Muerte en el amor, Werther y Ana Karenina

Por: Siang Aguado de Seidner

«Donde habite el olvido

en los vastos jardines sin aurora

donde yo sólo sea

memoria de una piedra sepultada»

Luis Cernuda (1902-1963, español)

Dos son los aspectos que han sido bastante tratados en la literatura; por un lado el sentimiento del amor y por el otro cómo ése amor puede llevar a los protagonistas al suicidio; es decir a la muerte física y a  la muerte del alma.  No se trata de amores alegres, sino tristes, como un tormento moral, como la muerte.

Es oportuno tomar en cuenta que el rasgo fundamental de la novela es que es ficción, imaginación, lo que vale decir que no es historia, pero en ningún momento que sea falsa.  Cada novela tiene su realidad novelística.  Puede que el autor, el «yo creante o yo poético» haya tomado el asunto de un hecho de la vida real, pero lo significativo e importante es cómo lo trata y lo maneja poéticamente, lo que vale decir literariamente.

No cabe duda que esstos temas -amor y muerte- han sido puestos de relieve en diversas obras literarias de épocas diferentes, como por ejemplo «Medea», «Romeo y Julieta», «Tristán e Isolda», «Madame Bovary», por poner algunos ejemplos; viene a mi memoria la deliciosa novela de Alfred de Musset, escritor representante del movimiento romántico francés, con el sugestivo título «No se juguetea con el amor».

Propongo que nos acerquemos a dos sobresalientes novelas, la primera, «Las cuitas del joven Werther», publicaca en 1774 por el escritor alemán Johann Wolfgang von Goethe, obra que representó el inicio de la corriente o escuela del romanticismo literario y la otra publicada a finales del siglo XIX con lso rasgos peculiares del realismo literario ruso de León Tolstoi en su monumental obra «Ana Karenina».

Los temas son aparentemente similares -el amor y la muerte- pero la dificultad radica en que son dos épocas diferentes y separadas por un siglo, lo que nos muestra que son dos modos, dos maneras de enfrentar oír y sentir la vida, el ambiente y la sociedad.  La primera con un protagonista que es un hombre y la segunda con una mujer.  Pero lo singular es que cada una de ellas permanece fresca y auténtica, se siguen leyendo y siempre hablaran al lector de cualquier edad y circunstancia, que manifieste el interés de acercarse a ellas.  Por lo tanto, a pesar ser de ámbitos y concepciones del mundo muy lejanas son permanentes y universales.

Sobre el tema del amor se ha escrito mucho, empezando por Homero y los grandes trágicos y luego por el gran poema romano Ovidio y su famosísimo arte erótico o amatorio.  Ya en el mundo moderno el escritor francés Setendhal, autor de la conocida obra Rojo y negro, tiene un estudio llamado «Del amor» donde describe de una manera magistral el nacimiento de este singular sentimiento referido a un hombre y a una mujer.  El filósofo Ortega y Gasset también ha tocado el tema en un libro «Estudios sobre el amor», que reúne muchos de sus ensayos sobre dicho asunto, y en cuento al aspecto psicológico, a pesar de haber grandes pensadores, en lo personal me han hecho vibrar las reflexiones que al respecto ha tratado Erich Fromm, en su obra El arte de amar.

También es conveniente mencionar, desde el enfoque cultural, el famoso libro del historiador francés Guy Bretón, «Historias de amor de la historia de Francia», que en diez volúmenes nos relata, con picardía y mucha sutileza, acerca de los amoríos, infidelidades e intrigas de las cortesanas que incitaron a las actuaciones de los reyes y la nobleza, desde Clovis, primer rey merovingio en el siglo V, hasta el Emperador Napoleón III a finales del siglo XIX.  Sin embargo, es mi parecer que el amor más que analizarlo o estudiarlo, desde el punto de vista de diversas disciplina, hay que experimentarlo, sentirlo y vivirlo de una manera casi visceral.  Y aquí es donde tienen cabida los genios de la palabra, los creadores de obras de arte del lenguaje.

Lo que sí podríamos señalar es que el surgimiento del amor estalla, tal y como lo expresa André Maurois, por medio de una especie de lo que llamaríamos shoch, ya sea éste accidental o por admiración, pero en definitiva aquel que se enamora de otro ser es porque ya estaba preparado para ello.  Es lo que de una manera simple y llana se dice «estar enamorado del amor».  Dante se refería a este sorprendente sentimiento, al cantar a su amada Beatrice «como el único que mueve al mundo y las estrellas».

Pero, en realidad ¿qué es el amor?  ¿Qué derroteros conlleva?  ¿Por qué ha sido una materia tan usada por los escritores?  Estas sencillas preguntas nos llevan a cuestionarnos por qué causa la felicidad y la tranquilidad en el amor pareciera que no tuviera historia.  Lo que pasa es que es una historia lineal sin fuertes sacudidas en el alma.  Más bien ha sido lo dramático, lo trágico, lo inesperado, lo sorprendente en el amor lo que ha interesado al espíritu de los creadores, y que cada uno lo expresa desde su perspectiva y propia manera de captar la vida.

«Las desventuras del joven Werther»es una obra de Goethe escrita en su juventud (a los veinticinco años) y que según las tendencias del romanticismo alemán, el llamado «Sturn und Drang» (tormenta y pasión), es el héroe y titán de la sensibilidad.  Esta fue la obra que lo impulsó a la fama internacional.  Al poco tiempo, Goethe se separó de las tendencias de la escuela romántica, para convertirse junto al dramaturgo Schiller en el gran clásico de la literatura alemana, con sus extraordinarias obras conocidas en todo el mundo y sobre todo Dr. Fausto.

Werther es una novela narrada a través de cartas y notas, por lo que pertenece al género epistolar, (igual que lo que fue La nueva Eloisa de Rousseau, en el siglo XVIII) pero con un solo corresponsal, su amigo Wilhem a quien durante dieciocho meses le describe su amor enloquecido y no retribuido La trama es muy sencilla: Werther llega a trabajar a una pequeña ciudad y en los primeros días traba conocimiento con Carlota (Lotte), una muchacha tranquila y alegre que cuidaba a sus nueve hermanos menores después de la muerte trágica de su madre.  Werther sabe, demasiado tarde, luego de haberse enamorado de ella, que es la prometida de Alberto, de quien se hace amigo; alma honrada y buena que Werther siga visitando a Carlota.  El dulce veneno va poco a poco penetrando cada vez más fuertemente en las venas del ardoroso amante, que presiente que Carlota, arrastrada por la fuerza de su pasión, siente también atracción por él.   Pues como todo amor, en sus comienzos se alimenta de dudas, de alternativa, de frialdad o de provocación.  Werther interpreta como una señal, con el cuidado exclusivo que sólo se ve en los amantes lo que no era mas que una simple jaqueca, una mirada, un gesto, la música que toca en el piano.  Lotte, como algo natural en la mujer, coquetea, sin extralimitarse, igual que un gato juega sobre la bola de lana sin estropearla.  «Me ama, no me ama» se pregunta constantemente Werther.  Pero Lotte se casa y Werther se retira de la ciudad aunque regresa al poco tiempo, sin importarle el matrimonio consumado.  Una sola vez tiene el valor de cubrirla de besos que ella recatadamente no desdeña abiertamente.  Werther cae en  la desesperación, en la melancolía, llamada «mal del siglo», en la «tristeza cósmica», sufre y encuentra goce y disfrute en el sufrimiento que padece.  Ama sin límites, pero la realidad de las cosas no responde a sus ilusiones y así viene el desengaño, el mundo no es bello, el mundo es gris y se rebela contra él y así piensa:  «Uno de los tres tiene que desaparecer».  Werther producto del desaliento y la desesperación rinde culto a la muerte.  Lo prepara todo minuciosamente, se despide de Lotte y dice que tiene que partir para un corto viaje y se mata con la pistola que ha mandado a pedir con su criado en casa de Carlota y que ella ha entregado temblando.

Ante esto, nada mejor que oír al propio Werther:

«Qué esto, amigo mio?  Estoy asustado de mi mismo.  El amor que ella me inspira ¿no es el más puro, el más santo y el más fraternal de los amores?  ¿He abrigado jamás en lo más fraternal de los amores?  ¿He abrigado jamás en lo más recóndito de mi alma un deseo culpable?   ¡Ah!  No me atrevería a asegurarlo.  ¡Si ahora mismo sueño!  ¡Cuánta razón tienen los que dicen que somos juguetes de fuerzas misteriosas y contrarias!… Hace ocho días que mis sentidos se han turbado; ya no tengo fuerzas ni para pensar; mis ojos se llenan de lágrimas.  No me hallo bien en ninguna parte y, sin embargo, estoy bien todas.  No espero nada, nada deseo.  ¿No es mejor que me vaya?».

La obra tuvo un éxito inmediato en toda Europa; los jóvenes se vestían a lo Werther, con pantalón blanco, botas, saco azul y chaleco amarillo.  Napoléon la llevaba siempre consigo y la leía constantemente, y hasta llegó a popularizarse el suicidio por amor, no sólo literariamente sino también el la realidad.  El «wertherismo»se puso de moda y se escribían poemas inspirados en la historia.  Se hacían pinturas y litografías.  Años más tarde Massenet captó la esencia de la obra produciendo una ópera francesa excepcional.

Por supuesto la censura religiosa y moral rechazó la obra.  A pesar de ello, y de la diferencia de época todavía se lee con entusiasmo y en ciertos jóvenes sensibles esa búsqueda del amor eterno los hace temblar y sus corazones laten con agonía.

Ante la pregunta ¿por qué se suicida Werther?  Hay que tomar en cuenta que este fue un asunto que Goethe vivió en la realidad y el pistoletazo de su conocido amigo Jerusalem salió publicado y se dio a conocer.  Esta novela está llena de una fuerza poética sorprendente, destila lirismo fino y delicado, intimidad y sentimentalismo, rasgos que serán eminentemente característicos del romanticismo, sobre todo manifestado en los sentimientos y en la narración del campo y la naturaleza, así como de las estaciones, que se suceden como una bella sinfonía de acuerdo con los estados de ánimo de Werther y que en el fondo tienen curiosamente una cierta resonancia panteísta.  Es una novela que muestra el amor y los deseos de amar que se hacen dominantes en un alma extraviad y que ocupan toda la trama.  Hasta entonces no se habían con tanta precisión los ángulos secretos y desconocidos del corazón humano.  La voz del sentimiento nunca había resonado con tanta fuerza y el estudio psicológico está llevado con gran profundidad y cuidadoso detalle y como dice De Sanctus: «igual que un Galileo con su telescopio mirando en el interior y en las profundidades del alma humana enamorada», tomando en cuenta que todavía no se conocía el psicoanálisis.

Su suicidio más que la trágica solución de un caso personal, expresa el conflicto eterno entre la exuberancia sentimental e incontrolada del «yo» y la existencia de los demás; es decir, de lo que podríamos llamar todo aquello que no somos «tú y yo».   Es fácil decir que Werther «idealiza» a Lotte, como lo hacen casi todos los enamorados.  Pero la idealización y perfección que les ponemos a las personas es personal, íntima, no tiene un denominador común.  Ante esto cabe reflexionar ¿qué es idealizar?  Si la relación amorosa supera los años esa idealización inicial se puede llegar a convertir en monotonía y aburrimiento, o tal vez en paz del espíritu ¡depende!  Goethe era muy joven para poner en boca de Werther esas reflexiones filosófico-existenciales.  Además, no tratará de ser un moralizante.  Muestra el sentimiento y el amor de la juventud, y no un tratado sobre el amor.

La muerte de ese desdichado está descrita igual que la órbita de un cometa, como el error de una voluntad en medio de las estrellas fijas.   Pero Werther sigue existiendo cada vez que un lector se acerque a su espíritu.  Werther supo vivir intensa y profundamente y también supo enfrentarse a la muerte con ansias y delicadeza.  El lector, al cerrar el libro, sufre con él.

ANA KARENINA

Si quisiéramos encontrar un eslabón que une a Werther y Ana Karenina es el del amor, pero visto con los ojos y los sentimientos de una mujer de finales del siglo XIX en la Rusia Zarista.  Dos grandes ciudades ocupan el escenario, San Petersburgo (capital política) y Moscú (capital religiosa).

León Tolstoi (1828-1910) es uno de los más grandes y prolíficos novelistas rusos en unión de Pushkin, unos años antes, y del cual es su heredero.  Perteneciente a una familia aristocrática, su vida y su pensamiento hacen pensar de él en un rebelde, pero no en un revolucionario.  Es más bien un filósofo moral, un reformador social, un crítico político.  Su ideal de humanidad y el sentido de igualdad social, así como su concepción cristiana que es más bien una melancolía apocalíptica que un deseo religioso, pues amaba a Dios con una fría pasión racionalista más que con ardor del sentimiento y de la fe, provocaron que al final de su vida fuera excomulgado por la Iglesia.  Todos estos elementos hacen de él un escritor muy respetado y uno de los grandes clásicos de la literatura universal.  En su extensa producción literaria que comprende cuentos, narraciones cortas y estudios, sobresalen «Resurrección», «Muerte de Ivan Ilich», «La sonata de Kreutzer» y entre otros un famoso y polémico estudio sobre ¿Qué es el arte? en que  repudia el ámbito del valor estético.  Pero donde sobresale para la posteridad universal es en sus dos grandes novelas: una, «Guerra y paz»novela épica, ya que Tolstoi se comparba a Homero y lo curioso es que nos convence, ya que sea como profeta o como moralista es un creador fecundo de epopeyas.  Esta obra trata sobre el acontecimiento histórico de la entrada de las tropas napoleónicas en Borodín y Moscú, y muestra de una manera asombrosa todos los aspectos de la vida rusa proyectados en un plano de alta humanidad, que hace que esta novela puede ser considerada como patrimonio común de la cultura moderna.

En todas sus creaciones literarias Tolstoi complementa vida y literatura y son como un muestrario de sus reflexiones, sentimientos y dudas, de su moral y de su ambigüedad.  Tolstoi escribe por una necesidad vital y visceral, con unas descripciones extraordinarias que hacen que el lector no pueda apartarse de su lectura.  Los personajes van cobrando vida propia en el transcurso de sus novelas y los dibuja con gran cuidado y perfección.  Tanto así que la Natacha, fresca y juvenil de «Guerra y paz» y «Ana Karenina» la mujer pasión de la obra que lleva su nombre resultarán ser seres de carne y hueso, siempre permanentes.  En ellas se revela las dos caras del siguiente: «la primera condición para la popularidad de un autor… es el amor con que trata a todos sus personajes».  Con su fecundo y sorprendente arte literario, su rica prosa, su exquisita forma poética y la delicada y sutil expresión en que describe los pensamientos y emociones de sus personajes, Tolstoi tiene pocos rivales y por ello es reconocido y admirado como uno de los más grandes escritores del mundo contemporáneo.

Casi veinte años después de que apareciera en Francia Madame Bovary de Gustavo Flaubert, novela que conmocionó a toda Europa pues por primera vez se hablaba del adulterio y del suicidio, apareció «Ana Karenina» que transcurre en los años que van de 1875-1877 y curiosamente fue escrita en esa misma época, por ello el realismo de la representación del ambiente expone la observación directa e inmediata de quien participa en ella.  El fondo de esta novela está dedicado a la pintura del mundo aristocrático, al estudio psicológico de los personajes y las descripciones femeninas son magistrales.  Su tema es a la vez, sencillo y complejo.  Sencillo porque es la historia de un trágico y poderoso amor que se enfrenta a la moral estrecha y rígida de San Petersburgo y de Moscú.

Trágico porque Ana, impulsada por las fuerzas profundas y misteriosas del amor y del corazón, se atreve a abandonar a su marido y a su hijo para convivir con su amado Alexis Wronsky, pero al no soportar la presencia inquisidora y acusadora de la alta sociedad y aristocracia a la que pertenece, se siente culpable, sucumbe y se derrumba al tirarse a las ruedas de un tren.  Las escenas del tren, un nuevo medio rápido de transporte, son muy significativas en la obra: en un tren se conocen los enamorados, en un tren camino a San Petersburgo se declaran su amor, en una escena de la estación Ana Karenina contempla asombrada y asustada la muerte de un personaje que ella presiente como una premonición de un anuncio desastroso; tiempo después Ana lanza su belleza a las ruedas de un tren para quitarse la vida y aniquilarse, y el propio León Tolstoi, al abandonar a su mujer y su familia, murió en una estación ferroviaria consumido por una pulmonía.

¿Qué es la sociedad?  Por ese ente abstracto que llamamos sociedad entiende Tolstoi el amor, el matrimonio, la religión, la política y las costumbres, y todo eso lo hace desfilar en su voluminosa obra de más de 700 páginas, en ocho partes, dividida en cien capítulos, y con cerca de 170 personajes.  Por eso la novela se desarrolla en grandes cuadros, en donde los personajes, los ambientes, las casas, los sucesos se reúnen y comprimen en un clima sublimemente épico.

La estructura de su vasta construcción requirió de muchos años de rigor literario excepcional, en donde la literatura y la poesía van de la mano y se complementan.  El argumento de desenvuelve como un tríptico con tres escenarios que son tres parejas, tres matrimonios, tres amores, vidas entrelazadas y entretejidas.  Por un lado, Ana Karenina casada sin amor y por conveniencia social y familiar con el respetable Señor Alexis Karenin, por otro, el hermano de Ana, Esteban Oblonsky, mujeriego, infiel y alegre, casado con Dolly representada como una mujer abnegada y solícita esposa y, por último, la hermana de Dolly, Kitty, criatura buena y con carácter quien se casa con Levine al ser abandonada por Wronsky que se enamora de Ana Karenina y en ese matrimonio con Levine, a quien los críticos encuentran que Tolstoi infunde mucho de sí mismo, encuentra la felicidad ansiada con serenidad y sabiduría instintiva de mujer.  Hecho que contrasta sobre manera con el matrimonio de Ana Karenina.  Cada personaje es una historia con sus propias particularidades y que comparten un mismo círculo social y unas mismas normas morales.  Pero todas, como en un torbellino, se centran en la vida dramática de los amores de Ana Karenina y Alexis Wronsky.

Wronsky es un joven militar apuesto y mujeriego, un gran soñador que conoce a la Señora Karenina en un tren al ir a la estación a recoger a su madre.  Tropieza con Ana, se miran, se saludan, los presentan y piensa: «La señora Karenina es muy guapa y qué significa aquella mirada».  Sucumbe en el amor y lo sabe.  Acaba de surgir el shock; días después en la escena del baile se inicia lo que Stedhal llamaba la «cristalización», el «enamoramiento», esa angustia y felicidad que se siente en el plexo solar, que es la conciencia del alma y que resiste a la presencia del ser amado.  En ellos la cristalización es doble.  Ana encuentra el amor, un sentimiento nuevo y desconocido para ella.  ¿Es posible hacerse amar?  Sólo una voluntad libre puede amar.  Y, aunque Ana Karenina no es libre por causa de su matrimonio, sí lo es por encima de todas las convenciones y tabúes sociales que permiten hipócritamente el galanteo, el coqueteo y hasta ciertas pequeñas infidelidades, sin llegar al adulterio provocativo y escandaloso de la mujer, pero si del hombre; y es libre porque es libre en su voluntad, y por su amado es capaz de abandonar todo.  

Hoy en día esto no nos sorprende, sólo sería motivo de un irónico murmullo.  Pero en la época de finales del siglo diecinueve (no se olvide la época victoriana) y en un país como Rusia, esto era motivo de escándalo, de pecado y de anatema.  Era como ser excomulgado, rechazados, del mundo social y cultural.  Por el contrario, alrededor de esa misma época tenemos en Grancia a George Sand, una luchadora que cambiaba de amantes muy a menudo, y que representó el primer grito público de libertad femenina, y además era una soberbia escritora, aunque ya no se lee.

Ana Karenina nos presenta al amor en forma de fuerza violenta y subyugadora, áspera y pletórica de sensualidad.  La belleza de Äna Karenina, una de las mujeres más hermosas de la creación literaria, en apariencia tan ingenua e inocente, radica en ese halo dem agia, sortilegio y encantamiento que la rodea y la envuelve y que se convierte en una «seducción infernal», como dice el propio Wronsky, quien a pesar de su frivolidad la amará siempre profundamente.  Su rostro no es alegre, tiene más bien reflejos de incendio y de hechizo.

Detengámonos a oír un pasaje: 

«Ana estaba seductora con su vestido negro, los hermosos brazos cubiertos de brazaletes, el cuelo esbelto rodeado de perlas, y los cabellos negros ondulados y un poco en desorden.  Un dulce erotismo irradiaba esa encantadora criatura, que tenía algo de terrible y cruel.  Algo por dentro, que cuando se prendiera ocasionaría un gran incendio.»

En el transcurso de la novela, después de tener una hija con Wronksy, ser perdonada por su marido, personaje secundario pero muy peculiar, pues lo que le preocupa son las apariencias «ser una dama en los salones y en la alcoba una cortesana» y que nunca sabremos por qué se casó con él, y al cual abandona pues cuanto más ama Ana a Wronsky más odia y detesta a su marido y también no duda en renunciar a su hijo de ocho años; Ana, al verse agarrada por la pasión incontenible, solicita el divorcio y el permiso para ver a su hijo, pero el marido se lo niega porque es el más recto y moral de los hombres y también el más fastidioso e inseguro.

Ana, a pesar de su fuerte sentimiento pasional, siempre nos enseña la bondad, la sinceridad y la naturalidad que había en su alma.  Su único gran pecado es el amor.  Ana Karenina no encarna sólo la feminidad del siglo XIX, sino la feminidad de todos los tiempos y de todas las épocas.  ¿Qué es la feminidad?  Se han escrito muchos tratados sobre ese tema, pero ninguno nos llega a satisfacer.  Por eso, la mujer, como lo dice el poeta, seguirá siendo para el hombre «el más misterioso continente del espíritu, que no puede descifrar».

Su drama no sólo es el recuento de un amor desesperado que es rechazado y castigado por la sociedad, sino de un amor que nace de las normas y formas de esa misma sociedad, primero aceptado como un desliz insignificante y finalmente como un torbellino que pone a Ana frente a sí misma.

Ana ha tomado las cartas y ha jugado el juego y ha perdido, no en el amor con Wronsky sino ante lo más profundo de su intimidad como mujer.  Ana trata de rahabilitarse aceptando la expiación de su extrema osadía, pero entran en juego en su mente los pecados de la vanidad, los celos que se vuelven enfermizos y patológicos, así como la vergüenza y la sensualidad.  Pero Ana no logra superarlos, su pena y su angustia no es ni tienen el signo del Averno.  En realidad en su corazón sólo late una pasión indefensa de una pobre mujer y se sentirá aniquilada, humillada y sola, frente a ese gran mundo hostil e hipócrita que la rodea.

Un día Wronsky regresa tarde a la casa y se entera que su bella Ana, de ojos grises, tiernos y sensuales, se ha suicidado.  Cae en la desesperación y entrega la hija al Sr. Karenina, para quien la muerte de Ana representa una liberación, pero para él un sufrimiento atroz y una herida que jamás sanaría.  No la juzga, porque como él mismo dice «sólo Dios puede juzgar».  Aquí Tolstoi muestra su misticismo y sus hondas crisis morales y religiosas que lo acompañarán al final de su existencia.  El lector encuentra una serie de interrogantes que el autor no se preocupa en aclarar.

La obra tuvo inmediatamente un éxito enorme.  Hay un maravilloso ensayo de Tomas Mann sobre «Tolstoi, el arte hecho naturaleza», donde dice «una obra así, tan bien lograda y fascinante, tan de una sola pieza, tan perfecta en su conjunto y en sus detalles da la impresión de que su autor le haya consagrado un fervor amoroso, estremecido de gozo inefable».

Werther y Ana Karenina, dos mundos diferentes, dos autores distintos, dos lugares geográficos remotos, pero siempre el amor ¡Oh el amor!  ¿El amor sentimental como en Werther, o trágico, salvaje y exuberante como en Ana Karenina?  Qué importancia tiene, pues el amor como la fe, no se debe razonar.  El amor no sólo es sentimiento tierno, es también furia, pasión y desenfreno.

Recordemos al poeta español Pedro Salinas en su obra La voz a ti debida:  

¿Serás, amor;

un largo adiós que no se acaba?

Vivir, desde el principio es separarse.

En el primer encuentro

con la luz, con los labios,

el corazón percibe la congoja

de tener que estar ciego y solo un día.

Amor es el retraso milagroso

de su término mismo

es prologar el hecho mágico

de que uno y uno sean dos, en contra

de la primer condena de la vida».


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