Tirando la casa por la ventana. I parte.

La celebración del cuarto centenario del descubrimiento de América

 

A Santiago, por estar siempre.

Rodrigo Fernández Ordóñez

En la era de la comunicación, la celebración del quinto centenario del descubrimiento de América en 1992 fue todo un acontecimiento: el Premio Nobel de Literatura le fue concedido al poeta antillano Derek Walcott y el Premio Nobel de la Paz a nuestra compatriota Rigoberta Menchú. En la colección Archivos de la UNESCO se publicaron obras de la literatura latinoamericana con profundos estudios realizados por expertos en cada uno de los autores. Toda una colección de obras de literatura se imprimieron en formato de suplemento de periódicos, los “Periolibros”, en donde se dio difusión general a Borges, Cortázar, Rulfo, Asturias, Mistral, Neruda, Roa Bastos, Amado, Darío, Pessoa, decorados con ilustraciones de artistas americanos. Se publicó durante el segundo semestre de 1992, un periódico llamado “Identidad”, que se insertaba como suplemento de los diarios de mayor circulación americanos y que recogía temas históricos y el Canal de las Américas transmitía temas de cultura de todo el continente, amén de coloquios, mesas redondas, documentales, paneles de expertos, etcétera sobre temas de la cultura y la herencia española y portuguesa en América.

Pero… ¿cómo se celebró el cuarto centenario? En esta ocasión proponemos un viaje a la Guatemala de 1892 para mezclarnos con nuestros bisabuelos y testificar cómo se celebró la conmemoración del arribo de Cristóbal Colón a América.

 

Centenario1

Hermosa fotografía del monumento a Cristóbal Colón, conmemorando el Cuarto Centenario de su llegada a América, levantado en el Parque Central de la capital guatemalteca, inaugurado en 1896. Actualmente preside una plazoleta en La Avenida de Las Américas, al sur de la ciudad. (Fotografía de Valdeavellano, 1910).

 

-I-

La llegada de Reina Barrios a la presidencia

 

La ciudad de Guatemala era, a la llegada a la presidencia del General José María Reina Barrios, una ciudad que conservaba aún la impronta española tanto en su diseño como en su trazo de líneas rectas, según el patrón de la “parrilla de San Lorenzo”. Según el testimonio fotográfico que nos legó Eadward Muybridge, a su paso por el país en 1875 como fotógrafo de la Pacific Mail Steamship Company, la ciudad carecía de empedrado en algunas calles y de un alcantarillado adecuado. Algunas tenían aceras, pero la infraestructura era del todo inadecuada para la capital de un país que soñaba ya para entonces con la modernidad.

Reina Barrios era un hombre viajado. Había desempeñado cargos diplomáticos en los Estados Unidos y Alemania y conocía las principales ciudades europeas, y allí adquirió las fiebres de progreso para su patria. Así, cuando llegó a la primera magistratura, quiso revolucionar al menos el espacio urbano de la capital, ordenando las medidas necesarias para solucionar los problemas más inmediatos de la ciudad, como: “…ampliar y adoquinar algunas calles, plazas y parques, así como mejorar la apariencia de toda la ciudad”, como apunta en un interesante ensayo el historiador Ernesto Chinchilla Aguilar[1]. El mes de octubre de 1892 aparecía como una fecha idónea para “relanzar” la imagen de la ciudad de Guatemala internacionalmente, como diríamos hoy. El 12 de octubre se conmemoraba el Cuarto Centenario del Descubrimiento de América, y el 3 de octubre se cumplía el Primer Centenario del Nacimiento del General Francisco Morazán, y siendo que en Sevilla, se preparaban ya los festejos del arribo de Colón en el Parque María Luisa con una Feria Hispanoamericana, Reina Barrios ambicionó hacer lo propio en su terruño.

Así, además de las medidas de mejoramiento del espacio público, tomó otras medidas que no se han estudiado lo suficiente, pero que en cápsulas anteriores hemos comentado, aunque aisladamente: se fundó el Instituto de Bellas Artes, integrado por las Escuelas de Dibujo y Grabado, Pintura y Arquitectura, para lo cual se contrató a profesores extranjeros como el escultor venezolano Santiago González quien tuvo gran influencia en toda una generación de artistas guatemaltecos; se decretó el mejoramiento de la escuela de filarmónicos y del Conservatorio Nacional de Música, del cual siguen egresando en nuestra época distinguidos músicos y el remozamiento del Teatro Nacional para albergar adecuadamente a la cultura a la cual prestaría escenario.

Dentro de las medidas generales de mejoramiento de la ciudad, Chinchilla Aguilar apunta:

“…fueron tomando forma el Cementerio General, a donde fueron trasladados los restos de algunos próceres liberales y reformadores, a tumbas llenas de magnificencia; la delineación de los cantones Barrios y Barillas siguió en ese orden, y el puente de la Penitenciaría; luego vino el aderezamiento de la Plaza de Jocotenango, donde habría de colocarse la estatua de Morazán, según se ha indicado; la avenida Simeón Cañas y el Hipódromo (…); para culminar todo, con el Parque de la Reforma (…) y el Boulevard, que unió la Barranquilla, desde la calle mariscal Serapio Cruz hasta el Parque de la Reforma, con los monumentos a García Granados y Justo Rufino Barrios, y los palacios de la Exposición y de La Reforma…”

 

Aunque es cierto que muchos de los monumentos le siguieron en tiempo al de Cristóbal Colón, como la columna levantada al general Miguel García Granados y el soberbio monumento dedicado al general Justo Rufino Barrios, se puede asegurar sin mucho temor a ser inexactos, que el plan de festejos del cuarto centenario desencadenó todo el trazado y embellecimiento de la ciudad de Guatemala tal y como la conocemos hoy. Es decir, contrario sensu, que sin estos festejos y la ambiciosa Exposición Centroamericana de 1897, Guatemala sería una ciudad menos vistosa de lo que es hoy, sin trazos modernos ni espacios abiertos fuera del damero colonial. Sería más desordenada y aún menos coherente de lo que es hoy.[2]

El trazo del parque de La Reforma, a costillas de una finca de propiedad del general Manuel Lisandro Barillas, expropiada oportunamente, y el trazo de la avenida Simeón Cañas, encaminaron la expansión de la ciudad tanto al sur, en el caso del parque mencionado, como al norte, con un Hipódromo en cada extremo, favorecidas ambas expansiones en distintos períodos del siglo XIX y principios del siglo XX, como ya apuntamos en algún lugar anteriormente. También se hicieron trabajos de mejora en el Camino Real de El Calvario al Guarda Viejo (hoy avenida Bolívar), para conectar adecuadamente a la ciudad con la salida hacia la cercana Villa de Mixco y con La Antigua Guatemala.

 

-II-

Del frustrado monumento al general Francisco Morazán

 

El caso del monumento que se pretendía levantar en honor al general Francisco Morazán merece un párrafo aparte, pues de acuerdo a lo que apunta Chinchilla Aguilar en su ensayo citado: “…por el rechazo popular que recibió la idea de levantar en Guatemala un monumento a Morazán, originado por la serie de artículos que contra tal idea publicó don Agustín Mencos Franco, se procedió a decapitar la estatua del héroe de Gualcho…”[3], y se le implantó el rostro del general Reina Barrios. Al final el monumento cambió de personaje y puede admirarse hoy en la Avenida de la Reforma. Don Agustín Mencos Franco encabezó la oposición al festejo del centenario de Morazán, recordando a los guatemaltecos de la suerte que corrió ciudad de Guatemala cuando fue ocupada por el general hondureño, que la declaró plaza abierta para el saqueo. Así del monumento al centenario quedó solamente el pedestal de mármol, que ya se había instalado en el actual parque Jocotenango, (luego bautizado parque Manuel Estrada Cabrera, luego parque Morazán y en el siglo XXI, nuevamente bautizado parque Jocotenango) y como había que aprovechar la hermosa piedra, de pedestal cambió su fin para altar, y fue instalado para ese fin en el Santuario de Guadalupe, en donde reposa actualmente.

 

-III-

La transformación de la Plaza de Armas en un parque

 

La Plaza de Armas en 1875, con la Fuente de Carlos III en el centro, que fue utilizada irreflexivamente como paredón de fusilamiento en alguna ocasión . En la fotografía de Muybridge, la explanada de la plaza se encuentra libre de los “cajones” y “sombras” del mercado que la afeaban, según denuncias de José Milla, porque ya se había inaugurado el edificio del Mercado Central, justo detrás de la Catedral, en la Plazuela del Sagrario.

La Plaza de Armas en 1875, con la Fuente de Carlos III en el centro, que fue utilizada irreflexivamente como paredón de fusilamiento en alguna ocasión . En la fotografía de Muybridge, la explanada de la plaza se encuentra libre de los “cajones” y “sombras” del mercado que la afeaban, según denuncias de José Milla, porque ya se había inaugurado el edificio del Mercado Central, justo detrás de la Catedral, en la Plazuela del Sagrario. 

 

El presidente Reina Barrios escogió como lugar para levantar el monumento a Cristóbal Colón, el centro de la Plaza de Armas (hoy Plaza de la Constitución), justo en el lugar en el que se levantaba desde tiempos de la dominación española la fuente de Carlos III o “fuente del caballito”, como la bautizó José Milla en uno de los artículos de su Libro sin nombre. Para ello fue necesario contratar la remoción de la fuente, cuyo trabajo se adjudicó a don Ricardo Fischer, quien al decir de Chinchilla Aguilar:

“…básicamente se comprometió a desmontar la antigua pila, existente en el centro de la Plaza de Armas, con el debido arte y cuidado, para que quedara el material en orden, a fin de que la pila se pudiese levantar en otro lugar, con la exactitud debida. Y preparar para el efecto los dibujos necesarios para la identificación de cada una de las piezas de la obra. Pero no se indicaba nada acerca de la reconstrucción de la pila, sólo su desmantelamiento…”[5]

El señor Fischer cumplió entonces a cabalidad con los términos del contrato. Desmontó la fuente, dejando libre el espacio para las nuevas obras, y retiró todos los materiales hacia un predio en las afueras de la ciudad, contiguo a la entonces Penitenciaría Central, en los terrenos que hoy ocupan los hermosos edificios del Centro Cívico. Allí permaneció la fuente, en el completo olvido, hasta que el señor Ernesto Viteri los encontró casi por accidente durante una excursión, según contó en un escrito publicado por la Sociedad de Geografía e Historia, y luchó por su conservación y reubicación, siendo reconstruida en el sitio en el que se encuentra actualmente, en el año de 1933.

 

Fotografía de la Plaza de Armas en 1885 . Se puede observar que la explanada abierta ha sido ya transformada en parque, con jardineras siguiendo algún diseño europeo, con otras dos fuentes redondas en las esquinas frente al Palacio de Gobierno. A los pies de la Fuente Carlos III se puede ver, a la derecha un amontonamiento de adoquines, probablemente en esos momentos el parque se encontraba en obras de transformación.

Fotografía de la Plaza de Armas en 1885 . Se puede observar que la explanada abierta ha sido ya transformada en parque, con jardineras siguiendo algún diseño europeo, con otras dos fuentes redondas en las esquinas frente al Palacio de Gobierno. A los pies de la Fuente Carlos III se puede ver, a la derecha un amontonamiento de adoquines, probablemente en esos momentos el parque se encontraba en obras de transformación.

El plan de embellecimiento de la Plaza de Armas consistía básicamente en su transformación en un Parque Central, cuyas obras habían iniciado ya desde la presidencia del General Barillas, como atestigua la imagen arriba. Los trabajos pasaban entonces de transformar una desnuda explanada en un jardín con flores y árboles que pudiera servir de paseo para los citadinos. Así, aunque las obras ya habían iniciado la transformación del espacio, Reina Barrios le dio el empuje final para “europeizar” el parque, para lo cual fue necesario contratar la construcción de un kiosco, obra que fue asignada a don Manuel Ayau, hermano del entonces alcalde capitalino, don Rafael Ayau, quien firmó en su representación el contrato. Los términos del documento los explica nuevamente el señor Chinchilla, desde su interesante ensayo:

“Ayau se comprometía a construir, montar y ajustar la parte metálica del kiosco, construir la planta baja y pintarlo, conforme el plano dibujado por don Ricardo Fischer. El valor de la obra, tanto de hierro como de mampostería, se calculó en 15,995 pesos. Y todo quedaría concluido en el término de cuatro meses, después del acostumbrado pago en tres tantos, al principio, medio y fin de la obra. Los cuatro meses se contarían a partir de la fecha en la que el Ministerio de Fomento hubiese quitado la Pila, que ocupaba el lugar donde fue construido el kiosco. Posteriormente se instalarían bancas de hierro y lámparas eléctricas decorativas, para el alumbrado de todo el jardín.”[7]

Interesantísima fotografía anónima, tomada desde uno de los campanarios de la Catedral Metropolitana, a finales de la década de los 80 del siglo XIX. En ella se pueden apreciar los trabajos de embellecimiento de la plaza ya terminados, pues en las jardineras ya ha brotado la vegetación y las veredas ya están bien definidas. Al centro aún estaba la Fuente Carlos III.

Interesantísima fotografía anónima, tomada desde uno de los campanarios de la Catedral Metropolitana, a finales de la década de los 80 del siglo XIX. En ella se pueden apreciar los trabajos de embellecimiento de la plaza ya terminados, pues en las jardineras ya ha brotado la vegetación y las veredas ya están bien definidas. Al centro aún estaba la Fuente Carlos III.

Ya liberado el espacio, y con el objeto de realizar una ceremonia formal de conmemoración del Cuarto Centenario, se levantó en la Plaza un monumento provisional, que representaba a Cristóbal Colón coronado por las cinco repúblicas centroamericanas. Lastimosamente no se cuenta con fotografías de este monumento, aunque no hay que desechar que se conserven en el Archivo General de Centro América los planos o esbozos del mismo. Lo cierto es que para la ceremonia del 12 de octubre se programó una colocación de ofrenda floral a los pies de este monumento temporal, así como la colocación de la primera piedra para el levantamiento del monumento definitivo.

 

 

 

 

 

 

[1] Chinchilla Aguilar, Ernesto. Un monumento que honra a Guatemala. El monumento nacional a Cristóbal Colón, por Tomás Mur, 1895. Revisa Anales de la Academia de Geografía e Historia de Guatemala, Tomo LXII, Enero a Diciembre de 1988. Página 221.

[2] Otras obras se construyeron durante éste período que todavía hoy persisten, como la sede del Museo Nacional de Historia, que albergó al primer Registro de la Propiedad Inmueble en el Centro Histórico, el Cuartel de Artillería, sede actual del Ministerio de la Defensa en la Avenida Reforma, antigua sede de la Escuela Politécnica y trazo del Paseo de la Reforma y Boulevard 30 de junio. Otras lastimosamente fueron destruidas por los terremotos de 1917-1918.

[3] Chinchilla Aguilar. Op. Cit. Página 222.

[4] Acuña García, Augusto. Las calles y avenidas de mi Capital y algunos callejones. Editorial del Ejército, Guatemala: 1986. Página 12. Según anota Acuña en su libro, en esa fuente fueron fusilados los acusados de conspirar en contra del presidente Justo Rufino Barrios en el episodio conocido como la “conspiración Kopesky”.

[5] Chinchilla Aguilar. Op. Cit. Página 224.

[6] Según apunta Acuña García, la fotografía fue tomada por H. Herbruger el 6 de abril de 1885, con ocasión de la toma de posesión como Presidente de la República del general Manuel Lisandro Barillas.

[7] Chinchilla. Op. Cit. Página 224.


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