Biblioteca de historia

La Segunda Guerra Mundial. Tomo I. Winston S. Churchill

Rodrigo Fernández Ordóñez

 

Winston Churchill es, desde mi más remota memoria, uno de mis héroes personales; desde que en los dibujos animados de aquella franja infantil de la tarde que acompañó mi estudios primarios, se le hacía continua referencia, con su infaltable habano entre los dientes. Así, cuando me ofrecieron participar en la Cátedra Salvador Aguado, que este semestre estará dedicada a los grandes líderes políticos del siglo XX, la elección del personaje para mi intervención fue de lo más sencilla. Como parte de los preparativos de esa cátedra, me he sumergido en la placentera tarea de leer las 1,600 páginas de las memorias de Churchill dedicadas a la Segunda Guerra Mundial, publicadas en español en 2008 por La esfera de los libros. Y es que hay que recordar, para valorar cada línea de sus voluminosos recuerdos, que siempre gobernó rindiendo cuentas al Parlamento y su gobierno tuvo que integrarse incluso con los miembros de la oposición. Por esto y por la valiosa información de primera mano que nos da su pluma, para esta semana recomendamos su lectura. Sea este mi homenaje personal a esa personalidad que pese a las duras experiencias que le tocó vivir, nunca dudó que su país podría ganar la guerra contra el totalitarismo. El autor recibió el Premio Nobel de Literatura en 1953, así que no es necesario recomendar el libro, pero se goza tanto su lectura que no he podido dejar de redundar en las virtudes de su escritura.

 

Sir Winston Churchill

Sir Winston Churchill

 

I

El libro

 Una vez terminada la guerra, y con Winston Churchill en el retiro de su casita de campo en Chartwell, Kent, en donde para matar el tiempo hacía trabajos de jardinero, e incluso de albañil, un amigo de visita le preguntó qué juicio creía que le haría la historia. Churchill le replicó rápidamente: “Amigo, yo no voy a esperar el juicio de la historia, yo voy a escribir la historia.” Así, durante semanas, tuvo a su disposición cuatro secretarios, a los que les iba dictando sus recuerdos hasta dejarlos extenuados. El resultado fueron cientos de páginas sobre la contienda, que en la edición española que tengo sobre mi escritorio, está reunida en dos gruesos tomos de 800 páginas. En la presentación que hace del libro el historiador Pedro J. Ramírez, apunta que la versión traducida está recortada, dejando de lado todos los aspectos de política doméstica que pudiera ser ajena al lector no británico.

Mientras avanzaba por sus páginas, que como cualquier escrito autobiográfico tiene sus picos y sus valles de emoción, estuve tratando de encontrar otro momento comparable al decisivo duelo que sostuvo la democracia frente a las dictaduras totalitarias del fascismo, nazismo y nacionalismo japonés y creo que tan sólo la batalla de Maratón tiene semejanza con este enfrentamiento. Los atenienses derrotaron a los persas en la batalla, garantizando que el régimen ateniense sobreviviera y prosperara, dejándonos como herencia su recuerdo. Inglaterra, en ese penoso tiempo en que luchó sola en contra de los Nazis y los italianos, también estuvo sola, aguantando de forma heroica la violencia de los ataques. El libro II del primer tomo es a mi gusto el más hermoso del libro, pues narra precisamente el momento en que el hombre común y corriente se enfrenta a los engranajes implacables de la historia, y pese a tener todo en contra, resulta victorioso. Esta parte es el momento álgido de la narración.

El primer libro en cambio, es una lenta y minuciosa revisión de todos los errores de política exterior que las potencias triunfantes de la Primera Guerra Mundial fueron acumulando frente a la agresividad de la Alemania surgida de la derrota. El solo título del primer capítulo es evidente de su ánimo: “Las locuras de los vencedores (1919-1929)”. Allí recoge el comentario doloroso del Mariscal Foch frente al Tratado de Versalles, que con el tiempo sería una profecía: “Esto no es una paz sino un armisticio para veinte años”. El capítulo es un ejercicio necesario para comprender cuantas veces se estuvo tan cerca de evitar una segunda guerra, pero tantas veces se cometieron equivocaciones que por evitarla, resultó inevitablemente, desembocando en ella. Sobre este período apunta Churchill: “… la debilidad de los virtuosos contribuyó al fortalecimiento de los malvados…” Es sumamente crítico con Neville Chamberlain, el Primer Ministro que entregó a Checoslovaquia a los nazis para apaciguarlos en 1938, aunque luego reconozca el valioso estoicismo con que Chamberlain aceptó sus errores y cómo se entregó de lleno a la tarea de la victoria. Su juicio sobre el penoso desempeño de Inglaterra ante la Sociedad de las Naciones durante las crisis de entreguerras es, sin embargo, benévolo: “Que el gobierno británico no tuviera el valor de ponerse a la altura de las circunstancias sólo se puede justificar por su sincero deseo de paz, que en realidad acabó conduciéndonos hacia una guerra muchísimo más terrible.”

En tiempos tan lejanos a la guerra como 1936, ante el Parlamento Churchill vociferaba desde su asiento de los Comunes:

“El gobierno simplemente no se decide, o no consigue que el primer ministro se decida, y por eso entran en una extraña paradoja, decididos tan sólo a ser indecisos, resueltos a ser irresolutos, inexorables en su evolución, firmes en su fluidez, todopoderosos para ser impotentes. De modo que seguimos preparándonos, durante más meses y años, preciosos, quizás vitales para la grandeza de Gran Bretaña, para que nos devore la langosta.”

 

Pero no todo el tono de la obra es tan lapidario, por ejemplo acerca de Hitler, cuando hace el recuento del ascenso del dictador hasta el poder absoluto comenta, sin dejar de lado un tono socarrón: “…Así perdió Hitler su única oportunidad de conocerme. Más adelante, cuando llegó a ser todopoderoso, recibí varias invitaciones suyas; pero entonces habían ocurrido muchas cosas y me excusé…”

También la obra goza de un buen hilo narrativo, que nos lleva sin desordenar su narración del pasado al presente de la guerra, del escenario más global a la anécdota personal, permitiéndonos acercarnos incluso a los más altos niveles de la política mundial en esta época de crisis, logrando imponerle un ritmo cadencioso a la lectura a medida que nos aleja o nos acerca el objetivo. Por ejemplo, narra una reunión que tuvo en 1937 con Von Ribentrop, embajador del Reich ante Gran Bretaña, en el salón de reuniones del recinto diplomático, en la que el diplomático nazi le expuso la imperiosa necesidad de Alemania de asegurarse en Lebensraum (espacio vital) para su creciente población que ya alcanzaba en esas fechas los 70 millones de habitantes, a costa de absorber las planicies del este europeo (Polonia, Bielorrusia y Ucrania). Churchill lo escuchó y se limitó a comentar que Inglaterra no estaría de acuerdo con dar carta blanca a Alemania en esa expansión: “…En realidad, estábamos de pie delante del mapa cuando se lo dije. Ribbentrop se alejó bruscamente y dijo: ‘En ese caso, la guerra es inevitable. No hay alternativa. El führer está decidido. Nada lo detendrá a él, ni nada nos detendrá a nosotros.’ Volvimos a sentarnos…” Pero pese a la civilizada conversación, Churchill lanzó una amenaza contundente, que sorprende por el profundo conocimiento del entonces parlamentario del carácter nacional inglés:

“Cuando habla de guerra, y sin duda se refiere a una guerra generalizada, no debe subestimar a Inglaterra, que es un país curioso, y pocos extranjeros la comprenden. No la juzgue por la actitud del gobierno actual. Cuando le presentan al pueblo una buena causa, este gobierno y los británicos son capaces de realizar todo tipo de actos inesperados (…) No subestime a Inglaterra, que es muy lista. Si nos hace entrar a todos en otra gran guerra pondrá a todo el mundo en su contra, como la última vez…”

Pero no todo el tono de la obra es lapidario. En muchos pasajes suaves pasa revista del carácter y virtudes de sus amigos, entre los que destaca a Anthony Eden, a quien llevaría al Gabinete y le acompañaría toda la guerra o a un anciano David Lloyd George, quien fuera Primer Ministro y se volviera una figura tutelar y constante referencia política de Churchill, posiblemente llenando el espacio que vacío dejara el carácter distante de su padre. Cuenta también, con delicioso detalle, las minucias del manejo de los ministerios del gobierno británico, tan distinto a nuestro modelo republicano presidencialista. Pero si se goza en el detalle minucioso para enriquecer su narración, también es contundente en las críticas a sus contemporáneos, como por ejemplo, a Neville Chamberlain, cuando rechaza la oferta de Estados Unidos para mediar en la crisis que desembocó en el vergonzoso acuerdo de Munich y la patética declaración de “Paz para nuestro tiempo”. Apunta Churchill: “Es increíble la falta de todo sentido de la proporción, e incluso de instinto de supervivencia, que revela este episodio por parte de un hombre recto, competente y bienintencionado, que tenía a su cargo los destinos de nuestro país y de todos los que dependían de él…”.

 Churchill2

 

También hay espacio en el libro para los confesiones, como cuando cuenta la noche de crisis dentro del gobierno británico que resultó con la renuncia de Eden y su salida de la cartera de Relaciones Exteriores, ante el atropello de Chamberlain de negociar la paz con Hitler sin siquiera informar a su canciller.

“La noche del veinte de febrero, bastante tarde, estaba sentado en mi antigua habitación de Chartwell (…) cuando recibí una llamada telefónica informándome de la dimisión de Eden. Debo confesar que se me cayó el alma a los pies y que, durante un buen rato, me abrumaron las oscuras aguas de la desesperación. He tenido muchos altibajos en mi larga vida. Durante toda la guerra que estaba a punto de comenzar y en sus momentos más sombríos nunca tuve problemas para dormirme. Durante la crisis de 1940, cuando tenía tanta responsabilidad sobre los hombros, y también en muchos momentos delicados y de preocupación de los cinco años siguientes, siempre me podía desplomar sobre la cama y echarme a dormir después de acabar el trabajo del día (…) Peo esa noche del veinte de febrero de 1938, y sólo en esta ocasión, no me pude dormir. Desde la medianoche hasta la madrugada di vueltas en la cama, consumido por la sensación de dolor y temor. Parecía una figura joven y fuerte resistiéndose a las corrientes que querían obligarlo a dejarse llevar y a rendirse, a tomar medidas equivocadas y a seguir débiles impulsos…”

 

Por su tono inmediato e íntimo, también resalta éste fragmento, cuando se anuncia que las divisiones blindadas de Hitler habían ocupado Praga:

“…Recuerdo que estaba sentado con Eden en el salón de fumar de la cámara de los Comunes cuando llegaron las ediciones de los periódicos vespertinos que registraban estos acontecimientos. Incluso aquellos que, como nosotros, no se hacían ninguna ilusión y así lo habían manifestado de todo corazón, se sorprendieron ante la violencia de una atrocidad así…”

En la fotografía la flota británica destruye a la francesa que se había refugiado en Orán, tras la rendición. Los recuerdos de Churchill alcanzan tonos dramáticos cuando ordena el bombardeo de hombres que hasta hacía poco tiempo, eran sus aliados en la guerra.

En la fotografía la flota británica destruye a la francesa que se había refugiado en Orán, tras la rendición. Los recuerdos de Churchill alcanzan tonos dramáticos cuando ordena el bombardeo de hombres que hasta hacía poco tiempo, eran sus aliados en la guerra.

Es interesante que el libro de Churchill no rehúye hablar de temas controvertidos, como cuando aborda el bombardeo de la flota francesa anclada en Mers-el-Kebir, a la que toma en completa sorpresa y hunde los mejores barcos, que corrían el riesgo de ser entregados a los alemanes y ser usados en contra de Inglaterra. Con tono serio, sin ápice de duda, justifica su difícil decisión:

“La eliminación de la Armada francesa como factor importante casi de un solo golpe, mediante una acción violenta, produjo una impresión profunda en todos los países. Aquí estaba Gran Bretaña, que para muchos estaba arruinada, y que los extraños suponían temblando y a punto de rendirse ante la potencia que le hacía frente, golpeando sin piedad a sus mejores amigos de antaño y asegurándose durante un tiempo el dominio indiscutible de los mares. Quedó claro que el gabinete de Guerra británico no le temía a nada y que no se detendría ante nada, lo cual era cierto…”.

 

Resulta curioso que frente a los acontecimientos más importantes de Churchill como figura pública, este toma cierta distancia, como si quisiera verlos a través de ojos de un tercero y no en primera persona. Así, resulta algo frío su relato de cuando es llamado por el rey para formar gobierno, ante la renuncia de Chamberlain. De esa memorable sesión, cuando Lloyd George le exige el máximo sacrificio al Primer Ministro, en un ambiente de gran tensión, escribe Churchill: “De modo que esa tarde me dijeron que era posible que me llamaran para tomar el mando. La perspectiva ni me entusiasmó ni me alarmó. Me pareció que sería el mejor plan, con gran diferencia”, es casi un bluff, un efectismo, que extiende incluso a su entrevista con el rey: “…Me condujeron en seguida ante el rey. Su Majestad me recibió con amabilidad y me pidió que tomara asiento. Me observó inquisitiva y socarronamente durante unos momentos y me dijo: ‘Supongo que no sabe para qué lo he hecho venir.’ Siguiéndole el juego le respondí: ‘Señor, no acierto a imaginarlo.’ Riendo, me dijo: ‘Quiero pedirle que forme gobierno.’ Le dije que así lo haría, sin duda.”

Termino esta reseña con el relato del primer día de guerra, de esta magnífica obra que nos transporta en el espacio y en el tiempo, y nos pone al lado de esta personalidad de hierro, de cara mofletuda y mirada bonachona, que gustaba despachar los asuntos urgentes desde su cama, y se desayunaba con un vaso de whisky, en momentos duros como la batalla de Inglaterra o el dramático momento en que ordena el bombardeo de la flota francesa anclada en Mers-el-Kebir. No se diga más, y doy la palabra al genio político del siglo XX:

“…En su comunicado, el primer ministro nos informó de que ya estábamos en guerra, y en cuanto acabó de hablar nos destrozó los tímpanos un ruido extraño, prolongado y lastimero que después llegaría a ser familiar. Mi mujer entró en la habitación, animada por la crisis, haciendo comentarios favorables sobre la prontitud y la precisión de los alemanes, y subimos a la terraza para ver lo que ocurría. A nuestro alrededor, por todos lados, bajo la luz fresca y despejada de septiembre, se alzaban los tejados y los pináculos de Londres por encima de los que ya subían lentamente treinta o cuarenta globos cilíndricos. Concedimos una buena puntuación al gobierno por esta señal evidente de preparación y, como estaba a punto de acabar el cuarto de hora de preaviso que suponíamos que cabía esperar, nos dirigimos al refugio que nos habían asignado, provistos de una botella de brandy y de otros consuelos médicos adecuados…”

  

Churchill4Un ciudadano británico colabora con las tareas de la guerra. Vigila el cielo en busca de aviones enemigos que se dispongan bombardear a la ciudad de Londres. Apunta Churchill: “Aunque el radar todavía estaba en pañales, advertía cuando se aproximaba un ataque a nuestras costas; entonces los vigilantes, con prismáticos y teléfonos portátiles, eran nuestra principal fuente de información sobre los atacantes que sobrevolaban nuestro territorio…”.

 

-II-

Los discursos

 De forma inevitable y más bien afortunada, Churchill recoge algunos fragmentos de sus discursos ante el Parlamento o de los comunicados hechos al pueblo inglés por la radio. Para rendir completo homenaje a este héroe de lejanos días, esta segunda parte combina imagen y palabra, aprovechando la habilidad que con las letras hizo de Churchill, uno de los mejores comunicadores de todos los tiempos.

 

Churchill5El lunes 13 de mayo de 1940, Churchill se presenta ante el Parlamento con el gabinete de coalición. “…No tengo nada que ofrecer, excepto sangre, sudor, lágrimas y fatiga (…) Me preguntan: ‘¿Cuál es nuestra política?’ Y yo les digo: Combatir por mar, por tierra, por aire, con toda nuestra voluntad y con toda la fuerza que nos dé Dios; combatir contra una tiranía monstruosa, jamás superada en el catálogo oscuro y lamentable de crímenes humanos. Ésa es nuestra política. Me preguntan: ‘¿Cuál es nuestro objetivo?’ Puedo responder con dos palabras: La victoria, la victoria a toda costa, la victoria a pesar del terror; la victoria, por largo y difícil que sea el camino; porque sin la victoria no hay supervivencia…”.

 

Churchill6El 28 de mayo de 1940, Churchill debe informar al Parlamento el resultado de la batalla de Francia, en la que los tanques alemanes resultaron imparables. En esa ocasión dijo el Primer Ministro: “…la Cámara debería prepararse para recibir malas noticias. Lo único que puedo agregar es que nada de lo que suceda en esta batalla puede exonerarnos en modo alguno de nuestra obligación de defender la causa mundial con la que nos hemos comprometido; ni tampoco debería destruir la confianza en nuestra capacidad para salir adelante, como hemos hecho en otras ocasiones de nuestra historia, superando desastres y tristezas, hasta derrotar a nuestros enemigos…”.

 
Churchill7Dramática fotografía de la evacuación de la Fuerza Expedicionaria Británica de Francia, en las playas de Dunkerque. La operación terminó el 4 de junio de 1940 a las 14.23, con un total de 338,000 soldados británicos y aliados rescatados. Ese mismo día ante el Parlamento, Churchill informó: “…Hemos de procurar no tratar este rescate como si fuera una victoria. Las guerras no se ganan con evacuaciones. Pero sí que hubo una victoria dentro de este rescate, y es algo que hay que destacar: la obtuvo la Fuerza Aérea. Es posible que muchos de nuestros soldados al regresar no hayan visto la actuación de la Fuerza Aérea; sólo vieron los bombarderos que burlaron su ataque protector y subestiman sus logros. Lo he oído muchas veces y por eso me desvío del asunto para decir esto, pero quiero hablarles de ello…”

 

Churchill8Ese mismo 4 de junio de 1940, ante el Parlamento pronunciaba Churchill una de sus frases más memorables: “…Por más que grandes extensiones de Europa y muchos Estados antiguos y famosos hayan caído o puedan caer en poder de la Gestapo y de todo el espantoso aparato del régimen nazi, no vamos a flaquear ni a fracasar sino que seguiremos hasta el final. Combatiremos en Francia, combatiremos en los mares y los océanos, combatiremos cada vez con mayor confianza y fuerza en el aire; defenderemos nuestra isla a cualquier precio. Combatiremos en las playas, en los lugares de desembarco, en los campos y en las calles; combatiremos en las montañas; no nos rendiremos jamás…” (En la fotografía, fechada el 24 de octubre de 1942, soldados británicos en Libia preparan un cañón de seis libras.)

 

Churchill9Churchill inspeccionando los daños causados por el bombardeo alemán sobre Londres, en lo que ha venido a llamarse la “Batalla de Inglaterra”. Ante el Parlamento, días antes decía: “…Lo que el general Weygand llamaba la batalla de Francia ha acabado. Supongo que está a punto de comenzar la batalla de Gran Bretaña, de la que depende la supervivencia de la civilización cristiana. De ella depende nuestra propia vida como británicos y la continuidad de nuestras instituciones y de nuestro imperio. Toda la furia y el poder del enemigo se volverán muy pronto contra nosotros. Hitler sabe que tendrá que derrotarnos en esta isla o perder la guerra. Si podemos ponernos a su altura, toda Europa puede ser libre y la vida del mundo puede avanzar hacia amplios terrenos bañados por el sol. En cambio, si fallamos, todo el mundo, también Estados Unidos, incluido todo lo que hemos conocido y apreciado, se hundirá en el abismo de una nueva edad oscura, que parece más siniestra y tal vez más prolongada bajo las luces de la ciencia pervertida. Por tanto, preparémonos para cumplir nuestras obligaciones y tengamos en cuenta que, si el imperio británico y su Comunidad de naciones duran mil años, los hombres dirán que ‘éste fue su mejor momento’…”.

 

Churchill10Escribe Churchill en su recuento del año 1940: “…Pero no hubo nada peor que 1940. A finales de ese año, esta isla pequeña y antigua, con su comunidad de Naciones, sus dominios y sus añadidos bajo todos los cielos, demostró ser capaz de soportar todo el impacto y el peso del destino mundial. Sin rechistar ni titubear, y sin fallar. El espíritu del pueblo y de la raza británica demostró ser invencible. El baluarte de la Commonwealth y el imperio no pudo ser tomado por asalto. Solos, aunque con el apoyo de todos los latidos generosos de la humanidad, desafiamos al tirano en el momento culminante de su triunfo…” (En la fotografía de fecha 23 de octubre de 1943, tropas canadienses en avanzan en Campiocharo, Italia.)


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