Amedeo Modigliani, “Desnudo rojo”. Óleo sobre tela, 1917

Julián González Gómez

Amedeo_Modigliani_012Estereotipo del artista bohemio, Amedeo Modigliani ha pasado a la historia gracias a su genio como pintor y escultor y también gracias al destino trágico de su vida. Artista exquisito gracias a su trazo seguro, a su economía de medios y a la elegancia de sus figuras, está considerado como uno de los más grandes artistas del siglo XX, pero en vida no conoció nada más que la miseria y el abandono. Desde niño tuvo una salud muy precaria, la cual empeoró con el paso de los años; además, el consumo desbordado de alcohol y estupefacientes empeoró sus condiciones y lo sumió en una loca y autodestructiva carrera que finalmente lo llevó a una muerte prematura.

El arte de Modigliani no encaja en ninguna de las categorías que han establecido los historiadores. Gran amigo y compañero de copas de la mayoría de artistas que en su época residían en París, no le debe nada a ninguno de ellos, a excepción de Brâncuşi, quien lo indujo a trabajar en la escultura, actividad a la que estuvo dedicado por cerca de cuatro años. De los maestros más conocidos, sólo Cézanne dejó su impronta en la pintura de Modigliani y Tolouse-Lautrec le impresionó por la calidad de sus líneas que diseñaban elegantes arabescos. Nunca se interesó por las vanguardias en boga durante su tiempo: ni el cubismo, ni el futurismo, ni tampoco el expresionismo. Tampoco dejó escuela o discípulos, Modigliani es simplemente Modigliani y es único e irrepetible. Quizás por esa exacerbada individualidad entre otras cosas, es que sus pinturas han alcanzado tanta fama y altos precios, amén de su inigualable calidad.

La pintura de este artista era esencialmente plana, con suaves toques tonales para señalar los volúmenes. Sus figuras eran estilizadas, de largos cuerpos y cuellos, como los que pintaban los manieristas italianos del siglo XVI. Las caras, de rasgos rotundos aunque suaves, derivan de los modelos de las máscaras africanas que Modigliani pudo ver en el Museo del Hombre de París y con las que empezó a experimentar en su etapa como escultor. Los ojos, siempre muy juntos, introspectivos y en algunas ocasiones vacíos, parecen concentrarse ante todo en sí mismos y nos observan a la distancia. Se ha dicho que el rasgo predominante de su arte son las líneas, que son de una elegante belleza lírica, lo cual hace que su pintura entronque con la de los pintores sieneses y el frágil pathos de Boticelli. Es indudable que en la pintura de Modigliani predomina el dibujo sobre el color.

Amedeo Clemente Modigliani nació en la ciudad de Livorno, Italia, el 12 de julio de 1884. La familia pertenecía a la clase media alta y su padre se dedicaba al préstamo con intereses, negocio que tradicionalmente estaba en manos de los judíos. Modigliani, que no era muy religioso, no tuvo ningún problema en representar figurativamente los temas en su arte, dejando de lado la prohibición que estaba establecida por la Torah, algo que lo asemeja a otros dos famosos pintores judíos de su tiempo: Marc Chagall y Chaim Soutine. Siendo todavía un niño contrajo tifoidea y luego tuberculosis, enfermedades que lo condicionaron por el resto de su vida. Empezó a tomar clases de dibujo y pintura en su ciudad natal con el artista Guglielmo Micheli, quien gozaba de cierto prestigio. En 1902, abandonó su ciudad y su familia para irse a Venecia a estudiar en la Escuela Libre del Desnudo. Desde esta época se inicia su relación con el alcohol, la cual nunca logrará romper.

En 1906 se marchó a París con algo de dinero que le dio su padre y se estableció en un hostal para artistas pobres, el Bateau-Lavoir. Estableció contacto con el grupo de creadores que por ese entonces hicieron de París la ciudad de las vanguardias; desde Picasso, pasando por Apollinaire, hasta promotores del nuevo arte como Max Jacob se convirtieron en sus amigos. Modigliani se distinguió en este grupo gracias a su pasmosa habilidad para trazar sus figuras de manera casi instantánea y sin necesidad de ejecutar retoques posteriores. Vivía pobremente y el poco dinero que le mandaba su familia lo gastaba en alcohol y vida nocturna. Poco después empezó a consumir drogas, lo cual lo sumió en un caos existencial cada vez más grande.

En 1909 regresó a Livorno por un breve período para recuperarse de su mala salud y después regresó a París para establecerse esta vez en Montparnasse. Por esa época conoció a Constantin Brâncuşi, con quien empezó a experimentar en la escultura, actividad que lo absorbió completamente durante los siguientes cuatro años. La escultura de Modigliani era, a semejanza de la de su maestro Brâncuşi, de líneas sobrias, elegantes y estilizadas. El estudio del arte primitivo de las máscaras africanas y tallas de madera polinesias y camboyanas le brindó una nueva visión plástica, sintética y elemental que imprimió a sus figuras, las cuales tallaba directamente en la piedra. Pero el polvo del mármol le hizo daño a sus frágiles pulmones y ante esta situación se vio en la necesidad de abandonar la escultura de talla. Después empezó a pintar retratos de sus amigos de Montparnasse y de algunos comerciantes, los cuales vendía por muy poco dinero, por lo que su situación económica siguió siendo precaria. En 1915, luego del estallido de la guerra pretendió ingresar al ejército, pero fue rechazado por su mala salud. Luego se dedicó a pintar desnudos, con los cuales logró gran prestigio en el círculo de marchantes y realizó su primera exposición individual en 1917, que fue cerrada pocas horas después de su inauguración al considerar las autoridades que sus desnudos eran indecentes.

Una faceta peculiar de la vida de Modigliani era su atractivo con las mujeres. Era un personaje simpático y carismático, por lo cual tuvo numerosos romances, hasta que conoció a Beatrice Hastings, con la que mantuvo una relación más estable, al tiempo que ella posaba para algunos de sus cuadros. En 1917 conoció a una joven de 18 años, Jeanne Hébuterne, que era estudiante de arte y ambos se enamoraron. Jeanne se fue a vivir con Modigliani a pesar de la negativa de su familia. Debido a la mala salud de Modigliani, la pareja se trasladó a Niza, donde el artista trató de vender algunos de sus desnudos a los millonarios que veraneaban en la Costa Azul, empresa en la que no tuvo éxito. Jeanne dio a luz en 1919 a una niña, que recibió el mismo nombre de su madre. De regreso en París, la pareja lleva una vida cada vez más precaria y Modigliani se hunde cada vez más en el alcoholismo. Murió el 24 de enero de 1920 de una meningitis tuberculosa. Fue llorado por sus amigos y enterrado en el cementerio de Père-Lachaise. Una semana después, Jeanne, que estaba otra vez embarazada, se tuvo que trasladar a casa de sus padres donde se suicidó tirándose por una ventana de un quinto piso. La hija de ambos, Jeanne, fue adoptada por la hermana de Modigliani. Años después escribiría una famosa biografía de su padre.

En medio de tanta tragedia nos queda la obra de este gran artista. El Desnudo rojo, pintado en 1917, tiempo en el cual estaba financiado por su amigo y agente Leopold Zborowski, es uno de sus trabajos más famosos. En su configuración es evidente la influencia de la Maja Desnuda de Goya, pero aquí los brazos y las piernas están cortados por los bordes de la tela. La composición está determinada por una ondulante línea diagonal que atraviesa toda la pintura y define el cuerpo; de esta línea principal nacen otras transversales que forman el cuello, el busto y las caderas. El dibujo de la figura es firme, directo y elegantemente ondulado, dotando a la figura de una gran sensualidad, que ensalzan los tonos ocres de la piel. El vello púbico y de las axilas está presente, lo cual es una concesión de Modigliani a una visión nueva y más objetiva del desnudo, distanciándose con ello del tema academicista. Toda la figura y el fondo de almohadones están impregnados en una suave luz que apenas brilla en ciertas zonas, haciendo evidente la tersura de la piel y de las telas. Esta obra muestra un suave y erótico gesto que danza rítmicamente en nuestros ojos a través de sus líneas y colores, proporcionándonos uno de aquellos placeres visuales que sólo la gran pintura puede darnos.


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