La montaña mágica – Thomas Mann

Thomas Mann (1875-1955), autor también de Muerte en Venecia y ganador del Premio Nobel de Literatura de 1929.

 El argumento de La montaña mágica se parece un poco a la de Muerte en Venecia publicada doce años antes—: en ambos casos, la historia trata de viajeros confrontados consigo mismos, frente a frente con su propia verdad y que se despiden del siglo XIX. Escrita entre 1912 y 1923, Der Zauberberg es la obra maestra de la literatura de Weimar, la Alemania pre-Hitler, democrática y cultivada; a posteriori, uno no puede iniciar la lectura sin pensar en el cataclismo que, entre líneas, no deja de anunciar. Para el mundo entero, Thomas Mann es la encarnación del anti-Hitler.

Hans Castorp, un joven alemán, acude a visitar a su primo en un sanatorio de Davos. Hans tenía previsto permanecer allí tres semanas, pero, finalmente, se quedará siete años, hasta la guerra del 14. ¿Por qué? ¿Acaso también se ha puesto enfermo? ¿Acaso no tiene nada mejor qué hacer? ¿Se ha vuelto loco? No, simplemente ese burgués de Hamburgo que se encuentra en la montaña, se siente subyugado por la inmensidad de aquellos paisajes, abandona la vida moderna para redescubrir un ritmo más natural, lee libros, abre los ojos, reinventa el mundo en compañía de los clientes de esa pensión/hospital, se enamora de una de las enfermas —la señora Chauchat—, en fin, resumiendo: VIVE.

 “Manten la calma y, ya que tanto te pesa, reposa la cabeza. Las paredes son fuertes, las vigas de excelente madera, incluso parecen desprender cierto calor, si es que en un lugar como este puede hablarse de calor; un discreto calor natural; quizás solo sea fruto de la imaginación, quizás se trate de algo subjetivo… ¡Ah, todos estos árboles! ¡Oh, este vivificante clima de hombres vivos! ¡Qué perfume!”

 Resulta curioso comprobar que miles de novelas del siglo XX han buscado constantemente huir de la civilización. Como si la literatura fuera el último bastión contra el progreso técnico e industrial. Thomas Mann (que también huyó del nazismo en 1933)  no es el único: también está su contemporáneo Herman Hesse, está Kerouac y todos los travel writers…Thomas Mann gritó La montaña mágica en el valle del tiempo, y el eco se ha dio repitiendo hasta nuestros días.

Novela de iniciación pero también sinfonía wagneriana, la montaña de Thomas Mann nosolo es mágica sino también hipnótica. ¡Vale la pena leerla!

 Fragmento:

“Yo no me ataré ni al partido de Naphta ni al de Settembrini… ¡ Singulares pedagogos con su eterno problema de la presencia! La vida o la muerte, la enfermedad o la salud, el espíritu o la naturaleza… ¿ Son estas antinomias? ¿Son siquiera problemas? No, no son problemas. La muerte, con todas sus vergüenzas, está instalada en el corazón de la vida y no habría vida sin ella, y el lugar del horno Dei está entre ambas, a medio camino de la vergüenza y de la razón, lo mismo que el Estado es el término medio entre la comunidad mística y el individualismo acendrado.

(…)
Tal era la imagen que el anciano, durante su vida y después de ella, mostraba a la mirada de sus conciudadanos, y aunque el pequeño Hans Castorp no entendía nada de los asuntos públicos, sus ojos infantiles, de mirada contemplativa, hacían poco más o menos las mismas observaciones -observaciones mudas y, por consiguiente, faltas de crítica, aunque llenas de vida y que más tarde, como recuerdo consciente, conservaron su carácter hostil a todo análisis verbal, siendo tan sólo afirmativo-. Como ya se ha dicho, la simpatía estaba presente, era una afección y afinidad íntima que a veces franquea la barrera de las generaciones. Los niños contemplan para admirar y admiran para aprender y desarrollar lo que llevan por herencia.

 

Ligia Pérez de Pineda

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