Anónimo, Murales de Bonampak. Fresco sobre estuco, siglo VIII d.C.

Murales de BonampakQue a nadie le extrañe que se sigan dando grandes y pasmosos descubrimientos en las excavaciones de los vestigios de la antigua cultura maya. Es muy poco lo que todavía sabemos acerca de los logros y el pensamiento de este pueblo que se organizó en pequeños estados gobernados por señores todopoderosos, quienes no sólo personificaban en sí el poder político, sino eran también los más grandes sacerdotes de su culto. Hay todavía mucho por descubrir y nuevas sorpresas nos esperan debajo de la selva, si es que no se adelantan los saqueadores, que están acabando desde hace mucho tiempo con los vestigios de esta gran civilización.

El conocimiento de los mayas ha pasado por sucesivas etapas, condicionadas por los descubrimientos de sus monumentos y restos de sus pueblos. En las primeras etapas de su estudio, allá por la primera mitad del siglo XIX, época bastante eurocéntrica y prejuiciosa, los investigadores consideraban que tan sofisticadas expresiones artísticas y arquitectónicas sólo podían ser producto de la emigración de antiguas culturas del viejo continente: egipcios, sumerios o incluso las tribus perdidas de Israel. Nadie podía concebir que los ancestros de los humildes indígenas que habitaban la región hubiesen podido esculpir los relieves de Palenque o las estelas y altares de Copán. Tan sólo unos cuantos se atrevieron a afirmar que estos magníficos restos eran producto de una sofisticada civilización autóctona. Posteriormente, las nuevas investigaciones no sólo verificaron esta audaz observación, sino además aportaron nuevos descubrimientos que indicaban con toda claridad que mucho de su antigua cultura todavía pervivía en sus descendientes, tal como algunas de sus lenguas y ritos. Se descubrió que poseían varios calendarios bastante complejos, un sistema de numeración vigesimal y una escritura a base de glifos, cuyo desciframiento era en ese entonces poco menos que imposible. La alta calidad de sus relieves y paneles propició su extracción para ser exhibidos en museos y universidades de Europa y los Estados Unidos. Se les empezó a llamar “los Griegos de América”. Su cerámica mostraba con gran maestría técnica una enorme cantidad de personajes reales y míticos, además de escenas de la vida y la naturaleza. Sus jades empezaron a ser altamente cotizados en los mercados de antigüedades y sus estelas esculpidas eran consideradas tesoros invaluables.

Así se creó un nuevo mito sobre los mayas: se dedujo que eran un pueblo de pacíficos sacerdotes, observadores del cielo y los ciclos del tiempo. Se afirmó que se desarrollaron en dos grandes períodos, llamados antiguo y nuevo imperio y que después desaparecieron misteriosamente, sin dejar rastro alguno de su grandeza. Afortunadamente, los estudios avanzaron y mediante nuevas investigaciones se empezó a descubrir que los antiguos mayas no eran realmente lo que las leyendas afirmaban. Para empezar, no eran de carácter exclusivamente místico y tampoco unos astrónomos obsesionados con el tiempo, sino que estos atributos se correspondían con la necesidad de establecer una certeza cíclica para los cultivos de los que dependían y que se debían efectuar determinados ritos para propiciar las buenas siembras y cosechas. Tampoco eran pacíficos, las escenas de guerra, sometimiento y sacrificio de sus semejantes se encontraban por todas partes. El modelo de su historia, dividido en antiguo y nuevo imperio se demostró falso; su historia podía dividirse al igual que otras culturas mesoamericanas en tres grandes períodos, llamados preclásico, clásico y posclásico, con sus características bien definidas. Nunca hubo un imperio, sino al contrario: gran cantidad de ciudades estado de mayor o menor tamaño e importancia que luchaban entre sí y hacían alianzas entre ellas para combatir a otras.

Finalmente, su misteriosa escritura pudo ser adecuadamente descifrada y ello ha permitido conocer por primera vez y con cierta profundidad la historia de su cosmología, sus estados y dinastías y hasta cierto punto algo de su psicología. Ahora se sabe, entre otras cosas, que es muy posible que la civilización maya del clásico haya decaído debido al estado permanente de conflictos y guerras que existió durante la fase terminal de esta época y que el aprovechamiento irracional de los recursos naturales los diezmó, provocando hambrunas y descontento general, haciendo que los señores cayeran del poder. Pero los descubrimientos siguen y también el desciframiento de su escritura. Es seguro que en el futuro habrá nuevas sorpresas, como las que nos están deparando los descubrimientos de los sitios del preclásico, que muestran una cultura ya plenamente desarrollada, en la cual se advierten las principales características que más adelante dieron forma al clásico.

Bonampak es un asentamiento relativamente pequeño en la margen izquierda del río Usumacinta, en la selva lacandona de Chiapas, México. De acuerdo a los datos recabados en las excavaciones que se han realizado en ese lugar, las estructuras parecen haber sido construidas entre los siglos VI al IX, durante el apogeo del clásico tardío. Políticamente parece haber sido aliado o dependiente, en primer lugar de Piedras Negras y después de Yaxchilán. Son especialmente importantes los vestigios dejados por su Ajaw (gobernante) Chan Muwan, casado con una princesa de esta última ciudad. Las ruinas de Bonampak eran visitadas desde hacía mucho tiempo por los indios lacandones para celebrar en ellas sus ritos, pero no fue sino hasta 1946 en que salió a luz su existencia. Los investigadores hallaron una pequeña estructura de tres habitaciones colocadas una al lado de la otra, identificada con el tipo llamado palacio, en la cual se hallaron estos impresionantes murales, datados hacia el año 780 de nuestra era. Pronto se procedió a su limpieza, fotografía y reproducción ante el deterioro que mostraban. Las tres cámaras se encuentran pintadas al fresco sobre estuco de cal en todas sus paredes y en los planos inclinados de su falsa bóveda. Las pinturas fueron hechas indudablemente por un artista de gran maestría y seguridad en el trazo, seguramente con mucha experiencia en este tipo de labores. Los pigmentos que se emplearon eran de origen mineral y vegetal, probablemente mezclados con un medio que permitía su fijación en fresco, como agua encalada y un aglutinante, que podía ser resina o cera de abejas. Los vívidos y brillantes colores demuestran el gran realismo del arte maya y la excelencia de su ejecución.

En la primera de las cámaras, hacia la izquierda según se ve al frente de la estructura, se encuentran los murales que representan los ritos propiciatorios de una batalla, en los cuales hay nobles en grave conversación, una procesión y músicos que tocan trompetas, tambores y otros instrumentos con los que animarán los ritos que eran necesarios para obtener la victoria. En la segunda cámara se representa la escena de la batalla con toda su crudeza y la captura de prisioneros para su humillación y sacrificio, que en otra escena se muestran en un graderío frente al señor Chan Muwan, mientras son torturados arrancándoles las uñas, por lo que tienen vívidas expresiones de dolor y angustia. Uno de ellos está pintado en una postura de abandono y dolor extremo con un escorzo extraordinario. Finalmente, en la última de las cámaras se representan las celebraciones por la victoria mediante una ceremonia con bailarines tocados con máscaras y la familia real haciendo el doloroso sacrificio del sangramiento ritual. A pesar de la crudeza de las representaciones que hay en ellos, estos murales no dejan de conmovernos por su intenso realismo y expresión, al grado que podemos recrear a cabalidad la experiencia de esta batalla y sus consecuencias, incluyendo el orgullo de los vencedores y la extrema angustia de los prisioneros que serán sacrificados. Es, sin lugar a dudas, una de las más altas cumbres en el arte prehispánico de América y una de las mejores muestras de la maestría de los artistas mayas, artífices de dioses y hombres de una esplendorosa civilización que floreció en las selvas y que sigue presente aún ahora en sus descendientes.    

Julián González Gómez


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