Anónimo, El Auriga de Delfos. Bronce, siglo V a.C.

El Auriga de Delfos“Los griegos inventaron nuestro mundo”. Quizás  demasiado entusiasta, esta frase nos dice una verdad que es evidente: la antigua cultura griega, que tuvo su máximo desarrollo y expansión durante los siglos V al II antes de nuestra era, es nuestra cultura madre, a la cual debemos los rasgos más característicos de nuestro pensamiento, nuestra ciencia y nuestro arte entre otros. Estos pueblos, que se organizaron políticamente en pequeñas ciudades estado repartidas por la península helénica y las islas y costas del mar Egeo, nos han transmitido su saber casi siempre en forma indirecta. En efecto, los logros de los antiguos griegos han sido conocidos y después asimilados por los pueblos que los conquistaron cuando acabó el período de su esplendor: romanos, bizantinos y musulmanes. Las campañas de Alejandro de Macedonia hicieron que la cultura griega se extendiera hasta Egipto, el oriente medio, Persia y la India. Roma asimiló la cultura y religión griega y la incorporó a sus propias manifestaciones. El cristianismo le debe al pensamiento griego la base fundamental de su teología y prácticamente ningún pueblo mediterráneo, desde España a Palestina, se ha visto impedido de sucumbir ante el poderoso influjo de estos pastores y navegantes que crearon una singular manera de ver el mundo y sobre todo, de elaborar las razones del por qué es así.

En el caso de las artes, muy poco material original helénico se ha salvado de la devastación. La mayor parte de la pintura y escultura griegas las conocemos por las copias romanas de las mismas y su arquitectura permaneció oculta a los ojos de los europeos desde la edad media hasta el siglo XVIII, en que los primeros visitantes occidentales se adentraron en estas regiones para conocer estas maravillas. Por eso, cada vez que aparece en una excavación alguna obra de arte genuinamente griega, constituye un acontecimiento de la máxima importancia. El arte griego es sumamente sencillo y complejo a la vez. En general y en todos sus períodos,  no es un arte realista, sino más bien naturalista y cultor de la belleza física. Se sustenta sobre todo en la naturaleza agreste que caracteriza su paisaje y en el concepto de que es el hombre la medida de todas las cosas. El hombre es visto como héroe y hasta sus dioses son humanos. No existía la idea de una deidad omnipotente que todo lo regía con su justicia, y los dioses podían ser caprichosos, reflejando las virtudes y los vicios propios de las personas, pero además, y en esto residía la diferencia fundamental con los hombres,  eran inmortales. El griego reconocía la doble naturaleza del ser humano, la apolínea y la dionisíaca como las llamó Nietzsche. Así, el ser humano era a la vez racional y pasional, podía ser virtuoso o vicioso y estaba sujeto al pathos, el devenir, sobre el cual no podía ejercer ningún control.  

Los historiadores han dividido el arte griego en diversos períodos, atendiendo a su antigüedad y a las características formales del mismo. Sin embargo, como hemos advertido en varias ocasiones, toda clasificación es siempre restrictiva y no existen más que ciertas cualidades generales y comunes que permiten agrupar a las obras en diversas tendencias. Tampoco su temporalidad relativa puede ser tomada con toda objetividad como arquetipo de un estilo, ya que hay artistas que, en contra de la tendencia común, no se contentan con seguir las normas establecidas y abren nuevos derroteros, aún con mucha anticipación. El caso es que los historiadores han establecido tres categorías básicas de evolución del arte griego: el arte del período arcaico, el arte del período clásico y por último, el arte del período helenístico. Dentro de cada categoría hay nuevas y sucesivas sub-categorías, así como diversas escuelas, lo cual empieza a complicar un poco el panorama. Dentro de este panorama tan general, la obra que presentamos pertenece al período arcaico; pero en verdad, dadas sus características y su ejecución, está muy lejos de los Kouroi que se esculpían hasta poco antes de su factura, con sus rostros sonrientes y su estilizada anatomía de atletas.

El Auriga (conductor de una cuadriga) de Delfos fue hallado en las excavaciones que se realizaron en esta ciudad sagrada, sede del oráculo más importante de la antigua Grecia, en 1896 por arqueólogos franceses. Junto a esta figura se encontraron diversas partes que conformaban un conjunto ya desaparecido: el carro, la cuadriga de caballos y dos estatuas más. Datado hacia el 476 A.C. este conjunto parece haber sido realizado por Pitágoras de Regio, famoso broncista de la llamada Escuela de Egina a quien el romano Taciano, varios siglos después, maldijo por la belleza de sus esculturas, que no podía quitarse de la mente. Este conjunto escultórico fue una donación de Polyzalos de Gela, para conmemorar la victoria de su cuadriga en las carreras de los juegos Píticos, que se realizaban en Delfos en honor a Apolo.

La escultura del auriga está totalmente fundida en bronce y se realizó en varias partes que fueron soldadas posteriormente. Presenta la figura de un joven, apenas un poco mayor que un adolescente, de porte firme y sereno. No muestra ninguna emoción, antes bien una dignidad y una seriedad que no serían propios de su edad juvenil. Ha perdido su brazo izquierdo, y el derecho sostiene con tacto y suavidad, pero con firmeza,  las correas de la cuadriga. Está vestido con una larga túnica que se ajusta a su talle por medio de un cinturón. La parte inferior de esta túnica, magistral en su ejecución, se extiende hacia abajo en amplios pliegues rectos. Los desnudos pies están muy poco separados y el derecho se adelanta ligeramente al izquierdo. La cabeza está finamente cincelada, su cráneo es claramente braquicéfalo, casi redondo y su pelo está sujeto con una ligera cinta. Sus suaves rasgos están caracterizados por unos expresivos ojos que miran fijamente, con intensa concentración y alegría contenida, con incrustaciones de concha y piedras de colores que muestran las intensas pupilas. Su boca, de labios ligeramente gruesos, se ha contraído en un casi imperceptible mohín de orgullo. El artista supo captar con una sutil agudeza la psicología del personaje y su circunstancia particular por medio de la postura en combinación con la expresión que muestra. Para apreciar esta obra de arte en toda su magnificencia, sería preciso verla en su conjunto completo, pero desgraciadamente esto ya no es posible. Aun así, su contemplación constituye un puro goce estético. El auriga de Delfos es una obra de arte que se asemeja a una columna clásica, no sólo por la semejanza que hay entre la parte inferior de la túnica, que recuerda un fuste acanalado, sino además por lo enhiesto de las proporciones compactas de su forma, por el ligero éntasis o curvatura de su silueta y sobre todo por el porte digno, recto y magnífico de esta figura, considerada una de las obras de arte más grandes de la historia.

Aunque según los expertos en arte griego, evidentemente tiene rasgos arcaicos, el Auriga de Delfos es una de esas obras de arte que se anticipan a las tendencias futuras. Junto a Pitágoras de Regio, otros grandes artistas del bronce de Egina como Ageladas y Onatas abrieron el camino para que unos años después Mirón, Crésilas, Fidias y Policleto llevaran este arte hasta su máxima grandeza clásica por medio de sus dioses y héroes, para después culminar en la suavidad y sensuales formas de Praxíteles. Así, la escultura de la Grecia antigua se constituye en uno de los más grandes logros que el ser humano ha podido alcanzar en su devenir,  a través de ese universo que es el arte.

 

Julián González Gómez


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