Carlos Mérida a mano alzada

 Rodrigo Fernández Ordóñez

 

“…Lo que me interesa es el juego y el goce que el trabajo me ofrece. Una vez realizado, lo olvido por completo; una función de digestión, como decía Picasso. Pero en una u otra forma, el arte que cultivo, si así puede llamarse, me ha proporcionado muchas satisfacciones; el dulce dolor de crear algo y la fortuna inapreciable de hacer amistades donde quiera que paso…”

Carlos Mérida.

-I-

PEl pintor y escultor Carlos Mérida ocupa el lugar de mayor importancia en la historia del arte guatemalteco. Sus obras no sólo pueden contemplarse en las calles de ciudad de Guatemala y en las paredes del Museo de Arte Moderno, bautizado precisamente con su nombre, sino en otras ciudades latinoamericanas, principalmente en la ciudad de México.

Mérida nació en la ciudad de Guatemala el 2 de diciembre de 1891, en un interesante momento político que atravesaba el país. El general Manuel Lisandro Barrillas, veterano combatiente de las filas de la revolución liberal encabezada por el general Miguel García Granados y el general Justo Rufino Barrios, terminaba su período presidencial y asumía la presidencia un hombre refinado, formado profesionalmente en los Estados Unidos y en Europa: el general José María Reyna Barrios. Reyna Barrios tenía una ambición: sacar al país de su aire provinciano y rústico y embellecerlo, inundándolo de progreso, aunque de momento sólo fuera estético. Quería atraer inversiones extranjeras, migración y desarrollo. Fuera del ridículo esnobismo que muchos historiadores le atribuyen, Reyna Barrios es el primer presidente que se preocupa del espacio físico de los ciudadanos, expandiendo planificadamente la ciudad fuera de sus lindes originales hacia el sur, buscando espacios abiertos y verdes que rompieran la monotonía del cuadriculado árido de las calles empedradas de la capital.[1]

El proyecto del boulevard 30 de junio y su inmenso parque,[2] buscaba no solo darle un espacio abierto a los ciudadanos para que pudieran pasear fuera de las estrechas calles originales del casco urbano, sino inculcar lo que para él, eran buenas costumbres de los países europeos: hacer vida fuera de los altos muros de las casas, pasear, hacer deportes, comer en el campo. La consecuencia inmediata de estas obras tendría impacto no solo en la vida de los habitantes  de la ciudad sino también daría fama a la ciudad de Guatemala de una ciudad moderna, con costumbres cosmopolitas, en la que los extranjeros podrían encajar de forma perfecta, sin extrañar demasiado sus ciudades de origen. De allí ese intento de darle a los habitantes una versión tropical de los Campos Elíseos y del Bois de Bologne, de la que muchos se han burlado y que de forma sorpresiva el alcalde actual ha logrado rescatar al menos los días domingos, de la intención original, con su programa de “pasos y pedales”, pero confundiendo los arriates y las avenidas con parques. Las esculturas de animales impresionantes, compradas a la casa fundidora del Val d’Oisne, y otras esculturas de figuras alegóricas tenían por objeto, según los cánones artísticos de la época, embellecer el paseo dándole cierto aire clásico de jardín.

Este visionario presidente funda el Instituto de Bellas Artes, que se inaugura el 15 de septiembre de 1892, atrayendo consigo a artistas de gran calidad como maestros. Guillermo Monsanto cita a los más conocidos, como Francisco Monterroso, el escultor Rafael Pilli, el arquitecto C. T. Wilson, Emilio Gómez Flores y Antonio de Arcos, a los que relaciona a manera de hipótesis, con la Casa Contratista de Francisco Durini Vasalli, quien había venido trabajando en el país desde el gobierno de Justo Rufino Barrios.[3] Naturalmente estos artistas habrán enseñado según los cánones europeos de belleza de la época, influenciando a los círculos artísticos con las nuevas tendencias dominantes para esos años.

Asimismo, Reyna Barrios contrató a Francisco Durini en ese mismo año de 1892, para trabajar en el desarrollo de los pabellones de su Gran Exposición Centroamericana de 1897.[4] La llegada de Durini implicó también que se asentara en el país el venezolano Santiago González, autor del hermoso busto de Pepe Batres Montúfar que ahora preside la plazoleta frente al Conservatorio Nacional y el conjunto escultórico que decoraba el tímpano del Templo de Minerva en el Hipódromo del Norte. Monsanto pone en duda que González haya tenido contacto personal con Carlos Mérida, pero creo que sí se puede aventurar que sus ideas y su estilo pudieron impactar en cualquiera que observara su obra.

Carlos Mérida se educa principalmente en la ciudad de Quetzaltenango, en donde se establece su familia en el año de 1907. En esta ciudad estudia en el Instituto y Escuela Práctica para Varones de Occidente, en donde entra en contacto con el profesor de dibujo Santiago Vichi y recibe clases de música con los maestros Miguel Espinoza y Jesús Castillo.[5]

La primera exposición de Carlos Mérida se lleva a cabo en la ciudad de Quetzaltenango, en 1910, a instancias de su amigo el catalán Jaime Sabartés, en donde destaca que Mérida “era un artista formado dentro de las más estrictas reglas académicas”, a juicio de Guillermo Monsanto. Para esa época ya se había conformado un círculo artístico en la ciudad altense, en el que participaban Sabartés, Mérida, Carlos Wyld Ospina, Rafael Rodríguez Padilla, Rafael Arévalo Martínez, Rafael Yela Gunther y los hermanos de la Riva.

 

-II-

Para continuar con su educación artística, Carlos Mérida, en compañía de su amigo Carlos Mauricio Valenti Perillot, parte rumbo a París. Al parecer, Mérida tenía la intención de continuar sus estudios en música, pero se le diagnostica esclerosis auditiva, lo que lo encamina exclusivamente a la pintura.[6] Mérida, sin embargo, nunca perderá su amor por la música. Se embarcan el 20 de mayo de 1912 en Puerto Barrios en el buque Odembalt, que era un carguero con capacidad de unos 12 o 15 pasajeros, y llegan a la capital francesa el 15 de junio del mismo año.[7] París hervía de creatividad. Allí se exponía a los impresionistas, a los fauvistas, a los futuristas. En sus salas de exposición se podían contemplar los furiosos cuadros de Gaugin, de Marinetti, de Kandinsky, de Klee, los intentos cubistas de Picasso, en fin, de los grandes nombres del arte. En ese ambiente bullendo de creatividad se asentaron Mérida y Valenti. Pero cuatro meses después el desastre: Carlos Valenti se descerraja un tiro en el pecho. Es el 29 de octubre de 1912. Valenti estaba por cumplir 24 años.

El fabuloso escritor guatemalteco Eduardo Halfon nos narra con pericia la confusión de Mérida, en su novela, lastimosamente corta Esto no es una pipa:

“Yo no lo maté. Así les dije, esposado, en grilletes, hambriento, a los gendarmes. Pasé tres noches en la cárcel mientras ellos hacían sus averiguaciones. Me llamo Carlos Mérida, dije en un mal francés. Tengo veintiún años. Soy guatemalteco, una mezcla de español e indígena. Soy músico pero más pintor. ¿Qué hace usted en Francia?, me gritaron. Venimos juntos, él y yo, hace cinco meses, el 15 de junio, 1912, en un barco carguero llamado Odembalt. Pagamos cien dólares cada uno…”[8]

 

Valenti fue enterrado en el cementerio de Montparnasse, el 2 o 3 de noviembre de 1912, bajo la lluvia, en compañía de cuatro o cinco amigos. Carlos Mérida, queda devastado con el suicidio de su amigo. Abandona Francia y viaja por algunos países de Europa; en España, por consejo de Picasso se inscribe en la academia de Anglada Camarasa, en donde aprende diseño geométrico[9], luego regresa a París, estudia con Van Dongen y Modigliani para finalmente, retornar a Guatemala, a mediados de 1914, en plena tensión previa al estallido de la Primera Guerra Mundial. A su llegada visita a Sabartés en Quetzaltenango y realiza una exposición en dicha ciudad en 1915. Aquí empieza la estrella a ascender. En 1917 realiza un viaje a los Estados Unidos, con objetivo la ciudad de Nueva York, en 1919 expone en París, en el Nuevo Salón de los Independientes, mientras expone también en ciudad de Guatemala y Quetzaltenango. Ese año de 1919 Mérida parte hacia México, viaje que consagrará su carrera como artista internacional. Los motivos de su partida los resume Guillermo Monsanto:

“[primero] la falta de oportunidades para sobrevivir como artista visual; segundo, la depresión económica causada por el declive de las facultades administrativas del gobierno de Manuel Estrada Cabrera que empeoraron con los terremotos de diciembre de 1917 y enero de 1918; tercero, la epidemia de gripe española, fiebre tifoidea y otros males que asolaron a la población por la inanición en la que había caído el gobierno…”[10]

 

Pero el sello característico de la obra de Carlos Mérida, que es la abstracción al extremo de los elementos indígenas, buscando una esencia pura de la cultura nacional, ya se prefiguraba en el año de 1916, cuando con Yela Gunther realiza una serie de pinturas con temas folclóricos, ajenos a la corriente pictórica imperante en el país en esa época. Este intento de fijar en el arte las raíces más remotas de la cultura latinoamericana merecería elogios por parte del gran muralista mexicano Diego Rivera, quien llega a asegurar que: “Mérida ha realizado, de algunos años a esta parte, una labor de americanismo extremadamente interesante: él fue el primero en hace entrar dentro la verdadera pintura, el pinturesco americano.”[11]

 

-III-

J161630006En una de las libreras de mi papá había un libro con un título contundente: Habla el artista, de una tal Katharine Kuh. Alguna vez, huyendo de las lecturas de Pío Baroja, Miguel Delibes o Juan Valera, que mi papá insistía debía leer para completar mi educación libresca, lo tomé y fue mi primer acercamiento con el arte moderno. Tendría unos catorce o quince años, y conocí de pronto, de a montón, a Isamu Noguchi, a Alexander Calder, a Georgia O’Keefe y a Edward Hopper, dentro de los que puedo recordar. A los que más agradezco que me haya presentado en esas fantásticas entrevistas, fue a Calder y a Hopper, mis artistas norteamericanos favoritos.

Años después, me topé con la misma Katharine Kuh en un estante de la librería del Fondo de Cultura Económica de la UFM. Se trataba de su libro de memorias Mi historia de amor con el arte moderno. Secretos de una vida entre artistas, y ¡vaya secretos los que devela la señora ésta! Sucede que fue amante de Carlos Mérida, y nos relata unos cuadros vivos del artista que creo justo transcribir para ustedes, para que corran a la librería para adquirir un ejemplar de esta obra magnífica, salvo cuando la Kuh se nos pone pesada y da la lata queriendo sentar cátedra sobre los artistas que conoció, pero vale la pena el mal rato.

Para empezar, nos cuenta la autora del documentado prólogo y editora de la obra, Avis Berman:

“En 1938, inició un apasionado romance con el pintor Carlos Mérida, cuyos cuadros exponía en su galería. El artista, que estaba casado, residía en México. Se enamoraron en el transcurso de aquella exposición. Para poder verse más a menudo, ella decidió alquilar una casa en San Miguel de Allende y enseñar en la misma escuela que él durante los veranos. Vivían juntos durante los meses de verano, y también cuando él acudía a Chicago. Era una relación seria. Mérida, que la llamaba ‘Kata’, le dedicó un buen número de cuadros, dibujos y acuarelas…”[12]

 

Esta explicación que hace la prologuista de la relación que unía a Mérida con Kuh se hace necesaria toda vez que en el transcurso del libro, Kuh se refiere a su amante con la distancia de una galerista que expone a un cliente. Por respeto a su propia intimidad como a la de Carlos Mérida, nunca habló o escribió sobre su relación con el artista guatemalteco. Lo describe en estos términos:

 

merida

 

“Carlos, hombre encantador y meticuloso que vivió más de noventa años, se había quedado sordo de joven, lo que no le impidió comunicarse con una habilidad admirable. Contemplativo y algo ausente, sin duda debido a su discapacidad, tenía no obstante mucho mundo a sus espaldas. Había vivido una temporada, compartiendo piso con Modigliani, en París, ciudad en la que trabó amistad con otros importantes artistas europeos…”[13]

 

La crítica cuenta también que Mérida nunca perdió su amor por la música, y que le gustaba mucho el jazzista Duke Ellington. Cuenta que Mérida pegaba el oído al radio para sentir las vibraciones y así poder seguir el ritmo de la música. Alguna vez comenta, asistió al consultorio de un especialista que le habló de una operación para corregir su sordera, pero que Mérida, tras pensarlo largamente declinó, “…decidió no someterse a la operación: la sordera protegía su intimidad y le permitía vivir en un mundo onírico e idealizado. Veía su anomalía como algo positivo, que aceptaba de buen grado.”[14]

De sus estancias de verano en San Miguel Allende, cuenta Kuh que impartían clases en la escuela artistas de la talla de Rufino Tamayo, y cómo no, de Carlos Mérida, pero que de cualquier modo pasaban más tiempo en las cantinas que en las aulas de clase. Como se puede observar, esa escuela de verano era igual que las escuelas de español que pululan entre buganvilias en la ciudad de Antigua Guatemala hoy en día, e igual que en esos lejanos años, lo que menos se hace en ellas es impartir clases.

Kuh cuenta que de Mérida aprendió muchísimo de México, y que durante sus estadías, dice ella muy educadamente, muy discreta, que el artista guatemalteco fue su cicerone o guía de la vida cotidiana mexicana. Relata: “Una mañana en que estábamos sentados en la plaza de la ciudad, pasó lentamente por delante de nosotros un carromato tirado por un caballo. Transportaba el cadáver de un niño indio que había sido sorprendido al parecer robando un pollo. Carlos me explicó: ‘En tu país, la muerte es accidental. En el mío, es incidental’…”[15]

No cuenta mucho más del artista guatemalteco, pero sirven estas líneas para terminar de dibujar una biografía más completa del creador, que se nos antoja así de pronto, algo más humano, más vulnerable que sus inmensas obras.



[1] Estas ideas las hemos discutido ampliamente con mi amigo y compañero de aventuras intelectuales, Rodolfo Sazo, quien además ha encontrado detalles muy interesantes de la obra artística que legó el período del general Reyna Barrios y que ojalá pueda publicar para goce de todos los guatemaltecos interesados en el tema.

[2] El parque se proyectó en los terrenos de la finca La Aurora, expropiada al ex presidente Manuel Lisandro Barillas, ya sabemos que en política, no queda títere con cabeza.

[3] Monsanto, Guillermo. El universo de Carlos Mérida. Catálogo de la Exposición dedicada a Carlos Mérida por la Fundación Paiz para la educación y la cultura. Guatemala: s/f. Página 15.

[4] El ambicioso proyecto de la Exposición Centroamericana fracasó estrepitosamente, dejando al país con una deuda que ascendía al millón de dólares en el peor momento: los precios del café se derrumban con la intromisión de Brasil en el mercado y el país se sume en una aguda crisis económica. Al respecto, la doctora Regina Wagner escribió un interesante ensayo.

[5] Monsanto, Op. Cit. Página 16.

[6] Luján Muñoz, Luis. Carlos Mérida, Rafael Yela Gunther, Carlos Valenti, Sabartés y la Plástica Contemporánea de Guatemala. Separata de la Revista Anales de la Academia de Geografía e Historia de Guatemala, tomo LVI, Enero-diciembre de 1982. Página 268.

[7] Valenti, Walda. Carlos Valenti. Aproximación a una biografía. Talleres gráficos Serviprensa. Guatemala: 1983. Página 37.

[8] Halfon, Eduardo. Esto no es una pipa, Saturno. Editorial Santillana, Guatemala: 2003. Página 17.

[9] Monsanto. Op. Cit. Página 17.

[10] Ibid. Página 18.

[11] Monsanto, Op. Cit. Página 18.

[12] Kuh, Katharine. Mi historia de amor con el arte moderno. Secretos de una vida entre artistas. Editado y completado por Avis Berman. Fondo de Cultura Económica. México: 2010. Página 22.

[13] Kuh, Op. Cit. Página 36.

[14] Ibid. Página 36.

[15] Ibid. Página 40.


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