De viaje con Enrique Gómez Carrillo, o el guía que se emborracha.

“Lo que me interesa es la vida, la luz, el cielo, el mar, y las sonrisas, y también las tristezas…”

                                       Enrique Gómez Carrillo.

De Marsella a Tokio.

 

A María Mercedes, con quien viajar siempre es una aventura.

 

DeMarsellaaTokioEnrique Gómez Carrillo fue un alma errante. Un eterno inconforme que a cada poco se hastiaba de todo y lo mandaba al diablo. Ya fuera en barco, en tren o en automóvil se largaba a hacer turismo y recobrar la paz de sus torturados nervios. Uno de sus biógrafos, Alfonso Enrique Barrientos le atribuye al desasosiego tal deseo de andar. Yo creo que al desasosiego hay que sumarle una curiosidad infinita. Recordemos también que una característica fundamental del modernismo, del que Gómez Carrillo es junto con Rubén Darío el más digno abanderado, es el culto al exotismo. El viaje es una aventura hedonista y una búsqueda del detalle exótico, es un viaje a la aventura y la búsqueda de ese dato único, de ese lugar ignoto que descubrirlo cause la admiración de los demás. Porque Carrillo era periodista también, y el periodismo vive de la novedad, del dato desconocido que encuentra la luz, guiado por la pluma hábil.

Él mismo nos intenta explicar en uno de sus textos sus motivos: “(…) Lo que busco es algo más frívolo, más sutil, más pintoresco y más positivo: la sensación”.[1] Y por eso los libros del cronista despiertan admiración en algunos y hastío en otros. El que busca libros de viajes colmados de aventuras peligrosas, de marinos sin miedo que luchan en contra de las tempestades, o de hombres que cazan elefantes en el centro de África con cerbatanas quedarán desilusionados y desecharán sus libros al triste destino del polvo y la polilla. Pero aquellos que buscan la paz del viaje, la referencia del vagabundeo despreocupado y tranquilo, de estampas de viaje que lo pongan a soñar, ése, ése espíritu desinteresado adoptará sus libros como compañía inseparable para el resto de sus días.

Gómez Carrillo lo expresa así en De Marsella a Tokio:           

“Lo que me interesa es la vida, la luz, el cielo, el mar, y las sonrisas, y también las tristezas…”[2]

 

Porque los libros de viajes de don Enrique no buscan únicamente mostrar un paisaje y describir la vestidura de la gente o la vida de la tribu. Sus obras buscan transportar al lector a esa ciudad, a esa montaña, a esa cubierta del barco desde la que él escribe y busca involucrarlo en su propio viaje y compartir sus sentimientos y pensamientos.

Busca embargar el alma de la incertidumbre que conlleva todo viaje, y perdonándome ustedes el fastidio, lo cito nuevamente, en extenso: 

“Poco a poco, así, sin hipocresías sentimentales, llegamos a amontonar tantas nostalgias, que nuestro pecho se acostumbra a ellas y las necesita como se necesita el aire. Allá está una torre que ya se desvanece en el espacio… allá está la mancha verde de un jardín… allá está una ventana cerrada… guardemos todo eso para evocarlo más tarde y para poder decir un día: “allá, tal vez, habría sido feliz…”. Al fin y al cabo, ¿no es acaso la muerte la única ventura real de la vida…? Pues entonces, ya que “partir c’est mourir un peu”, gocemos amargamente, saboreando a sorbos epicúreos la copa que contiene la continua y suave agonía de nuestras ilusiones momentáneas”.[3]

 

En las páginas de La Vida Errante había dejado también estas líneas, de sutil nostalgia: 

“¿Para qué cerrar los ojos tratando de no ver lo que perdemos, cuando todo está dentro de nuestros corazones?… Mejor es embriagarnos de melancolía, agitando siempre, al poner el pie en el barco, un pañuelo húmedo de lágrimas. Poco a poco, así, sin hipocresías sentimentales, llegamos a amontonar  tantas nostalgias, que nuestro pecho se acostumbra a ellas y las necesita como se necesita el aire. Allá está una torre que ya se desvanece de un jardín… allá está la mancha verde de un jardín… allá está una ventana cerrada… Guardemos todo esto para evocar más tarde y para poder decir un día: Allá tal vez, habría sido feliz… Gocemos amargamente, saboreando a sorbos epicúreos la copa que contiene la continua y suave agonía de nuestras ilusiones momentáneas.”[4]

 

¡Ah!, que suave tristeza es partir de viaje o regresar de él. El texto anterior, tomado de La vida errante es toda una declaración filosófica modernista, es también un manifiesto del romanticismo. Es el alma torturada que busca en cada rincón algo con qué mortificarse, con qué torturarse para estropearse la felicidad y regodearse, conscientemente, en el sufrimiento. Porque, vea usted, hay que estar un poco loco para ser un romántico en toda ley. ¿Quién quisiera repetir el triste destino del joven Werther hoy en día? porque por mí, que se mate ella y que tenga feliz viaje… Bueno, si no me detiene a tiempo el amable lector me voy por la tangente, no me haga hablar de más y discúlpeme, que sigo con nuestro tema.

Le decía que el viaje, y la crónica de viaje en especial es un canto de cisne. Porque definitivamente todo viaje cambia algo en nosotros, y de alguna manera el viejo yo muere cada vez que tomamos una maleta y nos vamos unos días, sea para visitar a la Virgen de Chiantla en Huehuetenango, o para caminar en el barrio rojo de Ámsterdam o bien para pasar una temporadita en el Monte Athos. Quien sale de su casa con el espíritu preparado para el viaje no regresará de él igual que cuando partió.

Y esto aplica para viajeros tan dispares como Gómez Carrillo, Henry Miller o el amargado de Paul Theroux. Tomemos como punto común entre éstos viajeros de distintas épocas sus respectivos viajes a Grecia.

Para Carrillo el viaje a la Hélade es una búsqueda del carácter griego, y su viaje dejará una huella tan profunda en él que incluso a su regreso sigue escribiendo sobre sus sensaciones en la cuna de la cultura de occidente. Para Miller es un viaje de iluminación, de asimilación, de felicidad. Descubre la luz. Y de ese viaje habrá de escribir innumerables veces, fuera de lo que cuenta en El coloso de Marusi. Su viaje a Grecia será, según sus propias palabras “el año más feliz de su vida”, lejos de toda preocupación, lejos del fantasma del hambre, fue un viaje en el que según sus propias y bellas palabras, “los días pasaban como una canción”. Y para Theroux es un viaje de mal humor en el que nos da la lata quejándose de todo. Parece mentira que sea un afamado escritor de viajes. Porque vea usted, es un quejicas. Si se queja de todo ¿para qué carajos sale de su casa? podría preguntarse, con justa razón, un lector menos paciente. Pero el secreto es que bajo ese mal humor y esa pedantería tan típicamente estadounidense late el mismo corazón que Miller o Carrillo. Aunque se aun amargado y crea, absurdamente, que todo tiempo pasado fue mejor, bajo ese tonito lloriqueante late un corazón nostálgico y errabundo. Pertenece a la misma raza que ellos y de Bowles: la tribu de los nómadas.

 

“Comparando descripciones de un mismo sitio hechas por autores diferentes, se ve la diversidad de las retinas”.[5]

 

Cuán sabias son sus palabras, Carrillo siempre tiene razón. Y es que la psicología condiciona a todo viajero. Si usted visita Roma, por ejemplo, en diez ocasiones distintas, en las cuatro estaciones del año, y a lo largo de toda su vida, tendrá, por lo menos diez versiones distintas de la Ciudad Eterna. ¿Y qué rayos?, es que, el problema radica, como dice Alain de Botton en El arte de viajar[6], en que cuando nos vamos de viaje nos vamos con nosotros mismos y ése yo sí que fastidia. El trasero se nos duerme en los largos trayectos del tren, se nos acalambran las piernas luego de cuatro vueltas por el Trastévere, nos duele la cabeza si por caminar por las estrechas callejuelas de la Casba de Argel se nos ha olvidado comer. En fin, somos un fastidio como compañía de viaje de nuestros sentidos. Nos amargamos el viaje pensando que si estarán comiendo los niños, el perro, el loro o el gato… aún y cuando no tengamos a nadie en casa de quien preocuparnos… (“Cuando nos vamos hacia tierras lejanas y transoceánicas, una inconsciente angustia oprime nuestras almas. Sin quererlo, nos interrogamos en secreto sobre aquello que puede cambiar durante nuestra ausencia”).

O lo que es lo mismo pero dicho por Tatiana Escobar en su insuperable ensayo Sin domicilio fijo

“A pesar de las bondades que conlleva la partida, al momento de cruzar la sala de abordaje todo viajero se sabe una rata, un traidor, porque viajar es acaso el más egoísta de todos los actos. A esta sensación de traición sobreviene la convicción de la pérdida, de todo cuanto se pierde por el mero acto de partir…”[7]

 

Y es que hay algo maravilloso en las crónicas de viaje de Enrique Gómez Carrillo: nos hace soñar, pensando que podemos viajar cómodamente con nosotros mismos. En muy pocas ocasiones, casi nulas, se queja de algo en sus viajes. Siempre encuentra algo en que maravillarse, aunque sea algo pequeño, no es como Theroux que nos amarga al viaje, el muy chillón. Con Carrillo todo es miel sobre hojuelas. Nos habla despacio, del buen y mal tiempo, de la lluvia o de la nieve, sin mojarnos los pies, sin resfriarnos, sin asaltos, sin hambre, sin gente mentirosa inventándose babosadas para vendernos un lugar que no tiene nada de espectacular. Con él no hay mentiras, todo es hermoso y eso es lo que hace de él un buen guía de viajes. Hasta se emborracha y droga con nosotros y no nos irrita.

También es un viajero marginal. Se va por la libre. Lleva su guía Baedeker bajo el brazo pero sin hacerle mucho caso. Más para consultar datos que para seguir itinerarios. La hojea, la comenta, la cierra y se olvida de ella. Su viaje es más bien libre, como dije arriba, va tras el dato exótico, tras la impresión duradera en el espíritu. De sus Claridades Venecianas tomo un ejemplo: 

“Tres semanas llevo paseándome por estas calles. No he visto ni un museo, ni un palazzo, ni una iglesia por dentro. No he visto más que calles, canales, techos, torres, puentes, fachadas. He visto diez, veinte veces los mismos rinconcillos, que se esconden entre paredes vetustas como para guardar mejor su carácter de antigua gracia patricia”.[8]

 

En el Primer Libro de las Crónicas también habría de comentar su metodología de viaje en estos términos: 

“El buen sistema es no llevar ni espacio limitado ni ideas preconcebidas… Yo, por mi parte, al entrar en un pueblo cualquiera, trato de olvidarme de que existen otros países en el mundo. Sin cicerone, sin plano, sin libros eruditos, me echo a andar por las calles. Poco a poco, el alma de la ciudad va revelándose.”[9]

 

Pero no hay que dejarse engañar, porque a pesar de su tono de despreocupado abandono prepara su viaje hasta el último detalle, como buen esquizofrénico que era. Antes de partir lee como desquiciado sobre el lugar al que va. Lee a Pierre Loti, a Teófilo Gautier, a Alfonso de Lamartine o a cualquier otro viajero, consulta artículos de revistas, crónicas de los diarios, datos estadísticos, a los filósofos, a los escritores y poetas locales, todo con el fin de hablar con propiedad del lugar al que se dirige, para no embriagarse en falsas impresiones, para no darse por satisfecho con las apariencias.

Y es que nuestro cronista es junto con Loti uno de los mejores exponentes de la nueva época del viaje por placer facilitado por la tecnología del vapor. Los buques a vapor reducen considerablemente las distancias y permiten comodidades impensables apenas una generación anterior. Piense por un momento en los grandes buques que surgen de los astilleros, todo hierro y lujo como el Franconia, el Normandía, el Olympic, el Titanic… Pero también en tierra se ofrecen aventuras y confort. Piense en el viaje que nuestro cronista hace a Rusia, abordando los mejores trenes del momento, atravesando el continente. El hombre cambia su concepción del tiempo y el espacio, pues la construcción de las líneas plantea el triunfo del hombre sobre la naturaleza: 

“Trains –or, rather, the tracks on which they ran- represented the conquest of space. Canals and roads might be considerable technical achievements; but they have almost always been the extension, through physical effort or technical improvement, of an ancient or naturally occurring resource: a river, a valley, a path, or a pass (…) Railway tracks reinvented the landscape. They cut through hills, they burrowed under roads and canals, they were carried across valleys, towns, estuaries…”[10]

 

Es un viajero exquisito. Hasta la vieja bruja de Aurora Cáceres se ve obligada a admitirlo en sus “memorias” (escupo en su tumba), que era una actividad frenética la que se apoderaba de Gómez Carrillo antes de partir de viaje. Visitaba a gente que hubiera viajado con anterioridad para que le comentara sus impresiones, visitaba la Biblioteca Nacional de París para consultar grabados, pinturas, mapas, etc., era en resumen, un viajero profesional. Especie de viajero que surgió casi paralelo con las construcciones de las vías de los ferrocarriles, como le explica Judt:

 

“The railway poster, the railway advertisement, the brochure- advertising routes, tours, excursions, exotic places and possibilities- came remarkably early in the history of train travel. It was perfectly clear even to the first generation of train managers that they would be creating needs that they alone could meet; and that the more needs they could generate, the greater their business.”[11]

 

Pero aunque la tecnología mejora las condiciones del viaje, no deja de tener sus riesgos. Y esos riesgos los debe asumir un periodista profesional que quiere especializarse en crónica de viajes. Y en este escenario, Gómez Carrillo es tan profesional que asume todos los riesgos. Aunque en sus libros no nos cuente muchos detalles, viajar en esos años finales del siglo XIX y de inicios del siglo XX no era cosa fácil y cómoda como lo es hoy. Los viajes de horas para cruzar de un continente a otro eran aún, dominio de las novelas futuristas y los azares del viaje eran tan duros que nuestro amigo viajero naufragó, por lo menos según sus biógrafos, en tres ocasiones. Ya les conté en otro lado que en una de esas ocasiones naufraga frente a las costas de Colombia, ante un paraje desalentador que se llama como uno de esos lugares sacados de la mente de Daniel Defoe o de Stevenson: Las Bocas de Ceniza. Y para colmo, uno de sus compañeros de viaje lo detesta a morir: el poeta colombiano José Asunción Silva. Como se ve, viajar era asunto serio, y si aún no lo convenzo, pregúntele a los muertos que se llevó el Titanic aquella fría noche de 1912… y no hablo de Leonardo diCaprio, por supuesto.

Aquí vale la pena hacer un alto para mencionar que tras el naufragio del Amérique, ese que encalló frente a las costas colombianas, cerca de Puerto Colombia, el escritor Abraham Zacarías López Penha lo recibió en su casa de Barranquilla para que nuestro cronista se recuperara del shock. Nos cuenta Ramón Illán Bacca que Gómez Carrillo fue pieza clave para que editoriales españolas y francesas de prestigio empezaran a publicar a López Penha.[12]

Pero aunque romántico y en búsqueda de la perfección, nuestro cronista también es efectista. Y quiere vender sus libros. Por eso deja caer en sus obras momentos de tensión que despierten interés y nos obligue a leer más páginas. Y como no había en su época películas de suspenso, se llenaba el espacio, en lo que los franceses perfeccionaban el cine, con libros de suspenso. De esa cuenta inicia su libro La Grecia Eterna, con una tormenta: 

“Nuestro barco se estremece y gime en su lucha contra las olas. A lo lejos, el cielo y el agua se confunden en una nube que la lluvia raya con dardos diagonales. El sol que nace apenas alumbra, de trecho en trecho, rompiendo la capa que lo envuelve, esta onda encrespada. Y aunque al pasar entre los dos abismos de siniestra leyenda nada nos hizo temer el menor peligro, nuestras almas se estremecieron”.[13]

 

Y no es para menos, con tres naufragios a la espalda. Si quiso engancharnos con su tormenta en la primera página de su viaje a Grecia en otro libro, el viaje a Egipto, se nos pone metafísico-mundano: 

“Dos horas de indolente contemplación en la terraza de un café sirven mejor al viajero curioso que muchos días de febriles excursiones, porque no es lo mismo pasar ante la existencia que dejar pasar a la existencia ante nuestra vista”.

 

¿Cómo la ven desdiay? Es un escritor culto para un público culto, que en toda América, España y Francia espera impaciente sus crónicas de viaje. Sea en El Diario de la Marina en La Habana, como El Imparcial de Guatemala o en La Nación de Argentina la gente pende de un hilo por la tormenta o se desayuna una tostada con jalea de manzana imaginándose que la mordisquea en una terraza de Alejandría, con el Mediterráneo ante sus ojos, gracias a esa crónica que tiene ante sus ojos.

Para que se haga una idea de cómo se le veía en América cito un ejemplo, citado a su vez por Barrientos, de una revista argentina comentándolo a su muerte: 

“Tenía el don de gentes extraordinario que se sintetiza en el conocimiento de los grandes viajes, una clara inteligencia y una sutil espiritualidad. Como decíamos, era realmente el prototipo del hombre internacional…”.

 

Sus libros son sensación. Lo testifica el minucioso catálogo armado por Juan Manuel González Martel múltiplemente citado en estos ensayos. Son decenas y decenas de libros, de distintas editoriales de distintas ciudades que sacan a la venta sus crónicas. Sus libros van de lo sublime a lo mundano. Nos hablan de los hermosos templos de Nikko en las brumosas montañas de Japón, de los estrechos cafetines del Pireo, de los oscuros fumaderos de opio (¿lo ven? también se droga) pero también de los aspectos sórdidos del mundo: 

“¡Es tan espantoso el espectáculo…! ¡Son tan horribles esas faces infladas, amoratadas, torcidas, carcomidas…!

-Estamos en la Puerta de los Leprosos- dice mi guía”.[14]

 

También nos habla de lo sagrado y lo profano o de la mezcla de las dos cosas, como cuando nos cuenta del ferviente fanatismo de los monjes que cuidan los lugares santos o de aquella prostituta sin nombre, tragada por la historia y posiblemente por las enfermedades, que vendía su cuerpo bajo lar arcadas de una sinagoga en ruinas a orillas del Mar de Galilea: 

“La Magdalena, que en nuestras imaginaciones es la imagen viva de la cortesana arrepentida; la rubia Magdalena, a quien los poetas le atribuyen los éxtasis más delicados. La Magdalena de grandes ojos ojerosos, que abandonó los goces del mundo para seguir los pasos del Hijo de Dios, no debe haber sido ni más bella ni más suntuosa que las pobres vendedoras de caricias que se esconden, al anochecer, en la Tiberíades actual, entre las sombras de los pórticos, a la entrada de las sinagogas”.[15]

 

Pero, como no todo es tristeza ni gozo completamente, hay un poco de todo para todos. Incluso el dato para el viajero que busca escapar de la monotonía de los largos y anchos bulevares está este párrafo, que describe la atmósfera atemporal de El Cairo: 

“Por parajes en los cuales apenas caben dos personas de frente, circulan las caravanas de camellos y los desfiles de asnos, sin que nadie proteste contra el peligro de dejarse aplastar. ¡Ruah… ruah… balek… y emenek!…” –gritan los arrieros. Cada uno, entonces, se perfila o se acurruca, para dejar el espacio libre. En seguida el noble discurrir sin prisa recomienda”.

 

Para el erudito, que usa al viaje como excusa para conseguir esa joya bibliográfica que cause la envidia de los invitados del almuerzo del sábado, está este comentario sobre los libreros de El Cairo: 

“(…) cuando adivina en el cliente un erudito digno de ser servido, no se contenta con darle una edición cualquiera de la obra que pide. Uno tras otro, va sacando de las cajas empolvadas, o de los estantes decrépitos, los más antiguos y los más preciosos incunables. Los abre. Hace ver la fecha. Elogia los caracteres cúficos de los títulos. Indica las variantes introducidas por los comentadores”.[16]

 

Si usted es un poeta que busca desesperadamente la fórmula para sus sentimientos y se topa por casualidad con El Japón Heróico y Galante, también hay algo para usted. Traducciones de los poetas japoneses: 

¡Ah! Si las olas blancas,

del lejano mar de Isé,

fueran flores

y yo pudiera recogerlas,

¡que ramillete para mi amada!

si tu mano

estrechara la mía,

¡qué me importaría

que las palabras del mundo

fueran abundantes y hostiles![17]

 

OK, supongamos que usted es un ecologista incurable o un botánico curioso, que no tiene nada que hacer y se pone a hojear también el libro que su amigo el poeta le prestó mientras se echa una siesta, también para usted tengo algo: 

“Los árboles mismos son aquí mucho más bellos que en Europa, y sus hojas, cuando reverdecen con tonos tiernos en primavera, o cuando, en otoño, se tiñen de matices rubios, constituyen fiestas verdaderas para quien los contempla”.

 

¿Usted también quiere algo para probarse que Carrillo tiene algo para todos? Pida nomás, yo se lo encuentro. ¿Quiere irse de putas una noche en Tokio?: 

“Después de saludarnos así, se acuesta a nuestra izquierda. Y por fin, siempre sin prisa, las servidoras leales cubren el nido con un velo verde.

¡Oh! ¡las complicaciones y las tardanzas!¡oh!¡las dificultades infinitas para poder, al fin, estrechar entre nuestros brazos más curiosos que ardientes, a la muñeca que escogimos en el escaparate de laca!”

 

Y si usted no es de esos que anda comprando caricias, que las prefiere gratis, que anda de cacería en toda ciudad que visita, que huele al sexo femenino como si fuera presa de caza mayor, le recomiendo visite Atenas porque allí, según Gómez Carrillo, las mujeres: 

“… Saben andar rítmicamente y saben sonreír de un modo discreto. Saben vestirse. Y, además, aunque esto no se ve en sus rostros, aunque esto sus labios no lo proclaman en los salones, es seguro que también saben amar con toda la voluptuosidad y todo el ardor que se refleja en sus pupilas oscuras.”

 

No le gustan las prostitutas pero sí irse de conga a algún barrio de moral disipada en el que se baile y se beba sin preocupación alguna, para usted tengo el siguiente comentario de Buenos Aires en el que sólo hace falta la temblorosa voz de Gardel como música de fondo: 

“… donde antes no veíamos sino miseria y vicio, crispación y sordidez, ha creado, con la magia de su ritmo pausado y señorial, que parece alargar las siluetas y afinar los talles, una atmósfera de fiesta galante, mundana y comedida. No reconozco ya, en efecto, en estas parejas ni a los compadritos del hongo sobre la oreja ni a las tristes pecadoras de los harapos disparatados. Sin enlazarse, casi sin tocarse, mirando más sus pasos que sus rostros, los unos y las otras sonríen con una sonrisa grave, igual en todos los labios, y ondulan en pasos complicados, como si estuvieran celebrando un rito de ceremoniosas armonías… El tango…”

 

¿No le interesan los libros, las prostitutas, las mujeres, la naturaleza, el tango ni los poetas? Pero sí la droga. Hasta para usted, mi estimado yonqui hay algo: 

“(…) Basta con haberlo sentido una vez para no olvidarlo nunca. Los mismos espíritus de los muertos, cuando vuelven a pasearse por la ciudad, se detienen en las puertas de las fumerías en cuanto perciben el aroma de la buena droga.[18]

 

Incluso Gómez Carrillo se nos revela como el cronista de la modernidad, que se pasea por el mundo del siglo XX que recién despierta, anterior a la barbarie de la guerra y recorre las posesiones francesas de ultramar con el ojo atento para describir cómo el “desarrollo” occidental va llegando a las esquinas remotas del mundo. Es un paladín de la civilización occidental, y sólo bajo esa luz podemos apreciar la belleza de la descripción que nos hace de Argelia, en la vecina orilla del Mediterráneo: 

“Si suprimo lo francés no queda nada… Todo es muy parisiense, todo es uniforme, todo tiene el sello elegante, pero monótono, que los franceses saben dar a sus ciudades… En donde los francéses se amontonan, lo indígena desaparece, y sobre sus ruinas surge, muy limpio, muy alegre y muy banal el indispensable ‘petit’ París de tranvías eléctricos, de casas de cinco pisos, de jardincillos poblados de estatuas, de terrazas de café y de grandes hoteles cosmopolitas.”

 

Es la alegre vida del genocidio cultural que implicó ser posesión europea durante siglos. Para Carrillo, enamorado de todo lo que suene a modernidad, lejos de las calles estrechas, de techos de tejas de barro cocido y drenajes a flor de calle de la capital guatemalteca en la que naciera, la supresión de lo indígena debe verse con alegría, pues es la luz de la civilización la que va iluminando los rincones de barbarie, de la ignorancia. En el caso particular que nos describe arriba,  en el nuevo espacio franco-argelino surgirá, por ejemplo, y no es nada deleznable, un intelectual de la talla como lo fue Albert Camus.

Pero nuestro cronista, hombre de su época al fin, es un hombre contradictorio cuya alma lucha entre el amor a la civilización y la cultura europea y el amor a lo exótico, de cuyo aspecto más romántico es él un buen ejemplo, pues se vende como un buen salvaje en el mundo literario europeo y como un hombre refinado que se mueve cómodamente en la cultura europea para el público americano consumidor de sus crónicas y libros. Esa dualidad del alma se expresa así, en una página de La Vida Errante

“¿Dónde están los jardines?… ¿Dónde las mezquitas?… ¿Dónde los ríos?… Al salir de la estación de ferrocarril de Beirut, nos encontramos de pronto en una avenida de una ciudad de segundo orden francesa o italiana… ¡Oh desencanto de los desencantos!”[19]

 

Entonces Gómez Carrillo se nos revela como el abanderado del Modernismo, ese hombre que denuncia toda modernidad como la pérdida del mundo romántico y simple, como ese hombre nostálgico del trópico que puede hablar de las virtudes del retraso de un mundo olvidado por el desarrollo. El cronista pontifica: 

“¿Qué es, en efecto, lo que se ha inventado allá en los países ultramodernos, para hacer más grata la existencia? Cosas para ir más de prisa, para subir más alto, para aumentar, en suma, los tormentos del mundo. En el Fez viejo, no hay teléfonos, ni ascensores, ni tranvías eléctricos, ni automóviles…”

 

Da lo mismo que hable del Fez Viejo o del Nueva Guatemala de la Asunción, en donde tampoco había ascensores ni tranvías eléctricos para la fecha en que nuestro cronista escribió esta frase. Había un tranvía, sí, amarillo según Miguel Ángel Asturias, y tirado por mulas, no por electricidad. Pero recordemos que estos espacios idílicos de ausencia de modernidad son lugares de los que nuestro cronista huye, pues se aburre, de ahí que viva en el centro mismo de la vida de París, cerca de la Ópera, y no en una casita blanca, rodeada de bouganvilias en Patmos o a orillas del Río de los Perfumes en Hué, o en la ribera del Lago de Atitlán.

Pero en su idea del mundo feliz, no caben las grandes metrópolis norteamericanas, a las que acusa de violencia y modernidad sin finalidad, sino más bien, el mundo feliz se ajusta a la vida francesa, en donde una sentada en un café se puede tomar un buen aperitivo, escuchar un poco de música, hablar de libros, en fin, en donde la vida moderna tiene como finalidad el placer mismo de vivir, la alta cultura, la vanguardia intelectual. Es por ello que Nueva York se le antoja horrorosa, a la que acusa de no tener alma a diferencia de Buenos Aires.

 

“Yo he estado en Nueva York y he visto con admiración y espanto la catarata de vida que arrastra a los hombres por Brodway desde la mañana hasta la noche. La vida ahí es un vértigo, y el hombre, un iluminado o un autómata, una máquina o un delirio. De arte, de gusto, de armonía, de medida, de distinción, ni siquiera una idea tiene la metrópoli norteamericana en su existir callejera. La gente pasa entre edificios desiguales sin ver y sin pensar que pueden verla. El que se detiene ante un escaparate expónese a ser arrollado por la corriente. ¡Time is Money!…”

 

La diatriba antiyanki nos suena a influencia de su amigo americanista Manuel Ugarte, y me hace recordar las más furibundas páginas de Henry Miller en su Trópico de Capricornio, donde arremete en contra de la vida que lo ahogó tantos años en su Brooklyn natal.

Como ven, en sus crónicas hay de todo para todos. Cuenta la vida en los buques, las comidas en las embajadas, los paseos por los sórdidos barrios del puerto, sea de Marsella o Buenos Aires. Hasta de las consecuencias del colonialismo. Nos dejó páginas incluso de un turismo novísimo en nuestra época, no se diga en la de él: el turismo tecnológico. Su amigo Vicente Blasco Ibáñez, en su Vuelta al mundo de un novelista, nos había descrito el cruce del Canal de Panamá en los siguientes términos: 

“Avanzamos con lentitud, pero continuamente, por esta zanja enorme de agua dulce tendida como un guión entre los dos Océanos. Formamos parte de la doble fila de buques que va y viene por ambas orillas, como los carruajes marchan al paso por una calle, rozando las dos aceras…”

 

Carrillo, exótico, nos describe en cambio el cruce del Canal de Suez, portento de los logros de la tecnología francesa de aquellos tiempos: 

“Luego la soledad comienza de nuevo; la soledad asoleada que dura horas enteras y que sólo interrumpe a lo lejos la escuálida silueta de un camello, o en el agua misma, el ruido de las dragas que sacan arena del fondo para aumentar la arena del desierto.

La vista no abarca lo colosal de la obra (…)”[20]

 

En fin, ¿qué más puede agregar éste su humilde servidor?, en ese tono discurren las obras de viajes de nuestro admirado cronista. Incluso cuando se va a descansar a su casa de verano, en Niza, no puede evitar plasmar las sensaciones del recién llegado. Su crónica Mi casita de Niza es una verdadera declaración de amor a la ciudad y su estilo de vida y para mí, (personalmente), son las mejores páginas de su obra. Esta crónica es la más acabada, la más luminosa, la más personal de todas sus crónicas de viaje.

Y apropósito de Niza y de sus viajes domésticos le puedo contar una última anécdota, por lo menos para que se le quite el sabor a engaño de la boca si decide hacer a un lado los libros de Carrillo y leerse algo más light, quizás una novela de literatura descafeinada. Nos la cuenta el entrañable Toño Salazar, en el libro citado hasta la saciedad en estos ensayos: 

“…Carrillo compró un automóvil y aprendió a conducirlo. Yo lo acompañé a Niza en una gira que hicimos. Cuál no sería mi sorpresa cuando al llegar al hotel en que íbamos a hospedarnos, Carrillo no podía hacer retroceder el vehículo, por lo que se vio obligado a dar varias vueltas a la manzana para poder, al fin, estacionarlo frente al hotel, donde otros vehículos habían dejado un espacio libre…”[21]

 

Así que amigo lector, si no logré convencerlo de leer algo de sus crónicas de viajes con este ensayo me rindo, piérdase el placer de la lectura despreocupada y quédese perdido en la realidad, que yo lo dejo con una frase de Carrillo: 

“Lo único malo de Niza, es que no tiene uno ninguna gana de trabajar. Da pena sentarse a escribir, cuando fuera hay tantas flores y tanto sol”.[22]

 



[1] Enrique Gómez Carrillo. Páginas Escogidas. Tomo II. Impresiones de viaje. Editorial del Ministerio de Educación Pública, Guatemala: 1954. Ver crónica titulada La psicología del viajero.

[2] Enrique Gómez Carrillo. De Marsella a Tokio. Casa Editorial Garnier Hermanos, París: s/f.

[3] Citado en: Alfonso Enrique Barrientos. Enrique Gómez Carrillo. Tipografía Nacional, Guatemala: 1994.

[4] Citado en Horwinski. Op. Cit. Página 107.

[5] Enrique Gómez Carrillo. La psicología del viajero. Ver cita número 1.

[6] Alain de Botton. El arte de viajar. Suma de Letras, S. L., Madrid: 2003.

[7] Tatiana Escobar. Sin domicilio fijo. Editorial Paidós mexicana, México: 2002.

[8] Enrique Gómez Carrillo. Vistas de Europa. Editorial Mundo Latino, Madrid: s/f.

[9] Citado en Horwinski. Op. Cit. Página 111.

[10] Tony Judt. The Glory of the Rails. Part one. The New York Review of Books: 23 de diciembre de 2010. Página 2. (nybooks.com/articles/…/glory-rails).

[11] Judt. Op. Cit. Página 6.

[12] Ramón Illán Bacca. La novela en Barranquilla. Abraham Zacarías López Penha, ese desconocido. Huellas, revista de la Universidad del Norte, número 22, abril de 1988. Págs. 18-25. En ese artículo, Illán Bacca apunta algo que nos parece interesante de citar: “…Cuando en la revista Voces, el catalán Ramón Vinceys publicó un comentario zumbón sobre Gómez Carrillo (‘es un escritor de libros para vagón de tren y para cubierta de trasatlántico. Ha tenido una gran boga y no dejará nada’) López Penha que había colaborado en forma intermitente con la publicación, dejó de hacerlo…”, todo un caballero pues.

[13] Enrique Gómez Carrillo. La Grecia Eterna. Centro Editorial José de Pineda Ibarra. Ministerio de Educación Pública, Guatemala: 1964.

[14] Enrique Gómez Carrillo. Jerusalén y la Tierra Santa. Centro Editorial José de Pineda Ibarra. Ministerio de Educación Pública, Guatemala: 1965.

[15] Enrique Gómez Carrillo. Op. Cit.

[16] Enrique Gómez Carrillo. La sonrisa de la Esfinge. Editorial del Ministerio de Educación Pública, Guatemala: 1961.

[17] Enrique Gómez Carrillo. El Japón Heróico y Galante. Biblioteca Crisantema, Buenos Aires: 1935. Las siguientes citas pertenecen a este mismo volumen.

[18] Enrique Gómez Carrillo. De Marsella a Tokio. Editorial Garnier Hermanos, París: s/f.

[19] Citado en Horwinski. Op. Cit. Página 115.

[20] Enrique Gómez Carrillo. Op. Cit.

[21] Luis Gallegos Valdés. Caricaturas Verbales. Cien caricaturas de Toño Salazar. Dirección de Publicaciones e Impresos, Consejo Nacional para la Cultura y el Arte, San Salvador, El Salvador: 1997.

[22] Enrique Gómez Carrillo. Páginas Escogidas. Tomo II. Editorial del Ministerio de Educación pública, Guatemala: 1954. Ver crónica Mi casita de Niza.


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