extraña casualidad, una noche, en una Brasserie, existente en el ángulo de la rue de Maubeuge y la rue de Chateaudun, Blanco Bombona, Gómez Carrillo, Rubén Darío y yo; se habló de espiritismo, de demoniología, de endriagos, de duendes y de aparecidos (…) y todo con objeto de asustar al Poeta, que pálido, sudoroso, llenos los ojos de un inenarrable horror, se llevaba las manos a los oídos, para no escuchar aquellos cuentos (…) había en Darío, la tendencia, casi la necesidad de creer, que es inherente a todos los débiles (…) Gómez Carrillo que por ir en la misma dirección que yo, me acompañó un trecho de camino, me decía:

-Darío, no va a dormir esta noche…”

 

Significativa anécdota que nos retrata a un Darío crédulo, inocente, sin malicia por un lado, y por el otro a su amigo Carrillo como un tipo malicioso, deseoso de burlarse de la credulidad de su maestro, en un gesto casi mezquino, pues concluye su historia Vila diciendo que Darío ni siquiera llegó a su casa sino que se quedó esperando el amanecer en un café de boulevar, rodeado de un grupo de amigos.

En 1906 debe vestir nuevamente las ropas de diplomático, pues es nombrado secretario de la delegación de Nicaragua a la Conferencia Panamericana de Río de Janeiro, pasando por Nueva York.[50] En este año la salud del poeta ya da indicios de no ir bien. Luego de Brasil viaja nuevamente a Buenos Aires, en donde escribe que los banquetes y homenajes le ponen los nervios en guerra[51]. Es el fantasma de la neurastenia, enfermedad que acosó su sobreexcitado cerebro, igual que a su compañero de letras, Enrique Gómez Carrillo.

Ese mismo año de 1906 contrae matrimonio Gómez Carrillo con una vieja pesada y aburrida, la peruana Aurora Cáceres, y Rubén Darío asiste al enlace, del cual dará cuenta en una crónica titulada Gómez Carrillo, casado. Darío comenta acerca del suceso:

 

“¡Gómez Carrillo casado!… Y veo al joven que conocí en Guatemala hace ya muchos años. Era yo director de un diario político que consagraba su mayor parte a la literatura. Tenía  como colaboradores a los principales jóvenes que entonces sabían halagar a las musas en aquella tierra amable. Entre ellos, sobresalían Tible Machado, vivaz y de fino gusto, hoy hábil y caballeroso diplomático entre las brumas de Londres; y Enrique Gómez Carrillo, a la sazón encantado con Nerval? Con Flaubert? Con Verlaine?…”[52]

 

En una nota publicada en la revista limeña Prisma, fechada “junio de 1906” y firmada por Clemente Palma, director de la misma, comenta: “…Enrique Gómez Carrillo estaba predestinado a conyugarse con una peruana, pues me consta que hace cuatro o cinco años fue novio de otra llamada… en fin pongamos punto y no seamos indiscretos sino a medias. Ojalá que el amor nos traiga a estos lares, siquiera de paseo, al entretenido cronista. Que Eros y las Musas sean fecundos en dones con la intelectual pareja a la que envío mi bendición apostólica…”[53] Buenos deseos que no llegarían a materializarse porque el matrimonio terminaba en abril de 1907.

Ese mismo año de 1907, en una crónica llena de luz, incluida en Cómo se pasa la vida, nos deleita con un relato de la visita a su mentor en Palma de Mallorca, en donde éste se encontraba con su conviviente Francisca, y María su cuñada. La crónica, bajo el título Una visita a Rubén Darío, abre con las dichosas líneas, radiantes de verano:

 

“…El paisaje es digno de su fama. En una atmósfera azul, azul, -azul arriba y azul abajo-, en una atmósfera de esmalte etéreo, destácanse, al pie de las colinas, entre la playa y el bosque, los blancos chalets del Terreno. De trecho en trecho, un almendro florido se recorta en el espacio cerúleo, como un encaje perfumado. Las gaviotas blancas rayan el horizonte con sus amplios vuelos oblicuos, y se bañan, llenas de alegría, en la luz de la mañana…”[54] 

 

¿Y qué hace el poeta, a quien tendemos a imaginárnoslo serio, embutido en un abrigo bajo los cielos plomizos de París, en un ambiente tan festivo, tan luminoso? Nos contesta el mismo Carrillo: “…mi pobre Rubén Darío cura su neurastenia…”, otro enfermo de los nervios. El desvelo, las parrandas, el alcohol estarán cobrando sus facturas. La casa es modesta, nos cuenta el cronista que tiene: “…un jardincillo, tiene una fuente, tiene una terraza, tiene un ciprés.” En el chalet El Torrero, en la calle 2 de mayo, ubicada en un suburbio nuevo El Torrero, entre el mar y las colinas, encuentra a un Darío recuperado, pero perdido en elucubraciones literarias, lejos del maravilloso paisaje, repleto de luz y mar. Allí permanecería el poeta desde finales de 1906, hasta terminado el mes de enero de 1907.[55] Cierra Carrillo su crónica:

 

“…Y así, mientras yo me embriago como un sultán sibarita con el aroma de estas costas floridas de magnolias y de almendros, mi amigo me explica, doctamente, el mecanismo verbal de su compañero Moreas, que como él es un gran artista, un gran músico, un gran ideólogo, y un hombre para el cual el mundo exterior tampoco existe.”

 

Tiene esta crónica el tono inequívoco de la amistad en estado puro. Hay palabras amables, críticas suaves, risueñas. Hay un reconocimiento de la genialidad de Darío. Su tono nos deja sonriendo, imaginándonos las palmeras movidas por la brisa y los techos de tejas rojas brillando al sol del verano.

González Martel parece darnos pistas sobre las sinuosas veleidades de Gómez Carrillo con su otrora cómplice de correrías. El guatemalteco inicia la publicación de una revista, El Nuevo Mercurio, empresa que logrará sacar delante de enero a diciembre de ese 1907. En los primeros números Carrillo pretende publicar una encuesta, hecha llegar a muchos intelectuales de lengua hispana, para dar forma teórica a una definición del Modernismo. Hace un cuestionario con 5 preguntas y las manda a un sinnúmero de escritores e intelectuales, entre ellos Rubén Darío. Pero Darío demora su respuesta, y ante la insistencia de su colega, el poeta le responde, siempre temeroso de un público a veces hostil, a veces amistoso: “No contestaré a su enquête del Nuevo Mercurio, como no contesté a la de C… Por lo mismo que, a favor o en contra, se me nombra…” Durante la visita que Carrillo le hace a su amigo en Mallorca, Darío vuelve a reiterar su negativa, lo que provoca una respuesta airada de Gómez Carrillo: “Contésteme a mi enquête sobre la nueva poesía (…) siento su preferencia por colaborar en ‘Vers y Prose’ pero a la larga tal vez tenga interés en escribir en mi Nuevo Mercurio, aún sin cobrar (…) Ya les he dicho que usted no es redactor sino a los periódicos que pagan y que el Nuevo Mercurio no tiene más amigos que yo mismo…”[56] No tenemos noticias que Darío haya por fin, cedido a los ruegos de su amigo.

Ese mismo año de 1907 será el apoteósico año de Rubén Darío. En el mes de octubre se embarca para Nicaragua, en donde permanecerá hasta 1908, estadía en donde se multiplicarán los homenajes, que quizás contribuyan a minar más, su ya decadente, salud, viaje que abordaremos en extenso en las siguientes líneas.

Regresó a Nicaragua, como siempre en estos países, en pos de un trabajo, de un empleíto en la atrofiada maquinaria burocrática nacional de la que vivir cuando las letras no lo permiten. Cuenta Fidel Coloma en la extensa introducción de El Viaje a Nicaragua[57], que la idea de regresar por primera vez a su patria no fue de Darío, sino de Vargas Vila, quien desde 1906 venía insistiendo en la necesidad de realizar la travesía. La razón es poco prosaica: solicitar al supremo gobierno el nombramiento de Ministro en Madrid, aunque Darío nos suelte la parrafada justificatoria en el libro en el que describe este viaje:

 

“Tras quince años de ausencia, deseaba yo volver a mi tierra natal, había en mí algo como una nostalgia del trópico. Del paisaje, de las gentes, de las cosas conocidas en los años de la infancia y de la primera juventud (…) Quince años de ausencia… Buenos Aires, Madrid, París y tantas idas y venidas continentales. Pensé un buen día: Iré a Nicaragua…”[58]

 

 La necesidad de tal solicitud era desinteresada e inspirada por un alto amor patrio, y si de paso se ganaba unos centavitos, cuanto mejor. A la fecha Nicaragua y Honduras sostenían un conflicto de límites, (guerra relámpago la llama Coloma), y el embajador nicaragüense en Francia, Crisanto Medina[59], al parecer no era la persona más indicada para defender los intereses de su patria, pues el rey de España, llamado como árbitro había emitido un fallo, laudo dirían los entendidos, contrario a los intereses de la patria de Darío.

El único inconveniente para los planes de Darío, o la gran ventaja, según se vea, era la imperiosa necesidad de ir hasta Nicaragua para pedir el mentado trabajito. No se podía solicitar por carta, telegrama o mandatario: Darío debía viajar hasta la remota América Central y hacer su solicitud y gestiones. Según Coloma, el trabajo era lo de menos, el viaje era lo más importante, pues el vate quería poner océano de por medio entre su atormentada alma y la atormentadora de su alma, su segunda esposa, la insufrible Rosario Murillo. Y es que vea usted amable lector, una cosa es ser un genio para la literatura y otra, muy distinta es ser atinado para saber escoger a su media naranja. Que lo diga Gómez Carrillo si no.

Sucede que el pícaro de Darío vivía en París una temporada de paz y tranquilidad con su pareja, manceba o amante, como quiera llamarla usted, de nombre Francisca Sánchez, quien engendraba además a una creatura. Se desempeñaba en esa época, como Cónsul de Nicaragua en París.[60]

Cuenta Coloma:

 

“…El poeta tiene horror a su consorte, que lo acosa; con la complicidad del Ministro Medina, le embarga los sueldos; aliada con el maligno Enrique Gómez Carrillo, lo amenaza con el escándalo público; lo persigue y acorrala en su retiro de Dieppe, a donde ha ido a pasar vacaciones los primeros meses de 1907. Le impone su compañía; él, pusilánime, la lleva en un viaje relámpago a Londres. Lo abruma, lo aterroriza. Le saca reales…”[61]

 

Darío quiere divorciarse, romper el lazo maldito con la vieja esa que lo hostiga y regularizar su vida con la pobre de Francisca. Antes de marchar, y para contar con algo de dinero deja preparadas varias colaboraciones para el diario argentino La Nación, su fuente más importante y estable de ingresos, pues los recibidos por el Consulado en París serán los embargados gracias a los oficios de Medina. Vaya amistades, mire que un colega le embarga el sueldo y el otro azuza a la bestia para que le arme escándalos… Crisanto, ese traidor…

Antes de marchar, le envía una carta a don Miguel de Unamuno, que parece estar omnipresente en todas las vidas por esas fechas. Le cuenta el 9 de octubre de 1907: “Estoy al partir, de un momento a otro, para Nicaragua. Creo que el viaje, un viaje de tres meses, me hará bien…”, y el viejo sabio le contesta un 10 de noviembre: “…espero de este viaje un nuevo manantial de inspiración…” Al fin, Darío, aborda el tren rumbo a El Havre el 24 de octubre de 1907, con una escolta de tres amigos (Bonafoux, Contreras y Cestero) que impedirán que la loca de la mujer le arme alguna escenita en el andén, y con quienes comparte una cena de despedida en el restaurante de la Gare-Saint-Lazare. El fugitivo se embarca en La Provence, un vapor de la Compagnie Générale Trasatlantique, rumbo a Nueva York el 26 de octubre. A bordo del trasatlántico, comenta su compatriota Sergio Ramírez ni salió del camarote, entregado al arte de beber hasta el hastío.

En la escala de Nueva York, hospedado en el señorial Hotel Astor, nuestro poeta se va de putas y se las tiene que pagar su amigo Fabio Fiallos. Se acuesta con una prostituta dominicana de nombre Eleonora, en el cabaret One, two, three, al 123 de la calle Broadway, afirma Ramírez, de cuyo relato tendremos que seguir echando mano más adelante.

Llega a Panamá, el 16 de noviembre y se hospeda en el Hotel Central, y un grupo de literatos amigos y admiradores le homenajean con una cena la noche del 18. Panamá es para esas fechas un hervidero:

 

“…luego del puerto de Colón en Panamá, las grúas de las obras del canal contra el cielo de pizarra, los campamentos que bullían de razas, chinos y negros en mescolanza, mosquitos incubados en las miasmas, calor de brea y olor a creotosa, toilet-rooms para blancos y para negros por aparte: el progreso yanki, la sabiduría aséptica. Y finalmente, los horrores del Pacific Mail…”[62]

 

 En la cena, Guillermo Andreve le dedica el brindis de honor. Comido y bebido se embarca el 19 en el vapor San José de la Pacific Mail con destino a Corinto, buque al mando de un tal capitán Leiden, luterano y abstemio. Cuenta Darío al respecto: “Embarquéme de nuevo con dirección a Corinto (…) en uno de los barcos ciertamente abominables de la Pacific Mail, compañía descuidad, incómoda y voluntariosa, por la ineludible razón de la falta de competencia…”[63] Como ve, Darío tiene idea de todo, aquí hace un guiño anti monopólico. Llega a Puntarenas el 21 de noviembre y se echa un chaquetazo aprendido de seguro de su amigo Gómez Carrillo. En tierra costarricense le manda un telegrama al caudillo nicaragüense de turno, José Santos Zelaya: “Al llegar a tierra centroamericana mi saludo es respetuoso y cordial al primer centroamericano.”[64] ¡¡Puaj!!, tanto talento, tantas palabras malgastadas en un gesto fútil de adulación para lograrse un empleo.

Por fin llega a Corinto el día 23 de noviembre de 1907, y ese mismo día toma camino a León y Managua en donde el recibimiento que recibe lo sorprende y lo avasalla, lo abruma, pues sus compatriotas lo reciben como a un hombre santo. A bordo lo sube a recibir una comisión de hombres de León y Managua. Cuenta Coloma que cuenta un cronista de la época: “…vestía de blanco, sombrero Panamá a la derniere, con cierta descuidada elegancia de viaje, que sentaba mejor a su aire más bien de diplomático que de poeta…”. Relata Ramírez en su novela:

 

Se había vestido con incierta parsimonia bajo el débil foco eléctrico del camarote, eligiendo el traje de seda blanca de treinta luises cortado a la medida por su sastre del Faubourg Saint Honoré, Maurice Vanccopenolle; una corbata azul pálido fijada por una perla gris y la gorra de sportman a rayas. El bigote y la pera, cuidados por el esmero de las tijeras de peluquería que guarda en su nécessaire de viaje, cierran el rostro hinchado, de coloraciones tumefactas…”[65]

 

Ya si era sombrero Panamá o gorra de sportman a rayas lo que lo protegía del sol, vea usted, a cien años de distancia poco importa. Lo que sí importa es que cuenta Coloma que le hicieron honores militares, con cañonazos incluidos y lo llevaron a un hotel local a tomar champagne. Refinados los paisanos. Con ese calor infernal bien le habría caído un vaso de agua de coco sacado del hielo o una cerveza helada. El tren lo lleva a Chinandega, en donde hace trasbordo al tren de Managua. El detalle interesante: había tanta gente queriendo acompañar al poeta, que hubo que agregar dos vagones al tren para que cupieran todos. En León[66], su ciudad natal, le tienen preparado un homenaje en el Hotel Metropolitan, en donde corre el champagne a raudales y se improvisan versos junto con Santiago Arguello. Luego de vuelta al tren y tras dos escalas llegan, por fin, a Managua, la noche del 23 de noviembre. Gracias a Coloma, que recogió una crónica de la época, sabemos cómo fue su llegada a la capital nicaragüense ese remoto día de hace más de cien años:

 

“Bajó del tren, pero no tocó tierra: fue conducido en hombros desde la plazuela de la estación hasta el Gran Hotel, entre aclamaciones indescriptibles y un entusiasmo rayano en la locura.”[67]

 

Al día siguiente lo recibe el presidente Zelaya, quien lo nombra huésped distinguido y lo despacha, de brazo de su esposa Margarita para que siga con el martirio de los homenajes, que lo jalonean por el país. El 6 de diciembre lo llevan a Masaya, de allí a Jinotepe, de Jinotepe a Diriamba. De Diriamba pasan a San Marcos. Finalmente, el 15 de diciembre, a las nueve de la mañana, llega el tren a León, y lo vuelven a recibir con algarabía un tanto aldeana: “En carrozas, bellas señoritas personifican imágenes alegóricas: las tres Gracias, la Fama, la Poesía, la Gloria simulada por un Parnaso que este día habitan nueve pequeñas y preciosas musas de carne y hueso”, relata Edelberto Torres, citado por Coloma.

Es interesante que en un discurso ante la Academia de Bellas Artes de León, la noche del 29 de diciembre al recibir su diploma de socio honorario, su viaje adquiere proporciones míticas. Ya no viene en pos de un puesto de la administración que le permita vivir cómodamente. Darío viene a Nicaragua: “…en un momento en que era precisa mi intervención en el porvenir del pensamiento español en América. Yo soy un instrumento del Supremo Destino”. La modestia y la prudencia saltan por la borda. Pero el viaje rinde frutos. Le da golpe al ponzoñoso de Crisanto Medina. El 21 de diciembre, el presidente Zelaya firma el nombramiento de Rubén Darío como Ministro de Nicaragua en España, con un sueldo de mil pesetas, recortado por instrucciones de la mano presidencial, esa misma que el poeta ha venido a besar…

Otro asunto es el del divorcio. Sus amigos, que siempre están en las buenas y en las malas, cabildean en la Asamblea Nacional para que se apruebe la “Ley Darío”, que como complemento del matrimonio civil sancionado en la legislación nicaragüense, establecería que cualquiera de los cónyuges podrá solicitar el divorcio siempre que muestre no haber tenido relaciones con la contraparte por lo menos durante cinco años. La ley se discute en una sesión celebrada el 22 de enero de 1908 y es aprobada por 16 votos contra 14. Al final no servirá de nada la mentada Ley Darío. El terror evitará que Darío la use en contra de su mujercita, pero le saca un último provecho a su viaje: bajo la presión de sus amigos liberales ingresa en la Logia Progreso No. 1 de Managua como aprendiz, cerrándose en la nariz las puertas del cielo. Su tormento, la loca de Rosario Murillo desembarcaría en Nicaragua una semana después de la llegada del vate, a bordo del Bernardo O’Higgings, buque de bandera chilena procedente de Panamá. Las extenuantes jornadas homenajes en su tierra natal habrán sido un bálsamo para la psique atormentada del poeta, que según Vargas Vila, que llegó a conocerlo bien, apunta en su libro sobre su amigo:“… pedía a grandes gritos, ser protegido y admirado.”[68]

En abril de 1908, con el nombramiento de embajador bajo el brazo se embarca en Corinto rumbo a Europa[69]. La cena de despedida la relata, otra vez, Ramírez a quien conviene citar en extenso:

 

“Es el 8 de abril de 1908. Bajo el domo sostenido por columnatas dóricas de madera de cedro, los fustes y capiteles pintados con jaspes marmóreos, el sabio Debayle ofrece el banquete de despedida a Rubén, pronto a regresar a Europa. Al centro del palio de madreselvas, sobre las cabezas de los comensales, un enjambre de rosas forma una lira de siete cuerdas, y de la libra pende una altanera águila de papier mâché con las alas abiertas, en el pico un medallón dorado que copia la reconocida efigie de Rubén pensativo, una mano apoyada en el mentón…”

 

Las experiencias de este su viaje de recibimiento apoteósico las va escribiendo por partes, y publicando el diario argentino La Nación, a partir del 22 de julio de 1908, terminando la serie a inicios de 1909. Los artículos los reunirá Darío en un libro, que inicialmente pretendía ser un álbum, con ilustraciones y fotografías, pero se frustraría la idea original con la caída del presidente Zelaya ese año de 1909. El libro sale bajo el título de Viaje a Nicaragua (prosa) y una segunda parte con poemas, Intermezzo Tropical[70]. Coloma describe el resultado:

 

“La parte en prosa (once capítulos) es francamente un informe. Un reportaje periodístico acerca de Nicaragua. Narra en el capítulo I los motivos y vicisitudes de su viaje, hasta llegar a Nicaragua. Rápidamente alude a los homenajes que recibe y transcribe casi íntegro el discurso que pronunció el 22 de diciembre en la velada de León, luego nos cuenta que pasó a vivir unos días (…) en una finca de café…”

 

Sin embargo, tanto empacho de festejos y de donde te pongo que no te dé el sol no redunda en beneficio económico. Las deudas de su sueldo nunca recibido se irán acumulando tanto que sostener la representación diplomática en España se hace imposible. Darío de pronto, se nos antoja el Coronel no tiene quien le escriba, esperando el mentado cheque que nunca llega. Abandona la Legación y busca un salvavidas en Francia, a donde ya iniciado 1910, le llega una nueva comisión de mano del nuevo presidente nicaragüense: ir a México, para participar en los festejos del primer centenario del “Grito de Dolores”. (¿No sería más barato para la pingüe economía nicaragüense, pagarle los sueldos atrasados a su funcionario que volverlo a mandar de viaje?, pregunto yo). Sin embargo la mala suerte parece empeñarse con Darío. Cuenta Luis Sainz:

 

“Viaje lleno de contrariedades, ya que coincide con el derrocamiento de Madriz, también por instigación de los Estados Unidos (cuando no, los gringos haciendo las suyas, el comentario es mío), lo que deja a Darío sin soporte en su misión representativa y en una situación desairada al impedírsele cortésmente, tras su llegada a Veracruz, el acceso a la capital mexicana.”[71]

 

Darío permanece en Veracruz y zona aledaña hasta que decide regresar a Europa, vía La Habana, hasta donde lo acompaña una comisión diplomática mexicana, del mismo país que le impide desembarcar como Dios manda. El Rubén Darío que desembarca en la hermosa capital cubana ya da muestras evidentes de enfermedad. Allí permanecerá por espacio de dos meses, en lo que logra que alguien le mande dinero para continuar viaje. Mientras le llega el tan ansiado rescate, se sumerge en el alcohol.

Al fin llega a París, pero casi en la miseria. Logrará salir a flote con la puesta en marcha de la publicación de Mundial, que le dará una nueva oportunidad de emprender viaje a España y América, tour que inicia el 27 de abril de 1912. Sobre esta revista, cabe mencionar que tuvo cierto papel, aunque más bien marginal en la Revolución Mexicana, que para esas fechas arrasaba el país azteca, al respecto comenta Olivier Debroise:

 

 

“Después de la caída de Huerta, otros más vinieron a aumentar la población mexicana de París. Las pugnas internas entre porfiristas, huertistas, reyistas, partidarios de Félix Díaz y algunos maderistas encontraban una tribuna para expresarse en las páginas del Mundial Magazine, la revista publicada en París por el poeta nicaragüense Rubén Darío.”[72] 

 

Pero continuando con su viaje de promoción de la revista, a su paso por Madrid y Barcelona recibe sendos homenajes, y se encamina a Lisboa en donde embarca para Brasil. En el gigante país del sur es homenajeado también en Río de Janeiro, Sao Pablo y Salvador de Bahía, luego bajará a Montevideo y luego se descuelga a Buenos Aires.

Pero ¿por qué les estoy dando la lata con esto de los viajes de Darío de regreso a su patria? ¿qué diablos tienen que ver los festejos regados de champagne en la calurosa Managua con la amistad con Gómez Carrillo? Pues amable lector, todo tiene que ver. Principalmente que echamos de menos en la bibliografía de don Enrique un libro similar celebrando su regreso a la patria originaria… y es que el único testimonio de su regreso en abril de 1895, viaje en el que naufraga frente a las costas colombianas, son referencias aisladas de la aventura del Amérique. Y del viaje que realiza en 1898 solo queda de testigo un mediocre volumen adulatorio del futuro dictador Manuel Estrada Cabrera que publica en apoyo a la campaña presidencial. En una carta fechada en 1896, y citada por Barrientos, a página 126 de su biografía de Carrillo, éste le confiesa a su entonces amigo Darío: “…Y es cierto Rubén. Porque, ¿Dónde puedo ir yo, sin dinero y sin una de esas profesiones que dan de comer en todas partes? Nada más que a Venezuela o a Centro América… Y es tan triste Venezuela… Y es tan horrible Centro América…”

Gómez Carrillo no volvió a regresar nunca más a su patria y cuando alguien le preguntó alguna vez la razón contestó que sólo regresaría para que lo insultaran. Y es que su patria nunca le perdonó la alianza de conveniencia que sostuvo con el dictador durante la duración de su régimen. Por poner tan sólo un ejemplo (porque Rafael Arévalo Martínez ya abundó suficiente en el tema), durante el segundo viaje de Carrillo a Guatemala en 1899, publica una larga entrevista que le hizo a Manuel Estrada Cabrera en las páginas del Diario de Centro América. Este zalamero acto, le trae réditos: regresa a Europa nombrado Cónsul General de Guatemala en París con un sueldo de 250 pesos. La caída del oscuro tirano, tras los combates de la semana trágica de aquél abril de 1920, selló su destino.

Por su parte, un Darío más hábil quizás, o más oportunista, o más inteligente a la hora de evaluar sus acciones, en su libro El viaje a Nicaragua, ya depuesto Zelaya, su benefactor, decide poner distancia y apunta: “…Como alejado y como extraño a vuestras disensiones políticas, no me creo siquiera con el derecho de nombrarlas. Yo he luchado y he vivido, no por los gobiernos, sino por la Patria…”[73] Aunque siempre tiene palabras y laudatorias para el régimen de Zelaya.

Esta diferencia, creo que es fundamental en las relaciones de amistad que sostuvieron estos dos grandes hombres con inmensos egos. Sus genialidades fueron origen de una rivalidad no siempre amistosa, sobre todo por parte de Gómez Carrillo, que pendulaba entre el odio y el sincero cariño hacia su mentor y protector. Porque cabe preguntarse: ¿Quién sería Gómez Carrillo si Darío no hubiera insistido en que saliera de Guatemala a buscar mundo? Un mero escritor de limitado conocimiento local, como su criticado José Milla y Vidaurre, un escritor con genio, pero de limitada lectura en un país de pocos lectores…

Creo que Gómez Carrillo nunca le perdonó a Darío esa cercanía y amor con su lejana Nicaragua, a la que podía regresar cuando quisiera y sería objeto de un culto casi religioso. Y aunque Carrillo se envolviera con un manto de cosmopolitanismo e indiferencia con el terruño centroamericano que su propia patria le negara los honores habrá lastimado mucho su alma.

En esta amistad tormentosa, entre las puyas y amenazas, surgen lagunas de paz y hasta de alegría, como esta carta escrita en 1912: “Mi muy querido Rubén: Me alegra en el alma que piense usted venir a París. Cuando usted llegue charlaremos largamente y entonces verá usted la fecha de una carta en que me decían que usted tenía poquísima simpatía por mí. De ahí vienen todas mis chinitas (…) Usted, como casi todos, me cree ondulante y ligero, hombre con alma de mujer voluble, etc…” Así que todo fue por alguna mano venenosa que los enemistó. Puros chismes y rivalidades de intelectuales, tan dados a estos tipos de peleas. En esa misma carta, Carrillo se explica y reconoce: “…Crea usted que, en el fondo de mi alma, hay algo mejor: algo que no olvida… que no olvida a quien primero que nadie en Guatemala, le indicó el camino de la verdadera belleza…” ¡Vaya hombre, al fin reconoce el valor de Darío en su vida! ¡Lástima que años después cuando se siente a escribir sus memorias le pase la factura por algún lío absurdo digno de viejas verduleras! Y reconoce algo más íntimo y desesperado: “…que tampoco olvida al que un día de exasperación parisiense supo decirle desde Buenos Aires: ‘Venga usted y viviremos como podamos’. Usted ha sido, Rubén, el mejor, el más desinteresado y el más noble de mis amigos…” La carta nos pinta a Darío tal y como era: un hombre desinteresado, buena persona, amigo en las buenas y en las malas, que según los recuerdos que de él escribiera Vargas Vila: “…defendía a los amigos, y no hablaba mal de nadie, ni aún de aquellos que le habían hecho mayor mal.”[74]

En esa ocasión, el viaje de Darío se concreta y lo recibe Carrillo con una campaña de promoción para quien fuera el fundador del modernismo. Le organiza un banquete a celebrarse el día sábado 16 de noviembre de 1912 a las 20 horas en el Café Cardinal, en el Boulevard des Italiens. El evento al parecer fue un éxito, y se reavivó el interés en la poesía del nicaragüense.

Al parecer se habían reconciliado y el guatemalteco hacía justamente ese año de 1912 un comentario de justicia, recogido por Edelberto Torres y citado por Ulner:

 

“Me dio [Darío], al que, ingratamente he olvidado más de una vez, y que es el fondo mismo de mi alma. A él le debo, en efecto, la primera lección de fecunda belleza. El me enseñó a comprender, que hay en el saber escribir algo que es más que saber, y algo que es más que escribir. Al salir de los libros clásicos, al escaparme de la retórica, Azul fue el evangelio que me hizo sentir que, por encima de todo, el arte es una religión.”[75]

 

Pudiera ser que estas palabras de generoso homenaje en quien fue tan poco dado a ellos, y sobre todo a éste amigo que fue quizás quien más lo quiso y al que peor trató, estuvieran inspiradas en el cargo de conciencia, al ver que la luz de la vida se iba apagando en los ojos de Darío poco a poco. Sobre ese año de 1912 nos cuenta otra vez Vargas Vila que a su regreso de promoción de la revista fue a visitarlo a París:

 

“…fui a verlo; lo encontré ya en ese grado de desaparecimiento físico que fue acentuándose día por día… más pálido, más delgado, más fantasmal, que nunca; esa desmaterialización, centuplicaba el efluvio espiritual que se desprendía de él, como una atmósfera, y lo diademaza en aureola…”[76]

 

En el otoño de 1913, Darío hace un viaje a Mallorca, en compañía de otro escritor de fama en aquellos tiempos, José María Vargas Vila, visita que narra en su crónica El fauno ebrio[77]. Allí cuenta que se embarcan en Marsella, a bordo de un vapor de la Compañía Isleña Marítima. Relata Vargas Vila:

 

“…Al día siguiente nos obsequió Anglada Camarasa con un paseo por mar a Formentor. Rubén se dedicó a beber whisky en exceso, para disgusto del artista y de todos nosotros. Esa noche, de vuelta en la fonda, siguió entregado al whisky. Se nos escapó. ‘Vaya usted en su búsqueda, José María, a usted le hará caso’, me suplicó Sureda. Había ido a dar a una casa donde velaban un muerto. Trató de sacar el cadáver del ataúd, para meterse él dentro. Sólo consiguió que quisieran golpearlo los deudos, de cuyas manos lo quité.”

 

Toda una joyita el Darío borracho[78]. Quien sabe que delirios, qué tormentos torturaban su alma errante y triste. Tras su segundo viaje a Mallorca se establece en Barcelona, con su amante y su pequeño hijo. “Y ya en Barcelona, en la calle Tiziano, número 16, en una torre que tiene jardín y huerto, donde ver flores que alegran la vida y donde las gallinas y los cultivos me invitan a una vida de manso payés, he buscado un refugio grato a mi espíritu…”, escribe el poeta en un post scriptum de sus memorias.

El segundo y definitivo viaje que hace Darío a su patria es dramático. Hasta físicamente es distinto, según un poema de su propia mano: “Este viajero que ves,/ es tu hermano errante, pues/ aún suspira y aún existe/ no como lo conociste/ sino como ahora es:/ viejo, feo, gordo y triste…” Lejos quedan las fiestas y la emoción desbordada de su viaje anterior. Esta vez parte por última vez de Europa el 24 de octubre de 1914, tomando un barco en Barcelona, el Antonio López, rumbo a Nueva York, dentro de los planes de una absurda gira por América en llamado de la paz. Los motivos darianos son desesperados: “Yo no puedo continuar en Europa, pues ya agoté hasta el último céntimo. Me voy a América, lleno del horror de la guerra a decir a muchas gentes que la paz es la única voluntad divina.”[79] En Nueva York no le sonríe la suerte. Luego de anunciar su presencia en la gran ciudad, tan sólo una invitación llega para escucharlo, por parte de la Hispanic Society, en donde lee un largo poema titulado PAX, pero eso es todo. Nadie solicita sus conferencias y el ánimo de un ya enfermo Darío empieza a languidecer en el invierno neoyorquino. Del gélido invierno lo rescatan dos amigos guatemaltecos, Joaquín Méndez, a la sazón Ministro de Guatemala en Washington, quien le escribe a Manuel Estrada Cabrera dándole cuenta del lamentable y desesperado estado de Darío y Máximo Soto Hall, quien en Guatemala visita al dictador con el mismo propósito[80]. Al tiempo, el Cónsul de Guatemala en Nueva York, un señor de apellido Bengoechea, recibe las órdenes de embarcar al nicaragüense rumbo a Guatemala. Esta vez será a bordo del Xinaloa, que hace escala en la bella Habana, para desembarcar en Puerto Barrios el 20 de abril de 1915. En Guatemala su estancia al principio es cómoda: “Como Estrada Cabrera ha dado órdenes amplias al hotel, Darío siempre tiene invitados a comer al ritmo de la marimba, y a su nombre piden en la cantina whisky y champagne, champagne y whisky…”[81] Siete meses después, ya cuando las exigencias del dictador para mantener al poeta se vuelven asfixiantes, en compañía de su tormento Rosario Murillo se embarca en el Puerto de San José, en el buque San José con destino a Nicaragua. El barco hace escala en Acajutla y amarra en Corinto, el 25 de noviembre de 1915.

No contamos con narración de primera mano, así que volvemos a recurrir a Ramírez, quien nos narra el retorno, casi secreto, la media noche del 25 de noviembre:

 

“…un pequeño grupo se acercaba al estribo del vagón al detenerse la locomotora en el andén alumbrado a trechos por la luz blanca de las lámparas Standard en mano de los marines del destacamento Pendleton, que se paseaban con los fusiles en bandolera. El obispo Simeón, el sabio Debayle, dos enfermeros con una camilla de lona (…) Rubén apareció en la portezuela envuelto en una manta escocesa, los gruesos párpados caídos, la barba canosa. Vaciló al descender, ayudado por Rosario Murillo, y su vientre hidrópico se reveló al abrirse la manta…”[82]

 

Darío a regresado a Nicaragua para morirse, enfermo de quien sabe que montón de cosas. Según Darío sus males se deben a: “…consecuencias naturales del alcohol y sus abusos: también a los placeres sin medida. He sido un atormentado, un amargado de las horas. He conocido los alcoholes todos…”[83], igual que su compinche de fiestas de bulevar, Gómez Carrillo. Habrá que preguntarle a Edelberto Torres, quien sólo atina a murmurarnos: “Después de muchos años de no tocar sus libros, se han puesto a hojearlos buscando luces que los iluminen para no desacertar en el delicado caso del poeta. Esos señores médicos celebran juntas para discutir la nueva operación que según Debayle hay que practicar al dolorido e impaciente enfermo.”[84] Pero quien sí sabe el mal de Darío es Mario Sandoval Aranda[85], quien afirma que el diagnóstico es cirrosis atrófica. No era para menos, después de los ríos de alcohol que se daba a la tarea el poeta de tomarse en maratónicas sesiones que podían durar días enteros, ininterrumpidos. Darío se hospeda directamente en una casa de salud, ampulosamente llamada Maison de Santé. Habla Ramírez, otra vez:

 

“En el aposento desnudo de paredes encaladas que olía a ácido fenico, Rubén reposaba en un catre de fierro negro bajo un mosquitero lila que parecía envolverlo en una leve niebla. En el halo de luz que entraba por la claraboya horadada en lo alto de la pared, flotaban diminutas motas blancas. El sabio Debayle se mecía en un sillón de mimbre junto al catre, y restregándose suavemente la perilla le explicaba la operación que debía practicarle para extraer la pus del hígado mediante el trócar de Maydl-Reclús. Rubén, vuelto de espaldas, callaba…”[86]

 

¿Y cómo no va a callar Darío, si las operaciones de esa época parecían salidas de la imaginación de Mary Shelley? Como si estuvieran tratando a Frankenstein. Dele una leidíta a la operación, si tiene fuerzas:

 

“El sabio Debayle clavó con energía el trócar en uno de los puntos marcados por el lápiz. Una queja de dolor llenó el aposento (…) Uno de los practicantes acercó una palangana. El chorro de sangre gruesa, negra como la tinta se derramó de la boca del trócar cuando el sabio Debayle empujó el émbolo…”[87]

 

¿No ve lo que le digo? Es el 6 de febrero de 1916 y tenemos a Darío recibiendo la extremaunción por haberse dejado tocar el hígado por las manos del abuelo del doctor Mengele… del tatarabuelo del doctor Kervokian… Hay una foto, en la biografía que Edelberto Torres escribió del poeta, en la que se ve a Darío acostado de lado, dándonos el dolorido rostro, con barba de días, envuelto en una gruesa colcha y apretando un crucifijo, que resulta ser un regalo del inigualable Amado Nervo, nos cuenta el sabelotodo de Ramírez, que le había regalado en París, “…cuando compartían la misma pocilga del Faubourg Montmartre, y que llevaba siempre en el nécessaire de viaje…”[88] En la agonía del poeta, inducida más que remediada por el loco ese de Debayle, vaya familita esa, maldición de Nicaragua por partida doble, le acompañan una bola de metiches, morbosos, que contemplan disiparse el hilo de vida de Darío. Hasta un dibujante (Alejandro Torrealba) y un pintor (Alejandro Alonso Rochi), uno con carboncillo y papel, otro con caballete, trípode, caja de pinturas y paleta, acosan el sueño de la muerte que se respira en la tenebrosa habitación. En una esquina la caja ya espera el cuerpo que sigue tibio, y un tal José López espera que el poeta dé el último respiro para sacarle una máscara mortuoria, costumbre de la época. Cuenta Ramírez, a la página 346 de su novela, que el cuñado del poeta, Andrés Murillo, vigila la vida que se extingue con un reloj de bolsillo Ingersol. A las diez de la noche con quince minutos muere Darío, y su cuñado rompe el reloj para fijar las manecillas en esa hora fatídica para la literatura.

Lo que sigue, amable lector, parece salido de las actas del juicio de Nuremberg, o de los registros secretos de los Gulags rusos. ¿Me perdonará el lector si cito, por última vez, espero, a Ramírez?:

 

“…Alcanzaron el bisturí al sabio Debayle, y al trazar la incisión en la frente el escalpelo brilló como una estrella en su mano. Recogió y dobló cuidadosamente el cuero cabelludo. Le dieron la sierra, y los finos dientes empezaron a morder con tenacidad el hueso del cráneo. Al fin, el duro estuche se abrió tras un crujido y la masa encefálica quedó a la vista. Cortó febrilmente los ligamentos, tomó en sus manos el cerebro, y ya libre de sus ataduras lo elevó frente a sus ojos buscando el mejor ángulo bajo la luz artificial. -¡Helo aquí!- dijo-.¡El vaso íntimo de las musas! ¡Helo aquí!…”[89]

 

Yo a ese desgraciado de Debayle lo mandaba a fusilar. Por morboso. Por malnacido. Mire que tratar así el cuerpo del poeta, sin dejar siquiera que se enfriara. ¡Como que le picaban las manos para trocear al vate! Y sigue lo increíble, pesan el cerebro (1,850 gramos) y lo ponen en una base de vidrio, en las que se ponen pasteles para exhibirlos, y le toman una fotografía. Además le sacan el corazón y se lo queda Debayle y los riñones los donan a la Universidad de León. ¡Dios nos libre de esos carniceros! El cerebro, en un frasco con formol se lo remiten a su viuda, para que lo use como pisapapeles. A ese sótano del hospital habría que haberlo exorcizado. Y ejecutado en la silla eléctrica al loco ese que le metió mano y cuchillo al cerebro del poeta.

Darío fue enterrado en León, el 13 de febrero de 1916, en el interior de la Catedral de la ciudad a los pies de la estatua de San Pablo, adosado a una columna, luego de zarandear el cadáver por todas partes, seguido por un cortejo de funcionarios, amigos y carrozas con hetairas, musas y demás pendejadas. Mejor se hubieran gastado el dinero de las honras fúnebres en pagarle un buen hospital y contratar a un doctor de verdad, no como ese carnicero de Debayle. Se habrán gastado más dinero en honrar su muerte que en pagarle sus sueldos de embajador en vida.

A los pies de la tumba, un león de mármol blanco vigila su sueño. Antonio Machado, uno de sus fieles amigos, le dedica a su muerte, su A la muerte de Rubén Darío:

 

Si era toda en tu verso la armonía del mundo,

¿Dónde fuiste, Darío, la armonía a buscar?

Jardinero de Hesperia, ruiseñor de los mares,

Corazón asombrado de la música astral,

 

¿te ha llevado Dionysos de su mano al infierno

Y con las nuevas rosas triunfantes volverás?

¿Te han herido buscando la soñada Florida,

La fuente de la eterna juventud, capitán?

 

Que en esta lengua madre la clara historia quede;

Corazones de todas las Españas, llorad.

Rubén Darío ha muerto en sus tierras de Oro,

Esta nueva nos vino atravesando el mar.

Pongamos, españoles, en un severo mármol,

Su nombre, flauta y lira, y una inscripción no más:

Nadie esta lira pulse, si no es el mismo Apolo,

Nadie esta flauta suene si no es el mismo Pan.

 

La noticia de la muerte de Rubén Darío sorprende a Enrique Gómez Carrillo en una nueva visita al frente occidental. Durante 1916 visita la región este de Francia y el frente de guerra en compañía de Miguel Moya Gastón, hijo del director del diario español El Liberal, otro corresponsal del diario La Época y del artista catalán Sert. Visitan Lyon y luego van al frente italiano en donde coincidirá con Leopoldo Bejarano, una leyenda de la época, que en 1919 cubriría la guerra de Marruecos.

Sus últimas comunicaciones habían recuperado el tono amistoso de antaño. En una carta de Darío, fechada únicamente 1915, le comenta a su amigo:

 

“He leído su último libro ‘Campos de batalla y campos en ruinas’, pero no en español, sino en inglés, en la hermosa edición de Heinemann que me mandan de Nueva York. ¡Qué cosa tan absurda leerle a usted en inglés!… Así y todo me han apasionado sus cuadros, y pienso ahora más que nunca en que la victoria será, como usted lo predice, el premio del esfuerzo sublime de Francia.”[90]

 

Cumplió Rubén Darío sus palabras, escritas a Gómez Carrillo desde Guatemala en junio de 1915 en las que anunciara un viaje buscando el cementerio de su patria. Pero el mejor homenaje que en memoria del inmortal poeta se hiciera, son quizás las últimas frases del capítulo V, del libro que le dedicara Vargas Vila a los recuerdos de su amistad con Darío, una remotísima madrugada de 1901 en París:

 

“… ese día hablamos mucho y de muchos; y, el Poeta, me contó sus cuitas; eran bien tristes; no será nunca un gran Poeta, aquel que no se ha alimentado de sus propias lágrimas; y Darío, apuró ese cáliz, hasta las heces.”

 

La última mujer que lo acompañó en la vida, la humilde Francisca Sánchez del Pozo se enteraría de la muerte del poeta por un voceador de periódicos que escuchó gritar: “¡Murió en Nicaragua el poeta Rubén Darío!”[91]

 

 

Entierro de Rubén Darío en la catedral de León.  Fuente: archivo en línea de La Prensa, Managua, Nicaragua.

Entierro de Rubén Darío en la catedral de León. Fuente: archivo en línea de La Prensa, Managua, Nicaragua.

 

 

[1] Edelberto Torres, citado por Luis Sainz de Medrano en Los viajes de Rubén Darío por Hispanoamérica. Anales de literatura hispanoamericana, número 23. Editorial Complutense, Madrid, España: 1994. Pág. 87.

[2] Relata Darío en sus memorias: “Así me fui al puerto entre una bruma. Tomé el vapor, un vapor alemán de la compañía Kosmos, que se llamaba Uarda. Entré a mi camarote, me dormí. Era yo el único pasajero. Desperté horas después y fui sobre cubierta. A lo lejos quedaban las costas de mi tierra. Se veía sobre el país una nube negra. Me entró una gran tristeza (…) Visité todos los puertos del Pacífico, entre los cuales aquellos donde no hay árboles, ni agua, y los hoteleros, para distracción de sus huéspedes tienen en tablas, que colocan como biombos, pintados árboles verdes y aún llenos de flores y frutas…” (Rubén Darío. La vida de Rubén Darío escrita por él mismo. Casa Editorial Maucci, Barcelona: 1910. Pág. 46).

[3] Cuenta Darío “La impresión que guardo de Santiago, en aquel tiempo, se reduciría a lo siguiente: vivir de arenques y cerveza en una casa alemana para poder vestirme elegantemente, como correspondía a mis amistades aristocráticas (…) Tardes maravillosas en el cerro de Santa Lucía. Crepúsculos inolvidables en el lago del parque Cousiño…” (Op. Cit. Pág. 50).

[4] Cuenta Darío en sus memorias que su primera colaboración para dicho diario fue un artículo fechado el 3 de febrero de 1889 sobre la llegada a Valparaíso del crucero brasileño Almirante Barroso, a cuyo bordo iba un príncipe, nieto  del emperador don Pedro.

[5] Llega a bordo del buque Cachoapal, propiedad de la Compañía Sud-Americana de Vapores, luego de tocar los siguientes puertos chilenos: Coquimbo, Huasco, Caldera, Chañaral, Taltal, Antofagasta e Iquique. Darío escribe sobre este viaje en el inconcluso Fragmentos de un diario de viaje. Impresiones de un corresponsal. Valparíso, 9 de febrero de 1889 y publicado en Guatemala los días 13 y 14 de julio de 1890 en las páginas de El Imparcial. Darío salía de Chile, con diez pesos y el cargo de corresponsal de La Nación de Buenos Aires. (Sainz de Medrano, Op. Cit. Pág. 90).

[6] Cuenta Darío: “Yo perdí el conocimiento, viví algún tiempo en el delirio de la fiebre, sufrí lo cruento de los dolores y de las molestias de la enfermedad; pero fui tan buen servido que no quedaron en mí, una vez que había triunfado del mal, las feas cicatrices que señalan el paso de la viruela.” (Autobiografía, Pág. 58).

[7] En palabras de Darío: “Después de la fiesta, yo fatigado, me fui a acostar temprano, con la decisión de no asistir al baile de la Casa Blanca. Muy entrada la noche, oí entre dormido y despierto, ruidos de descargas, de cañoneo y tiros aislados, y ello no me sorprendió, pues supuse vagamente que aquello pertenecía a la función militar.” (Autobiografía, Pág. 70).

[8] “Sabemos que Darío estuvo tres veces viviendo en Guatemala. La primera estadía duró poco más de un año, entre junio de 1890 y agosto de 1891. La segunda estancia duró poco más de un mes en año de 1892 y la tercera duró aproximadamente siete meses en 1915”. Jexson Engelbrecht (Arizona State University) Las estancias de Rubén Darío en Guatemala, en: magazinemodernista.com.

[9] Rubén Darío. Crítica Literaria. Temas Americanos. Ministerio de Educación, Dirección General de Publicaciones, San Salvador, El Salvador: 1963. Pág. 63. 

[10] Enrique Gómez Carrillo. El despertar del alma. Libro 1. Editorial Casa Vaccaro, Buenos Aires, Argentina: s/f. Pág. 220.

[11] Gómez Carrillo. Op. Cit. Pág. 222.

[12] Darío, Op. Cit. Pág. 64.

[13] Gómez Carrillo. Op. Cit. Pág. 222.

[14] Gómez Carrillo, Op. Cit. Pág. 230.

[15] Gómez Carrillo, Op. Cit. Pág. 232.

[16] Barrientos. Op. Cit. Pág. 270.

[17] Carlos Tunnermann Bernheim. Mujeres en la vida de Darío. Revista Temas Nicaraguenses, versión electrónica. No. 49, Mayo 2012. Página 28.

[18] Sainz de Medrano. Op. Cit. Pág. 91.

[19] Durante esta estancia Darío recibe la triste noticia de la muerte de su primera esposa por complicaciones post parto. Entonces el poeta en su biografía nos da cuenta de la primera referencia de su vicio báquico: “Pasé ocho días sin saber nada de mí, pues en tal emergencia recurrí a las abrumadoras nepentas de las bebidas alcohólicas.” (pág. 100).

[20] Alfonso Enrique Barrientos. Enrique Gómez Carrillo. Tipografía Nacional, Guatemala: 1994.

[21] Arnold R. Ulner. Enrique Gómez Carrillo en el Modernismo: 1889-1896. Tesis doctoral para obtener el título de Doctor en Filosofía por la Universidad de Missouri; 1972. Pág. 10.

[22] Enrique Gómez Carrillo. Sensaciones de París y de Madrid. Editorial Garnier Hermanos, París: 1900.

[23] Rubén Darío. La vida de Rubén Darío contada por él mismo. Op. Cit. Pág. 106. Es ésta la segunda referencia a su alcoholismo.

[24] Rubén Darío, Op. Cit.  Pág. 106.

[25] Rubén Darío. Op. Cit. Pág. 108.

[26] Crisanto Medina Salazar. Nació en Chinandega, Nicaragua el 17 de marzo de 1839 y murió en París el 7 de diciembre de 1911. Se desempeñó en Europa como ministro de su país ante Inglaterra, Francia y España, llegando a representar también a otros países centroamericanos. Representó a Nicaragua ante el rey Alfonso XIII durante el proceso arbitral de límites entre éste país y Honduras, como también intervino en el proceso arbitral de límites entre Costa Rica y Colombia. Escribió sobre temas nicaragüenses: Nicaragua en 1900 y El Canal de Nicaragua y el porvenir de Centroamérica. (Revista Temas Nicaragüenses, número 4, Agosto de 2008, Página 50).  

[27] Vargas Vila. Rubén Darío. Editorial Panamericana. Bogotá, Colombia: 1998. Pág. 60. Del origen del odio de Crisanto contra Darío abunda Vila: “… don Crisanto, odiaba a Darío, por lo mismo que odiaba a todos los hombres inteligentes; porque tener talento era a sus ojos un crimen; el más grande de todos los crímenes; yo creo, que obscura y embrionariamente, hasta donde él podía raciocinar, tenía la idea confusa de que todo hombre de talento, le había robado el suyo, y que era por tener los otros tanto, que él no tenía ninguno; y por eso, los odiaba…” (Pág. 62).

[28] Rubén Darío, Op. Cit. Pág. 108. Sobre el poeta griego abunda más en su libro Los Raros.

[29] Ibíd. Pág. 112.

[30] En su biografía (pág. 100 y ss.) Darío relata el obligado viaje que de Panamá tuvo que hacer a Nueva York para tomar allí el vapor hacia Buenos Aires y asumir su nuevo puesto diplomático. Cuenta de una cena en la gran ciudad del norte a la que asistió en compañía del gran José Martí, prócer de la independencia cubana. Uno no puede sino lamentar el breve texto que le dedica a este insigne personaje e imaginarse esa conversación de literatura y política en que se habrán visto envueltos. Darío dice únicamente: “Allí escuché por largo rato su conversación. Nunca he encontrado, ni en Castelar mismo, un conversador tan admirable. Era armonioso y familiar, dotado de una prodigiosa memoria, y ágil y pronto para la cita, para la reminiscencia, para el dato, para la imagen. Pasé con él momentos inolvidables, luego me despedí…”

[31] Ibíd. Pág. 114.

[32] Ibid. Pág. 122.

[33] Ibid. Pag. 134.

[34] Ibid. Pág. 140. Darío comenta que luego de la muerte de su benefactor, el ex presidente Rafael Nuñez, el gobierno colombiano le canceló el nombramiento de Cónsul General, debiendo buscarse otros periódicos para los cuales trabajar además La Nación, como Tribuna y El Tiempo.

[35] Ulner. Op. Cit. Pág: 170.

[36] Barrientos, Op. Cit. Pág. 123.

[37] Edelberto Torres. La dramática vida de Rubén Darío. Editorial del Ministerio de Educación Pública, Guatemala: 1952. Pág. 407.

[38] Juan Manuel González Martel. Enrique Gómez Carrillo, cronista y director de publicaciones periódicas. Editorial Oscar de León Palacios, Guatemala: 2005. Pág. 27.

[39] Barrientos. Op. Cit. Pág. 131.

[40] Citado en Horwinski. Op. Cit. Pág. 230.

[41] Enrique Gómez Carrillo. Sensaciones de París y Madrid. Garnier Hermanos, París: 1900. Pág. 121.

[42] Rubén Darío. La vida de Rubén Darío… Pág. 156.

[43] Moody. Op. Cit. Pág. 19.

[44] Vargas Vila. Op. Cit. Pág. 17.

[45] Rubén Darío. Op. Cit. Pág. 160.

[46] Sarah Tamsen Moody. Modern form in the Periphery: Poetics, Urban Space, and Gender in Buenos Aires and Río de Janeiro, 1880-1915. Tesis para obtener el grado de Doctora en Filosofía, Universidad de California, Berkeley: 2009. Pág. 6.

[47] Darío. Ibíd. Pág. 80. Cuesta imaginarse a Nervo en un ambiente de farra interminable escribiendo sus maravillosos y dolientes versos: “Tuve miedo de amar con locura/ de abrir mis heridas/ que suelen sangrar/ y no obstante mi sed de ternura/ cerrando mis ojos, la dejé pasar…”

[48] Rubén Darío. Op. Cit. Pág. 160.

[49] Ibíd. Pág. 166.

 

[50] Sainz de Medrano. Op. Cit. Pág. 95.

[51] A ese respecto escribe Darío: “…mis ansias de gozar en esa tierra me pusieron de nuevo con mis nervios en guerra. Y me volví a París. Me volví al enemigo terrible, centro de la neurosis, ombligo de la locura, foco de todo surmenage, donde hago buenamente mi papel de sauvage, encerrado en mi celda de la rue Marivany, confiando sólo en mí y resguardando el yo…” (Autobiografía, Pag. 180). Darío sufría repentinos y violentos ataques de paranoia, según informa su “amigo” Vargas Vila, porque leyendo las cosas que escribió del poeta, con un amigo así, ¿quién necesita enemigos? Era un indiscreto nato…

[52] Citado en Ulner, Op. Cit. Pág. 100.

[53] Ulner. Op. Cit. Pág. 25.

[54] Enrique Gómez Carrillo. Antología. Artemis y Edinter, Guatemala: 2004. Pág. 79.

[55] Sergio Ramírez. Mil y una muertes. Editorial Santillana, Madrid: 2005. Pág. 226. A propósito de su estadía nos narra Darío: “…De vuelta a París fui a pasar un invierno a la Isla de Oro, la encantadora Palma de Mallorca. Visité las poblaciones interiores, conocí la casa del archiduque Luis Salvador, en alturas llenas de vegetación de paraíso, ante un mar homérico…” (autobiografía, pág. 140), cabe mencionar que en su novela citada arriba, Ramírez transcribe una crónica de Darío, en donde describe el cortejo de este singular e intrigante personaje que fue Luis Salvador.

[56] González Martel. Op. Cit. Pág. 123.

[57] Rubén Darío. El viaje a Nicaragua e Intermezzo Tropical. Editorial Nueva Nicaragua. Managua, Nicaragua: 1987. (El libro con el mismo título fue publicado por la editorial Ateneo en Madrid en 1909).

[58] Rubén Darío. El viaje a Nicaragua e Intermezzo Tropical. Editorial Nueva Nicaragua. Managua, Nicaragua: 1987.

[59] En sus memorias, Darío nos retrata a Crisanto Medina: “Era ministro nicaragüense en Francia don Crisanto Medina, antiguo diplomático de pocas luces, pero de mucho mundo y práctica en los asuntos de su incumbencia.” Pág. 170.

[60] Cuenta Darío una anécdota en su Viaje a Nicaragua: “…Recuerdo que, siendo yo cónsul de Nicaragua en París, recibí un día la visita de un hombre en quien reconocí por el tipo al nicaragüense del pueblo. Me saludó jovial, con estas palabras, más o menos: ‘No le vengo a molestar, ni a pedirle un solo centavo. Vengo a saludarle, porque es el cónsul de mi tierra. Acabo de llegar a Francia en un barco que viene de la China, y en el cual soy marinero. Es probable que pronto me vaya a la India.’ Se despidió contento como entrara y se fue a gastar sus francos en la alegría de París, para luego seguir su destino errante por los mares.” (fragmento al 47% de la versión Kindle). El relato es un buen ejemplo de la retórica modernista: las alusiones exóticas, la nostalgia de las lejanas tierras y el canto al alma solitaria y errante.

[61] Coloma, Op. Cit. Pág. 18. Sergio Ramírez, en su imprescindible novela, Margarita está linda la mar, relata, a página 35: “…Por eso la llamaban La Maligna (…) En París le secuestró los sueldos de cónsul, doscientos cuarenta francos. Quiso embargarle los muebles, su juego de escritorio Luis XIV, que constaba de mesa y secretaire, noventa francos; y su piano Pleyel de media caja, quinientos francos, su mayor tesoro…” De la siniestra asociación entre Gómez Carrillo y Crisanto Medina, para hostigar al desvalido poeta, nos informa el mismo Darío: “…Tenía [Medina] gran admiración por Gómez Carrillo, no porque hubiera leído su obra de escrito, sino porque Carrillo le servía a veces de secretario, y le contestaba las notas con frases poco usuales, notas que unas veces eran para Nicaragua, otras para Guatemala, porque don Crisanto había tenido el talento de conseguir la representación, alternativamente y a veces al mismo tiempo, de casi todas las cinco repúblicas centro-americanas…” (En su autobiografía, pág. 176).

[62] Sergio Ramírez. Margarita, está linda la mar. Suma de Letras, S. L., Madrid, España: 2001. Pág. 23.

[63] Rubén Darío. Viaje a Nicaragua. Versión Kindle, cita al 34% del documento.

[64] Coloma, Op. Cit. Pág. 22.

[65] Sergio Ramírez. Margarita… Página 17.

[66] A su llegada a León pronuncia unas palabras, transcritas en su Viaje a Nicaragua, de las que extraemos el siguiente fragmento, para dar una idea del sentimiento desbordado en este viaje: “…desde los pompones del aromo que una vez en Palma de Mallorca me trajeron reminiscencias infantiles; desde los ecos de las olas que en el maravilloso Mediterráneo repetían voces del Playón o rumores de Poneloya, siempre tuve, en tierra o en mar, la idea de la Patria; y ya fuese en la áspera África, o en la divina Nápoles, o en París ilustre, se levantó siempre de mí un pensamiento o un suspiro hacia la vieja catedral, hacia la vieja ciudad, hacia mis viejos amigos…” Fragmento al 38% de la versión Kindle.

[67] Coloma, Op. Cit. Pág. 26.

[68] Vargas Vila. Op. Cit. Pág. 26.

[69] No podemos dejar de incluir el comentario que con respecto a su nombramiento hace Darío en su autobiografía: “Cuando llegué a París, la contrariedad del ministro Medina al saber que iba yo a sustituirle en su puesto diplomático de España- pues él era representante de Nicaragua en cuatro o cinco países de Europa- se exteriorizó con tal despecho, que me juró aquel provecto caballero, no volver a poner los pies en España…” (pág. 144).

[70] Para una probadita de los poemas les transcribo un pequeño fragmento de su Canción Otoñal: ”En occidente húndese/ el sol crepuscular;/ vestido de oro y púrpura/ mañana volverá./ En la vida hay crepúsculos/ que nos hacen llorar,/ porque hay soles que pártense/ y no vuelven jamás…” Durante ese viaje escribió un poema, quizás el más conocido de Darío, del que copio apenas el inicio: Margarita, está linda la mar/ y el viento/ lleva esencia sutil de azahar;/ yo siento/ en el alma una alondra cantar:/ tu acento./ Margarita, te voy a contar/ un cuento…” Este poema está fechado el 20 de marzo de 1908 en Isla del Cardón, Bahía de Corinto.

[71] Sainz de Medrano. Op. Cit. Pág. 103.

[72] Olivier Debroise. Diego de Montparnasse. Fondo de Cultura Económica, México: 1979. Página 54.

[73] Rubén Darío. El Viaje a Nicaragua. Op. Cit. Pág. 261.

[74] Vargas Vila. Op. Cit. Pág. 39.

[75] Ulner, Op. Cit. Pág. 19.

[76] Vargas Vila. Ibid. Pág. 96.

[77] Sergio Ramírez. Mil y una muertes. Pág. 169 ss. Ramírez transcribe la crónica entera.

[78] Mi fantasía, a veces hace crisis; sufro la epilepsia que produce ese veneno del cual estoy saturado. Me siento entonces agresivo, feroz, con instinto de destruir, de matar. Así me explico los grandes asesinatos, cometidos por el licor.” (Confesión de Rubén Darío, citado en el artículo El crepúsculo de Rubén Darío. Doctor Ramón Maldonado García, revista Temas Nicaragüenses, número 26, junio 2012, página 126).

[79] Edelberto Torres. Op. Cit. Pág. 417.

[80] Íbid. Pág. 420.

[81] Íbid, pag. 424.

[82] Ramírez. Margarita, está linda la mar. Pág. 303.

[83] Edelberto Torres, Op. Cit. Pág. 434.

[84] Íbid. Pág. 440.

[85] Mario Sandoval Aranda. La muerte y el funeral de Rubén Darío. Diario La Prensa, Managua, Nicaragua, 4 de marzo de 2007. El artículo puede leerse íntegro en la hemeroteca virtual del diario.

[86] Ramírez. Margarita… Pág. 305.

[87] Íbid. Pág. 313.

[88] Íbid, pág. 344.

[89] Íbid. Pág. 348.

[90] José Jirón Terán y Jorge Eduardo Arellano. Cartas desconocidas de Rubén Darío. Fundación Vida, Managua, Nicaragua: 2002. Pág. 416.

[91] Tunnermann Bernheim. Op. Cit. Página 30.


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