Crucifijo de don Fernando y doña Sancha, anónimo. Marfil, alrededor de 1063

Crucifijo de Don Fernando y Doña SanchaUn mito bastante difundido que se inició durante el renacimiento es que la llamada “edad media” fue un período caracterizado por la barbarie y la superstición. Luego, durante el siglo XVIII y aún bastante después, los historiadores y algunos filósofos hablaron de la edad media en esos mismos términos y por ello hablaron de “oscuridad” pues, de acuerdo a su criterio, la razón había sido destronada al convertirse la Roma clásica al cristianismo para luego caer y ser suplantada por los pueblos invasores germánicos, que eran bárbaros al fin y al cabo. Así religión, fanatismo y brutalidad definieron esos 1,000 años de devenires, según ellos. Hay que decir que estas aseveraciones tienen algo de verdad, sobre todo durante la primera mitad de ese período, pero el acogerse a una explicación tan cándida es limitante, o quizás tendencioso. Podríamos discutir estos puntos con distintos argumentos, pero a la luz de las investigaciones históricas hoy día resultaría no sólo inútil, sino hasta ridículo emplear estos términos apriorísticos y simplistas para describir esta etapa fundamental de la historia de Europa. La culta Roma, cuyos valores republicanos han sido tan ensalzados e idealizados, sometió brutalmente a todos aquellos pueblos que se opusieron a ser conquistados por sus tropas y a la imposición de sus civilizados valores, desde Cartago, pasando por los partos y dacios, hasta los celtas y germanos. El modelo romano no fue nunca sujeto de elección, antes bien de imposición, pero estos términos no tenían ninguna importancia a los ojos del senado, los emperadores y los militares de la metrópoli. Roma también reprimió duramente a las creencias ajenas a la religión del estado, pero adoptó los cultos mistéricos y luego, ya cristianizada, reprimió con igual dureza el paganismo, los mismos cultos mistéricos y las disidencias a la ortodoxia, es decir: el nuevo culto oficial.  Baste decir que el cristianismo es una religión que le debe más al mundo greco-romano que al judío y que en esos momentos logró unificar a una serie de pueblos muy heterogéneos bajo una misma ideología, al igual que lo había hecho Roma, con todo y su intolerancia. Por otra parte, los pueblos bárbaros sólo triunfaron cuando el imperio romano y sus modelos político-económicos estaban en franca decadencia por su misma corrupción. Así, los cinco primeros siglos de la edad media fueron un período de transvase y crisis, en los cuales se estaban formando las nuevas identidades europeas, que se alimentaron primordialmente de la parcialmente extinta cultura romana, además de la religión cristiana, los valores culturales germánicos y también los aportes bizantino y musulmán. El producto fue una nueva cultura, y junto con ella una nueva identidad, que empezó a florecer en los siguientes 500 años es decir, la baja edad media.

Dentro de este nuevo mundo, el arte llamado “románico” es poco más o menos la primera expresión de esa identidad cultural europea, ya que se extendió por la mayor parte de los reinos y principados de forma heterogénea, aunque con características locales bastante marcadas. En gran parte fueron las vías de peregrinación, como el Camino de Santiago y las órdenes religiosas monásticas, sobre todo Cluny, los vectores de expansión de este arte, que alcanzó su máxima expresión alrededor de los siglos XI y XII.

Hay que decir que el término “románico” fue una invención posterior a esta época y alude a la gran influencia del arte romano en sus distintas expresiones, sobre todo en la arquitectura y el relieve escultórico. Pero esta influencia se dio en un sentido más bien idealista y no tanto, o casi nada en un sentido plástico. Después de su auge, el arte románico todavía pudo filtrarse durante el primer gótico en los tímpanos de algunas de las grandes catedrales y otros elementos durante el siglo XIII, pero a partir de ese momento se vio silenciado y fue relegado a un rincón, donde permaneció en la penumbra. Quedaron las iglesias de los pueblos y una que otra en las ciudades, quedaron los frescos de los ábsides, aunque muchos fueron cubiertos con cal y argamasa en los siglos posteriores, quedaron los retablos y los crucifijos abandonados en las sacristías, donde se fueron empolvando y se deterioraron casi totalmente; los códices languidecieron en las bibliotecas monásticas y reales y las miniaturas fueron olvidadas. Fue hasta el siglo XIX cuando se empezó a hacer notar este arte y se empezaron a rescatar algunos de sus tesoros por parte de eruditos y coleccionistas. De esta forma fue emergiendo a la luz de los nuevos tiempos un arte que a primera vista parecía tosco, rural y hasta primitivo. La primera expresión en ser resaltada fue la arquitectura, ya que existían los ejemplos de esas iglesias antes mencionadas, evidentes a los ojos de los estudiosos. En un principio se concluyó que este arte era una mera copia del arte bizantino, pero más burdo por decirlo así; posteriormente esta aseveración se demostró falsa, al ir creciendo la colección de objetos artísticos y ser estudiados poco a poco con más detalle y menos prejuicios.

Hoy día, el arte románico se nos manifiesta con un alto grado de simbolismo y carácter, directamente enlazado con el momento histórico en el que floreció. No es de ninguna manera una expresión plástica afín al naturalismo clasicista y su resolución mediante la mímesis, la proporción y la simetría. El artista del románico nunca intentó representar el mundo terreno y mucho menos idealizarlo, simplemente porque no era un mundo esencial de acuerdo a sus valores y por consiguiente no entendía la plástica clasicista. En cambio representó lo mejor que pudo y siempre de acuerdo a las escrituras sagradas el mundo ultraterreno, un mundo invisible a sus ojos donde Cristo, el salvador, reinaba sobre una cohorte de ángeles y debajo de estos los santos. También representó con gran crudeza el juicio final y sus consecuencias, donde este mismo Cristo, investido de majestad, presidía desde su trono y juzgaba a los vivos y a los muertos. Los que se salvaban iban a reunirse con él en el mundo celestial y los que eran condenados se precipitaban a los castigos eternos en el infierno. El resultado es un arte fuertemente expresionista que se manifiesta mediante símbolos y atributos que deben ser conocidos para poder interpretarse correctamente. Esto es resultado de su función primordialmente didáctica, en la cual las imágenes suplían a los textos sacros, que sólo unos pocos podían leer y así hacer más efectiva la prédica.

Este crucifijo, uno de los más grandes tesoros del arte eborario medieval, fue tallado con toda probabilidad a mediados del siglo XI, aunque por su riqueza ornamental parecería haber sido hecho más tarde, hacia el románico pleno. Fue una ofrenda del rey Fernando I de León y su esposa Sancha a la colegiata de San Isidoro. Se ha destacado que es probablemente el primer crucifijo, al menos el primero conocido, en donde aparece la figura de Cristo en bulto redondo, ya que era la costumbre que las cruces no llevaran imágenes. Es de pequeño tamaño, ya que tiene unos 52 centímetros de alto por 35 de ancho y está tallado tanto en el anverso, como en el reverso. La figura de Cristo en majestad es de las llamadas “de cuatro clavos” y está representado tal como era usual en el románico: vivo y sin las heridas de la pasión. Su cabeza está ladeada ligeramente hacia la derecha en un gesto poco usual para su época. Sus ojos, abiertos y de forma almendrada, tienen en las pupilas incrustaciones de piedra de azabache. Tanto el cabello como la barba fueron tallados de forma naturalista, al igual que el tórax y en su cintura se ciñe mediante un lazo el paño de pureza que lo cubre hasta las rodillas. En su cuerpo y semblante no hay dolor o pasión porque no es un hombre, es Dios y por lo tanto está libre de todo sufrimiento, estableciendo así su superioridad sobre la muerte. También como era la costumbre, en su parte posterior tiene un relicario. Debajo de la figura de Cristo se encuentra Adán, que simbólicamente carga con el peso de la cruz. Todo su borde está decorado con figuras de los bienaventurados que suben al cielo y los condenados que descienden al infierno. También se encuentran motivos de animales y vegetales, mismos elementos que se encuentran en el reverso, sólo que aquí están representados el Agnus Dei y el Tetramorfos. Las inscripciones que contiene hacen alusión a Cristo como el Nazarenus Rex Iudeoru y sobre ésta se ve una figura pequeña de Cristo resucitado y el Espíritu Santo representado como una paloma. En la parte inferior se encuentra la leyenda alusiva a los donantes: Fernadus Rex Sancia Regina. Un bellísimo crucifijo que en sí contiene casi toda la iconografía y los temas recurrentes del arte románico, aquí en su mayor esplendor.

Julián González Gómez


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