Hieronymus Bosch (el Bosco), El jardín de las delicias. Óleo sobre tabla, 1480-1490.

Julián González Gómez

Este tríptico desde siempre ha suscitado muchas preguntas y muy pocas respuestas. Todas estas preguntas se refieren al verdadero carácter de la obra y cuál es su oscuro propósito. Si tomamos en cuenta ante todo la época en la que fue realizada, podríamos afirmar que en sí se asemeja hasta cierto punto a las representaciones del bestiario medieval, que pretendían moralizar a través de lo grotesco. Pero por otra parte, es innegable que aquí se expresa una sofisticada fantasía plagada de detalles fabulosos y también oníricos, que han dado pie a algunos estudiosos para afirmar que Bosch fue un predecesor de los surrealistas. La conclusión a la que han llegado la mayoría de historiadores del arte es que esta obra tiene un carácter ante todo religioso y moralizante, cuyo propósito es la condena de los placeres de la carne, apuntando que el panel izquierdo es una clara representación del paraíso, el central es una representación del mundo y el de la derecha representa al infierno. Claro y tajante, pero no del todo satisfactorio si observamos con más detenimiento esta detallada y alucinante pintura.

El jardin de las delicias

Cuando lo observamos por primera vez destaca el gran panel central en el que están escenificados los placeres del mundo, especialmente aquellos relacionados con el sexo y la venalidad, las fantásticas representaciones nos asombran por su innegable ingenio y en algunos casos hasta su comicidad. La lujuria, la sensualidad y la carne se dan la mano, personificadas por jóvenes y viejos que se solazan en un entorno idílico, pero que en el fondo es precario. Los animales que acompañan a los humanos en este carnaval lujurioso participan junto con ellos de la dicha y danzan al unísono con los sonidos de la música profana que se esparce por todo el ambiente. Sin embargo, a diferencia de los humanos que se ven aquí practicando sexo heterosexual, homosexual y el onanismo, ningún animal está copulando, por lo menos abiertamente. Todo el ambiente está plagado por una atmósfera que parece ser frágil y cuya característica común es la inconsciencia, como si todos los protagonistas estuvieran participando de una bacanal alucinógena que en cualquier momento puede terminar abruptamente. ¿Querrá decirnos Bosch, quien se tomó la molestia de pintar con todo detalle las supuestas perversiones que aquí se muestran, que el pecado es consecuencia de llevar una vida inconsciente, que termina más pronto o más tarde?

La respuesta puede ser un sí, si tomamos en cuenta el panel derecho, donde se puede ver el infierno como consecuencia del pecado. Pero este panel no tiene continuidad espacial con el central, lo que sí ocurre con el panel izquierdo, que representa el jardín del edén. También podríamos decir que tanto en el panel central como en el izquierdo la arquitectura está representada por una serie de edificaciones fantásticas y en cambio, en el panel derecho, se puede ver una ciudad ardiendo con edificios claramente similares a los de cualquier población de la época. En este mismo panel podemos ver en la parte central a los seres humanos cometiendo actos similares a los del panel central, pero aquí se ven atormentados, como si hubieran despertado de la alucinación que los poseía. En la parte inferior de este mismo panel se muestran las condenas, que son terribles, en especial en la que se puede ver la presencia del demonio, que tiene cara de pájaro y que se come a los pecadores para luego defecarlos en un oscuro agujero. ¿Acaso este agujero representa un lugar aún más tétrico y horripilante que el propio infierno?

No tenemos espacio aquí para detallar todas las características de esta obra y su compleja simbología, pero nos parece que la lectura moralista que se mencionó antes se queda corta y estamos en disposición de afirmar que hay muchas más alusiones y contenidos que se pueden demostrar haciendo un análisis en profundidad. Lo mismo sucede con otras obras de Hieronymus Bosch, un pintor de muchos más alcances que la mayoría de sus coetáneos.

Nacido en 1450 en la ciudad de Bolduque, Flandes, en el idioma flamenco esta ciudad se conoce con el nombre de Den Bosch y de ahí su sobrenombre, ya que fue bautizado como Jeroen van Aken. Provenía de una familia de pintores por varias generaciones y de ahí se deduce que recibió instrucción artística en el taller familiar y poco más. La mayor parte de los detalles de su vida se desconocen, pero se sabe que estaba activo en 1480 y era conocido como “Jerónimo el pintor”. En 1481 se casó con la rica heredera de una de las familias más influyentes de la ciudad, por lo que pudo ascender socialmente, convirtiéndose en un burgués. Esto le permitió tener independencia para realizar sólo aquellas obras que escogía pintar, sin tener que someterse a ningún mecenazgo e imposición. Parece ser que era muy afín a las lecturas esotéricas y también perteneció a algunas sociedades religiosas de la época previa a la reforma, que se caracterizaban por su pietismo, lo cual influyó determinantemente en su obra.

Según algunos de sus biógrafos, Bosch viajó a Italia entre 1500 y 1504, donde pudo contemplar de primera mano la pintura renacentista, de cuya escuela debió haber tomado ante todo el método de la perspectiva, aunque también es muy posible que la aprendiera de los grabados de Durero, a quien apreciaba especialmente. Durante los años siguientes seguramente se dedicó a su oficio de pintor en su ciudad, en la que falleció en el año de 1516.

Su obra pictórica se halla esparcida en diferentes museos y colecciones, entre las que destaca la del Museo del Prado de Madrid, que posee entre otras el tríptico que aquí se presenta. Las obras que se encuentran en España provienen todas de la colección que legó el rey Felipe II, un entusiasta de su pintura y que las instaló en el monasterio de El Escorial. Se sabe que Felipe II era también afín a los temas esotéricos y por ello se esforzó en adquirir las pinturas de este misterioso artista, quien seguramente ejerció una especial fascinación en el también misterioso monarca.


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