Si no me levanto no es por mala educación. O un paseo por donde descansan los restos de Enrique Gómez Carrillo

Rodrigo Fernández Ordóñez

“(…) así habrá de encontrarnos la muerte algún día, dudando entre los aromas conocidos del hogar y la insospechada fragancia del jardín vecino.”

 Tatiana Escobar, Sin domicilio fijo.

 

Alguien dijo que hay que tener cuidado con lo que se desea, porque puede volverse realidad. Pues Gómez Carrillo debió pensarse dos veces antes de decir, agonizante, “Laissez moi tranquil…” (lo que en buen cristiano significa “dejadme tranquilo”), porque hasta la historia decidió dejarlo en paz y hoy por hoy, ya casi nadie lo recuerda.

Pero una de las muestras de que fue un personaje importante y conocido en su época, pese al olvido actual, es que sus restos descansen en el cementerio parisino de Pére-Lachaise, camposanto muy conocido por albergar a un sinnúmero de famosos en su sueño eterno, tan dispares como Jim Morrison u Honorato de Balzac, pasando por Fernando de Lesseps[1].

Como todo cementerio debe visitarse en verano o primavera, y evitarlo a toda costa en los grises meses de otoño e invierno si no se quiere sufrir de un ataque de depresión aguda. Con buen tiempo, la luz del sol se desliza suavemente entre las verdes hojas de los castaños y acacias que bordean sus callejuelas empedradas y sus amontonadas tumbas lucen menos tristes por las coloridas flores frescas recién colocadas, por el césped verde, por los millares de pájaros que deambulan torpemente sobre las losas y por los 2 millones de visitantes que dicho cementerio recibe anualmente.

Haga de cuenta que es una pequeña ciudad, con callejuelas empedradas, con monumentos suntuosos, capillas, jardines, con barrenderos y guías turísticos. Uno no se creería que esté en una morada de los muertos a no ser por las esculturas dolientes que de cuando en cuando emergen entre las lápidas.

Porque el Pére-Lachaise es también uno de los mayores parques de la ciudad, con 5,300 árboles (¿quién carajos se habrá puesto a contarlos? alguien en París no tiene nada que hacer) y una extensión total de 43 hectáreas[2].

Una descripción de hace más de cien años nos puede ayudar a ponerlo en perspectiva. La tomo de Un viaje al otro mundo pasando por otras partes[3], del escritor y periodista guatemalteco José Milla y Vidaurre, a quien se le debe, indirectamente, que Gómez Carrillo haya huido a Europa y muerto allá: 

“…como un paseo puede considerarse aquel sitio, que no presenta el aspecto triste y severo que correspondería a su destino (…) Es muy espacioso; tiene magníficas alamedas de acacias, tilos y castaños; hay monumentos soberbios y a cada paso encuentra uno, leyendo las inscripciones de las tumbas, nombres que han llenado el mundo con su fama…”

En su origen la colina del Champ ‘Evêque estaba ocupada por la residencia de un rico comerciante quien construyó su humilde morada allá por 1430. Luego dicho lugar fue adquirido por los jesuitas en el siglo XVII, construyendo en el lugar un hospicio para los miembros de su orden. El autor de dicha transformación fue el padre François d’Aix de la Chaise (1624-1709), hombre que además de longevo, fue confesor del rey Luis XIV de Francia y quien edificó en el lugar una especie de palacio, rodeado de jardines y que llegó a conocerse como Monte de San Luis luego que el rey se dignara a visitar en 1652 a sus súbditos jesuitas en tan indigno lugar.

Los buenos padres jesuitas fueron despojados de la propiedad en 1763 cuando la orden fue expulsada de Francia. La propiedad fue adquirida por James Baron en 1771 a quien le duró muy poco el gusto de su compra, pues durante la revolución francesa, en uno de esos tumultos violentos que la conformaron, fue destruido el edificio que coronaba el solar y años después, por orden imperial, el terreno (de unas 17 hectáreas) pasó a ser propiedad de la Villa de París.

En esta época iniciaban los intentos para reformar y sanear la ciudad, siendo una de las primeras labores sacar los cementerios del interior de las ciudades, trasladándolos a las afueras o extrarradio, como dicen los entendidos. En esa época, París era una ciudad inmensa, estrecha, superpoblada y sucia, siempre al borde de algún brote de peste o de cualquier otra enfermedad, que debido al hacinamiento podía escalar rápidamente en epidemia. Así, por razones políticas y de salud los cementerios, que tradicionalmente pertenecían al clero y que estaban ubicados a los costados de las iglesias en el centro de la ciudad, fueron secularizados y expulsados extramuros.

El traslado de los restos se realizó durante las noches de invierno en un período de dos años, de 1785 a 1787 y fueron colocados en osarios en las catacumbas de la ciudad, que hasta ese momento habían sido refugio de la crême de la crême de la delincuencia y los vagabundos. 

De la atmósfera viciada del París de esa época el novelista alemán, Patrik Süskind nos cuenta en su inolvidable El Perfume[4]:

 “…Durante ochocientos años se había llevado allí a los muertos del hospital Hotel-Dieu y de las parroquias vecinas; durante ochocientos años, carretas con docenas de cadáveres habían vaciado su carga día tras día en largas fosas y durante ochocientos años se habían ido acumulando los huesos en osarios y sepulturas. Hasta que llegó un día, en vísperas de la Revolución francesa, cuando algunas fosas rebosantes de cadáveres se hundieron y el olor pútrido del atestado cementerio incitó a los habitantes no sólo a protestar, sino a organizar verdaderos tumultos, en que fue por fin cerrado y abandonado después de amontonar los millones de esqueletos y calaveras en las catacumbas de Montmartre…”

El traslado no se hizo de noche obedeciendo motivos místicos ni por alguna oscura conspiración de los illuminati o de los masones, sino porque las autoridades temían que las “miasmas” que emanaban de los cuerpos al podrirse desencadenaran una peste. Imagino que los traslados nocturnos habrán caído de perlas al negocio de los “resucitadores”, que en tiempos normales se veían obligados a desenterrar cadáveres por las noches para venderlos a los estudiantes de medicina de entonces, y que para esa época sólo habrán tenido que untar un poco la mano de los trabajadores municipales encargados de tan desagradable oficio para obtener sus cuerpos.

(Es necesario incluir un comentario que tal vez no tenga nada que ver con nuestro cronista ni con el Pére Lachaise, pero es de pura cultura general. Sucede que existía en París, un lugar llamado Montfaucon, al norte de la capital francesa, en donde en época de Felipe Augusto se estableció el patíbulo real, es decir el lugar en donde se ejecutaba a los delincuentes. ¡Ah! Y también servía de basurero. Colgaron a miles en el lugar y a veces, cuando el verdugo tenía demasiado trabajo se dejaban colgados los cadáveres de los delincuentes en los árboles hasta que se podrían y sus huesos se desprendían, o bien cuando el ambiente laboral se relajaba se tiraban los cuerpos a una zanja y se les cubría de basura, excrementos y demás delicadas materias. Esto se hacía de esta forma debido a la costumbre cristiana (que no me parece tan cristiana, dicho sea de paso) de negarle sepultura a los criminales en “tierra consagrada”. Aunque las ejecuciones se suspendieron en el lugar a finales del siglo XVIII, la costumbre que es la reina de los actos humanos, hizo que se siguiera usando el lugar para tiradero de cadáveres y desechos. Ahora sí, el cuadro está completo para que se imaginen el aroma que debió haber impregnado en la ciudad en un día de calor y las razones de la revolución sanitaria del Primer Imperio.)

Pues por estas razones sanitarias las autoridades dispusieron nuevos cementerios en las afueras de la ciudad, así: al norte, el cementerio de Montmartre; al este el cementerio del Pére-Lachaise y al sur el cementerio de Montparnasse, y como ya no estaban bajo autoridad eclesial, se podía enterrar allí a quien la autoridad quisiera. Así pudo suprimirse al fin el tiradero de Montfaucon.

Por cierto que cementerio, vale la pena saberlo, se deriva de la palabra griega “koimetérion” que en español significa dormitorio, y que engloba en sí mismo el concepto cristiano de que los muertos solo están durmiendo, en espera del juicio final en que Dios ha de bajar a la tierra y ha de establecer quién se va con él y quien baja a los ardientes aposentos de su contrincante.

Dejando a un lado la doctrina de la Iglesia Católica, la concepción del cementerio Pére Lachaise, fue confiada al arquitecto Alexandre Théodore Brongniart en 1803, quien se desempeñaba como “inspector general de la jefatura de la segunda sección de los trabajos públicos del departamento del Sena y de la Villa de París”. Como es usual, los nombres más largos de los puestos burocráticos son los que coinciden con la menor jerarquía en el escalafón, pues, imagino que a Míster Brongniart no le habrá parecido un gran proyecto el cementerio, sobre todo si lo comparamos con las titánicas tareas realizadas décadas después por su colega el barón Georges-Eugéne Haussmann por órdenes de otro Napoleón (Napoleón III sobrino de Napoleón Bonaparte) quien transformaría por entero a París, haciéndola pasar, en tan solo dos décadas, de una ciudad medieval a la ciudad más moderna del mundo de su tiempo[5].

Pero como trabajo es trabajo, Brongniart no le hizo el feo al proyecto y trazó los principales ejes del cementerio y monumentos funerarios, de los cuales no todos se realizaron, y ya para 1804, exactamente un 21 de mayo, recibía a su primera moradora, una pequeñita de cinco años.

El cementerio fue destinado para acoger a los muertos que en vida habitaran los distritos 5, 7 y 8 de la ciudad. Al principio no tuvo mayor acogida dentro de la población, que estaba acostumbrada a ser enterrada (como si importara) dentro de las murallas de la ciudad, hasta que un genio de los negocios (negocios oscuros en este caso, o más bien negocios funestos, digamos) llamado Nicolás Frochot quien fungía como promotor inmobiliario, convenció a las autoridades que para popularizar el camposanto era necesario trasladar a sus dominios los restos de famosos ilustres. Con la intención de hacerlo más “chic”, las autoridades, imagino que con regalos de por medio (si se quieren considerar verdaderos latinos) accedieron al fin a trasladar los cuerpos o el polvo, de nada más y nada menos que de Mòliere (el dramaturgo), La Fontaine (el fabulista) y Abelardo y Eloísa (aclaro que no es el pájaro amarillo de Plaza Sésamo y su desconocida novia, sino el teólogo medieval y su filósofa amante). Por supuesto que la triquiñuela tuvo el resultado esperado, y todo snob que se aprecie se hace enterrar allí desde entonces si es que consigue el dinero para comprarse un rinconcito entre los 300,000 que apretados le antecedieron, entre los cuales hay que contar al mismísimo James Baron, el de la compra fugaz, quien fue enterrado allí en 1822, quizá para que nunca más lo volvieran a sacar de su propiedad.

Retomo el relato de José Milla quien nos describe una de las tumbas (la de Abelardo y Eloísa): 

“… deteniéndome a contemplar aquella tumba, medio deteriorada a influjo del tiempo y sobre la cual había unas coronas de siemprevivas y de inmortales-; allí tienes unos de los sepulcros más interesantes de este cementerio. Allí descansan los restos de un hombre y de una mujer a quienes ha inmortalizado el amor. El fue un teólogo eminente, rival de San Bernardo, y ella una filósofa, más notable todavía por el talento que por la belleza (era fea, pues), por confesión de su propio amante, que vino a ser después su esposo secreto…” (¿Es necesario que aclare que el comentario inserto es mío y no de Milla?). 

Bueno, regresando a lo que nos ocupa, el príncipe de los cronistas, el admirado y olvidado Enrique Gómez Carrillo se encuentra enterrado en este lugar dedicado a la gloria de los grandes.

Hace años hubo intentos por regresarlo a su tierra, porque, según algunos, él siempre quiso regresar a su Guatemala, cosa que personalmente, pongo en duda, por mucho que aquejado por la nostalgia escribiera en una de sus cartas: 

“… ¡Hace tanto tiempo…! Me da miedo volver la vista hacia atrás y ver mis tiempos de Guatemala. Son, sin embargo, los más felices de mi vida. Pero por lo mismo, no me gusta evocarlos ahora que ya tengo el pelo gris. Hay veces que siento ganas de ir a Guatemala, a pasar algún tiempo. Si no fuera tan lejos… Pero tal vez un día, antes de morirme. Dios dirá…”[6] 

Lo que nos interesa resaltar del anterior comentario es que nuestro admirado escritor dice que quiere ir a Guatemala antes de morirse y no que desea morir allí, como decían quienes querían traerlo. Además en una ocasión, sabedor del rechazo que suscitaba en su misma patria le dijo alguna vez a su amigo Maeterlinck: “Sólo iría para que me insulten”. Las dudas y resultado final de que nunca más volviera a Guatemala parecen deberse a que conocía el adagio del Libro de los Días que dice: “A los sitios de tus viejas alegrías, no debieras nunca regresar”, y a su plena conciencia del rechazo que causaba en sus paisanos aquel apoyo que el cronista le prestara durante tanto tiempo al oscuro dictador Manuel Estrada Cabrera, que le cobraba caros sus nombramientos, relación que hemos ya comentado en otro sitio.

Al parecer al premio Nobel belga, Maeterlinck, Guatemala le llamaba mucho la atención, tanto que en un arranque de romance, impresionado por las descripciones que de esta tierra tropical le hacía Gómez Carrillo, le dijo: “¡Vamos a morir allá!”, a lo que su amigo el cronista guatemalteco le contestó: “No es tierra para morir sino para vivir.”[7]

Además en una carta dirigida a su cuñada Loris, nos comenta Linda Jean Horwinski, Gómez Carrillo le había expresado su conflicto con la tierra natal en estos términos: 

“…era para mí un recuerdo delicioso el de aquel pueblo de mi infancia. Pero tuve, después de estar en París unos años, la ocurrencia de ir a pasar allá una semana, y estuve a punto de morirme de desilusión… Porque lo malo de estas ciudades francesas, tan alegres y tan suaves, en las que saboreo lo que aquí se llama la dulzura de vivir, es que después resulta cosa imposible volver a nuestros minúsculos pueblos fastidiosos y chismosos, en los que todo el mundo parece consagrado a meterse en vidas ajenas.”[8] 

Hemos comentado en alguna otra parte que desde su partida a Europa en 1891 Gómez Carrillo no regresó a Guatemala sino hasta 1895, para lo del naufragio del vapor Amérique y luego alrededor de 1900, y con un objetivo preciso: conseguir un trabajo a costillas del Estado guatemalteco. Ya para 1900, el tenebroso Manuel Estrada Cabrera estaba tejiendo sus hilos para sembrar el miedo y la desconfianza entre los guatemaltecos para perpetuarse en el poder. Sus larguísimos 22 años de dictadura dan cuenta de su éxito y de su profundo conocimiento del alma humana: las envidias, las rivalidades, los rencores entre sus amigos y enemigos permitirían una verdadera cascada de delaciones y falsas acusaciones que permitieron al Señor Presidente, manejar los hijos del país y saber lo que pasaba incluso entre las cuatro paredes de las casas de sus habitantes. Ese ambiente empezaba ya a germinar en la bucólica capital a la llegada de Carrillo. Comprensible su rechazo, rechazo que por otro lado no impediría que el mismo escritor apoyara la candidatura presidencial del dictador.

Pero es que Gómez Carrillo amaba con todas sus fuerzas la Ciudad Luz, y todo lo que esta representaba: el cosmopolitanismo y la tertulia de boulevard, el ajenjo, la bohemia y la alegría de vivir. Y ese amor, ese gozo, merecía cualquier sacrificio, incluso la eternindad. Desde allí, de su ciudad amada, le escribiría en una carta a su amigo Rubén Darío: “Hago una vida terrible: Me acuesto a las cinco de la madrugada; trabajo mucho; me excito eternamente; abuso del alcohol.”[9] Carrillo fue el mejor bon vivant de su época y de haber estado vivo para 1930, hubiera secundado a Josephine Baker, esa diosa negra, que cantaba en los cabarets de la capital francesa, ondulando su cuerpo como pantera:

 

“I have two loves-

My country and Paris

Paris forever

That´s my pretty dream…”

 

De momento, y ojalá así siga por muchos años, la dirección exacta de su eterno domicilio, hasta que las autoridades francesas o los chapines dispongan otra cosa es: División 89, línea 90, número 2-88. El cuadro 89, que es la cuadra en donde se ubica el sepulcro, está ubicado del lado nororiente del cementerio, entre las avenidas Aguado, Carette, Circulaire y Transversale número 3. Lo mejor será que pida un mapa del cementerio en una de las casetas de las puertas, que ubique el bloque 89, en donde está enterrado Oscar Wilde, rodee la imponente tumba de este, salude al olvidado Jean Moréas[10] que está exactamente atrás de Wilde, en una tumba pequeña, invadida por la maleza y en cuyo frente apenas se distingue el nombre de su dormido morador y siga en línea recta hasta casi el final del bloque. Es necesario que camine entre las tumbas, pues Carrillo está encerrado entre lápidas y mausoleos, sin salida libre a los árboles que bordean la calle. O bien puede buscar la esquina de la avenida Carette con Tranversal número 3, caminar hasta la esquina opuesta, bordeando el bloque 89 y si se interna unos pasos, encontrará a Carrillo que está a unos metros de la avenida Aguado, en la esquina opuesta al crematorio y columbario. Frente al bloque hay una hilera de árboles que en el día de verano que el que escribe esto lo visitó, lucían sus verdes hojas lustrosas luego de una suave llovizna.

Su tumba no es monumental: de una delgada lápida de unos dos metros de alto cuelga una mascarilla de bronce del escritor, fundida por el artista argentino Souza Briano[11] y bajo ella un epitafio mandado a grabar por su viuda Consuelo Suncín, en la piedra y que reza: “Toujours en éveil parmi tant de choses endormíes” (Siempre alerta en medio de tantas cosas adormecidas). Allí duerme desde ese lejano día de noviembre de 1927, luego que un derrame cerebral se lo llevara al otro mundo el 29 de ese mes, a las tres de la mañana, la hora de walpurgis, (lo que no pudieron hacer los 12 duelos en que se batió, ni los tres naufragios que sufrió, ni los cuatro años que reporteó en primera línea la I Guerra Mundial, lo hizo el mismo órgano que le dio de comer a sus bien gozados 54 años)[12]. La última estocada lo tocó, cómo no, sentado en una mesa del Café Napolitain, su favorito, en compañía de León Pacheco[13], Miguel Sánchez y Toño Salazar, (quien dejó entre otras, una simpática caricatura del escritor, con ojos serios y bigote enorme). De ese momento tristísimo nos comenta Salazar, en el libro Caricaturas Verbales lo siguiente: 

“…Cuando le dio el primer ataque, como a las seis de la tarde, estábamos en el café Napolitano, en el bulevar des Capucines. Este café está cambiado, si no es que ya ha desaparecido (…) Del Napolitano lo sacamos para llevarlo a la clínica de la rue Spontini, en el sector 16, donde lo visité al día siguiente, a las ocho de la mañana. Después de ese ataque, Carrillo envejeció de la noche a la mañana. Se le dificultaba hablar y casi no veía. Un día que me presenté de pronto en su habitación, no queriendo dar el brazo a torcer porque era muy hombre, al oírme entrar, tomó un periódico y simuló leer. Lo encontré leyendo, pero con el diario al revés…”

La versión que nos cuenta Alfonso Enrique Barrientos en su artículo La muerte de Gómez Carrillo, publicado en La Hora Dominical un lejano 18 de octubre de 1964, varía un poco de la que ofrece Salazar, pues relata que cuando el admirado periodista se derrumbó sobre la mesa todos creyeron que era una payasada más, una broma pesada para llamar la atención. Cuando vieron que la cosa iba en serio fue llevado de inmediato a su casa en la calle de la Castellana para ser atendido por un equipo médico dirigido por un tal Doctor Bralez. Pese a la diferencia de detalles, ambas versiones son verdaderas y es Edelberto Torres[14] quien aclara la aparente confusión de recuerdos: el primer ataque le sobrevino en casa de un amigo suyo de apellido Vetzel y el segundo ataque fue el acaecido en presencia de Salazar, en las mesas del Café Napolitaine. Según Torres para el primer ataque don Enrique se encontraba conversando con unos amigos cuando: 

“…se manifestaron las primeras señales de turbación mental. Eran las doce meridianas, y consultando su reloj, que marchaba bien afirmó:

-Son las once de la noche.

-No, son la doce del día- rectificó uno de los amigos.

-Son las once de la noche, las once…

Le sobrevino un ataque convulsivo y cayó sobre André Ibels.[15] Conducido a una clínica; su amigo el doctor Gottschalk le hizo una sangría de 500 gramos. Pronto los doctores Bralez y Hagueman lo pusieron bajo estricto tratamiento. Al sentirse mejorado protestó y amenazó con declararse en huelga de hambre si no le suspendían ese régimen…” 

Juan Manuel Mendoza, nicaragüense y amigo de Gómez Carrillo, quien escribiera una biografía bastante completa del escritor hace su propio relato del ataque: 

“Cuando a Enrique le vino el primer ataque de hemorragia cerebral, le acompañaban, entre otros, el caricaturista salvadoreño Antonio Salazar, el pianista español Miguel Sánchez y el escritor León Pacheco (…) Sus amigos, consternados en presencia del violento ataque hemorrágico, llevaron a Enrique a una clínica cercana. Iba él sin habla, con los ojos azorados, doblado el cuello y vencido el cuerpo al golpe de un desmayo repentino. Cuando se repuso un poco, sintióse avergonzado ante la primera sensación de su vida en derrota (…) Al recobrar en parte sus fatigadas energías, fue conducido del sanatorio a su habitación de la rue Castellane. Parecía surgir con rapidez a la salud (…) El mismo se burlaba de su primer caída, suponiéndola pasajera y curable…”[16]

Retomando a Barrientos, apunta que sorprendido por la muerte el escritor dejaba en el mundo de las intenciones dos proyectos que quizá habrían arrojado libros hermosos: un viaje por la Provenza[17] y un viaje a América, interrumpidos por una repentina llamada del Instituto Internacional de la Prensa en la que solicitaban la presencia inmediata de Gómez Carrillo en París para una sesión. Ignoramos cuál habrá sido la urgencia de tal llamado, pero el cronista se lanzó en su coche en un viaje que acabó minándolo[18]. Porque para hablar con la verdad, la salud del escritor no pintaba bien desde hacía años. César Vallejo el sobresaliente poeta peruano, quien conoció a Gómez Carrillo a su llegada a la capital francesa en 1923, y sobre quien guardamos simpatía porque ignoró (no sé si intencionalmente) de forma olímpica a su compatriota Aurora Cáceres todo el tiempo que anduvo por París, escribió en el Diario El Norte, en marzo de 1924: “…apenas es posible identificar en este hombre viejo y craso, de cárdena masa celular parchada de hinchazones, en esta cara rasurada y chusca de abacero asturiano, al delicioso truhán guatemalteco de los años de Grecia y del Japón heróico. ¿Dónde está su hermosura sensual… donde el bello alfaneque… donde el seductor aro de pelo en el frontal, al son de la locura y ambición… dónde el mostacho negro y romántico? ¿Tal queda del brillante bohemio, del goloso del ensueño y baccarat, del cronista glorioso, del catador de las más dulces minas, casado y divorciado de noventa y nueve mujeres de todas las razas? ¿Tal queda del célebre corredor de hemisferios y de senos carnales que tanta alfalfa da a la rumia pública, con sus sabrosas leyendas de aventura? Tal queda… Gómez Carrillo está viejo para siempre.”[19] Ese no muy amable retrato hablado del escritor nos demuestra que cuatro años antes de morir, su aspecto era de franca decadencia… aunque Toño Salazar, al decir verdad, es mucho más amable a la hora de hablar de los últimos tiempos de su amigo… pero bueno, cada quien habla de cómo le fue en la fiesta… Y hablando de peruanos, y aunque me pese estar trayendo a colación a la no muy grata señora Cáceres, hemos de recurrir a su mentado diario para complementar o apuntalar, más bien, la opinión de Vallejo con respecto a Gómez Carrillo. En su “diario”, se lee en una entrada del año 1922: “Enrique está envejecido, un tanto grueso y despreocupado en su vestido; además, sumamente triste, doblegado por una pesadumbre que se trasluce en el abandono y el caso omiso que hace de los que le rodean…”[20] Su amigo Rufino Blanco Fombona, comenta que la vida bohemia de Carrillo irremediablemente le había cobrado la factura, pues a los 36 años ya tenía: “… dos arrugas triangulares entre la nariz y las comisuras de la boca [que] delatan al trasnochador, al ‘noceur’, al hombre prematuramente marchito. No creo que se haya peinado nunca. Por lo menos no lo parece.”[21]

También el pintor guatemalteco Humberto Garavito nos ofrece su propio retrato hablado del cronista, de cuando lo conoció en París, y lo estuvo frecuentando un lejano 1924 en el apartamento de la rue de Castellane para hacerle un soberbio retrato en el que se le mira serio, casi cansado: “Enrique era un hombre tranquilo en ese tiempo. Su carácter había cambiado, era bastante serio. También su cabello empezaba a ponerse cano. En ese entonces ya no trasnochaba y sólo muy de tarde en tarde visitaba los cafés. Bebía con moderación, solamente champán y sobre todo vinos, pues eso sí, era un gran conocedor. Pero de la época de boulevardier, de bohemio, que tanta fama le dieron, poco quedaba en él.”[22]

      Pero incluso ya en el lejano 1914, antes de reportear la guerra, su enemigo jurado Vargas Vila lo vió sentado en el Café Napolitaine y su visión lo impresionó lo suficiente como para consignar el encuentro en su libro de recuerdos de Rubén Darío, del que tantos datos hemos obtenido antes:

“…a Gómez Carrillo lo hallamos en el Café Napolitaine; hacía doce años que yo no lo veía, a pesar de residir ambos en París; no era ya el apuesto mancebo de otros tiempos; una gran tristeza había en sus ojos soñadores, y se extendía sobre su rostro como un velo; fue muy amable; rememoramos nombres y tiempos pósteros, y estuvo exquisito de atención para con el admirador que yo le presentaba; en suma, encantador, como correspondía a aquel que ha absorbido y refleja tan completamente: el Alma Encantadora de París.”[23]

De la muerte del cronista, de acuerdo con lo investigado por Torres, la versión de Salazar es sorprendentemente exacta, a pesar de la distancia y del tiempo transcurrido. Cuenta don Edelberto que Gómez Carrillo fue llevado al Sanatorio Francés en donde se le diagnosticó un trauma alevoso, sumado a una afección cardiaca. Los amigos avisaron a su esposa, Consuelo Suncín, que se había quedado en Niza, y quien regresó inmediatamente a cuidar a su esposo, ya instalado en su apartamento de la calle de la Castellana, pero la muerte era ya una siniestra presencia en su cabecera.

El mismo día del primer ataque, “por la tarde”, nos informa su biógrafo Mendoza, el cronista ya estaba instalado en su piso, en donde estaría recuperándose cuando:

“…a eso del alba del sexto día de guardar cama. Con la vista nublada, propúsose seleccionar un volumen, entre los que guardaba en su rica biblioteca (…) Habló en francés a la enfermera, y familiarmente y en español a los que le hacían compañía. Levantóse y fue a tocar los libros con las puntas de los dedos. ¡Inútil empeño! No pudo coger ninguno… Vacilaba, agobiado por una visible estupefacción. El ciclón del destino lo arrastraba, como si fuese un condenado del Dante. Tras un largo esfuerzo, casi murmuró: ‘Ya estoy… idiota’… Fue su último momento de lucidez…”[24]

Entonces el cronista, de acuerdo a los relatos que hemos estado revisando, sufrió tres ataques. El primero en la casa de su amigo Ibels, el segundo en la terraza del Café Napolitaine, y el tercero ya en su casa cuando guardaba reposo en esperanza de recuperarse. A partir de éste tercer ataque, el cronista guardó cama durante un mes. Pero la salud del escritor no debía ser débil, porque a pesar de los tres ataques hemorrágicos aún seguía con vida, hasta que por razones de su postración, imagino, contrajo neumonía. Por su parte Consuelo Suncín le habría de resumir, años después, a su biógrafo Juan M. Mendoza, que el escritor había pasado quince días en cama y cuarenta y ocho horas de agonía antes de fallecer.

De los últimos momentos del escritor en la Tierra, nos cuenta Mendoza:

“Media hora antes de expirar se agitó, revolviéndose entre las sábanas, como si tuviera frío, y escudriñando con la mirada, como si hubiese querido sorprender los resplandores que se pierden más allá de la tumba. Quiso erguirse, y todavía pudo levantar el pecho y sacudir la cabeza, como para desembarazarse de algo que le oprimiera, de algo que le obligara a permanecer en el lecho cotidiano. Por fin doblóse como herido por un rayo, sin mostrar sufrimiento. Hundió tranquilamente el tronco en las almohadas musitando: ‘Siento que vuelo, que me elevo como un globo’… Y cerró los ojos, como para descansar de una complicada tarea, como para concentrarse en sí mismo, y se estiró… La respiración quedó en silencio y el pulso paralizado…”[25]

Dentro de la biografía que escribió Juan Mendoza se encuentran citados varios textos periodísticos de la época, dentro de los cuales creemos que resalta por su exactitud y detalle el siguiente, que lastimosamente no tiene mayor identificación de fuente:

“La noche en que agravóse Gómez Carrillo, Antonio Salazar y León Pacheco, que lo habían velado, se retiraron a descansar. A las diez de la noche recibieron un telefonema de Miguel Sánchez, llamándolos con urgencia, pues el paciente entraba ya en las postrimerías de la vida. En la casa encontrábanse reunidos todos sus parientes residentes en París, y además, el doctor Brález –que era el médico de cabecera-, la señora de Maeterlinck y los doctores Gottchalk y Vandelac. El estado de Gómez Carrillo empeoraba cada minuto. Al despuntar la fecha del 29 de noviembre, el doctor Bralez dijo a las personas presentes que la vida del enfermo no era más que asunto de horas. Alguien salió en busca de un sacerdote a la iglesia de la Magdalena, para que Gómez Carrillo muriera en loor del catolicismo. Antes de exhalar su alma recibió la extremaunción”.[26]

Consuelo Suncín y madame Maeterlinck, esposa del Premio Nobel de literatura de 1911, Maurice Materlinck, quien por ese entonces también guardaba cama, empezaron a hacer los primeros preparativos del entierro del escritor. Menciona Mendoza que tres amigos que había en la casa en el momento del triste acontecimiento fueron a dar aviso del suceso al Comisario de la Policía del barrio, otro fue a dar aviso al embajador argentino y otro a transmitir una serie de telegramas con la luctuosa noticia a la prensa mundial. Por su constante presencia en los últimos días de vida el escritor, nos atrevemos a decir que estos tres amigos fueron el pianista Sánchez, el escritor Pacheco y el caricaturista Salazar, que acompañaron a Carrillo hasta el último suspiro.

Al saberse la muerte del cronista[27], el café Napolitano[28] le rindió un conmovedor homenaje al más ilustre de sus clientes: su retrato fue expuesto dentro de un marco de bombillas eléctricas durante todo un mes en la mesa en la que solía apostarse a ver pasar la vida del boulevard. Gómez Carrillo era para la época el mejor símbolo de esa Francia cosmopolita en la que cualquier persona, venida de cualquier lugar encuentra su lugar. Por sus calles deambulaban argelinos, marroquíes, argentinos, vietnamitas, rusos exiliados, griegos, y entre esa marejada de éxodos, un escritor latinoamericano que: “Se sabe el menos guatemalteco de los hombres y explota con una originalidad su origen nebuloso de los trópicos. Sus amigos parisienses le envidian este pasado casi mítico.”[29] No en balde él había hecho hasta lo imposible para encarnar la vida bohemia de la capital cultural del mundo: rondar los cafés, discutir por horas en las tertulias literarias, beber ajenjo, tomar y dejar amantes…

Por lo tanto, París le dio un homenaje muy a su estilo, pues cuenta Edelberto Torres que: “En seguida se popularizó el sombrero de fieltro y amplias alas que llevaba en ese retrato. El ‘chapeau Gómez Carrillo’ se vio en la cabeza de los paseantes del bulevar y asiduos de los cafés…”[30]

Continúa don Edelberto Torres informándonos que los funerales se llevaron a cabo en la lúgubre iglesia de la Magdalena, a pocos pasos de su casa, el 2 diciembre de ese lejano 1927: “La conducción del féretro revistió sencilla y grave solemnidad; la bandera argentina con el mismo azul y blanco del pabellón guatemalteco, lo cubría, y cuatro oficiales de la Legión de Honor llevaban las cintas negras que pendían de él.”[31]

Así como en su vida Gómez Carrillo vivió del escándalo y del teatro en el momento y lugar oportunos, su tránsito hacia la muerte y el olvido no podía ser menos. En la oscuridad lúgubre de la Magdalena, sucede un incidente que habría hecho sonreír de orgullo al propio cronista al que estaban velando. Nos relata Epaminondas Quintana:

 “…Cuando regresaron venían indignados: alguien había envuelto el ataúd del insigne cronista, en una bandera de Guatemala, de modo que Miguel Ángel y compañeros se sintieron “dueños” del muerto, por corto tiempo; pero hacia la medianoche, se presentó una delegación argentina con una bandera nacional y alguien de ellos dijo: -Este “trapo” no tiene que estar aquí, sino la bandera de la República Argentina y, estrujando nuestra insignia, la tiró al suelo. Miguel Ángel, que siempre ha sido impetuoso, saltó como un resorte y cogió por el cuello al irreverente argentino: -Usted, ¡desgraciado!, no trate así nuestra bandera, porque en este mismo momento le rompo el alma… – iba ya a resquebrajar al argentinito, cuando alguien, respetable y prudente dijo: -Ante el cadáver no debe haber escenas de violencia, discúlpese el uno ante el otro y pensemos mejor en Enrique, ciudadano de la República de las Letras y no de Guatemala o de Argentina. Se aplacaron un tanto Miguel y compañeros; pero como la sala se llenara de argentinos ruidosos y provocadores, y los nuestros fueran escasos, al cabo de unas horas, dispusieron retirarse. Por supuesto, de parte de la Embajada y Consulado de Guatemala, nadie asomó por allí…”[32]

 Miguel Ángel Asturias, que por esos años vivía en París y enviaba al diario guatemalteco El Imparcial continuas colaboraciones, curiosamente no escribe nada sobre la muerte de su compatriota. O al menos no se incluyó en la monumental recopilación París 1924-1933. Periodismo y creación literaria.

Mendoza complementa:

 “Las gentes se inclinaban a su paso con atención respetuosa, y el cadáver recogía todas las demostraciones del afecto y el acento puro de las almas conscientes que glorifican e inmortalizan, acercándose al corazón  al cerebro de las grandes figuras. El cortejo seguía al féretro, bajo un cielo gris y frío, que dejaba caer hijos menudos de lluvia y hacía arrastrarse las nieblas sobre el horizonte.”[33]

 Los gastos que generó el sepelio fueron cubiertos por el gobierno argentino[34], esto debido a que Carrillo era Cónsul General de Argentina en París, gracias a su nacionalización en septiembre de 1926. Mendoza comenta que el 30 de noviembre se presentó en el piso de Gómez Carrillo el embajador argentino para dar la noticia, mientras que el encargado de negocios guatemalteco se limitó a dar las condolencias[35]. La presencia del embajador obedeció a que Suncín le pidió a uno de los amigos del cronista ir a darle personalmente la noticia del tristísimo suceso como ya se comentó antes.

El anuncio de la muerte del gran escritor la dio al mundo la agencia de noticias francesa Havas, ese noviembre, que citando a D’Annunzio, “murió el amor”.  

Pero el amor no deja esa tumba pequeña y olvidada,  pues muchos años después de muerto el cronista, un familiar suyo encontró incrustada una plaquita con la sencilla leyenda “Yo no lo olvidaré jamás” (en francés), que se le atribuye a su segunda esposa, la guapa cantante Raquel Meller, la del último cuplé, quien se encargó que mientras viviera y aún muerta la tumba de su amado ex-esposo estuviera siempre limpia y adornada con flores, arrepentida quizás por no haber asistido a su entierro. Entierro de cuyos gastos se hizo cargo el gobierno argentino, como ya se mencionó. Su féretro se cubrió con la bandera de esa nación que le ofreció trabajo y dinero cuando propia su patria se lo negó. El Embajador de la nación del sur, Doctor Álvarez de Toledo se presentó al piso en que yacía sin vida el escritor y se hizo cargo de todo. El encargado de Negocios de Guatemala, Doctor José María Palacios se hizo presente a dar el pésame en nombre de la colonia guatemalteca en París. ¿En dónde estaba el embajador de Guatemala?, preguntará alguien con mínima curiosidad. Pues al parecer la plaza estaba vacante. Mejor vacía que darla a un intelectual de la talla del periodista de fama mundial. Guatemala quiso limpiar su conciencia decretando la obligación de colocar su retrato en todas las escuelas de la República y bautizar con su nombre una sección de la Biblioteca Nacional con su nombre. En ese mismo decreto, para nuestra vergüenza histórica se dispuso adquirir sus obras completas… ¡Ah! Guatemala, tan cara de celebrar la muerte en vez de honrar en la vida.

Pero el amor estuvo presente en su vida todo el tiempo que estuvo en este mundo. Amores fugaces, de mujeres incontables y el amor a su oficio, de periodista, tal y como él mismo lo confiesa en una carta a su sobrino Héctor Sánchez Latour:

 “Trabajar con gusto, quiero decir. El trabajo forzado, es esclavitud. En cambio el trabajo espontáneo, santifica. Yo tengo la suerte de estar enamorado de mi oficio.”

       De los problemas que la muerte del fallecimiento de nuestro legendario escritor, nos cuenta su biógrafo Juan M. Mendoza: “…Al casarse con Raquel Meller, Enrique adoptó por hija a una niñita que la bailarina, de soltera, habrá procreado, sin decirse quién haya sido el verdadero padre carnal. Al abrirse la sucesión, se presentaron varios conflictos, promovidos por las personas del bello sexo con quienes Enrique se había ligado por vínculos amorosos. Antes de su último matrimonio, tenía dos hijas: la adoptada y la que él procreó, en sus mejores años, con la poetisa madame Anny Perey, llamada, la niña, Elena Gómez Carrillo. A la primera le correspondía una renta anual, renta ilusoria, porque Enrique no había dejado capital en dinero efectivo. A la segunda le fue asignada la casita situada en París, y a Consuelo Suncín, la propiedad urbana de Niza…”[36] De que la hija adoptada por la Meller, no recibiera mayor cosa como herencia fue culpa el estilo de vida de su padre adoptivo, pues según nos comenta Mendoza páginas adelante: “Es fuera de duda que los últimos días de Enrique se sucedieron en una apesadumbrada estrechez económica, que le mantuvo en penosa situación, le obligó a hipotecar su propiedad y contraer deudas…”[37] Y es que, como comentara en algún momento su amigo Blanco Fombona, “Gómez Carrillo gastaba el dinero con la misma facilidad que lo adquiría”, y eso que gracias al Doctor Moya, director de El Liberal, hacía muchos años que nuestro escritor había abandonado la vida bohemia y “… concluyó por ser dueño de fincas urbanas, de un automóvil que lo paseara y de un respaldo bancario que los salvase de la miseria…”, según su amigo y biógrafo Juan Mendoza.

Otros vecinos son más visitados pero no por ello están más solos en el frío de la muerte. En su misma cuadra está Oscar Wilde, de quien fuera gran amigo, (con quien compartiera las mesas de los cafés aún cuando recién salido de la cárcel y caído en desgracia todos le huían) y que duerme bajo un hermoso monumento diseñado por Jacob Epstein, que representa a un demonio volador, un hombre-pájaro con el rostro afeminado de Wilde, hoy en día cubierto de besos por anónimas admiradoras.

      A dos cuadras de allí, bajando la avenida Carette, duerme plácidamente la hermosa Sarah Bernhardt quien en las temidas noches de walpurgis (noche de las noches), en que se sueltan los demonios del infierno y salen de sus tumbas los muertos una vez al año (el 30 de abril, cumpleaños de Satanás), ha de sacar a bailar a Gómez Carrillo acompañada con las estridencias eléctricas de Jim Morrison, quien duerme lejos, sin cabeza porque se robaron el busto que coronaba su lápida, pero que conserva su talento artístico intocado (¿Pero… él tocaba guitarra?, mi amigo Rodolfo Sazo me contesta contundente: no).

Las 3 de la mañana, que es la verdadera hora de las ánimas y no las 12 como creen las almas inocentes y algo tontas, se libera del peso de la gran lápida oscura Edith Piaf a cuatro cuadras de donde reposa el escritor. Un gran crucifijo trata de fijarla a la tierra, pero inquieta, trata de recuperar esas noches felices de cabaret y cuartel en que vivió despreocupada antes de ser famosa y ver morir al amor de su vida, el boxeador Marcel Cerdán, el que se mató en un avionazo.

Gertrude Stein está cerca soñando con la Toklas, a media cuadra de la Piaf, y ha de recordar a carcajadas con otros literatos sus noches de güisqui de maíz con Hemingway que duerme lejos, en Idaho, con un escopetazo en el rostro que le impide regresar a la Ciudad Luz en esa noche espesa, de miedo y tinieblas que es walpurgis.

Ronda también por las cercanías el atormentado Apollinaire, el violento autor de los “Alcoholes” y las “Once mil vergas”, el veterano de la guerra, el escéptico al que la gripe española se lo habría de llevar ese fatídico 1919 que se llevó también al llorado aviador guatemalteco Dante Danini y muchos millones más.

Alfred de Musset, el autor del Gamiani, y muy admirado por Carrillo, sueña aún con las caricias de George Sand y suspira por una botella de ajenjo con que matar la nostalgia de las noches de amor, mientras escucha, ausente, las bromas que le han de gastar LaFontaine y Molière, los primeros inquilinos del camposanto.

Otros famosos inquilinos del camposanto son los 147 comuneros que se atrincheraron en 1870 en el cementerio para luchar los últimos momentos del levantamiento obrero. Combatieron a pocas yardas de la tumba del gran pintor Delacroix y utilizaron una de los mausoleos (el del duque de Morny), como depósito de municiones. Las tropas del gobierno al fin lograron imponerse y formando a los rebeldes a lo largo de uno de los muros del cementerio fueron ejecutados con una ametralladora, última moda en las armas, que disparaba 150 rondas por minuto. Un día después de la ejecución de estos comuneros, nos cuenta Ross King en su interesantísima obra, The judment of Paris, el Mariscal McMahon, el héroe de la guerra de Crimea, anunciaba el fin de la Comuna de París.

La lista es larga y no quiero cansar al amable lector, que queden, para memoria, los siguientes nombres: Gustavo Doré, el genial grabador de tantas obras clásicas, Fréderic Chopin, el compositor y amante también de George Sand, Miguel Angel Asturias, quien desde 1974 suspira bajo su monolito por sus obras largas, largas, largas, largas que ya no pudo sacarse del pecho, el Mariscal Ney, contando los balazos de su fusilamiento, Georges Seurat que aún muerto busca recuperar la cordura perdida durante la intrincada formulación de su teoría del puntillismo, Bizet y Jules Romain, el del descarnado relato de la batalla de Verdún, que quien sabe si caminó por las trincheras junto con nuestro cronista mientras reporteaban la guerra… e Isadora Duncan la genial bailarina, de quien dice fue amante fugaz de Carrillo y que murió ahorcada por su bufanda mientras recorría como bólido las calles de Niza en su automóvil.

 No creo necesario justificar más por qué Enrique Gómez Carrillo está enterrado en el cementerio de los ilustres. El fue grande entre los grandes y admirado y amado por todo el mundo en su época, y lo adoraron de tal forma que tomaron al pie de la letra su último deseo: dejarlo tranquilo, aunque hoy, mientras sentado en su lápida pensando en todo lo que he escrito arriba, acaricio unas flores moradas y rojas que alguna mano cariñosa habrá dejado bajo el mascarón no hará mucho, pues aún están frescas y brillantes.

 

Gómez Carrillo en Pere Lachaise.

GomezCarrillo, tumba 

Un día de agosto de 2010, bajo una suave llovizna visitamos, con mi esposa María Mercedes, la tumba del cronista. Lejos de encontrar una tumba decrépita, abandonada al olvido, encontramos una tumba limpia, con flores recién puestas en su macetero. Allí reposa el inolvidable cronista, a cien pasos de Jean Moréas y ciento tres pasos de Oscar Wilde.



[1] Plan du Cimetiere du Pere Lachaise. Sepultures parmi les plus demandees. Mairie de Paris. Contiene un listado interesante de los moradores de dicho cementerio, lastimosamente no está marcada la tumba de nuestro compatriota y por lo que el visitante, para localizarla, debe tomar como referencia el mausoleo de Oscar Wilde.

[2] Información tomada de la entrada del Cementerio de Pere Lachaise en Wikipedia.

[3] José Milla. Un viaje al otro mundo pasando por otras partes. Tomo 1. Editorial Piedra Santa, Guatemala: 1981.

[4] Patrick Suskind. El Perfume. Historia de un asesino. Editorial Seix Barral, Barcelona, España: 2006.

[5] Colin Jones. Paris. The biography of a City. Penguin Books, New York: 2006.

[6] Carta de Gómez Carrillo a su sobrino Héctor Sánchez-Latour, fechada el 30 de enero de 1925, fragmento citado en: Julio César Anzueto. Enrique Gómez Carrillo ¿En dónde deben reposar sus restos? Universidad de San Carlos de Guatemala. Imprenta Universitaria, Guatemala: 1968.

[7] Jaime Barrios Carrillo. El Mago de las Letras. Revista Luna Park, número 14 (revista online). Enero 2008.

[8] Horwinski. Op. Cit. Pág. 15.

[9] Horwinski. Ibid. Pág. 44.

[10] De la agonía de su gran amigo Moréas, Gómez Carrillo recordaría años más tarde: “Moréas fue siempre uno de mis más afectuosos amigos y, salvo cuando él o yo nos ausentábamos de París, no dejamos nunca de vernos una semana entera. Me acuerdo que en su lecho de dolor, durante la enfermedad que iba a matarle, como yo tratara de hacerle reír diciéndole bromas, se me quedó viendo largo rato, y luego, pasándome la mano por la cabeza, murmuró: -Usted no ha cambiado desde el día en que le conocí… ¡Siempre loco…!” (Aroldo Solórzano, La bohemia triunfante de Enrique Gómez Carrillo, en: Revista Cultura de Guatemala. I Congreso Internacional Reencuentro con Enrique Gómez Carrillo. Tercera época, año XXVII, volumen III, septiembre-diciembre 2006). Muerto Moréas, en Cómo se pasa la vida, Carrillo le rinde nostálgico homenaje: “Porque yo sabía que su buhardilla, en la que no había ni fuego ni muebles, ni pan, era para él un palacio encantado, y que, al asomarse a los ojos azules de su musa, veía paraísos infinitos…”

Jean Moréas (Ioannis A. Papadiamantópoulos), sobrino del rey Jorge de Grecia, vivía en París gracias a una pensión que su real tío le remitía desde la vieja Hélade. Nació en Atenas el 15 de abril de 1856 y murió el 30 de abril de 1910 en Saint-Mandé. Cobró gran preeminencia como poeta por ser el autor del Manifiesto del Simbolismo, publicado en el diario Le Figaro, en 1886.

Un poema de Moreas: “No digáis que la vida es un festín alegre;/ lo dice un alma tonta o bien un alma baja./ No digáis sobre todo: es desdicha sin fin; lo dice un alma débil que termprano se cansa./Reid como las ramas en primavera agítanse, llorad como los vientos o la ola en la playa. / El placer y el dolor padeced y gozad; y decid: / Es mucho todo esto y es la sombra de un sueño.” 

[11] Pedro Souza Briano, del que en honor a la verdad no he encontrado más referencia que la que transcribo a continuación para ustedes: “Los restos del doctor Irigoyen permanecieron en el lecho mortuorio hasta las 22 hrs., momento en que los doctores Doffo, padre e hijo, procedieron al embalsamamiento del cadáver. A las 24 horas se terminó la operación sacándose entonces una mascarilla, tarea que estuvo a cargo del artista Souza Briano…” (Diario La voz del Interior, Córdoba, Argentina 4 de julio de 1933). Citado por Marita Marusi en su ensayo “Semillas de calabaza”, en www.liminar.arg). Es obligado mencionar que el doctor Irigoyen, presidente de Argentina en dos ocasiones, fue quien nombró a Gómez Carrillo cónsul de Argentina ante Francia, lo que forzó su nacionalización.

[12] A propósito de su anacrónico amor a los duelos comentaría: “Como por desgracia, hoy en vez de una espada llevamos un paraguas, la esgrima antigua no nos es útil sino muy de tarde en tarde”, parece que lamenta la vida moderna en que los problemas se resuelven dialogando, y no gracias a las habilidades de los espadachines. Es un comentario absolutamente romántico. Cita en Horwinski. Op. Cit. Página 95.

[13] Su nombre verdadero era Napoleón Pacheco. Nace en Tres Ríos, Cartago, Costa Rica el 9 de mayo de 1898. Llega a París en 1919 para estudiar en La Sorbona y regresa a su natal Costa Rica en 1932. Se desempeñó como secretario de Gómez Carrillo y era colaborador del diario La Razón, de Buenos Aires. Autor de una novela que denuncia la situación de las plantaciones de banano en su país natal que titula Los pantanos del infierno. En la capital francesa se hace amigo del guatemalteco Miguel Ángel Asturias, del venezolano Arturo Uslar Pietri y del mexicano Alfonso Reyes. Fallece en San José, el 26 de julio de 1980.

En una entrevista realizada en París, el escritor costarricense le comentaba a Miguel Ángel Asturias, un lejanísimo 5 de noviembre de 1925: “…Colaboro en La Razón de Buenos Aires, a donde entré por la gentileza de mi muy querido y admirado maestro y amigo, Enrique Gómez Carrillo (…) Bajo el título de Camaleón trabajo un libro sobre los valores del arte europeo actual, con intenciones hacia una estética nueva. Llevará un prólogo de Gómez Carrillo, en donde este alto espíritu trata de volver hacia aquellas inquietudes de su primera hora, cuando descubrió esa sensibilidad a la sombra de la cual hemos vivido los que venimos después de él…” (Miguel Angel Asturias. Periodismo y creación literaria. París 1924-1933. ALLCA XX, Madrid: 1997). Pág. 60. 

[14] Edelberto Torres. Enrique Gómez Carrillo. El Cronista Errante. Editorial América Nueva Editora Ibero-Mexicana, México: 1956.

[15] André Ibels, nacido en 1872 debutó en el mundo de las letras a la edad de 18 años. Escribió poesía, novelas, periodismo político y teatro. Gracias a la generosidad de su amigo Enrique Gómez Carrillo publicó una obra de teatro titulada Le Convoi, que llegó a alcanzar las 1,500 representaciones. Su amigo Carrillo, en calidad de representante en Francia del diario argentino La Razón, de Buenos Aires, le consiguió a Ibels una columna, que éste enviaba al diario en francés y la redacción la traducía al español. Esta columna le permitió a Ibels tener un medio de subsistencia. Murió en su mansión de Villemomble, al norte de Neuilly-Plaisance, en la primera semana de mayo de 1932. Según Pitollet, a su muerte Ibels ya era un gran ignorado, y el único periódico francés que reseñó su muerte, y muy brevemente, fue Le Matin, el 15 de mayo de 1932. (Camille Pitollet. Aurora Cáceres, Mi vida con Enrique Gómez Carrillo. Bulletin Hispanique, Anné 1933, Volume 35, Número 1. Pág. 87). La reseña completa a la obra de Aurora Cáceres puede leerse en www.persee.fr.

[16] Juan M. Mendoza. Enrique Gómez Carrillo. Tipografía Nacional, Guatemala: 1946. (págs. 384-387).

[17] Carrillo había escrito sobre la Provenza en una carta: “…las sombras de Petrarca y Laura tienen que recibirnos fraternalmente; es la tierra de los trovadores, de los castillos, de las leyendas de amor, de los olivares plateados, de los vinos color de rosa.” (Citado en la obra de Edelberto Torres).

[18] Yo he buscado sin éxito en los diarios de la época qué evento pudo haber sucedido por octubre o noviembre de 1927 que requiriera la inmediata presencia de Gómez Carrillo en los salones del Instituto Internacional de la Prensa, y el único que encuentro medianamente trascendente es éste: “76 gobiernos y 65 sociedades firman un contrato mundial de radiodifusión”, suceso del 25 de noviembre de 1927, aunque parece demasiado cercano para que hayan sucedido los dos ataques y la muerte en tan sólo cinco días. Aunque por su calidad de periodista y miembro del instituto, bien pudiera interesarle a nuestro cronista.

[19] Fragmento tomado del artículo: Zoila Aurora Cáceres, del Sagrado Corazón a la Belle Epoque, de Fernando Carvallo, que lastimosamente flota en el éter de bytes de internet sin otra referencia bibliográfica.

De César Vallejo el más famoso de sus poemas sea quizás Piedra negra sobre una piedra blanca, que transcribo: Me moriré en París con aguacero,/ un día del cual tengo ya el recuerdo./ Me moriré en París -y no me corro-/ talvez un jueves, como es hoy de otoño.// Jueves será, porque hoy,/ jueves, que proso/ estos versos, los húmeros me he puesto/ a la mala y,/  jamás como hoy, me he vuelto,/ con todo mi camino, a verme solo.//  César Vallejo ha muerto, le pegaban/ todos sin que él les haga nada;/ le daban duro con un palo y duro//  también con una soga; son testigos/ los días jueves y los huesos húmeros,/ la soledad, la lluvia, los caminos…

Como puede comprobar el lector, Vallejo no era la más feliz de las personas, y por eso, el retrato desencantado que hace de Gómez Carrillo no hay que asumirlo literalmente, sino bajo la luz de este pesimista incurable.

[20] Aurora Cáceres. Op. Cit. Pág. 279.

[21] Horwinski. Op. Cit. Pág. 50.

[22] Julio César Anzuelo. Op. Cit.

[23] Vargas Vila. Op. Cit. Pág. 111.

[24] Juan M. Mendoza. Op. Cit. Págs. 388-389.

[25] Juan M. Mendoza. Ibid. Pág. 389.

[26] Ibid. Pág. 396.

[27] Un cablegrama informaba el 30 de noviembre de 1927 anunciaba la muerte de Gómez Carrillo a Guatemala y al mundo: “Ayer por la mañana, después de una dolorosa operación quirúrgica que practicósele en el Sanatorio Francia, falleció el notable escritor y literato Enrique Gómez Carrillo, que de Niza había venido a curarse de una vieja dolencia. La Asociación Latina de la Prensa ha acordado luto y preparar una gran velada, en memoria del extinto. Los funerales fueron hoy, celebrados en el cementerio Pere Lachaise. A ellos concurrieron multitud de escritores franceses y casi todos los latinoamericanos residentes en esta ciudad, a más de algunos que vinieron de países vecinos. Toda la prensa latina, tanto de España como de Francia y Bélgica, hace honrosas apreciaciones del gran literato muerto, recordando que Gómez Carrillo no sólo fue un gran escritor que conquistó las simpatías de todos los pueblos, sino que los países latinos tienen que agradecerle los servicios que su pluma prestó a la causa de los aliados durante la guerra.” (Juan M. Mendoza, Op. Cit. Pág. 382). Lastimosamente, no encontramos ninguna otra referencia sobre esa “dolorosa operación quirúrgica”, a la que hace mención el comunicado de prensa. Ninguno de sus biógrafos, ni el propio Mendoza menciona nada al respecto.

[28] A propósito de su cariño a este Café, en las páginas de Sensaciones de París y de Madrid, que reseñamos antes, apuntó: “Yo he tomado el aperitivo en la misma mesa que Catulo Mendés, durante meses enteros, en el Café Napolitano; yo he hablado con él de Cervantes y de Góngora; yo he llegado a creerme su amigo; pero luego he comprendido que en París es necesario ser francés para ser alguien.” Horwinski, Op. Cit. Pág. 256.

[29] Horwinski. Op. Cit. Pág. 15.

[30] Edelberto Torres. Op. Cit. Pág. 368.

[31] Ibid. Pág. 366.

[32] Epaminondas Quintana. La Generación de 1920. Tipografía Nacional, Guatemala: 1971. Página 310.

[33] Juan M. Mendoza. Op. Cit. Pág. 394.

[34] El asunto de la nacionalización argentina de Gómez Carrillo siempre causó desilusión en los guatemaltecos, al grado que mi papá, al darme a leer El Japón heroico y galante, primer libro que de Carrillo leí en mi vida me comentó un poco acremente que valía la pena, a pesar que al final el autor se había nacionalizado argentino para que así lo recordaran. Presumía mi papá que Carrillo lo había hecho para garantizarse la inmortalidad, sin embargo Horwinski, en su interesante y bien investigada tesis nos aclara:”…Buenos Aires was the only city in this hemisphere as Gómez Carrillo himself attests in El encanto de Buenos Aires, wich offered him the best of both his native and adopted lands. He was well-received; several years later, Argentina’s president offered him the position of Argentine cónsul in Paris. But law required Argentine citizenship for the post, so Gómez Carrillo compliantly applied for citizenship from Paris. A residency stipulation was waived because of his international stature…” (Op. Cit., Pág. 37). Y el mismo Carrillo aumentaría la ambigüedad a su nacionalidad, quitándole importancia en este simpático comentario que le escribe al argentino Manuel Ugarte: “…Pues yo… soy guatemalteco… -Aunque bien visto soy más argentino que guatemalteco-. No, en el fondo, vean ustedes, soy español… Aunque no, tampoco, bien pensado, no cabe duda, la realidad es que soy parisiense. Eso es: mi única patria, mi verdadera patria es París”. Horwinski, Op. Cit. Pág. 42.

[35] En otra nota de prensa citada por Mendoza, sin fuente, se lee: “La conducción del cadáver a la última morada tuvo lugar el 2 de diciembre del propio año, en una de esas mañanas frías y grises de París; asistiendo numerosas personalidades de los mundos científicos, literarios y artísticos, así como también varios miembros de las representaciones oficiales en lo político. Las ceremonias fúnebres, que tuvieron lugar en la iglesia de la Magdalena, fueron auspiciadas por el embajador de la Argentina, honorable señor Álvarez de Toledo, con asistencia de los cuerpos diplomático y consular residentes en la gran capital. La bandera argentina cubría los restos del escritor hispanoamericano. Hubo abundancia de flores y el municipio de París cedió –en gratitud de los servicios prestados por la pluma de Gómez Carrillo a favor de Francia- un sitio para el féretro en el Cementerio de los Hombres Ilustres.” (Op. Cit., Pág. 397). 

[36] Juan M. Mendoza. Op. Cit. Pág. 399.

[37] Ibid, pág. 403.


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