Imágenes para soñar

Rodrigo Fernández Ordóñez

Antes de irnos de vacaciones y con la intención de que aprovechemos bien esta temporada de fin de año, estrenamos hoy, siempre dentro del espacio de la Cápsula de Historia una nueva sección: recomendación de cine, en la que trataremos que las cintas giren siempre alrededor de temas históricos. No tenemos la magistral pluma de Guillermo Cabrera Infante, que sentó cátedra en este género desde las páginas de ‘Arcadia todas las noches’ o ‘Cine o sardina’, pero tenemos buen gusto, buenos amigos que nos han hecho llegar sus consejos y muchas ganas de compartir recomendaciones.

 

 

-I-

La película: 

Mediterráneo. Gabriele Salvatores

 

Mediterráneo, Gabriel SalvatoresDe las cosas que uno se entera cuando investiga un poco… Esta obra de arte del cine italiano, ganadora del Óscar a la mejor película extranjera en 1991, fue coproducida por el vilipendiado Silvio Berlusconi. (Algo bueno debía tener este tipo). La película tiene varias virtudes: la fotografía en primer lugar, en la que impera el hábil uso de la luz, y aprovecha muy bien las locaciones, que se venden solitas, como lo son las islas griegas (fue filmada en la isla griega de Kastelorizo). Además, los actores, y sobre todo, la original historia.

Es el año de 1941. Italia participa en la Segunda Guerra Mundial al lado de los nazis, y escoge como debut bélico dos escenarios buscados para repetir viejas glorias romanas: Albania y Grecia. Así, en la cinta, un pelotón de soldados italianos es enviado en misión de avanzada a una pequeña isla del mar Egeo. El giro original de la historia es que no trata de la clásica historia de ocupación, porque los soldados italianos son olvidados por el ejército en su remoto puesto de observación, así que para sobrevivir deben integrarse a la vida de los isleños. Unos con más facilidad que otros, en un ambiente de desconfianza y de noticias de violencia indescriptible mientras se asolean en magníficas playas o salen de pesca a transparentes bahías. Los griegos deciden adoptar a sus desamparados “invasores” y la radio de campaña, que es el vínculo de los soldados con el mundo en guerra se arruina, alejándolos así definitivamente de la contienda. Permanecen en la isla tres años, durante los cuales, van aflorando en la monotonía del uniforme militar, los caracteres individuales de los italianos. Uno, el oficial, es un historiador del arte que resulta restaurando los frescos de una iglesia, otros descubren el amor, otro, la música. La historia resulta entonces, de una liviandad como el aire, o la luz. También ilumina la cinta la música, y el ligero tratamiento de la guerra que le da su director, debo decir que con un hermoso toque de humor, típicamente italiano, que roza lo picaresco, como la huida del soldado Farina ante la inminente captura de los ingleses.

Mediterraneo2Para los que también son amantes de la literatura debo hacerles unas cuantas referencias cruzadas, para aprovechar al máximo este magnífico largometraje. Algunas escenas, como las de las playas y las salidas a nadar recuerdan irremediablemente las páginas de El Coloso de Marussi, de Henry Miller, y algunas escenas del interior, un libro hermoso y lastimosamente poco conocido, editado por Lonely Planet hace unos años titulado The olive grove, de Katharine Kizilos, en el que la neoyorkina autora viaja a varias islas griegas en busca de sus antepasados. La película en fin, no tiene desperdicio y es cierto que en lo que a las escenas del aprendiz de bailarín, el gruñón sargento Lorusso respecta, se hace un hermoso homenaje a la bien recordada película Zorba, el griego, protagonizada por Anthony Quinn.

Con menor fortuna pero con rescatables escenas y buena fotografía se rodó posteriormente una película titulada La mandolina del capitán Corelli, protagonizada por Nicholas Cage y una guapísima Penélope Cruz, que no logra la poesía de Mediterráneo y que no logra acabar bien las escenas del libro homónimo en el que se inspiró, guiado por la voz de Pelagia. Sin embargo, los paisajes de Cefalonia no dejan caer la película en el olvido.

-II-

Reflexiones finales

 

A Mediterráneo la fui a ver al cine, en 1992, año que ya ahora se me antoja remoto, pues era un mundo en el que la televisión por cable era apenas una novedad, y ¡oh, horror!, no existía el Internet. Parece la prehistoria. Recuerdo que la fuimos a ver a la desmejorada sala del Cine Lux, sobre la sexta avenida, en lo que hoy en día es el espléndido espacio del Centro Cultural de España. Fuimos con mi hermano Martín, cosa extraña, llevados por mi papá, que refunfuñó toda la película, disgustado por el papel de la prostituta Vassilissa (Vanna Barba) y por el cariz romántico de la cinta. Imagino que llevaba la idea de ver una película sobre la guerra en el Mediterráneo, y no esa empalagosa historia de paz en medio de la guerra. Salió decepcionado, cosa comprensible para el fan número uno de la trilogía de El Padrino.

Mediterraneo3Para terminar, la nostalgia que me suscitó el recomendar y volver a ver esta película para recomendarla, debo repasar mi relación con el cine, que empezó en los lejanos días de las secciones Pantalla de Oro y Domingo Estelar, de Canal 3, otra vez, cuando no existía el cable. Los días jueves daban Pantalla de Oro, recuerdo especialmente el permiso extraordinario que me dieron mis papas de “desvelarme” de 8 a 10 de la noche para ver Patton, protagonizada por George C. Scott, en el soberbio personaje del general norteamericano, al que recuerdo nítidamente arengando a sus tropas gritando “¡vamos a patearles los malditos traseros!”, o las dos ocasiones en que otra vez, logré el permiso especial de desvelarme dos semanas seguidas para ver El día más largo, sobre la invasión aliada a Normandía, basada en la obra homónima de Cornelius Ryan.

Las películas de Domingo Estelar eran más adecuadas para nosotros, según mis papás. Allí vi el estreno, con diez años de diferencia —creo— del estreno original, de Indiana Jones y los cazadores del Arca Perdida o un clásico hoy olvidado, Los Goonies. Como las películas eran de 6 a 8 de la noche, no merecían una moratoria al toque de queda impuesto en la casa. Lo cierto es que desde entonces, el espacio negro del cine o la comodidad de mi sillón y los brazos de Mercedes son el palco de lujo para soñar, para escapar a esas magníficas historias que gracias a Dios, nos siguen contando las grandes imaginaciones, llámese Pantaleón y las visitadoras, o la terrible hazaña espilberguiana en blanco y negro de la Lista de Schindler, pasando por la hermosa El tigre y la nieve de Roberto Begnini o la tristeza de la vida de la hermosa Juliette Binoche en la cinta Azul.

Para terminar, sólo me queda decir, ¡feliz película!


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