Lectura para el fin de semana: Cartas de la India (1912-1914). María Cruz

Rodrigo Fernández Ordóñez

A Martín y Mercedes, mis yoguis favoritos

 

Paseo marítimo de la ciudad de Bombay (hoy Mumbai), puerta de entrada a la India para la escritora María Cruz, quien llegó a la región en noviembre de 1912.

Paseo marítimo de la ciudad de Bombay (hoy Mumbai), puerta de entrada a la India para la escritora María Cruz, quien llegó a la región en noviembre de 1912.

Hay libros que se aparecen de pronto para convertirse en referencias obligadas, en libros de cabecera. Eso me sucedió hace pocos días cuando llegó a mis manos un librito de formato pequeño, perfectamente editado en texto bilingüe en pasta dura, de las cartas de la poetisa modernista guatemalteca María Cruz, lanzado en conjunto por Editorial Piedra Santa y Editorial Hojuelas, logrando un ejemplar de gran calidad, traducido al español por el escritor guatemalteco Rodrigo Rey Rosa y con un texto biográfico de la autora muy interesante del historiador Arturo Taracena Arriola, también guatemalteco. El libro cuenta con dos fotografías de la autora (uno es un retrato a lápiz) y un mapa en el que se traza el recorrido de la autora por ese subcontinente inmenso. Poco interesado en el género epistolar, a menos que se trate de textos de Cortázar, Borges o Henry Miller, el libro me ha sorprendido por su gran calidad y por una característica invaluable: no se agota en la primera lectura, exige atención, abandono y claro, regresar a sus páginas de cuando en cuando.

 

-I-

La autora

El libro de María Cruz es ideal para iniciar la lectura una tarde sábado, digamos a las 3 de la tarde, pasada la hora del ajetreo del almuerzo. Presumiendo que esa hora es la de la siesta y que todos lo han dejado a uno solo por unas horas, túmbese en el sillón favorito, abra esta colección de cartas y prepárese para conocer a uno de los mejores escritores guatemaltecos. Las cartas de María Cruz están escritas en un tono de total asombro que la convierten en una suprema escritora de viajes, compitiendo (y esto nunca pensé escribirlo) con los mejores artículos de viaje de mi admirado Enrique Gómez Carrillo. En un simulado combate literario con este gigante cronista, Cruz pierde porque no adopta de todo el género de la crónica, y abandona sus preciosas descripciones del paisaje o de los sucesos que captan su atención de forma abrupta, para mezclaros con comentarios más alejados de la impresión del viaje y totalmente cotidianos o lastimosamente en algunos textos, intrascendentes, como largas quejas sobre la suciedad de los musulmanes, cachemiros o hindúes, por ejemplo. Gómez Carrillo, lo sabemos sus incondicionales, era capaz de encontrar escenas hermosas aún en los basurales en las afueras de El Cairo o Fez, y sus relatos nunca pierden pulso. Pero le podemos perdonar a María Cruz estos pequeños defectos comprendiendo que su intención no era hacer crónica, sino simplemente escribir cartas a su mejor amiga, que quedó en París. Contextualizando de esta forma sus cartas, el libro es de una calidad invaluable, demostrando que su autora llegó a la altura de las mejores plumas modernistas de América, como Amado Nervo, Rubén Darío, Gómez Carrillo.

Tiene razón Rey Rosa, su traductor, al decir que María Cruz hubiera logrado mucho más reconocimiento si en vez de la poesía se hubiera dedicado a la prosa. Yo le agrego más: si se hubiera dedicado a la crónica de viajes, pues sabemos que Cruz, hija de un importante diplomático guatemalteco de la época, el doctor Fernando Cruz, conoció el mundo de forma mucho más vasta que sus compatriotas. Su padre fue embajador de Guatemala en Washington en 1889 y al año siguiente fue enviado para representar al país ante Francia, las Cortes de España, Gran Bretaña, Italia y Bélgica.

La vida de María Cruz Arroyo estuvo marcada por la pérdida. A los 11 años muere su madre, en 1887 y ella se convertirá en la amiga y consuelo de su padre hasta la muerte de él, sucedida en 1902. A partir de este año, hasta 1912, María vivirá entre Guatemala y Europa, adquiriendo una cultura cosmopolita, manifiesta en su total dominio del idioma francés, según unos breves apuntes biográficos de Isabel Cruz, en la introducción de una antología poética[1]. Pero su espíritu, como el de todo poeta que se precie, fue un espíritu atormentado, y en busca de respuestas o de consuelo decide viajar a la India, pues se había iniciado en el estudio de la teosofía. Producto de este viaje en busca de la paz y la iluminación, es este magnífico libro.

Cruz permanecerá en la India, recorriendo su vasta y accidentada geografía durante dos años, hasta que en 1914 regresa a París, justo cuando la Primera Guerra Mundial está por estallar. Identificada con su patria de adopción se involucra en el esfuerzo bélico, trabajando como enfermera, aunque seriamente debilitada su salud por el extendido viaje a la India. (Pregunta obligada: ¿habrá coincidido de alguna forma con su paisano Gómez Carrillo en el esfuerzo patriótico?). Según una amiga de la autora identificada simplemente como M. H. (a quien Cruz le escribe desde la India), a su regreso no permaneció inactiva, sino se sumergió en actividades humanitarias:

“Durante los meses que precedieron a su muerte, su gran preocupación era sentirse demasiado debilitada para hacerse tan útil como hubiera querido. Pero hizo todo lo que estuvo en sus manos para aliviar cualquier dolor en esos tiempos difíciles. No tenía ‘ahijados’, pero varios soldados pobres, que jamás supieron su nombre, recibieron de ella numerosos auxilios. Contribuyó a sostener un taller para ayudar a las mujeres in trabajo, y, cuando presintió su propia muerte, sus últimos actos de solidaridad y sus últimos pensamientos fueron para los desamparados y para quienes padecían en nuestros territorios ocupados…”.

 

La muerte la sorprende el 22 de diciembre de 1915, cuando ella contaba con solo 39 años y es enterrada en el cementerio de Passy, junto con su padre y otro famoso diplomático de la época, Domingo Estrada. Por una de esas extrañas decisiones que se toman en estas latitudes tropicales, sus restos fueron rescatados del olvido parisino para depositarlos en el más profundo olvido guatemalteco el 21 de septiembre de 1960.

-II-

El libro

 El viaje indio de María Cruz inicia en el puerto de Bombay, y desde el mismo principio de sus cartas la India golpea sus sentidos, tan poco acostumbrados al ajetreo asiático: “…Desembarcamos hoy entre las dos y las cuatro, bajo un sol que me dejó medio atarantada, como en un horno ardiente, entre baúles y fardos y voces que gritaban en una infernal algarabía. Después de arruinarme los pies corriendo detrás de las maletas, más muerta que viva, llegué al hotel…”. La India era para esas fechas, la joya de la corona del Imperio británico, lo que pone de manifiesto cuando más adelante abunda en sus viajes por el interior, en donde a pesar de las limitaciones, todo funciona. Apunta por ejemplo que el viaje en ferrocarril de Bombay a Rawalpindi, de 42 horas, costaba 55 rupias.

María Cruz llega al subcontinente en busca de la paz espiritual, con la intención de enclaustrarse una temporada en Adyar, Madrás, en donde funcionaba el que Rey Rosa llama “cuartel general de los teósofos, el primer ashram para occidentales”, en donde Cruz se desempeñará como bibliotecaria mientras realiza sus estudios teosóficos. Por ello, debe viajar de Bombay hacia Benarés, en donde tendrá una de las impresiones memorables que considera necesario trasladar al papel, contándoselo con detalle a su amiga parisina: la quema de cadáveres a orillas del río Ganges. La descripción, a pesar de lo terrible que nos pueda parecer, es hermosa, por lo exótico y por lo detallado:

“…A través del humo de las hogueras alcancé a ver a un hombre con un bastón que parecía que atizaba el fuego o quebraba los huesos recalcitrantes. Se oía el crepitar y chisporrotear de la carne; era algo horrible. Distinguí una rótula cerca de un esqueleto calcinado, y aparté la mirada para siempre. Al lado, la gente se bañaba, dormía o comía. Desde los techos y cúpulas de templos muy antiguos y medio en ruinas que parecían islas, lanzaban flores al río y rezaban antes de meterse en el agua…”.

La visión, entre terrible y hermosa se diluye en la voz de Cruz, que hábilmente y sin quererlo, guía a sus lectores por un paisaje que es tan exótico hoy, como hace cien años en que ella se sentó a describirlo. Resulta interesante que las descripciones de la poetisa no pierden actualidad, como le podría suceder a Gómez Carrillo en algunos de sus paisajes que ahora se nos antojan recargados. El estilo directo y la capacidad de descripción de María Cruz le dan un valor inmenso a la experiencia de lectura de sus cartas.
India2Este es otro pasaje que vale la pena citar: “…En un automóvil horrible, pequeño y estrecho, sin ventilación, sin amortiguadores, y desde luego sin neumáticos, fuimos zangoloteándonos por callejuelas oscuras, alumbradas por faroles humeantes o por las linternas de los peatones, hasta llegar a la ‘casa de reposo’…” o este otro de turismo cultural, en donde sale a relucir la María Cruz viajada:

“…En el interior del templo hay unos Budas gigantescos. Están recubiertos de oro y han sido pintados y adornados con andrajos de colores brillantes que recuerdan el estilo italiano o español. Además riegan el santuario con mantequilla líquida, de modo que huimos enseguida, con la vista y el olfato parejamente ofendidos…”.

 De su llegada a Adyar, sede del centro de estudios teosóficos que motivó su viaje a la India, resalta un pasaje breve que me arrancó una sonrisa, por la cariñosa referencia, manifiesta aún al siglo de distancia: “La casa tiene solo un piso, como siempre, estilo finca guatemalteca…”. En esta parte de sus cartas se extiende sobre la vida en el centro de estudios, los trabajos que le toca realizar, la organización, etc., tratando de fijar en sus apuntes con interesante detalle la vida de estas personas que han renunciado al mundo, en busca de la iluminación y la paz. Llama la atención que a juzgar por sus cartas, Cruz no encuentra del todo lo que busca, es un alma inquieta que a lo largo de las líneas que uno va leyendo, se descubre en eterna insatisfacción. Por eso, creo yo, sus cartas tienen más de relato de viajes modernista que un viaje de descubrimiento espiritual. Es cierto que Cruz había acordado escribir luego un libro sobre su experiencia espiritual, y supuestamente por ello es que la poetisa toma abundantes notas, pero en sus cartas, que sería la forma más inmediata de enterarnos de los progresos espirituales, no deja entrever que sus expectativas se estén cumpliendo. En un momento dado apunta con fastidio: “En este lugar nada me parece nuevo –ni el paisaje, ni la gente, ni el modo de vida…”, se consuela entonces, como su paisano Gómez Carrillo, con la contemplación del paisaje:

“Hace ya dos meses que deambulo por aquí sin encontrar nada extraordinario en el paisaje; y de pronto el otro día cuando volvía de Madrás tuve una deslumbrante revelación a causa de una caída de sol y una salida de luna inesperadas. Y, desde entonces, me parece que todo aquí resplandece con luz propia. Caminaría leguas para ver a los hindúes con su brillo achocolatado y sus paños y turbantes rojos que se perfilan sobre el azul del mar o se confunden con las rosas de China y otras flores que riegan. Las puestas de sol harían palpitar el corazón de un muerto…”.

 

Puede que la lectura de la Isis sin velo de Madame Blavatsky no le haya llevado por el camino de la iluminación, pero el viaje a la India y las impresiones que se trajo (y nos trajo) de regreso, pagan con creces el sacrificio del viaje a un lugar tan remoto, que de su pluma nos parece en eterna suspensión del tiempo, como cuando apunta, casi casualmente: “…Un poco más allá, una mujer semidesnuda levanta polvo con un pequeño manojo de palmas: es la barrendera…”; es una escena decididamente cinematográfica.

Sin embargo, sí notamos que occidente ya es algo ajeno para ella, al menos algo incómodo, como cuando apunta, a propósito de un baile de gala que organiza el gobernador británico de Madrás, al que no es invitada: “Yo doy gracias a mi oscura estrella por eximirme de la horrible faena de calzarme…”.

Termino esta entusiasta recomendación cerrando con su viaje a Cachemira, ese lugar que de forma tan hermosa retrató Rushdie en las páginas de Shalimar, el payaso, y que en manos de María Cruz regresa a ese estado de sorpresiva belleza que podría tener para cualquiera de nosotros, turistas profanos. “…A lo lejos se ven los picos nevados, y, más cerca, unas laderas cubiertas de flores que se parecen mucho a las que baña el Sena. El decorado es mitad parisiense, mitad japonés y, por ahora, está anegado en lluvia…”, o este otro, lleno de paz contemplativa: “El lunes pasado, sin salir de nuestros caparazones, dejamos Srinagar en busca de la sombra de un árbol, pues todos los sitios agradables estaban ocupados. Nos hemos instalado en medio del campo, en el lugar sagrado donde el Jhelam y el Indo celebran sus nupcias…”.

 

Valle Lahaul, Cachemira. La vista de los imponentes picos nevados del Himalaya provocaron líneas de admiración en las cartas de María Cruz. Sobre esta región escribió: “…Lo que me ha conmovido más profundamente es el paisaje. Además, las faldas de las montañas están llenas de lugares sagrados. Me gustaría poder mandarle uno de los magníficos lotos que recogimos y que estoy viendo abrirse…”.

Valle Lahaul, Cachemira. La vista de los imponentes picos nevados del Himalaya provocaron líneas de admiración en las cartas de María Cruz. Sobre esta región escribió: “…Lo que me ha conmovido más profundamente es el paisaje. Además, las faldas de las montañas están llenas de lugares sagrados. Me gustaría poder mandarle uno de los magníficos lotos que recogimos y que estoy viendo abrirse…”.

 

El libro:

Cruz, María. Cartas de la India (1912-1914). Editorial Hojuelas y Editorial Piedra Santa. Guatemala: 2013.

Cruz, María. Cartas de la India (1912-1914). Editorial Hojuelas y Editorial Piedra Santa. Guatemala: 2013.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] Cruz, María. Poesía. Tipografía Nacional de Guatemala. Guatemala: 2010.


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