Anónimo, «La leona herida», palacio de Asurbanipal en Nínive. Alabastro, S. VII a.C.

Julián González Gómez

Leona-Herida-Palacio-de-AsurbanipalLos asirios ejercieron su poder por medio de las armas, eran temibles guerreros y fueron los primeros en utilizar el hierro en sus lanzas y espadas, gracias a lo cual se establecieron en toda la Mesopotamia y Palestina, e incluso llegaron a dominar Egipto. El poder de los asirios se debía pues, al factor militar, pero también se convirtieron en una potencia comercial, controlando las rutas de las caravanas que acudían desde el este hacia los puertos del Mediterráneo y Egipto por el oeste. Esto permitió que la sociedad asiria gozara de una gran riqueza y tuviese gustos refinados a pesar de su vena guerrera, la cual acabó abruptamente con la toma y destrucción de Nínive por los medos en el siglo VII a.C. La ciudad de Nínive era una de las más grandes de la antigüedad, se extendía por más de 50 kilómetros en su parte más larga y unos 20 kilómetros a lo ancho de un paraje en la orilla oriental del río Tigris. Fue la última capital del reino asirio, que alcanzó su máximo esplendor entre los siglos IX y VI a.C. y cuyo postrer monarca de gran renombre fue Asurbanipal, mencionado en múltiples textos de la antigüedad, incluyendo la Biblia.

Siendo de origen bárbaro, los asirios en su expansión adoptaron muchas de las tradiciones artísticas del sofisticado imperio babilónico, al cual finalmente lograron conquistar. Estas tradiciones se manifestaban entre otras cosas por un arte escultórico de una calidad desigual, alcanzando su mejor expresión en la representación de los elementos de la naturaleza y escenas de batallas. La otra influencia notable en el arte escultórico asirio fue la del pueblo de los hititas, que eran sus vecinos hacia el noroeste y que probablemente les enseñaron la talla en piedras semiduras. Los más abundantes ejemplos del arte asirio se encuentran en las ruinas de los palacios, en especial en el palacio de Khorsabad y en el palacio de Asurbanipal, este último en Nínive. Precisamente en las ruinas de este palacio fueron hallados en el siglo XIX unos magníficos relieves en los que aparece el rey en un carro o a pie cazando leones en escenas de gran naturalismo y vitalidad. No cabe duda que el artista o el grupo de escultores que tallaron estos relieves eran maestros consumados de su oficio, creando escenas que sobrepasan por mucho lo estereotipado del arte propagandístico, que al fin y al cabo era el propósito de estas escenas. El rey caza leones, animales dotados de gran fuerza y fiereza, de espíritu noble y aguerrido, y los somete quitándoles la vida.

Hay dos escenas en especial que llamaron la atención desde que fueron expuestas por primera vez en el Museo Británico y en ellas se pueden ver únicamente a los leones, que han sido atravesados por las flechas del rey pero que todavía no han muerto. La obra que presentamos hoy es uno de esos dos paneles y fue nombrada desde su descubrimiento como “la leona herida”. En el panel se puede ver el relieve de una leona en cuyo cuerpo se han clavado tres flechas, una de ellas en el inicio del cuello y las otras dos a lo largo de su espalda. Por las heridas mana abundante sangre y evidentemente una de las flechas ha atravesado la columna vertebral del animal y le ha paralizado toda la mitad de su cuerpo. Los cuartos traseros están postrados y la leona se arrastra sin poder moverlos, sosteniéndose únicamente con las dos patas delanteras. Las heridas son fatales y seguramente la leona va a morir pronto, pero aún es capaz de alzar su cuerpo moribundo para emitir un rugido a su agresor en un postrero acto de reclamo o quizás de reto, como si se negase al sometimiento último. El dolor del animal es evidente y nos conmueve por la maestría de su ejecución. Toda la atención se centra en este cuerpo herido porque no existe en la escena ningún otro elemento que lo acompañe, tal solo la línea horizontal que es el suelo donde está a punto de caer.

Los detalles de la anatomía del animal están cuidadosamente ejecutados, como la musculatura, especialmente la tensión de los músculos de las patas delanteras que aún la sostienen y en la cabeza, las orejas echadas para atrás, los bigotes y la poderosa dentadura. Las patas traseras, paralizadas, yacen todavía con los músculos contraídos y la cola está caída y no muestra vida. Es indudable que el escultor que realizó este relieve tuvo que tomar apuntes del natural y quizás fue testigo de un hecho similar en una cacería. Nada ha escapado a su ojo crítico y observador, no sólo por la perfección y exactitud de los detalles, sino también por lo dramático del momento, que supo transmitir con maestría sin igual.

Mucho se ha discutido acerca de la simbología de este magnífico relieve, por ejemplo si la leona representa a un aguerrido pueblo que se resistió al embate de los ejércitos asirios, o bien que si la furia que muestra está asociada al valor del rey. Al final todas son especulaciones y, si bien es cierto que el conjunto de estas escenas pretenden demostrar que Asurbanipal era un rey valiente y un aguerrido cazador, todo queda desplazado por la magnificencia de este soberbio y valiente animal que se muestra aquí en el último instante de su existencia y que no se ha doblegado ante la tragedia inevitable.


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