De algo hay que vivir o Gómez Carrillo y el tirano Estrada Cabrera

“Imposible hallar gentes más reservadas que los chapines. Hasta los borrachos son prudentes aquí.”

 Enrique Guzmán,

 Diario Íntimo

  

estradacabreraEn Guatemala un dicho popular dice que: “Más vale un chaquetazo a tiempo, que diez años de servicio”, refrán que más bien pareciera una filosofía de vida para muchos compatriotas. Traducido al español castizo significa que más vale una sobada de leva oportuna que una vida de trabajo y esfuerzo. O lo que es lo mismo: sacar ganancia aplicando la ley del mínimo esfuerzo. Este dicho, tan común en esta tropical tierra, crea entonces un verbo propio: chaquetear, que significa adular, y quien chaquetea es un chaquetero, un adulador.

Pues a esta original especie de chaqueteros, pertenecieron muchos intelectuales del siglo XIX y XX. En Guatemala, al parecer un imán poderoso para ellos, se concentraron varios, que no escatimaron esfuerzos en echarse a la bolsa al gobernante de turno para obtener privilegios. Máximo Soto-Hall, Enrique Gómez Carrillo, Rubén Darío, José Joaquín Palma y José Santos Chocano, entre otros, son buenos ejemplos. Y es que imagínese usted ser un intelectual ambicioso en estos tristes trópicos a inicios del siglo XX, cuando la tiranía era la forma de gobierno imperante en las Américas, mano divina que da y quita favores y hasta la vida…

Sobre este aspecto poco digno de nuestra reducida intelectualidad se refiere William Clary, en su ensayo Iconos culturales y orígenes de una conciencia revolucionaria en Nicaragua, citando a Ángel Rama y Julio Ramos, quienes “…han documentado ampliamente el nexo que existía entre las esferas políticas y los escritores modernistas en la primera época, en particular la manera que esta relación daba lugar tanto a la producción de los discursos panegíricos como a los puestos diplomáticos a los que fueron nombrados un gran número de poetas”[1], no es de extrañar entonces que Darío, a su regreso triunfal a Nicaragua, echara flores a mansalva sobre el dictadorcillo de turno a cambio de la representación diplomática de su país, arrancándosela de las garras al intrigante de Crisanto Medina, como vimos en otra parte de estos textos.

Pablo Yankelevich, dibuja claramente el perfil de estos intelectuales nacidos en la aridez americana de aquellos lejanos años:

 

“Para aquellos profesionales de las letras, integrarse al servicio exterior resultaba atractivo. La seguridad de una remuneración mensual, la tranquilidad de una vida diplomática, en suma, gozar de un mecenazgo que lo mismo permitía alternar con jefes de Estado, que participar en la bohemia literaria ensanchando vínculos con escritores, editores y hombres de la cultura de otras latitudes.”[2]

 

De acuerdo a Clary, Rama y Ramos han señalado:

 

“…que los equipos intelectuales que apoyan a las fuerzas dominantes (las dictaduras) se apropian de la modalidad estética del modernismo para embellecer y realzar los discursos panegíricos con funciones estatales. Según Ramos, la primera etapa del modernismo es crítica y ‘antiburguesa’, mientras la segunda, en cambio, ‘se convertía en estética de los grupos dominantes’”

 

Es decir que se confirma la máxima bíblica de que no hay nada nuevo bajo el sol. Ni Stalin ni Castro fueron innovadores al poner a la cultura al servicio de la opresión dictatorial. Basta ver la famosa pintura en que Minerva conduce del brazo a Estrada Cabrera hacia un horizonte luminoso mientras le exclama “¡Contemplad tu obra!”, o las patéticas escenas de los rusos rogándole a los soldados que rodean el tren de Stalin que le cuenten de sus penurias, porque “papá no lo sabe”[3], para convencerse que el poder obnubila y destroza la humanidad de quien lo detenta. El arte es otra de las víctimas del poder absoluto, una más.

Epaminondas Quintana, cuyos hermosos recuerdos de la generación de 1920 ya hemos consultado para otros temas en estos ensayos comenta también:

 

“…Desgraciadamente los intelectuales de la época eran poco escrupulosos en el manejo de la adulación, casi de la cual vivían. Muchos de ellos se paseaban por el continente y por España, loando dictadores y lograban así, darse la gran vida. Don Manuel Estrada Cabrera, se la llevaba de protector de la inteligencia y así gustaba de rodearse de altos personajes de la literatura y el pensamiento mundiales, para explotar su prestigio. Así acogió a Rubén Darío –ya para morir el aedo- a Santiago Arguello, a José Joaquín Palma y a otros que no recordamos…”[4]

 

En el caso de Enrique Gómez Carrillo la mano dictatorial le benefició a la distancia, pues todas las zalamerías y adulaciones que escribió y pronunció sobre el sangriento dictador guatemalteco las hizo desde el otro continente, océano de por medio y con la única intención de permanecer allí. De acuerdo a Horwinski, a quien ya hemos citado extensamente en otras partes, el pacto con el dictador se selló en 1898:

 

“The year of 1898 also marked the beginning of Gómez Carrillo’s relationship with Manuel Estrada Cabrera, who governed Guatemala from 1898 to 1920. Although financially profitable in the short run, Gomez Carrillo’s alliance with the prototype for Miguel Angel Asturias’s diabolical dictator in El señor presidente proved his virtual undoing in much of Latin America, particularly in his own country…”[5]

 

Ulner confirma que Gómez Carrillo se hizo partidario de Estrada Cabrera a partir de su campaña electoral en 1898. En un escrito de esta primera campaña electoral, es arrastrado e ignorante del tema político de Gómez Carrillo apuntó que Cabrera era “un hombre convencido, de buena voluntad y de fe entera.”[6] Durante los años electorales, el cronista elaboró toda una serie de escritos elogiando al tirano. En 1910, por ejemplo escribió:

 

Estrada Cabrera, en efecto, es en Centro-América el mandatario ideal. ¡Cuántas veces lo hemos dicho!… Porque  realmente si hay un hombre lleno de grandes, de nobles, de inquebrantables cualidades, es éste… la gloria de Estrada Cabrera en la historia estribará en haber sido el único que ha sabido reunir la energía de un militar a la inteligencia de un filósofo y a la bondad de un apóstol”.[7]

 

Y cuando no era época electoral, cuenta Horwinski, el cronista se dedicaba a editar en la capital francesa, revistas y panfletos dedicados a los avances del desarrollo en Guatemala, haciendo resonancia a la supuesta vasta obra del dictador, sobre todo en los primeros años del régimen. Según Miguel Marsicovétere Durán, “…se las arreglaba para imprimir sólo unos pocos ejemplares, los necesarios para enviar a Guatemala y cobrar por ello.”[8]

Como los bombos y platillos debían llegar a los propios oídos del dictador de la forma más clara y directa, Carrillo, pese a un miedo irracional de hablar en público, pronuncia una conferencia (nada más y nada menos) en la Sorbona, el 23 de abril de 1902. Al parecer, según Ulner, de estas páginas surgiría la que sería posteriormente, su Historia del gobierno de D. Manuel Estrada, que aparece sin año de edición y que llena 237 páginas de loas inmerecidas y sin fundamento a uno de los períodos más oscuros de la historia nacional (que vaya si ha tenido momentos oscuros).

 

“La conferencia se publicó bajo el título Guatemala y su gobierno liberal: Conferencia leída en la Sorbona de París (23 de abril de 1902) (Barcelona, 1902). Aquí repasó la historia de Guatemala después de ganada la independencia y acabó por loar a Estrada Cabrera por instituir en Guatemala ‘la fiesta de Minerva’. Interesa notar que Gómez Carrillo informó más tarde a Camille Pitollet que ‘je n’ai jamais parlé en public’”.[9]

 

Lo que resulta más lamentable aún, más que la adulación interesada, es que inevitablemente, las loas forzosamente tenían que ser mentiras, pues el gobierno de Cabrera fue esencialmente una cleptocracia. Explica Horwinski:

 

“…In Arévalo Martínez’s assessment, “la administración de Estrada Cabrera se caracterizó antes que todo por el estancamiento de todo progreso”. On the contrary, according to Gómez Carrillo, through Estrada Cabrera Guatemala became the Athens of the New World, with Minerva, goddess of wisdom and the arts,  reigning supreme. Gómez Carrillo was, when it suited his purposes, an undeniably able propagandist…”[10]

 

Es un lambiscón consumado, pero no hacía sino seguir la corriente. Ese mismo año de 1902, apunta Oscar Peláez Almengor: “…la Municipalidad de Guatemala (…), aún con la negativa de Estrada Cabrera de celebrar su natalicio, mandó ‘iluminar y adornar el portal de su edificio pues no era posible dejar pasar desapercibida aquella fecha.’”[11] Así que el escritor no tenía por qué quedarse atrás, y su delirio poético lo lleva a hacer afirmaciones que rayan en lo ridículo. Recurro a Horwinski otra vez, a quien cito en extenso:

 

 “…In Zelaya y su libro, for example, he gushes: “Estrada Cabrera, en efecto, es en Centro-América el mandatario ideal. ¡Cuántas veces lo hemos dicho!… Porque realmente si hay hombre lleno de grandes, de nobles, de inquebrantables cualidades, es éste… La gloria de Estrada Cabrera en la historia estribará en haber sido el único que ha sabido reunir la energía de un militar a la inteligencia de un filósofo y a la bondad de un apostol…” (Zelaya y su libro (1910) was written in response to a book by José Santos Zelaya, expresident of Nicaragua, in which he blamed the coup which removed him from power on a conspiracy between Estrada Cabrera and the United States government (…) Here Gómez Carrillo responds to Zelaya’s boast that he brought only peace and advancement to his country: “Mas ¡ay! Frente a ese cuadro fantástico, la realidad  se alza siniestra. Lo que el ex presidente nos pinta cual un edén, es, en verdad, un infierno. El pueblo oprimido no puede vivir; los monopolios arruinan al país; el estado de perpetua alarma, paraliza la agricultura” (…) “Si hay países que no han tenido hasta hoy quejas de los Estados Unidos y que en cambio tienen mucho que agradecerle, son los países de la América Central, cuya independencia moral y –aun material. No tiene baluarte tan fuerte como la Doctrina Monroe…”[12]

 

Subraya atinadamente Horwinski que la adulación al poder por parte de nuestro cronista se debía a su deseo de asegurar su permanencia en París, de ser posible logrando una posición estable. Los esfuerzos propagandísticos del escritor a favor del brutal dictador en su campaña electoral de 1898 fueron recompensados con el nombramiento de Cónsul General en París. En un arranque de politiquería populista, gritaba el cronista en un panfleto del Partido Liberal: “Votaré en fin, a favor de Estrada Cabrera, para votar con el Pueblo y por el Pueblo”. Lo que no previó don Enrique, es que el dictador era un político habilísimo, aventajándolo por mucho en el campo del juego político, pues conocedor de las más bajas pasiones del hombre, conocedor de las ambiciones y de los miedos íntimos de sus gobernados, este conocimiento le serviría para asegurarse la aparente fidelidad de nuestro vanidoso escritor durante su larga y despiadada tiranía. Prueba de ello es que en 1902 es nombrado Cónsul General de Guatemala en Hamburgo y encargado de negocios en Berlín, lo que implicaba el traslado de residencia del cronista a Alemania; circunstancia que éste trató de evitar hábilmente mediante ardides de todo tipo. Cabrera sabía jugar con la inestabilidad económica de Carrillo y sacaba partida de ella.

Y cuando al fin lo consigue, su trabajo a la cabeza de la representación diplomática habrá dejado mucho que desear, puesto que comenta su biógrafo Mendoza, quien además fue amigo del escritor, que “El consulado no siempre trabajaba. Se calcula que seis meses por año estaba cerrado, aunque solía abrirse por las noches a horas imposibles.”[13]

No obstante a que sueña con un puesto diplomático que le otorgue estabilidad y le sufrague su ritmo de vida, en una carta fechada en 1896 que Carrillo le escribe a su amigo Rubén Darío, se queja, ignoramos si por costumbre o sinceramente:

 

“No crea usted que los consulados, como el mío, son minas. Lo que el mío me produce me basta apenas para vivir, y, si no fuera porque dos periódicos de Caracas y uno de Santo Domingo me pagan mis crónicas a treinta francos y me toman (entre los tres) seis al mes, estaría tan mal como antes.”[14]

 

Por eso el pacto cada vez se estrecha más. Es necesario adular más, para conseguir más favores. Si antes era poner al presidente Lisandro Barillas, en el cielo, ahora será al candidatillo de turno. En un folleto que escribió a favor de la candidatura de 1898 a la presidencia de Estrada Cabrera, Carrillo, con imprudencia esboza su retrato en estos poéticos términos:

 

“Los que sólo han visto a Estrada Cabrera en los días de lucha electoral, de manifestaciones callejeras, de gritos contradictorios y de rudas polémicas, no le conocen, pues. Pero le conocen, en cambio, y le conocen a fondo, los que le han visto más tarde.

Durante los días de solemne silencio, cuando la prensa dejó de vocear, cuando todo el mundo pedía más silencio aún (…) cuando dejó de pensarse en las personas para soñar en la Patria, la silueta del mandatario liberal destacóse claramente. Y el pueblo le pudo ver, entonces, en la grave serenidad de su gabinete de estudio, siempre sereno, siempre enérgico, siempre preocupado por el bien del país.”[15]

 

A cambio de su alma, Enrique Gómez Carrillo esperaba cobrar un salario mensual y cumplir su sueño de vivir en la capital parisina con un trabajo estable, además de prestigioso, pues la diplomacia le permitiría conocer y rozarse con sus pares extranjeros, logrando negocios, recomendaciones, aventurillas… Esas ambiciones lo llevan a cometer los más grandes excesos intelectuales, como el que sigue:

 

“Conversador agradable y profundo. Estrada Cabrera sabe seducir a sus auditores sin buscar efectos de frases. Todo lo que sale de sus labios, está impregnado de cierta gravedad sonriente, melancólica y discreta. Es un hombre sincero. También es un hombre convencido, de buena voluntad y de fé entera…”[16]

 

      Parece mentira que ese bonachón personaje que dibuja la pluma enamorada de Gómez Carrillo sea el mismo brutal dictador que la máquina de escribir de Arévalo Martínez y Wyld Ospina nos esbozan en El Señor Presidente o en El Autócrata. Parece mentira que ese señor de “buena voluntad y de fé entera” ordene la tortura y fusilamiento de cientos de opositores, firme órdenes de prisión sin respaldo alguno, que esa voz “melancólica y discreta” haya ordenado que dos jovenzuelos de 18 años apuñalaran en una calle transitada de Ciudad de México a un Manuel Lisandro Barillas de 66 años, el 7 de abril de 1907,[17] calle que por esta razón se llama Guatemala. Ese señor al que nuestro cronista lastimosamente califica de “pensador”, sólo tuvo talento para corromper el sistema político y judicial de Guatemala por veintidós años, dejando daños irreparables para la institucionalidad de la joven república.

De sus tácticas electorales da cuenta Rafael Arévalo Martínez en su monumental ¡Ecce Pericles!, cuando relata los incidentes de la primera contienda electoral, en la misma en la que Carrillo cantaba loas celebrando al gobernante-filósofo:

 

“…en Tactic se está haciendo un corral en donde como animales encerrarán a los votantes, para no sacarlos hasta que den su voto voluntario a favor de la imposición; en las manifestaciones cabreristas de los domingos asisten como paisanos varias compañías de milicianos; las agrupaciones cabreristas de los pueblos paran en borracheras de padre y muy señor mío; se prepara una manifestación escandalosa en que se romperán puertas y ventanas y se vitoreará al candidato independiente…”[18]

 

Del texto citado de Arévalo, estimado lector, pueden sacarse en limpio dos verdades tan claras como el cielo visto desde la cumbre de los Cuchumatanes: primero, que no hay nada nuevo bajo el sol, y segundo, que Gómez Carrillo era un pendejo a la hora de escoger sus fidelidades políticas. O a lo sumo un miope descomunal. Le sigo dando ejemplos, tomados del libro mencionado, que señala al “candidato del progreso” de estar “abusando del poder de presidente interino, distrae los fondos públicos en comprarse votos, fundar periódicos, clubes, etc…” ¡Si Guatemala no ha cambiado nadita! En edificios de hierro y vidrio nomás, pero la vida política sigue inalterable. Y que no le vengan con cuentos que en la “Primavera democrática” todo fue mejor. Villagrán Kramer[19] desnudó el pacto del barranco, en donde la elección democrática para suceder a Arévalo se decidió en un vulgar pacto del poder, o Ramiro Ordóñez Jonama[20] que nos describió a un joven candidato Jacobo Árbenz surcando los cielos nacionales en alas de la empresa nacional de aviación, Aviateca, rodando los polvorientos caminos nacionales en vehículos de la Dirección General de Caminos, y llenando las ondas etéreas de la radio de TGW (radio nacional) con sus incendiarios discursos. ¡Si la ralea política es la misma! Póngale el color que sea, el partido que sea, el dibujito que sea en la papeleta, no se salva ni uno…

Así que mientras Carrillo soñaba con que el tirano era “portaestandarte de las generaciones liberales, como iniciador de la era del Progreso”, el fiero tirano entregaba al país al soborno, a la trampa, al abuso del poder en todos y cada uno de los niveles de la arcaica burocracia. Ese “raro ejemplar del estadista profundo reclamado por todos y por todos deseado”, era temido por lo salvaje y primitivo de su carácter, por su violenta venganza (la familia Aparicio lo experimentaría en carne propia), por su injusticia y por su sistema de delaciones y traiciones.

      Y es que la mano asesina no respetaba fronteras. Felipe Pineda[21] en sus apuntes para la historia de Guatemala relata el caso del general ecuatoriano Plutarco Bowen, quien participó en una invasión de 1898 a territorio guatemalteco acompañando al general Próspero Morales al inicio del régimen:

 

“…[Bowen] fijó su residencia en la ciudad de Tapachula, Estado de Chiapas, donde vivía tranquila y pacíficamente. Agentes del mandatario de Guatemala, llamados Hipólito Lambert, anarquista francés, Juan Urzúa, Vicente Albores y Mateo Ramírez, de nacionalidad mexicana, lo secuestraron de aquella ciudad y lo entregaron a una escolta de la guarnición de Ocós, que de antemano lo esperaba cerca de la línea divisoria. De este puerto fue conducido en un remolcador, maniatado, al de Champerico, y de aquí a Retalhuleu donde se le quitaron las ligaduras. Llevado in continente a Quetzaltenango, y de esta ciudad a la de San Marcos, fue pasado por las armas el 23 de julio, dos meses después del asesinato de Rosendo Santa Cruz[22]. Las señoras de mayor significación de la culta sociedad de San Marcos elevaron una solicitud por telégrafo en que pedían gracia para el General Bowen al Lic. Estrada Cabrera pero éste (…) fue sordo a todo ruego…”

     

La voluntad del dictador se imponía incluso ante la naturaleza, llevando al extremo del ridículo sus decisiones, sino fuera por lo terrible de su verdad hasta podríamos doblarnos a carcajadas. Un evento en particular me impactó desde la lejana primera lectura del ¡Ecce Pericles!, en que cita información que da Manuel Valladares y que por su interés para refrendar mi opinión del ridículo transcribo a continuación:

 

“El 24 de octubre de 1902 despertó inquieta la capital por el confuso y pavoroso estruendo del volcán Santa María. Se estaba en víspera de las fiestas de Minerva, que eran la apoteosis del presidente y urgía calmar la agitación. Para ello, el periódico oficial aseguró que el retumbar ensordecedor era debido a la erupción de un volcán lejano en la frontera de México y que el país estaba tranquilo absolutamente. Y tal afirmación se imprimió en volantes y se hizo publicar por bando en todas las poblaciones, al extremo –así era la obediencia de esclavos de los empleados públicos- de leerse el bando en Quetzaltenango a las doce del día con ayuda de lámparas portátiles, porque las cenizas del inmediato volcán y los pedruscos ensombrecían el cielo y caían sobre las cabezas de los despavoridos moradores…”[23]

 

Otra escena ridícula y dolorosamente cómica. Mucho se ha hablado de la inversión pública que el dictador hizo para empujar al país al desarrollo. Sin embargo, recientes investigaciones en el Archivo General de Centro América que ha realizado mi colega y amigo Rodolfo Sazo, demuestran que las contrataciones resultaban onerosas al Estado. Materiales de baja calidad, contratos incumplidos, resultados insatisfactorios. Muchas veces la mano de obra era conseguida arbitrariamente. Esperaremos la publicación de los resultados de mi colega, entre tanto, Wyld Ospina desnuda estas circunstancias en una anécdota de El Autócrata:

 

“Marchó el fotógrafo, y ya en el pueblo, el alcalde y el comisionado político lo plantaron delante de una vieja fuente pública, que se alzaba en mitad de la plaza pueblerina. ¿Esto debo fotografiar?- preguntó el discípulo de Daguerre al ve la fuente vacía. Sí- contestáronle- pero espere usted un momentito. –A ver vos, sargento!- gritó el comisionado- ¡que echen el agua! Unos soldados trajeron tinajos con el precioso líquido, y vaciados en la taza superior de la fuente, desbordáronse dos hermosos chorros. -¡Apresúrese maistro –Suplicó el dueño de la autoridad- antes de que se acabe el agua!”[24]

 

Pero el régimen se concibe a sí mismo como un faro de seguridad, progreso y cultura. Fíjese usted en las ridículas fiestas minervalias[25]. Es como si el ignorante de Estrada Cabrera estuviera repitiendo la fiesta del hombre nuevo de Roberspierre. El hermoso friso del frontón del Templo de Minerva en el Hipódromo del Sur cantaba el discurso de lo que la patria no era. Guatemala era, como no, en palabras de Asturias, “la oscuridad del trópico”. Mientras la fantasía del tirano vive la consolidación del “liberalismo”, (así entre comillas, porque la palabra en estos trópicos se estira lo suficiente como para permitir toda clase de atropellos e injusticias), la realidad es tan violenta que llena 800 páginas de denuncias en la edición de ¡Ecce Pericles! Que tengo en mi escritorio. En su ensayo político, El Autócrata, Carlos Wyld Ospina denuncia la fachada discursiva y descorre el velo demostrando las entrañas del régimen. Apunta, a propósito de los “ideales liberales” de la época:

 

“…Se exponía en esos papeles el supremo, el único, el sempiterno argumento, de cajón en todas las autocracias de este tipo: la paz, el progreso, la seguridad interna y externa de la República, cuanto ésta era y cuanto ésta valía, obra era del gobernante, por él iniciada y por él sostenida: la falta del mandatario providencial, aunque fuese un solo día o por una sola hora, sumiría al país en un caos político, dentro el cual se vislumbraban, pavorosamente, la anarquía, la revuelta y la final intervención de los Estados Unidos del norte…”[26]

 

Por arte de magia del discurso político de sus aduladores, el dictador ya no es el hombre violento que ordena torturas y asesinatos a capricho. Ahora es un sabio gobernante, el hombre providencial que ha de salvar a la República y gracias a su sacrificio, elevarla a la altura de las naciones civilizadas.

El mismo dictador vive un sueño que lo transporta al lecho mismo del Olimpo, en donde se habrá imaginado compartir la suerte de otros grandes hombres ilustrados como Jefferson, Adams, Madison, Franklin, Rousseau, Montesquieu y Voltaire. Y poco habrá ayudado para superar su sueño esquizoide los discursos de sus allegados, como este fragmento que tomo del primer Álbum de Minerva que tengo en mis manos (“Obsequio a los alumnos de los Establecimientos de Enseñanza en la Primera Celebración de la Fiesta de Minerva establecida por el Gobierno Presidido por el Lic. Don Manuel Estrada Cabrera. Guatemala, veintinueve de octubre de mil ochocientos noventinueve”):

 

“…Celebrar los triunfos de la juventud estudiosa, ensalzar al maestro, enaltecer la educación, cosas son éstas que todos nuestros gobernantes liberales, cual más, cuál menos, han procurado siempre; pero tomar la escuela toda entera, y desdoblarla a la luz del sol sobre la resplandeciente esmeralda del campo y bajo el inmenso toldo azul del cielo, para que todos la admiren y contemplen, es cosa que sólo se le ha ocurrido y ha podido realizar con toda felicidad el Gobernante actual de Guatemala, el Licenciado Estrada Cabrera (…) Quede asimismo, esta fecha inolvidable, esculpida en letras de oro en los anales de la Patria, y con ella, el nombre del esclarecido Gobernante liberal que estableció, año con año, en toda la República, esta suntuosísima fiesta…”…”[27]

 

Eran palabras de Rafael Spínola, Secretario de Estado en el Despacho de Instrucción Pública, el de Gobernación y Justicia. En el librito que consta de 84 páginas, reproduce en las primeras el decreto número 604 mediante el cual, “Se destina el último domingo de octubre de cada año, comenzando por el presente, para la celebración de una solemne fiesta popular y general en toda la República, consagrada exclusivamente a ensalzar la educación de la juventud, festividad a la cual están obligados a concurrir los directores, profesores y alumnos de todos los establecimientos de enseñanza de la República.” También entre sus páginas hay poemas de José Joaquín Palma, Ismael Cerna, Vicenta Laparra de la Cerda y de Agustín Mencos y una alocución de don Agustín Gómez Carrillo, historiador y padre de nuestro cronista, en la que escribe puras babosadas, y que termina con esta frase de escarnio: “Acogemos con júbilo el objeto a que se dirige esta festividad, promovida por el jurisconsulto respetable señor Estrada Cabrera, Jefe Supremo de Guatemala”, ¡Jurisconsulto dice! ¡Jurisconsulto! ¿Qué admirable obra, que respetado código, qué ensayo luminoso de leyes o estudio de jurisprudencia dejó este lastimoso hijo de Los Altos? Buen ejemplo tenía Enrique para escribir las frases sin sustento que dejó para la historia y que ésta le cobró letra por letra…

Y su hijo, por supuesto, no habría de quedarse atrás, que en estos asuntos de sobar levas es el maestro. Cuenta Catherine Rendón que Gómez Carrillo, después de su partida en 1890, sólo regresó a Guatemala en dos ocasiones, y en ambas vinculado al dictador: la primera en 1898, que como ya vimos fue con miras a apoyar la candidatura de Estrada a la presidencia de la república, y la segunda, en 1901, viaje en el que “[p]articipó en las Minervalias de 1901 y editó un periódico procabrerista poco conocido [llamado] La Idea Liberal…”[28]

Wyld Ospina, que estudia la figura del dictador y la construcción de su salvaje régimen en la aquiescencia del pueblo, expresa con relación a las fiestas minervalias:

 

“Buen dinero le costaba al país, es cierto. Rufino Blanco Fombona nos cuenta cómo aprovechó Enrique Gómez Carrillo la megalomanía del autócrata chapín, quien tratándose de la adulación a su persona y a sus obras, llegó a caer en la memez y la majadería…”[29]

 

Unos incautos extranjeros cayeron en la trampa de tinta y papel que producía el régimen para legitimar su satrapía. Una comisión enviada desde el inocente Chile viaja al país para estudiar el sistema educativo nacional, con miras a implementarlo en la tierra de Diego Portales, pero “…los representantes chilenos se dieron cuenta de que la mayoría de las escuelas había sido inventada o se reducía a una piedra angular de un edificio apenas comenzado.”[30]

En un libro editado en la época, titulado lacónicamente El Liberalismo, que mi papá me regalara años hace ya, encuentro las líneas generales del pensamiento político que politicastros como Estrada Cabrera secuestraron en beneficio propio:

 

“…En nombre del liberalismo del pueblo hondureño, excitamos a las juntas patrióticas de la República para que, bajo las bases de libertad, progreso y justicia, se constituyan en clubes liberales, organizándose una gran convención en que todos los distintos círculos personalistas lleven el contingente de sus ideales por el bien y la razón, reservándose como civilizados para la hora del sufragio, el libre voto para quien mejor les plazca…”[31]

 

No pretendo desarrollar un ensayo sobre el pensamiento liberal traicionado en Guatemala ni de la dictadura y abusos de Estrada Cabrera, que esto ya lo han hecho otros antes y mejor, pero quería dejar constancia de la dictadura a la que Gómez Carrillo lamentablemente y fuera de todo cálculo responsable, prestó su pluma y sus servicios intelectuales. Pretendo, además subrayar el divorcio entre el discurso político de la época, tan inspirado en mitologías políticas clásicas y lo sórdido de su realidad. Continúo con la línea trazada al inicio, el comentar las mentes al servicio del poder, así que permítame lector, regresar a la Guatemala cabrerista y todos los hombres del presidente.

Y ya bien asentado en el poder, que con mano férrea ha de manejar durante cuatro lustros, el Hombre se deja alabar. Una muestra del carácter inclinado a la adulación de Estrada Cabrera se asoma de la anécdota que apunta Rendón en su ya citado libro:

 

“…Gómez Carrillo escribió muy poco acerca de su patria, salvo algunos artículos espurios bajo seudónimos en contra de Estrada Cabrera, para luego poder escribir artículos defendiéndolo y alabándolo bajo su propio nombre, pues descubrió que ésta era una línea lucrativa de literatura…”[32]

 

Otro ejemplo de vida a costillas de las fortuna política ajena es el poeta peruano José Santos Chocano, ejemplo de soba levas consumado y el ejemplo más extremo del vividor y oportunista. Yankelevich hace un rápido recorrido por la vida de este sudamericano en su excelente ensayo, en el que traza su presencia en la Revolución Mexicana, con sus colaboraciones con Madero, Carranza y Villa y sus oscuros y permanentes nexos con el dictador guatemalteco Manuel Estrada Cabrera, que inician en el lejano 1901 durante una gira de carácter diplomático, y durante el cual “…se instala pomposamente en Guatemala, donde traba amistad con Manuel Estrada Cabrera, ‘lejos de solicitar yo la amistad de Estrada Cabrera, solicitó él la mía’, sentenciará años después.”[33]

A Guatemala habrá de regresar en 1909, “…aparece ahora vinculado a dudosos negocios mineros, pero sobre todo trata de emparentar con la heredera de una noble familia guatemalteca: Margot Batres Jáuregui…”[34], negocio éste último que no le sale tan mal, pues ya en 1912 aparece en Nueva York casándose con la incauta chapina. Apunta el mexicano que ya desde 1911 corría el rumor de que sus permanentes viajes entre Guatemala y los Estados Unidos obedecían a encargos emanados del propio Estrada Cabrera, “se dice que Santos Chocano es agente de El Señor Presidente”, rumor que se confirma con lo que apunta al respecto Rafael Arévalo Martínez.

Ese año de 1912 Chocano aparece en México. Yankelevich apunta que había sido comisionado por el dictador guatemalteco para sondear al nuevo gobierno mexicano encabezado por Madero sobre la recuperación de Chiapas y Soconusco. Poco habrá durado la mentada comisión, pues como México en esa época era un hervidero, Chocano tiene el privilegio de presenciar los tristes sucesos de la Decena Trágica desde el balcón del Hotel Sanz. Con el siniestro de Victoriano Huerta no hay quien trate, así que busca a Venustiano Carranza y se pone a su servicio. En estas andanzas conoce al monstruo intelectual José Vasconcelos (con quien muchísimos años después se peleará Gómez Carrillo el amor de Consuelo Suncín, en una remota París, de los locos años veinte), y le pide dinero para montar una empresa editorial, y dada la arcaica situación política y la sabiduría vasconcelista, se le niegan los fondos. Ya con Carranza se pone a la disposición del caudillo para agilizar un negocio de armas con Demetrio Bustamante.

 

“…Chocano hace alarde de su personal relación con Estrada Cabrera, inclusive ofrece redactar una carta de presentación para que el agente constitucionalista acuda ante el presidente de Guatemala. El propio Carranza dirige una carta a Chocano, agradeciendo cualquier gestión…”[35]

 

Resulta asesorando a Carranza en materia política. Es todo un maestro en el arte de adular, si no, estimado y fiel lector, déle una leidita a estas líneas, citadas en su ensayo por el mexicano con apellido eslavo: “No os conozco, pero os imagino. Vais a redondear la obra del apóstol Madero. Yo os veo en vuestro caballo de guerra avanzar sobre el porvenir”. En 1914 lo conoce personalmente. Sin embargo en este caso, la historia en este punto le iba a otro bando, y de la profecía de Chocano sólo se cumple la referencia a Madero, pues Carranza resultaría asesinado igual que Madero y enterrado en una polvorienta tumba dentro de un rústico ataúd de maderos mal clavados, según la perfecta descripción de la muerte del caudillo que surge de la pluma de Martín Luis Guzmán en una narración de título inmejorable: El ineluctable fin de Venustiano Carranza.

En Torreón conoce, ese mismo 1914 a Pancho Villa a quien engatusa con sus frases rimbombantes que ya rozan el delirio y el ridículo: “Decididamente hay que admirar a este hombre. Está tocado por el misterio. ¡Está vestido por el Milagro! ¡Está solicitado por la Gloria!”[36] Chocano no se está quieto. Su actividad política a favor de los rebeldes lo lleva de México, a Cuba, a los Estados Unidos y a Guatemala, en donde recoge a su mujer, Margot y se la lleva a vivir a Chihuahua en donde la chapinita conoce al Centauro del Norte, quien durante un almuerzo, sentado a su derecha le murmura, tímido: “dichosa usted que habla inglés y francés”, ganándose una frase cargada de conmiseración de nuestra paisana: “…siendo un hombre de gran inteligencia pero carente de cultura.” Pero la guerra, las rivalidades y los intereses contrapuestos enfrentan a Chocano con Villa, rompiendo sus lazos de admiración y en una carta a Manuel Bonilla, uno de los jefes villistas le dice que Villa era “una locura de fusilamientos, una borrachera de atropellos, una desesperación de fiera en medio del incendio de un bosque (…) A nadie escucha, a nadie atiende y –lo más grave- a nadie cree.” Quema las naves pues, y desaparece de México para aparecer en Honduras, desde donde anuncia haber cerrado una negociación para construir en la hirviente ciudad de San Pedro Sula una fábrica de harina de plátano. En el bando villista, en donde habrán querido rebanarle el cuello lentamente con una bayoneta oxidada lo acusan de ser un espía al servicio de Estrada Cabrera.

Regresa a Guatemala y durante la semana trágica[37] ve danzar a la muerte a sus pies. Una noticia de la época, lo describe así:

 

“Vimos al personaje extraño, vestido con excesiva elegancia; un levitón color de tabaco, con terciopelo en el cuello, pantalones de la misma tela del levitón, el cuello de la camisa alto y tieso que inmovilizaba la cabeza del dueño, una corbata ancha de lazo, unos zapatos de color y un enorme crisantemo en la solapa del levitón… unos bigotes agresivos como dos tenazas de crustáceo y una mirada llena de altivez. Se le tomara por un rastacuero, si no hubiera en aquella mirada algo de distinción, a través de la soberbia con que movía los ojos.”[38]

 

La situación política de Guatemala había cambiado desde la última vez que el poeta se paseara por las aceras de la ciudad. Una serie de terremotos[39] habían arrasado la ciudad de Guatemala y el gobierno se había mostrado completamente incapaz de asumir con orden y responsabilidad la situación. La población había abandonado sus hogares y se había concentrado en campamentos improvisados en los parques y en campos en las afueras de la ciudad,[40] viviendo en covachas a las que se llamó “tembloreras”. La reacción del gobierno fue tan lenta que hasta febrero de 1919 inician las funciones de la Empresa Nacional de Descombración, entidad que debía encargarse del traslado de los escombros de la ciudad arrasada y que terminó por obligar a los ciudadanos a limpiar las calles. Comenta Oscar Peláez Almengor en su interesante investigación sobre éstos terremotos que la dictadura siguió aplicando sus medios coercitivos, pues: “La policía era usada para que los vecinos cumplieran con quitar el ripio del frente de sus casas.”[41] El político Jorge García Granados, en sus memorias relata el aspecto de la ciudad luego de los terremotos:

 

“Días después, lo que había sido Guatemala tenía el aspecto de un enorme campamento. Pocos edificios permanecían intactos, todo lo demás eran escombros; los parques, sitios vacíos y llanos de los alrededores, habían sido invadidos por multitudes que construyeron barracas provisionales.”[42]

 

En mi opinión los terremotos de 1917 y 1918 derribaron la fachaleta del régimen, dejando a luz del día su verdadero rostro de mediocridad, incapacidad y corrupción. En consecuencia, la situación política se va poniendo cada vez más tensa con el surgimiento del Partido Unionista, hasta que en abril de 1920 la Asamblea declara al Presidente en incapacidad mental para seguir gobernando y éste en respuesta ordena el bombardeo de la ciudad desde las baterías del Fuerte de Matamoros. Estalla la guerra.

En ese peligroso mes de abril de 1920, Chocano le manda un telegrama que roza la histeria a su otrora admirado Carranza: “Peligro inminente vida, ruégole gestionar salvación siendo Legación México única que puede hacerlo.” La lucha en las calles es violenta. Basta citar a Arévalo Martínez en lo referente a la muerte de Augusto Fontaine, contratista del régimen y fiel consejero del dictador para que se tenga una impresión de la lucha. Recoge el escritor el testimonio del líder obrero Silverio Ortíz:

 

“Seguí la 15 calle y al llegar a la 4ª avenida , fui alcanzado por un sargento quien me dijo que ya se había averiguado de dónde procedían los disparos; eran Fontaine y su mujer quienes desde su casa de dos pisos que mira a la citada plazuela estaban matando a todos los transeúntes que llevaban en el sombrero el rótulo ‘Unionista’- divisa de nuestras tropas- y pasaban frente a ellos (…) Cuando los soldados unionistas quisieron capturar a los agresores, éstos les hicieron fuego, entablándose una lucha hasta caer muerto Fontaine; su esposa siguió disparando e hirió a un soldado; entonces ya no fue posible respetarla y la mataron a su vez.”[43]

 

Los unionistas logran la victoria tras una semana de lucha en las calles de la capital y de otras ciudades importantes. Tras varios días de combate en las calles de la ciudad, las tropas rebeldes confluyen en gran número (algunos aseguran que diez mil) para el asalto final de la residencia presidencial de La Palma. Desde este puesto se había bombardeado incesantemente la ciudad con unas baterías francesas de 75 milímetros. Wyld Ospina, quien tuvo la fortuna de entrevistar a Santos Chocano, describe el ambiente de la casa en esos días: “Estábamos presos en un círculo dantesco”[44]. Ante la amenaza del exterminio, el dictador se rinde, pese a que los consejos de Santos Chocano, según relataron testigos a Wyld Ospina pasaban por la autoinmolación: “Perezca usted antes que rendirse: la belleza de este gesto bien vale el sacrificio de su vida claudicante, y si es necesario de las nuestras. Usted ha vivido como un amo: no acepte seguir viviendo como un esclavo…”[45], palabras que pese a ser atractivas no convencen al tirano, mucho menos con ceso “… si es necesario de las nuestras”, que suena más a un “después de usted” desesperado. De las escenas del interior de la tenebrosa residencia da cuenta Arévalo Martínez, quien se entrevistó con un sobrino del dictador. Éste le relató que Chocano, le aconsejaba al presidente:

 

“-Aquí sólo hay dos caminos que tomar: o nos fugamos o rompemos con toda nuestra fuerza contra los unionistas, arrasando la ciudad hasta aniquilarlos; pero el camino en que vamos conduce a la ruina.

Al fin llegó la catástrofe presentida por Chocano: capitulamos; y al izarse la bandera blanca aquello parecía el caos: todos procuraban escapar como de una fortaleza sitiada. En esos momentos en que se multiplicaban los reproches y dos militares momostecos se atravesaban a balazos, Chocano, paseándose de un lado a otro con las manos a la espalda, dictaba a Andrés Larga-espada, que escribía en una maquinita portátil, un largo texto (…) don José Santos no componía un poema; dictaba los artículos de una concesión que en el Petén le concedería Cabrera, para explotar el chicle y que pensaba vender a una firma de Estados Unidos.”[46]

 

 

Después de esta escena surrealista, más propia de Stanley Kubric o de Woody Allen que de las páginas de la sufrida historia patria, las tropas rebeldes toman prisioneros a los presentes. El ministro estadounidense coordina la entrega del dictador:

 

“Solemne fue la salida de Estrada Cabrera de La Palma. Los asistentes debían vestir traje de ceremonia. McMillin pidió a todo el Cuerpo Diplomático que lo escoltaran a él y a Carlos Herrera [presidente provisional], quien fue acompañado por los licenciados García Salas, Valladares, Zelaya y ocho oficiales militares, varios marines y diez unionistas (…) cuando salió Estrada Cabrera de La Palma vestía su chaqueta de levita de siempre con una medalla que ‘brillaba sobre su solapa, una decoración que él mismo se había dado en alguna ocasión, pero cuando le quitaron el dinero y pañuelo de seda se ofendió y volvió a su habitación, de donde salió al rato usando un frac.’ Un revólver y la suma de 45 mil dólares le fueron decomisados…[47]

 

La justicia popular se abroga la custodia del poeta y lo encierra entre los temibles muros de la penitenciaría en donde habría de pasar los siguientes seis meses, encerrado en una “celda improvisada, del tipo de una pocilga, más para cerdos que para seres humanos”[48]. Los que no tuvieron tanta suerte (cuesta imaginarlo), fueron encerrados entre los altos muros del colegio San José de los Infantes, pegado a los más altos muros de la Catedral, frente a la plaza mayor. Afuera la multitud rugía, y exigía que les entregaran a los prisioneros para a lincharlos. La casa del poeta fue saqueada e incendiada. Estrada Cabrera fue llevado a la Academia Militar el 15 de abril de 1920, la residencia de La Palma, también fue saqueada, perdiéndose, quien sabe, cuántos valiosísimos documentos para reconstruir ese oscuro período de la historia nacional.

Un testigo de los linchamientos le dejó su relato a Arévalo Martínez:

 

“…Al llegar contemplaron a la multitud que agitaba miembros despedazados como enseña horrible. Sobre un montón de piedrín, llevado allí para levantar las torres de la catedral, un hombre, con aire de matón, restregaba su machete de derecha a izquierda, mientras gritaba: -¡Otro toro!

En la puerta del Colegio de Infantes alguien respondió: -Ahora les va uno bueno, mientras empujaba a un hombre acobardado que luchaba por no salir y dejaba las uñas en las baldosas de piedra…”[49]

 

Epaminondas Quintana, testigo directo de los hechos que resultaron con la expulsión de Estrada Cabrera del poder relata en sus memorias:

 

“…Para mala suerte del cóndor inca, le tocó en suerte estar en Guatemala a la hora de la gran expiación del régimen Cabreriano. Ante la embestida inteligente y formidable de los patriotas –que se amparaban en la ley-, el dictador echó mano de algunos intelectuales, por cierto nada despreciables, tales como Francisco Gálvez Portocarrero, guatemalteco; Andrés Largaespada y el estudiante Heberto Correa, ambos nicaragüenses y entre ellos, Chocano. De motu propio u obligados, ellos rodearon a don Manuel desde el momento en que su silla de dictador vacilaba. Se quedaron encerrados en La Palma durante los ochos días trágicos y, cuando cayó el amo, los intelectuales que lo rodeaban, fueron detenidos y apresados. El hermoso y talentosísimo orador de fuego, “Pocho” Gálvez Portocarrero fue hecho pedazos por la multitud linchadora en uno de los lances históricos más vergonzosos, degradantes y deplorables de la Campaña Unionista. Chocano no estaba allí en la prisión provisional –que era el Colegio de Infantes- y se salvó. Pero el pueblo le acusaba, había estado acusándolo, de instar a Cabrera a hacer una matanza descomunal de los patriotas y hasta se mencionaban poemas que incitaban a tal fin…”[50]

 

De algunos linchados también nos da noticias la historiadora Catherine Rendón en su libro al que ya hemos echado mano: “Los primeros en ser descuartizados fueron el licenciado Francisco Gálvez Portocarrero (‘Cara de Ángel’), ‘Mico’ Ponce y Miguel López ‘Milpas Altas’. El cadete ‘Mico’ Ponce era especialmente odiado porque se sabía que disparaba contra cualquiera que hablara mal del Benemérito. Cometió su último ultraje antes de morir, invadiendo el atrio de La Candelaria en un caballo para dispararle a alguien.”[51]

A Chocano se le acusa de susurrarle al oído al desalmado de Cabrera que ordene a las tropas disparar a mansalva en contra de la multitud que ha marchado a la residencia presidencial de La Palma para que renuncie. Los unionistas se debaten sobre qué hacer con este famoso prisionero.

Según Yankelevich, la solución la dio la “comunidad internacional”, pues:

 

“El rey de España Alfonso XIII, algunos presidentes latinoamericanos, y un buen número de escritores y artistas de Europa y América Latina demandaron su liberación. Finalmente, en octubre de 1920 abandonó la prisión para abordar de inmediato un tren rumbo a Nicaragua y Costa Rica. Lo acompaña Margot y los dos hijos de este matrimonio: José Antonio y Alma América.”[52]

 

Esta versión del historiador mexicano es refrendada por el señor Glicerio Villanueva Díaz, embajador de Perú en Guatemala, quien en el prólogo a una antología de Chocano apunta:

 

“…De hecho su fusilamiento es inminente, entonces sus amigos admiradores inician una gran campaña, denunciando el crimen en potencia. El primero en expresar su preocupación por la vida de Chocano es el Cardenal Gaspari en nombre del Papa; también lo hace el rey de España, Alfonso XIII; siguieron los presidentes de Argentina, Colombia y Panamá, y por cierto, del Perú. Desde Europa lo hicieron prohombres de la cultura con el siguiente texto: ‘Noticias: Guatemala hacen temer por la vida de José Santos Chocano, escritores hispanoamericanos en París, intercedemos efusivamente por la libertad del más grande poeta de América’ (…) La ola mundial de pedidos por la vida de José Santos Chocano surte efecto, siendo puesto en libertad, en forma secreta. El 16 de octubre de 1920 llega en tren a Managua…”[53]

 

Lo que me inquieta del recuento del embajador sudamericano es que haga énfasis en la intervención de Perú, con ese su “…y por cierto, del Perú”, carajo, como si fuera cosa extraordinaria que un país interceda por un nacional que peligra su vida. Suena a favor, a concesión de su majestad y no a una obligación de un Estado el velar por los nacionales, criminales o no, que están a punto de ser fusilados o linchados luego de una revolución. La diplomacia que hay que aguantar en estas regiones tropicales.

Por su parte, el memorioso Epaminondas Quintana cuenta otra versión, de quien no tenemos razones para no creerle, por haber sido líder estudiantil durante esta violenta revuelta, porque prácticamente se acuerda de absolutamente todo y porque no anda por el mundo lanzando frases de perdonavidas como el diplomático peruano citado arriba:

 

“Así, cuando los estudiantes universitarios del Uruguay pidieron a los colegas de Guatemala interceder por el gran poeta, los estudiantes salieron en su defensa y supieron arrastrar tras de sí a todos los intelectuales y clase culta, quienes gallardamente –y oponiéndose así a la expresa voluntad de todo el pueblo-, pidieron  al Gobierno la libertad de Chocano. Y el gobierno, justo y magnánimo, lo libertó…”[54]

 

Pero este fue el extremo del hombre uncido a su destino.

Su salvada de pellejo no alegró a todos sin embargo. Vargas Vila, ese colombiano de lengua de oro y veneno al que ya nos hemos referido antes en alguna parte, y que durante toda su vida fue un crítico acérrimo de las dictaduras latinoamericanas, dijo a propósito de Chocano una frase que debería labrarse en oro por lo perfecta: “Los dioses no consintieron que Santos Chocano deshonrara el patíbulo muriendo en el. Ahí está vivo después de haber fatigado la infamia” y para Gómez Carrillo también tuvo una frase ingeniosa, aunque menos perfecta y aún menos exacta: “va detrás de una mujer o una patria para vivir de ellas.” Por lo menos era sincero, pues siempre expresó estas opiniones y otras más violentas en las entrevistas que le hacían los periódicos de la época.[55]

Pero Vargas Vila era más bien una excepción. Otro hombre que por un tiempo se benefició de su pacto con el poder fue el poeta Rubén Darío, quien en el ocaso de su vida se encontraba en Nueva York, sin un centavo y enfermo, como leímos de él en el ensayo anterior. A instancias de Máximo Soto-Hall (otro uncido al yugo de la tiranía) es traído en 1915 a Guatemala por órdenes de Estrada Cabrera y bajo la promesa de que “…el poeta escribiría un libro elogioso para la administración cabrerista…”[56], estableciéndose en el Hotel Imperial, en donde la bondadosa mano presidencial patrocinaba al vate mientras éste pretendía preparar su apología. Pasado el tiempo sin producir ni un renglón a la gloria del cabrerismo[57], el dictador le retira la cuenta abierta y éste se traslada a Nicaragua, para morir al poco tiempo.

Chocano sería víctima de su propia lengua. En 1926 entra en una controversia con Vasconcelos, quien en un artículo publicado en marzo de 1925 en El Universal, se había expresado del poeta en términos poco halagadores: “Perdió la partida su amo reciente, y entonces Chocano, ya sin freno ni pudor, se fue a cortejar a Estrada Cabrera, la víspera de que se derrumbara. Después de aquél fracaso, Chocano recorrió otros caminos todavía más sucios, pues creo que estuvo en Venezuela y finalmente se ha ido a juntar con el verdugo de su patria…”[58] Chocano, indignado redacta una respuesta que titula Apóstoles y farsantes, en donde acusa a Vasconcelos de atribuirse una importancia que no le corresponde en la Revolución Mexicana, pero emocionado por la rabia, le pasa revista también a Amado Nervo y otros intelectuales mexicanos, a quienes acusa de ser meros bufones. Acusa a Lugones, el argentino de ser un burgués con miedo a perder sus comodidades y a Vasconcelos de escribir para imbéciles e ignorantes. Redacta otro ataque que envía para su publicación al diario El Excélsior en que se construye a sí mismo como personaje principal de la revolución por su amistad con Madero, Carranza, Villa y Álvaro Obregón. Vasconcelos critica las ideas políticas de Chocano, quien creía que las dictaduras eran sanas para países atrasados como los americanos. En la polémica se involucran los estudiantes peruanos agrupados en la Federación de Estudiantes de Perú, imbuidos del espíritu de reforma universitaria heredada de la reforma de Córdoba de 1918 y asumen la defensa del mexicano, quien sigue siendo atacado por Chocano desde las páginas de La Crónica.

La discusión se sale de las manos cuando un miembro de la Federación, Edwin Elmore, ingeniero y joven intelectual formado en conversaciones con Miguel de Unamuno, José Ingenieros, José Vasconcelos, José Ortega y Gasset y Pedro Henríquez Ureña, lee en una estación radial de Lima un alegato en contra de las tiranías y sus defensores, en clara alusión de Chocano. Elmore pone por escrito sus denuncias y las envía para su publicación a La Crónica, recibiendo insultos directos de Chocano. Yankelevich relata:

 

“Corría la tarde del 31 de octubre de 1925, Elmore colérico acudió a la redacción de El Comercio para insertar su carta contra Chocano, éste, dirigiéndose al mismo lugar se encontró con su adversario. Cambiaron insultos, el joven abofeteó al poeta, quien desenfundó un revólver y disparó. Elmore murió en  una sala de operaciones y Chocano pasó a convertirse en un reo del fuero común.”[59]

 

Chocano, protegido del presidente de turno, Leguía, es internado en el hospital militar (¿lo ve?, nada nuevo bajo el sol), en donde se instala también su segunda esposa, Margarita, de origen costarricense. Allí atiende el juicio en su contra y en junio de 1926 se dicta sentencia, condenándolo a tres años de prisión y a una indemnización a la viuda de Elmore. Otra campaña internacional y una leguleyada logran la liberación del poeta, quien es puesto en liberad el mes de abril de 1927, pero es castigado con el ostracismo por el mundo intelectual peruano. Rechazado e ignorado por sus compatriotas decide autoexiliarse en Chile a mediados de octubre de 1928. Pero como decía mi abuelita, que “a gallina a la que le gusta el huevo, aunque le quemen el pico”, en Chile pide préstamos de conocidos y adquiere deudas para echar a andar un proyecto excéntrico: la búsqueda de un supuesto tesoro que los jesuitas enterraron bajo la ciudad de Santiago cuando fueron expulsados por Carlos III. Solicita permisos para excavar en un área de cinco hectáreas y todo el año de 1932 lo ocupa en buscar en zanjones y terrenos baldíos el supuesto tesoro. Mientras tanto, y como respuesta a su complicada situación económica le pide a Alfonso Reyes ayuda para iniciar una vasta obra sobre la Revolución Mexicana. No sabe que su vida de película ya está llegando a su fin.

 

“…Una tarde de diciembre de 1934, Chocano fue asesinado a puñaladas mientras viajaba en un tranvía. El autor del crimen fue Martín Bruce Padilla, un chileno que confesó sentirse traicionado por el poeta con motivo del negocio de los tesoros jesuitas. El asesino argumentó que había suscrito un contrato con su víctima por tener conocimiento del lugar exacto de los enterramientos (…) El asesino fue declarado ‘demente’ y terminó sus días encerrado en el manicomio de Santiago.”[60]

 

El asesino se abalanzó sobre Chocano a la altura del teatro Rialto, clavándole dos veces el cortaplumas en el corazón, pero Chocano trató de ponerse de pie, y Bruce Padilla le clavó el instrumento en la espalda. Según un relato: “En el taxi que le conducía a la Asistencia Pública de su barrio, Ñuñoa, le dijo al chofer ‘Apure, por favor, que me duele mucho el corazón’”.[61]

Después de leer las loas, poemas y demás bajezas que intelectuales de la época cantaron a Estrada Cabrera (y otra lista de innumerables tiranillos), encontré en Peláez Almengor, un comentario sobre la obra de Wyld Ospina (que también hemos usado para este recuento de la dictadura), en el que apunta atinadamente un comentario que me ha dejado pensando mucho en la verdad que contiene: “…debemos preguntarnos si el autócrata se formó a sí mismo una imagen o, por el contrario, sus seguidores le forjaron una a su medida. Quizá hay en esto un camino de doble vía.”[62]

En su pacto Gómez Carrillo perdió su alma y el reconocimiento de su nación, que es igual a cambiar la eternidad por un plato de lentejas, como la historia bíblica. La verdad del olvido en el que se tiene actualmente a nuestro escritor es precisamente este lamentable pacto con el poder. Tras la caída del tirano, Gómez Carrillo fue objeto del peor de los castigos para aquellos que viven por la fama: el olvido. Guatemala entera le aplicó el ostracismo. Y este desprecio a su comportamiento sobrevivía 100 años después, cuando mi papá habiéndome recomendado la lectura de sus libros le reprochaba con amargura su decisión de cantar loas a tan siniestro personaje.

El dictador enfermó el 6 de septiembre de 1924 cuando un resfriado se le complicó. Su médico Lisandro Cabrera notó que la gripe en la condición diabética de don Manuel podía empeorar, por lo que le asignó una enfermera para que lo cuidara 24 horas.[63] El dueño y señor de Guatemala durante 22 largos y oscuros años murió a las tres de la mañana del 24 de septiembre de 1924, un mes antes de cumplir los 68, de pulmonía. Murió en la casa que se le había asignado como prisión, ubicada en la 10 calle entre 4 y 5 avenidas de la zona 1.

El cortejo fúnebre salió de su última morada a las 10.30 de la mañana, en un carruaje que con paso apresurado llegó veinticinco minutos más tarde a la Estación Central del Ferrocarril. Los restos mortales fueron colocados en el tren número 17 con rumbo a Quetzaltenango, su ciudad natal, a donde llegó a las 3 de la mañana del día siguiente.[64]

      Al final la muerte suele liquidar con equidad los saldos vitales. En mi visita a la tumba del tirano en Quetzaltenango hace unos años, encontré el mausoleo recién pintado de blanco, las rejas pintadas de anticorrosivo negro y una corona de flores recién puesta en ofrenda a su puerta. En París, años después de visitar al tirano, encontré la tumba del cronista limpia y con flores recién cortadas puestas ordenadamente en su macetero. Uno muerto en 1924 y otro en 1927, ambos parecían estar en paz con el mundo…

 

El Mirador

  

El Mirador

Inserto una supuesta fotografía de “El Mirador”, publicada en http://armenia-elsalvador.blogspot.com, un blog dedicado a los hijos de Armenia, Sonsonate, El Salvador, en el que se relata sin mucha información y con más entusiasmo familiar, la vida y aventuras de Consuelo Suncín. El pie de la fotografía explica: “La fotografía es de la Villa de Grasse, El Mirador, un minipalacio que Consuelo había heredado en 1927, del escritor guatemalteco, Enrique Gómez Carrillo, llamado el “Príncipe de la Crónica” y Diplomático de Carrera. Este se jactaba de haber  conocido personalmente al joven poeta nicaragüense Rubén Darío, en el año de 1890, en el Hotel La Unión, de la capital Guatemalteca.”

De este párrafo se desprende que quien actualizó el blog en este texto no está muy familiarizado con la figura del escritor Gómez Carrillo, pues la Villa de Grasse ha de ser la casa en la que vivió y murió Consuelo ya viuda de Saint-Exúpery, pues la lápida del Cementerio Pére Lachaise, consigna que Consuelo murió en esa ciudad francesa el 28 de mayo de 1979, mientras que el chalet El Mirador, estaba ubicado en Niza, en el Chemin de Brancolar, como ya he mencionado antes. Acaso la nostálgica Consuelo, arrepentida de haberse deshecho de la propiedad de Niza haya bautizado su casa de Grasse como El Mirador, en un comprensible, pero inexcusable cargo de conciencia.

Por otra parte, Gómez Carrillo no se “jactaba”, de ser amigo de Rubén Darío, porque lo fue desde ese lejano año de 1890 en que trabajaron juntos en la redacción de El Correo de la tarde en la provinciana ciudad de Guatemala, hasta la misma muerte del poeta, en Nicaragua en 1917. Veinticinco años de tirante amistad en la que ambos intercambiaron elogios, reproches y críticas ácidas pero en la que siempre ganó la admiración y el aprecio que se profesaban ambos. Además, en la época en que ambos vivieron era imposible saber quien se jactaba de conocer a quien, tomando en cuenta que ambos eran los escritores más famosos de las letras hispanas del momento.

  


[1] En: José Juan Colín (editor). Sergio Ramírez. Acercamiento crítico a sus novelas. F&G editores, Guatemala: 2013.

[2] Pablo Yankelevich. Vendedor de palabras. José Santos Chocano y la Revolución Mexicana. Puede leerse el texto íntegro del ensayo en www.ciesas.edu.mx/desacatos/04%20Indexado/Esquinas.pdf.

[3] Robert Duvall, en el papel de Stalin en la miniserie del mismo nombre, en la que aparecen estas escenas, es supremo.

[4] Epaminondas Quintana. La Generación de 1920. Tipografía Nacional, Guatemala: 1971. Página 143 y 144.

[5] Horwinski. Op. Cit. Pág. 24.

[6] Ulner. Op. Cit. Pág. 21.

[7] Ulner. Op. Cit. Pág. 20.

[8] Horwinski. Op. Cit. Pág. 28.

[9] Ulner. Op. Cit. Pág. 218.

[10] Ibid. Pág. 24.

[11] Oscar Peláez Almengor. El Pequeño París. Universidad de San Carlos de Guatemala, Centro de Estudios Urbanos y Rurales. Guatemala: 2008. Página 73.

[12] Horwinski. Op. Cit. Pág. 27.

[13] Horwinski. Op. Cit. Pág. 28.

[14] Ulner. Op. Cit. Pág. 204.

[15] Enrique Gómez Carrillo. Manuel Estrada Cabrera. Tipografía de Arturo Siguere y Cía. Guatemala: 1898. Página 3.

[16] Gómez Carrillo. Op. Cit. Página 4.

[17] Rendón. Op. Cit. Página 192.

[18] Arévalo Martínez. Op. Cit. Pág. 59.

[19] Francisco Villagrán Kramer. Biografía Política de Guatemala. Tomo 1. FLACSO, Guatemala: 1994.

[20] Ramiro Ordóñez Jonama. Un sueño de Primavera. Editorial Entheos. Guatemala: 2012.

[21] Felipe Pineda C. Para la historia de Guatemala. Datos sobre el Gobierno del Licenciado Manuel Estrada Cabrera. S/D. México: 1902. (Versión electrónica Kindle). Este libro contiene un anexo interesante de documentos (pasquines y hojas sueltas de la época) que denuncian los tempranos crímenes de la dictadura y una lista de personas asesinadas por el régimen en sus primeros años. También acusa a Estrada Cabrera de haber contratado a Oscar Zollinger en Costa Rica, para asesinar al presidente Reyna Barrios.

[22] Asesinado por el régimen en Tactic, Alta Verapaz, el 26 de abril de 1899. Felipe Pineda consigna en su libro: “…Diputado Rosendo Santa Cruz, asesinado al estar durmiendo en la prisión del pueblo de Tactic, cuando iba preso de Cobán para la capital de Guatemala, a presentarse ante la Asamblea”

[23] Arévalo Martínez. Op. Cit. Página 91.

[24] Carlos Wyld Ospina. El Autócrata. Tipografía Sánchez y de Guise. Guatemala: 1929. Página 120. Así resume Wyld Ospina los veintidós años de dictadura: “La Administración entera no fue sino una farsa. Como un ácido maligno, la mentira lo corroyó todo, lo corrompió todo. Se vivía de la mentira. Como el armatoste de madera y lona de los listos gualanenses, la República mostraba un frontis de trapo pintarrajeado simulando un monumento de progreso. Adentro no había más que polvo, telarañas y sabandijas…” (Página 121).

[25] Julio Bianchi, en el prólogo que escribiera para la obra de Rafael Arévalo Martínez, fechado en 1941 y reproducido en la edición que de Ecce Pericles! lanzó la Tipografía Nacional en 2009, comenta que el censo de 1920 arrojó un 97% de la población analfabeta.

[26] Wyld Ospina. Op. Cit. Página 149.

[27] V/A. Album de Minerva. Tipografía Nacional, Guatemala: 1899. Página VIII.

[28] Rendón. Op. Cit. Página 76.

[29] Wyld Ospina. Op. Cit. Página 171.

[30] Rendón. Op. Cit. Página 65.

[31] Fernando Somoza Vivas. El Liberalismo. Su reorganización en Honduras. Estudio Histórico Político. Tipografia Nacional, Tegucigalpa, Honduras: 1906. Página 144.

[32] Rendón. Op. Cit. Página 75.

[33] Yankelevich. Op. Cit. Página 3.

[34] Ibid. Pág. 4.

[35] Yankelévich. Op. Cit. Pág. 6.

[36] Ibid. Pág. 10.

[37] Para un detallado recuento de la caída del régimen cabrerista, consultar la obra de Rafael Arévalo Martínez, Ecce Pericles!, o el más breve de Catherine Rendón, Minerva, La Palma, el enigma de don Manuel.

[38] Martin E. Erickson. Guatemala, Asilo de Escritores Hispanoamericanos. Revista Iberoamericana. Página 119. El texto completo se puede leer en: revista-iberoamericana.pitt.edu/ojs/indez.php/Iberoamericana/article/viewfile/975/1211.

[39] “Los temblores de tierra se iniciaron el 17 de noviembre de 1917, sin afectar a la capital: el primero a las 11:50 y el segundo media hora más tarde (…) Un mes y días más tarde, la noche del 25 de diciembre a las 9:30 se sintió en la capital guatemalteca el primer temblor, no de gran magnitud, pero sí lo suficiente para alertar a la población. Una hora y cincuenta minutos después sobrevino la catástrofe; dos fuertes movimientos de tierra uno tras otro, echaron al suelo las cornisas de las casas (…) Un segundo terremoto se produjo a las 11:45 (…) El 31 de diciembre a las 8:30 de la noche se dejó sentir otro temblor de larga duración. En los primeros días de enero de 1918 reinó la calma, pero el 3, a las 3:37 de la madrugada, nuevas conmociones terrestres abatieron la ciudad (…) Un último terremoto desplomó lo que quedaba en pie de la ciudad el 24 de enero de 1918 a las 7:30 de la noche…” (Oscar Peláez Almengor. El pequeño París. Universidad de San Carlos de Guatemala, Centro de Estudios Urbanos y Rurales. Guatemala: 2008. Págs. 28 y 33).

[40] En enero de 1918, el gobierno ordenó la formación de un catastro para regularizar el trabajo de los vecinos. Cada subcomité de campamento debía levantar un padrón registrando el nombre, edad, estado civil, ocupación y oficio de cada individuo para emplear los brazos hábiles en el trabajo cotidiano. Se obligó también a los médicos, farmacéuticos y dentistas a incorporarse a la Cruz Roja. Estos no podían dejar la ciudad sin permiso y los infractores podían ser castigados por desobedecer a la autoridad.” (Peláez Almengor, Op. Cit. Pág. 37).

Peláez Almengor apunta que mucha gente afectada por los terremotos siguió viviendo en los campamentos hasta finales de la década de los años 30, cuando para regularizarlos se crean los barrios de El Gallito, en la zona tres y La Palmita, en la zona 5 de la ciudad capital.

[41] Peláez Almengor. Op. Cit. Pág. 57.

[42] Jorge García Granados. Cuaderno de Memorias (1900-1922). Artemis y Edinter. Guatemala: 2000. Página 149.

[43] Arévalo Martínez. Op. Cit. Pág. 673.

[44] Wyld Ospina. Op. Cit. Página 219.

[45] Ibid. Página 220.

[46] Ibid. Pág. 723.

[47] Rendón. Op. Cit. Pág. 301 y 303.

[48] Yankelevich. Op. Cit. Pág. 16.

[49] Arévalo Martínez. Op. Cit. Pág. 745.

[50] Quintana. Op. Cit. Pág. 145.

[51] Rendón. Op. Cit. Página 311.

[52] Yankelevich. Op. Cit. Pág. 16.

[53] S/A. Osado peregrino. Homenaje de Guatemala a José Santos Chocano. Editorial Cultura y Embajada del Perú, Guatemala: 2010.

[54] Quintana. Op. Cit. Página. 145.

[55] Consuelo Triviño Anzola. Vargas Vila injuriando a los Césares. Journal of Hispanic Modernism. Año 2010,  número 1, Página 206. (modernismodigital.org).

[56] Wyld Ospina. Op. Cit. Página 172.

[57] Erickson. Op. Cit. Página 118.

[58] Yankelevich. Op. Cit. Página 21.

[59] Ibid. Página 24.

[60] Yankelevich. Op. Cit. Página 29.

“Se cumpliría inexorablemente más tarde. Ahora sí, ahora, cuando Martín Bruce Badilla, el asesino, lo ve sentado muy cerca, en el asiento posterior del tranvía número 768, de la línea 34 de Santiago de Chile. Chocano había ya dejado las cartas en el correo (…) Convocados para estudiar el caso del asesino, los médicos legalistas, doctores Volney Quiroga y Germán Grieve, certificaron el 11 de marzo de 1935 que Martín Bruce Badilla padecía de paranoia o psicosis de interpretación, una forma riesgosa de demencia. El juez dispuso el encierro del asesino en el Manicomio de Santiago. Allí murió en 1951.” (Teodoro Rivero-Aylón. José Santos Chocano y la sibila de Lexington Avenue. UMBRAL, Revista de Educación, Cultura y Sociedad. Año V, No. 9-10. Diciembre 2005. Páginas 193 y 194).

[61] Félix Romero. José Santos Chocano. La Vanguardia, Barcelona: 23 de marzo de 2011. Página 23.

[62] Peláez Almengor. Op. Cit. Página 73.

[63] Rendón. Op. Cit. Página 337.

[64] María Elena Schlesinger. Fotografías habladas de un tirano. Diario elPeriódico, Guatemala: 29 de enero de 2005.


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