El Obispo Francisco Marroquín, un espíritu liberal

Por: Siang Aguado de Seidner

“La acción heroica es, en todo caso, una aspiración a innovar la vida, a enriquecerla con una nueva manera de obrar” – José Ortega y Gasset (1883 – 1955, español)

 

Me parece que es oportuno y más que ello necesario que los guatemaltecos recordemos aquellas preclaras personalidades que ayudaron, desde su época y su circunstancia histórica, en la formación de nuestra nación. Y este es el caso de Francisco Marroquín, primer Obispo de Guatemala.

Aunque no se sabe con exactitud la fecha de su nacimiento parece ser que fue en el año 1499 en la provincia española de Santander, al menos los datos que tenemos apuntan a ello. Graduado en teología y filosofía tenía, por lo tanto, la cultura humanística que le dio la formación universitaria de su época.

Vino a tierras americanas en 1528, acompañando al séquito de los primeros obispos de Nueva España: Fray Juan de Zumárraga, primer Obispo de México y más tarde su Arzobispo, y Don Vasco de Quiroa, futuro Obispo de Michoacán, quienes serán siempre sus amigos y con los que compartirá ideales e inquietudes. Se tiene información que muchos religiosos que venían a este voluntario destierro de América traían los libros del humanista Erasmo de Rótterdam, sobre todo el Enquiridion o Manual del Caballero Cristiano, que era su obra de mayor resonancia en España. El sustento de esta averiguación se encuentra en el magistral trabajo de Marcel Bataillon en su estudio Erasmo y España, publicado en 1937.

El influjo de Erasmo fue muy profundo al atacar los abusos de la Iglesia, los vicios y las relajaciones, así como los frailes iletrados y ambiciosos. De ahí su juicio “monachatus non est pietas”, lo que podríamos interpretar como “la condición de clérigo no garantiza la piedad”. Por eso aboga por un cristianismo primigenio, sencillo y original, sin jerarquías y libre de ornamentos artificiales, y por una renovación espiritual de la Iglesia, como una guía para la vida cristiana, pues la verdadera perfección cristiana es la interior de la fe, del hombre contra las pasiones. Advierte que es necesario volver a la tolerancia, la transigencia, la fraternidad del cristianismo en sus inicios. Erasmo fue el soporte de una reforma espiritual de la Iglesia, sin atacar al dogma y no de una reforma protestante. Lutero fue una reforma de la religión. He ahí que los “antierasmistas” lo confundieran equivocadamente en su pensamiento con el gran reformador protestante. Pero Erasmo no representaba la posición de nadie, sino de la prudencia, el respeto, la independencia de espíritu, la libertad cultural, que es lo que salva y no lo que divide.

Tanto Zumárraga como Quiroa pusieron en práctica todo el espíritu erasmista de levantar el nivel intelectual del clero y la esperanza de fundar con “gente nueva”, de tierras nuevas, una renovada cristiandad. También tenemos conocimientos que los ideales de la Utopía del humanista inglés Tomas Moro repercutieron en sus actuaciones y pensamientos. Por eso, no cabe duda que Marroquín debe haber hablado hartas veces con los dos prelados, sus amigos, de todos esos asuntos, ya que el influjo erasmista en Marroquín se hace patente y está presente en casi toda su obra religiosa. De ahí la constante frase del Obispo Marroquín: “son necesarios religiosos que prediquen más por obra que por palabra”.

Hacia el año 1530 lo encontramos en Guatemala, cuando la ciudad apenas tenía tres años de haber sido fundada en Almolonga, hoy conocida como Ciudad Vieja, había sido llamado e invitado por el Adelantado y Gobernador Don Pedro de Alvarado.

En 1537 fue consagrado en México, por Bula Papal de Paulo III (i.e., Alejandro Farnesio), como el primer prelado de Guatemala y fue, caso curioso para su tiempo, el primer Obispo consagrado en América; por eso él mismo decía “soy el más antigua y el de mayor experiencia”. Nunca regresó a España, murió el 18 de abril de 1563 y fue enterrado en la primera Catedral de la ciudad que hoy se llama Antigua Guatemala. De sus aproximadamente sesenta y cuatro años de edad, los últimos treinta y tres los vive en Guatemala.

Marroquín, religioso español del siglo XVI, es la representación del hombre de esa época y que le tocó vivir entre dos conceptos de vida; por un lado, el enraizamiento con la tradición y con una Edad Media española tardía, interesante tesis sustentada por el historiador Claudio Sánchez Albornoz; por otro, el despertar a los ideales del humanismo y del renacimiento; y, por último, como muchos otros, se encontraba en este “mundo nuevo” que acababa de empezar sus primeros balbuceos de existencia colonial, experiencia desconocida hasta entonces.

Marroquín vio, por lo tanto, nacer a Guatemala y la quería con la misma ternura como se quiere a una hija; por eso, si la madre era España, “la hija” fue lo que más le preocupó.

El material que tenemos para conocerlo es todo lo que se dijo sobre él en su propia época, así como en las investigaciones posteriores. Sin embargo, gracias a la labor que en 1963 llevó a cabo el Académico Carmelo Sáenz de Santa María, tenemos un material riquísimo en la edición crítica de las sesenta y cinco cartas, que por espacio de veintinueve años Marroquín dirigió al Emperador Carlos V, al Rey Felipe II, a los regidores de Guatemala y a la Audiencia de México. Observamos que no son cartas protocolarias, sino más bien de información y juicio sobre esta Guatemala que empieza a nacer, y en ellas expone todas las dificultades que tuvo por causa de ambiciones ya fueran políticas, religiosas o militares de los hombres que manejaban este “pequeño mundo”, según expresión de la época. Y así destacan momentos importantísimos en lo que respecta a los indios, al gobierno y a la vida religiosa, pero siempre con una actitud de optimismo hacia el futuro, al que quiere ver en orden, y al cual lanza todas sus esperanzas y sólo en él piensa y – quizás – sueña. Al oír su voz, a través de sus cartas, conocemos su espíritu, sus angustias y sus deseos y tal vez así podremos juzgarlo en su justa medida.

A Marroquín le tocó actuar, tanto en la vida religiosa como política, civil y social, en aquel extraordinario momento en que daba comienzo la Guatemala colonial. Y, aunque el escenario en que se desenvuelve su existencia es reducido no por eso deja de estar lleno de inconvenientes. Después de una conquista corta y despiadada, que se inició a finales del año 1523 vino una instalación rápida en 1537, en el valle de Almolonga, situado en las faldas del Volcán de Agua.

Las figuras con las que debe convivir son un Don Pedro de Alvarado, conquistador deslumbrante y modelo de los aventureros renacentistas de la época; unos conquistadores que poco a poco se van convirtiendo en colonos pacíficos pero que sólo piensan en sus propios intereses; unas órdenes religiosas que, a veces, no lo obedecen, y que además se enfrentan entre ellas. De pronto, aparece la figura de Fray Bartolomé De Las Casas, Defensor de los Indios, el que se mete en todo y crea conflictos. Y por encima de todos ellos, Francisco Marroquín, un hombre más comprensivo que severo con todas las ovejas de su grey, conciliador más que destructor, y que será de corazón y espíritu la encarnación del criollismo guatemalteco.

No es fácil explicar la vida de una persona, ya que en una vida hay lo que se hace y los hechos o circunstancias que lo envuelven; en otras palabras, la época en que le tocó vivir. Por eso, creo que a Marroquín hay que verlo en las tres funciones que le tocó desempeñar: como hombre, como gobernador y como religioso.

Recordemos al cronista Fray Francisco Vásquez quien expresó lo siguiente sobre él: “¿Qué cosa buena no hizo?, ¿qué cosa buena no amó?, ¿qué lustre, qué nobleza de la muy Noble Ciudad de Guatemala no se debe a su Ilustrísima?”.

Al estudiar a Marroquín nos damos cuenta que, sin ninguna duda, era una persona de profunda vida espiritual y de amor al prójimo, pero que eso no le impidió, en ningún momento, ser también un hombre práctico y realista; por lo cual no es de extrañar que a cada preocupación que se le presentaba respondiera siempre con una solución inmediata. Y lo más importante es que no sólo lo decía, sino que lo realizaba y lo cumplía.

Como hombre, siempre estará al tanto y preocupado por los demás hombres. Por eso escribía al Rey que ya había terminado el tiempo de las armas y que era necesario comenzar a reformar algunas cosas. Aunque era consciente de la grandeza de España, también pensaba en la grandeza de América, pero para ello había que conocerla y no imponerse. Y así dice: “Es una planta nueva, sin raíces profundas, no las arranquemos con un rigor tempestuoso”. En sus cartas siempre pensaba en una concepción local, es decir, Guatemala, pero sin olvidar apuntar a toda América; y así sintetizaba el Nuevo Mundo en donde veía entre desórdenes, hipocresías y ambiciones, cierta bondad y buena fe de algunos pocos. Y ante esto cubre con su capa espiritual todo. Comprendió, desde el primer momento, y he ahí uno de los rasgos de su gran talento, que el futuro de todas estas tierras de América no era sólo para unos pocos, sino que pertenecía a todas las clases sociales: los españoles, los criollos, los indios y los mestizos. La mente de Marroquín siempre está puesta en el complejo presente-futuro. No piensa sólo en el ahora, sino en el futuro inmediato y en el futuro lejano.

Por ejemplo, con el fin de asegurar el futuro de éstas tierras pedía al Rey, reiteradamente, que no mandase gente de paso, ya que todos “van y vienen”, hay poco interés por asentarse, establecerse con carácter definitivo. Era urgente que los obligara a casarse y formar familia, con lo cual no sólo se evitaría la mancebía y la violencia sexual y caprichosa para con las indias, sino que así se quedarían para siempre, y por ello dice “que muy mejor tierra es ésta”. Considera que con ello se lograría que la gente se quedara aquí, amaran la tierra y se enraizaran y no que disfruten la tierra y la dejen, pues “vánese los ricos y los que han de sustentar la tierra, conocido es que también los pobres quieren ser ricos y todo ha de cargar sobre estas tristes indias”. Esta expresión se anticipa a la frase titular del antropólogo francés Levy-Strauss en su conocido libro “Triste tropique”. En la estructura profunda de esta petición observamos que más que “españolizar”, en el caso de que alguien quisiere ver ese interés, lo que quiere conseguir es, valga el término, “americanizar” a todos cuantos venían al Nuevo Mundo. Y en un juicio un poco más apretado, lograr de sus coetáneos algo que él ya tenía, esto es, una especie de sentimiento de nacionalidad guatemalteca.

Por eso, cuando en 1535 ve el peligro de la esclavitud rondando se asusta y como protector de Indios que era lanza su primer grito de alerta y de protesta. No deja de sorprendernos que antes que se emitiera la Bula Sublimis Deus (1537), en la que se reconocía, por primera vez, la racionalidad de todos los hombres, en particular de los indios del Nuevo Mundo y España promulgara las Leyes Nuevas (1542) que abolían la esclavitud y declaraba la igualdad jurídica de los indios como súbditos de la corona, Marroquín lo anuncia desde lo más íntimo de su ser. Afirma, convencido de ello, que los nativos eran hombres libres y que como tales debían vivir y ser tratados, que no existían esclavos “ni de guerra, ni de rescate”, que tenían alma, que por lo tanto eran humanos y no infrahumanos, aunque “sencillos y simples en juicio y manera de vivir”; que se les debía ayudar y no explotarlos, y que nadie debe agraviarlos ni engañarlos. Consideraba que era urgente ayudarlos para que trabajasen como jornaleros, se deberían juntar en poblados y darles un salario, pero siempre protegidos por las autoridades religiosas y civiles.

Es curioso observar que si bien proclama y exige, como todas sus fuerzas, que se prohíba la esclavitud no por ello atacó, como otros sí lo hicieron, despiadadamente y con acritud al colonizador de la obra civilizadora que realizan; por el contrario, encuentra la forma de ayudarlos y de encontrar soluciones. Aunque si decía al Rey “poco puede un Obispo contra la codicia de los españoles”, con lo que señalaba que todos estaban movidos por un interés, ya fuera este temporal, ya fuera este espiritual. Con ello, Marroquín movía a algunos. He ahí que lo reclamara y pidiera sin cesar fueran normas morales y reglas de conducta justas y ecuánimes y sobre todo que se cumplieran. Su posición es la de un padre con sus amados y revoltosos hijos, que aunque castiga, su única finalidad es la de obtener resultados buenos y prácticos. Con lo que se hace patente su espíritu de comprensión y su sentido liberal de vida al respetar a todos los seres humanos.

No deja de producir satisfacción que un hombre, en pleno siglo XVI y tan lejos de las Cortes españolas, deplorara y lamentara la manera como eran tratados los indígenas y que se interesara y luchara por los Derechos humanos (avant le mot) del indígena, cuando faltaban tantos años para que se hablase de ello.

Por lo que respecta al entendimiento y acercamiento con los indígenas proponía que era necesario aprender sus lenguas, para que no desaparecieran, y no imponer únicamente el castellano. Pues al aprender sus lenguas los espíritus podrían hablar y conocerse mejor en su mundo interior y la comprensión entre unos y otros sería más profunda y sincera. Recomendó, y él mismo lo puso en práctica ya que fue maestro de lenguas indígenas para los religiosos, que éstos debían hablar sus lenguas pero también era necesario enseñarles el español. Es decir, una especie de bilingüismo donde se encontrarán las dos culturas. Esta actitud de reciprocidad idiomática, y no de obligación, muestra un respeto y tolerancia hacia los indígenas. Veía que si se perdían sus lenguas se perdería su cultura y su tradición, pero si ellos no se “castellanizaban” quedarían encerrados en sí mismos.

Marroquín fue de los primeros en plantearlo y, lo que es más importante, en realizarlo; han tenido que pasar muchos siglos para que nuevamente se retome este proyecto.

También es considerado como el primer bienhechor y protector de los estudios superiores, ya que desde 1548, y antes de que se fundaran en 1551 las Universidades de Lima y México, pidió al Rey la formación de una Universidad. Este anhelo vehemente, lo estuvo pidiendo hasta el final de su vida; sin embargo, no lo vio realizado, razón por la cual en las cláusulas de su testamento legó parte de su herencia para que se fundase un Colegio, el de Santo Tomás, donde se enseñarían “artes, teología y otras ciencias” y, de ese modo, mantener vivo el interés por la enseñanza universitaria. Un siglo después en 1676, el monarca Carlos II otorgó la Real cédula de fundación de la Universidad de San Carlos de Guatemala.

Como hombre práctico y realista, a cada preocupación que se le presentaba respondía con una solución inmediata. Es decir, que siempre que proponía algo, junto a lo expuesto ya estaba la obra realizada. Resultado de ello, queda mostrado que se impuso, a sí mismo, la ardua y dura labor de no dejar nada en manos del azar o la improvisación.

Como religioso visitó y protegió todos los pueblos de su diócesis; también fundó y favoreció los conventos de las diversas órdenes religiosas que acababan de venir como los mercedarios, los dominicos y los franciscanos. En un principio, cuando solicitaba religiosos, no hace ninguna distinción entre clérigos y frailes, pero con el transcurso de los años empieza la profunda crisis entre el clero regular, frailes y monjes pertenecientes a órdenes religiosas, que viven dentro de su congregación y sólo acatan las órdenes de las jerarquías de su convento, y por el otro lado el clero secular (sécullum=siglo) o también llamados “curas doctrineros”, que no viven en monasterios, ni están sujetos a reglas, sino que conocen el mundo y entienden más humanamente las pasiones, los defectos y las virtudes de los hombres. Es oportuno anotar que en el siglo XVI existía una profunda rivalidad entre el clero regular y el clero secular por lo que respecta a dominar religiosamente el Nuevo Mundo. Esta situación tenía su fundamento en la provisión de Obispados para América, que se otorgaba con más frecuencia al clero regular. Junto a ello, el Obispo tenía la terrible experiencia de las profundas hostilidades que existían entre los franciscanos y los dominicos, y en las cuales tenía que mediar constantemente.

Vigilante por la educación de los niños y de los analfabetos, organizó una “escuela de primeras letras” y aseguró el primer hospital, no sólo para enfermos, tanto españoles como indígenas, sino para todos los transeúntes que pasaran por Guatemala. Además, tuvo a su cargo la construcción de lo que fue la primera Catedral.

Inquieto y preocupado por el futuro de las niñas mestizas y huérfanas estableció para ellas un “colegio de recogimiento”. Esta actitud en defensa de la mujer, es un rasgo eminentemente humanista de la época. Se consideraba que era necesario mejorar la ilustración de la mujer con el fin de que pudiera ser admitida en los empleos públicos y, así, defenderse mejor ante las dificultades de la vida.

Por lo que atañe al famoso “experimento de colonización pacífica de la Vera Paz” llevado a cabo en Guatemala, por Fray Bartolomé de Las Casas junto con un pequeño grupo de religiosos dominicos, con el fin de mostrar una nueva forma pacífica de evangelizar, sin la colaboración de las autoridades civiles, Marroquín lo apoyó desde sus comienzos y no sólo trató siempre de mantener una excelente relación con él, sino que lo defendió y encomió en todo lo que pudo, aun en contra de de las autoridades civiles y de las otras congregaciones religiosas y aún más escribió el Emperador Carlos V defendiéndolo. El método propagado por Las Casas estaba apoyado en su libro Del único modo de atraer a todos los pueblos a la religión verdadera y consistía en la persuasión suave y delicada del entendimiento de los naturales, para lograr ganar su voluntad y aceptar las doctrinas por medio de la fe. La predicación debía ser pacífica y razonable, para demostrar al indígena que al religioso no lo movían ni las riquezas ni el afán de dominarlos.

El experimento a pesar de sus rasgos humanos y positivos fracasó trágicamente pocos años después, en 1556 y tuvo como punto de referencia la insurrección de los nativos que provocó la muerte de Fray Domingo de Vico.

Sin embargo, cuando Las Casas fue nombrado Obispo de Chiapas en 1543, cargo que ocupó en 1545, surgió un enfrentamiento personal entre los dos Obispos, según se desprende de las cartas enviadas al Rey, en que se increpan con profunda dureza uno al otro. Por ejemplo, en una carta Marroquín dice al Rey: “… yo los visitaré y animaré en todo lo que yo pudiere, aunque Fray Bartolomé dice que a él le conviene, yo le dije que mucho enhorabuena. Yo se que él ha de escribir invenciones e imaginaciones que ni él las entiende ni entenderá; en mi conciencia que todo su edificio va fabricado sobre hipocresía, avaricia y así lo mostró luego que le fue dada la mitra, revocó la vanagloria como si nunca hubiera sido fraile y como si los negocios que ha traído entre manos no pidieran más humildad y santidad para confirmar el celo que había mostrado”. Por su lado, Las Casas dice al Emperador al referirse a Marroquín: “…que creemos que es de los más nocivos hombres esté que acá hay y que más daño hace las ánimas en esta materia, porque él sepa poco y viniese acá muy mozo.”

Si hurgamos un poco más en los acontecimientos ocurridos, observamos que en 1537 se firma el acuerdo Maldonado – Las Casas para evangelizar pacíficamente, junto con los padres dominicos Angulo y Ladrada, la zona de Tezulutlán. Es tanto el secreto que Las Casas lo oculta de todos, hasta del propio Obispo Marroquín, aunque en su diócesis se iba a efectuar el ensayo. Actitud nada correcta de acuerdo con el trabajo de Menéndez Pidal a este respecto. Así mismo, el propio Las Casas da los límites geográficos a su nueva diócesis de Chiapas y notifica a la Audiencia de los Confines de Guatemala que en su diócesis estarán incluidas: Tezulutlán, Lacandón, las playas del Pacífico, Soconusco, las zonas de Cobán (Alta Verapaz) y de Alcalán. En realidad todo esto pertenecía a la jurisdicción de Marroquín, que tanto lo había ayudado y alabado. Además, en 1543 advierte a Marroquín que no vuelva a meterse en los problemas y asuntos de la diócesis de Chiapas.

Como posibles conjeturas y no como análisis histórico, podríamos indicar que quizás Las Casas no le habló con sinceridad de lo que quería llevar a cabo y que Marroquín se asustó y desconcertó ante lo veía que hacía Las Casas, o tal vez que fuese un enfrentamiento de dos maneras distintas de ver el Nuevo Mundo dentro del mismo pensamiento cristiano, pero con fundamentos diferentes. Pues a pesar de las cartas acusatorias de Marroquín, en ningún caso se ataca o critica la doctrina de Las Casas, ni a los dominicos, sino que más bien tienen un rasgo de dolor personal y de rotura amistosa. Sin duda las Casas usó procedimientos poco nobles y sinceros para la realización de su proyecto, hecho que sorprendió y asustó a Marroquín. Pero no se trata de levantar a uno y hundir al otro, ni de estar únicamente con los ataques de Menéndez Pidal que considera a Fray Bartolomé como un resentido “hombre de acción admirable tanto en sus ímpetus de bondad como en los de malevolencia; sólo amor para los indios, sólo en los de malevolencia; sólo amor para los indios, sólo acusaciones e insultos para los españoles”. Conceptos duros y profundos que bien merecen un estudio más hondo. Por eso, sin detenernos a explicar el choque personal entre dos personalidades tan fuertes, como lo eran Las Casas y Marroquín, es necesario advertir que ese personaje fascinante que fue Las Casas, no podrá ser estudiado, ni comprendido, con seriedad histórica, sin tomar en cuenta el punto de vista y la actitud del Obispo Marroquín respecto de él.

Asimismo, es necesario señalar que ese proyecto realizado en la pequeña zona de Tezulutlán llamada “tierra de guerra”, que más tarde tomó el nombre de “tierra de la Vera Paz”, y que al final fracasó, tuvo una importancia decisiva en la evolución colonial de América y fue el centro de todas las inquietudes religiosas en incertidumbres políticas de esa España del siglo XVI.

Por lo que se refiere al gobierno, Marroquín tuvo que desempeñar el cargo de gobernador interino, junto con don Francisco de la Cueva de 1541 a 1542, circunstancia en que le correspondió trasladar la ciudad, que había sido destruida por un deslizamiento de agua y lodo del volcán de Agua, del Valle de Almolonga al Valle de Panchoy, a media legua de distancia, hoy conocida como Antigua Guatemala, y que fue durante doscientos treinta y dos años la Capital del Reino y Audiencia de Guatemala, la cual comprendería las provincias de Chiapas y Soconusco (hoy parte de México), Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica.

El cargo de gobernador temporal lo aceptó por la necesidad que veía en la comunidad y no por el interés del puesto en sí. Por eso aclara: “por quitar escándalo y pasión acepté su ruego y así Dios me dé gloria, que ni interés de honra ni de hacienda me movió. Honra harta me tengo si soy buen Obispo o lo procuraré ser”.

En cuanto a su noción de cómo debía ser un gobierno expresó ideas tan concretas y universales que, aún hoy, podrían estar vigentes. Naturalmente, se apoyó en razones teóricas así como en la propia experiencia que tenía a su lado, pero lo hizo sin dogmatismo ni imposiciones. Advertía que el responsable político más que mandar debía saber gobernar. Mandar es, según él, cumplir una misión, gobernar es conducir con prudencia la nave de “tantas naciones”. El que gobierne debe ser prudente y justo y nunca precipitado; mandar no es imponerse, mandar y gobernar es saber convencer, esto es “vencer-con” ya sea con las palabras, con los hechos, con las realizaciones, pero para ello se debe estar convencido de lo que debe hacerse. Si sólo manda, sin convencer y cumple estrictamente con las leyes, puede convertirse en un jefe tiránico y, entonces, todo se perdería. Es curioso notar cómo se presta él mismo a esos juicios y cómo, en el fondo de sus palabras, se siente junto a la propia experiencia, la herencia cultural del renacimiento europeo y de los humanistas.

En la concepción de lo que podríamos llamar sus máximas de buen gobierno, Marroquín expone que el que gobierna debe primer conocerse a sí mismo, debe ser equilibrado, justo y severo, lo que no quiere decir cruel, ni rencoroso. Además debe saber distinguir entre las habladurías y las corrientes de opinión de las gentes correctas, por lo tanto, con el fin de evitar las adulaciones, no debe ser “demasiado amigo de sus amigos”. Siempre preguntar, oír mucho y hablar poco. Un hombre así, dice Marroquín “sabrá gobernar y contentar”.

Y cuando todos pensaban que junto al aparato político debía existir el aparato eclesiástico, advirtió el peligro si se mezclaban, pues tan pronto el Estado político cayere, caería también la Iglesia. No debía confundirse, ni entrometerse en lo religioso con lo político civil, pues cada uno debe cumplir la función u oficio que le corresponde. Si el religioso se mete en lo civil, que es ajeno a su profesión, perderá su devoción. Por eso siempre supo separar las atribuciones del hombre con oficio religioso del hombre con oficio civil. Lo que persigue con ello es un orden meticuloso para dirigir la colonia y evitar actitudes demagógicas y hechos, por veces, crueles. Y si bien es cierto que Marroquín obra como hombre religioso, también nos damos cuenta que actúa como hombre civil (desde el punto de vista político); y lo fundamental es que supo separar las dos funciones, sin mezclarlas. El peligro – lo deja entender – no es sólo para la función política, sino también para la función religiosa.

He ahí que aconsejara constantemente que el hombre religioso no debiera entrometerse en el aparato oficial del Estado, pues juzgaba que esa no era su función. Por lo tanto, no debía confundirse lo religioso con lo político-civil.

Por todo lo expuesto podemos decir que Marroquín fue, no tiene duda, un precursor en muchos aspectos y lo demuestra como persona que vive el presente pero que siempre está apuntando y avanzando hacia el futuro. Es indudable que en todos los momentos de su existencia, ya fueran estos religiosos, políticos o humanos siempre puso de manifiesto un espíritu liberal de concepción de vida, cosa extraña dentro de la concepción religiosa de su tiempo.

Y por espíritu liberal entiendo y me apoyo en una explicación de Gregorio Marañón que me parece muy acertada. Ser liberal – dice – es precisamente tomar en cuenta tres cosas: primero, estar dispuesto a entenderse con el que piensa de manera distinta a la suya; segundo, no admitir jamás que el fin justifica los medios, sino, por el contrario, que son los medios los que justifican el fin, y por último aprender de sus errores y no creerse dueño absoluto de la verdad. En consecuencia, ser liberal más que una forma política es una “conducta humana” que se ejerce de manera natural y espontánea. Se debe ser liberal sin darse cuenta. Marroquín nos muestra en todas sus acciones y pensamientos que ya tenía incrustado en su ser ese sentido liberal de vida que señalo, y del cual no se hablará hasta llegar al siglo XIX.

Marroquín fue un hombre enérgico, pero, a su vez conciliador y de temperamento prudente. Suave, pero no débil; generoso con desinterés y bondadoso en su dar. Poseía una aguda y sobresaliente inteligencia y una visión profunda y realista de todo cuanto palpaba en ese difícil y ambicioso mundo del siglo XVI. Por ello, luchó, desde su llegada a este país y con gran sentido liberal de comprensión humanística, por lograr la verdad y la justicia frente a la falsedad y la codicia de quienes no pensaban en el presente y el futuro de Guatemala, sino solamente en sus personales y mezquinos intereses.

Si en lugar de cartas Marroquín hubiera escrito un libro, su influjo hubiera sido importantísimo en toda América, es por eso que no tiene el mérito histórico de otros contemporáneos. A pesar de ello, la Historia del nacimiento de Guatemala seguirá siempre viva y presente en sus cartas, así como en su actuar.

Al final de su vida decía al Rey Felipe II “a mí no me pesa haber gobernado esta tierra en lo espiritual y temporal con paz y quietud, que es el mejor pedazo que hay de estas Indias, aunque pobre”.

La posteridad debe estar agradecida a este hombre que demostró una conducta moral y espiritual ejemplares y que es visto como uno de los principales forjadores de la conciencia nacional guatemalteca y el bienhechor de la enseñanza superior.

 


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