La cartuja de Parma – Stendhal

La cartuja de Parma

Stendhal forma con Balzac y Flaubert la trinidad mayor de la novela francesa antes de que esta alcance la cumbre con Marcel Proust. Al contrario que Flaubert y Proust, al contrario aun que el tremendamente productivo y no menos detallista Balzac, Stendahl es el más romántico de los románticos: era seguidor  de Shakespeare y, en menor medida, de Lord Byron.

Acerca de La cartuja, el crítico Richard Howard hace un comentario admirable: «Aquí no hay nada establecido: [Stendahl] es el anti-Flaubert.» Madame Bovary es una obra autónoma, tan bien estructurada sobre sí misma como, a una escala titánica, el Ulises, de Joyce. Y, sin embargo, como señala Howard, las mejores obras del relativamente amorfo Stendahl exigen ser releídas; nos llevan de sorpresa en sorpresa.

Racional hasta el delirio como solo puede serlo un romántico pleno, en una novela de apariencia informe Stendahl relata la muerte de la era napoleónica y el retorno de una Italia anterior, dieciochesca, parte del mundo que Metternich intentó restaurar después de Waterloo. La cartuja no es una novela histórica, es más bien una tragedia, aunque una ironía permanente y encantadora impide que el sentimiento trágico resulte abrumador; Stendahl es demasiado lúdico y quijotesco para permitirlo. La cartuja comienza con un acontecimiento dichoso: la victoria del joven ejército de Napoleón en Italia, en 1796. Stendahl tenía  pasión por el idealismo napoleónico. Hijo de ese idealismo es su héroe romántico, Fabricio, un animoso joven ávido de gloria y especialista en meterse en líos, amado por su tía, hermana de su padre putativo, la fascinante y temperamental Gina. A su vez, ella es amada por el amable y maquiavélico conde Mosca, primer ministro del príncipe de Parma. Fabricio está enamorado de Clelia, hija de su carcelero y que viene a ser su Julieta en la medida que él es Romeo. Todos ven frustradas las grandes esperanzas que acariciaban, salvo el lector, que se deleita en los dos triángulos: Mosca-Gina-Fabricio y Gina-Fabricio-Clelia.

 A Stendahl solo le interesan los amores desgraciados, y La cartuja de Parma, alocada y humorística, acaba por volverse una tragedia. En la reseña que hizo de La cartuja en 1840, Blazac saludó a Stendahl por haberse alzado por encima del mero realismo y haber retratado solamente a personajes de cualidades excepcionales. Esto parecía un resumen de la praxis de Balzac, pero ambos novelistas merecen ese elogio, no obstante sus diferencias. Leer a Stendahl (al igual que Balzac) es ampliar nuestra realidad mediante una obra que no cede a la fantasía.

 

Ligia Pérez de Pineda


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